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Diccionario de léxico extravagante y prácticamente extinto

El prestidigitador, atribuido a el Bosco. léxico
El prestidigitador, atribuido a el Bosco.

Hay palabras que uno no sabe si ha escuchado en misa, en un tratado de alquimia o en una delirante columna de gerifalte de El Mundo con  el diccionario de sinónimos bien a mano. Voces que parecen inventadas por un académico rancio o por un funcionario del Siglo de Oro con demasiado tiempo libre. Palabras que nadie usa, que casi nadie entiende, pero que el idioma conserva como si esperara que algún día volvieran a ponerse de moda.

Este texto es un safari por ese léxico olvidado, barroco, brillante y rebuscado, que demuestra que el castellano no solo sirve para pedir torreznos en el bar y cagarse en toda la puta calavera del prójimo redes sociales. Aquí se honra lo inmarcesible, se invoca lo abracadabrante, se examina lo ecdótico y se acaricia, con respeto, el ojete. Porque hablar bien no es cuestión de usar palabras raras… pero usarlas con propiedad sí que da cierto placer malsano. Bienvenides a este diccionario para parecer inteligente, confundir al enemigo o insultar con clase.

La flor que no se pudre

Inmarcesible es una de esas palabras que parecen inventadas para una coronación, una lápida o una canción de José María Pemán. Lo curioso —y un poco ofensivo— es que, aunque todos podemos intuir que significa «que no se marchita», en realidad el castellano no tiene marcesible como contraparte. Es decir, existe el negativo, pero no el positivo. Como si el idioma se tomara la molestia de advertirnos que lo normal es pudrirse, y lo raro, lo verdaderamente extraordinario, es conservarse. Deriva del latín immarcescibilis, que a su vez viene de marcere, un verbo que designa ese momento glorioso en que las cosas empiezan a joderse después de estar lozanas. O, por decirlo en términos botánicos, la vejez pero en geranios.

Más puro que tus intenciones

Acendrado suena a piropo medieval, pero tiene más que ver con alquimia que con amores cortesanos. Proviene de cendra, una pasta de ceniza de huesos (sí, huesos) que se usaba para afinar metales preciosos. Así que cuando uno dice que alguien tiene una conducta acendrada, está afirmando, sin saberlo, que ha pasado por un proceso de purificación con restos calcinados. Eso, o que se le ha ido la mano con los sinónimos en un curriculum vitae.

Abracadabra y el cerebro se apaga

Abracadabrante es una palabra que suena a prestidigitador desquiciado, pero no: el DRAE la define con la sobriedad de un funcionario —«muy sorprendente y desconcertante»—, lo cual le quita toda la gracia. Deriva del francés abracadabrant, que a su vez tira del abracadabra tradicional, ese conjuro que servía para curar fiebres, invocar demonios o sacar conejos de chisteras. Lo abracadabrante, por tanto, no es solo lo absurdo sino lo que descoloca, lo que rompe el guion. Como cuando la peor persona que conoces tiene razón en algo.

El elogio del zorro

Vulpino es una de esas joyas zoológicas que se niegan a extinguirse, aunque apenas nadie las use. No hay mucha gente que diga «tenía una mirada vulpina» sin que le dejen en visto. Pero es correcto. Como canino, felino o bovino, vulpino describe lo relativo al zorro. Toda esa movida, la astucia, la trampa elegante, el arte de parecer tonto mientras uno te vacía el bolsillo.

De dedo en dedo hasta la palmera

Dactiliforme es una palabra que parece médica, pornográfica o egipcia. En realidad, es todo eso a la vez. Se utiliza para describir estructuras —sobre todo columnas— que terminan imitando los dedos o las hojas de palma. Es decir, arquitectura que intenta pasar por botánica. Las columnas dactiliformes eran un clásico en el Egipto faraónico, cuando los arquitectos decidían que, si había que sostener un templo, al menos que pareciera un ramo de algo.

Cómo editar como un sabio y sonar como un idiota

Ecdótico suena a algo cutáneo o contagioso, pero en realidad es una de las disciplinas más nobles y menos comprendidas de la filología. La ecdotica estudia los métodos para editar textos antiguos, lo que significa que suena muy moderno pero sirve para hacer arqueología literaria. Cada vez que un erudito corrige un manuscrito medieval para que tenga sentido, está siendo ecdótico. Y cada vez que un moderno dice que lo suyo es una lectura crítica desde la ecdótica, probablemente sea gilipollas.

Oro, marfil y desaparición programada

Criselefantino es el adjetivo más caro del diccionario. Describe las esculturas realizadas con oro y marfil, una técnica tan ostentosa como frágil. La Atenea del Partenón y el Zeus de Olimpia eran criselefantinos, lo que probablemente explica por qué no queda ni rastro de ellos. No era arte, sino lujo con pretensiones místicas. Y como todo lujo, tenía fecha de caducidad. Como las criptomonedas, pero con peplos.

La joroba lingüística

Fadrubado es una palabra que parece inventada por un poeta que hablando con la boca llena, pero no, tiene pedigrí árabe. Proviene de haddúba, que significaba joroba, y ha sobrevivido en el castellano como sinónimo de algo estropeado, descoyuntado, torcido. El castellano también heredó hadruba, pero está más muerta que el VHS. Fadrubado es esa palabra perfecta para describir cualquier situación vital a medio descomponer. Como la vida, en general.

Miel en los oídos, diabetes en el alma

Melifluo es lo que uno quiere ser cuando corteja y lo que provoca náuseas cuando lo escucha en otros. Literalmente significa «que fluye como la miel», pero su uso se ha corrompido hasta aludir a cualquier discurso empalagoso. Es una palabra que huele a perfume barato y a poema cursi. El melifluo vive para agradar, pero acaba resultando viscoso. Como una carta de amor con emojis, como un influencer de autoayuda.

Sapo eres, sapo pareces

Abuhado es un insulto que nadie usa y que deberíamos recuperar ya mismo. El DRAE dice que significa «hinchado o abotagado», pero lo hermoso es su etimología. Viene del latín bufo, es decir, sapo. Así que llamar a alguien abuhado es llamarlo batracio, globo de carne, barril sin presión. Tiene un potencial expresivo enorme. Basta con decir: «Me levanté abuhado» y ya no hace falta explicar la resaca, el insomnio o la depresión. Es una palabra que lo contiene todo.

Filosofía para entrar en calor

Isagoge es una de esas palabras que parecen una errata de imprenta o el nombre de un suplemento alimenticio, aunque viene del griego εἰσαγωγή y significa, básicamente, introducción. Así llamaban a ciertos compendios filosóficos que servían de aperitivo antes del atracón aristotélico. Una isagoge era, por tanto, lo que los coach llaman «mindset» y los profesores de bachillerato «tema 1». Suena a conjuro, pero solo es pedagogía con toga.

El escapulario antibalas

Detente es una de esas palabras que nos remite al imperativo pero se resiste al mandato gramatical. En su acepción religiosa, un detente es un trocito de tela con el Corazón de Jesús bordado, acompañado de frases como «Detente, Satanás» o «Detente, bala». Es decir, la versión católica del chaleco antibalas, un amuleto divino. Lo llevaban los soldados, lo siguen llevando las abuelas y no se descarta que algún día vuelva como filtro de Instagram.

Presagios de nube

Celaje suena a infusión de hierbas para la ansiedad o a colonia de marca blanca. Pero en realidad nombra a esas nubes suaves, fragmentadas, que vaticinan tormenta. En sentido figurado, el DRAE acepta que el celaje puede ser un presagio, un anuncio de lo deseado, una metáfora atmosférica con vocación de augurio.

El idioma de los hombros

Kinésico (también puede escribirse quinésico o cinésico) es el adjetivo que mejor define a quien sabe hablar sin abrir la boca. Describe todo aquello que tiene que ver con los gestos, las posturas, los movimientos corporales. Es el lenguaje de los que dicen más con una ceja arqueada que con un discurso.

El silencio romano

Conticinio es esa palabra bellísima y sin uso que describe el momento exacto en que la noche se vuelve absoluta. En Roma, el conticinium era la hora muda, la parte nocturna en la que todo se calla. Su reverso era el gallicinium, cuando los gallos cantaban y empezaba el ruido. Entre uno y otro vivía el insomnio, la poesía y los crímenes. El conticinio es lo que empieza cuando dejamos el móvil en la mesilla y uno se enfrenta, sin filtros, al vacío del pensamiento. También conocido como vivir en la sociedad capitalista del trabajo remunerado.

Ese extremo del que nunca hablamos

Herrete es uno de esos objetos que todos usamos y nadie sabe cómo se llama. Es el capuchón metálico del final de los cordones, ese cilindro minúsculo que impide que la lazada se deshilache, y facilita que se introduzcan en el ojete, la «abertura pequeña y redonda, ordinariamente reforzada en su contorno con cordoncillo o con anillos de metal, para meter por ella un cordón o cualquier otra cosa que afiance».

¡Alboroto en Trebisonda!

Trapisonda es una palabra de ruido y bronca con nombre de zarzuela. Según el DRAE, es una «bulla o riña con voces o acciones», pero su historia la vincula con Trebisonda, una ciudad turca que en los libros de caballería castellanos aparecía como un reino imaginario y tumultuoso. Decir que algo es una trapisonda es invocar un caos de novela antigua, una ensalada de golpes, gritos y confusión.

El insulto que se reinventa

Muérgano ha sido tantas cosas que ya no sabe quién es. En la Edad Media podía significar órgano musical o molusco navaja. En Colombia es sinónimo de cacharro inútil. En Ecuador, de persona grosera. Es una palabra que cambia de forma, de función y de moral según el país. Hoy, llamar muérgano a alguien es soltar una pedrada léxica y ver qué cara pone, puro arte del insulto fluido.

Como una espada, pero anatómica

Xifoides suena a alienígena con ácido en lugar de sangre o de fármaco para combatir virus imaginarios. Pero en realidad alude a todo aquello con forma de espada, especialmente en biología, como el apéndice xifoides, esa prolongación ósea al final del esternón que parece sacada de una radiografía medieval. También lo tienen ciertos animales como adorno filoso.

Cuando el aire te vuelve loco

Orate es una palabra que ha pasado del manicomio al diccionario sin perder ni un gramo de su nobleza. Deriva de orat, en catalán, y este, a su vez, del latín auratus, que tiene que ver con el viento. Antiguamente se pensaba que ciertas brisas insalubres provocaban locura. O sea, que el viento podía volver loco al que lo respiraba. Una teoría que cobra todo el sentido si uno ha caminado por una gran ciudad en julio.

Así que ahí están, aunque nadie las nombre, aunque el corrector automático las subraye con desconfianza, aunque la mayoría de hablantes sospeche que son inventos o erratas, ahí siguen esas palabras que no esperan redención ni uso práctico, solo un resquicio improbable por donde colarse otra vez al mundo con la resignación altiva de quien ya ha visto pasar demasiadas reformas ortográficas.

Se dirá que son inútiles, y probablemente lo sean. Pero también dicen que lo son las carreras humanísticas o los libros de papel. No están ahí porque sirvan, sino porque resisten. Hay una cierta belleza, a veces incluso una forma de cortesía, en conservar la palabra exacta para nombrar lo que ya no se ve, como la hora muda de la noche, el extremo metálico de un cordón, el arte de corregir sin reescribir. Si un día alguien dice muérgano, trapisonda, abracadabrante o inmarcesible, que no sea por nostalgia ni pedantería. Que sea por puro gusto.

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12 Comentarios

  1. Xavier D. Garret

    Un tanto esquilimoso, pero gracioso…

  2. Je, je. Está muy simpático. Debo decir que yo uso abracadabrante casi a diario desde que lo leí hace cincuenta años en un tebeo de Angelito (o Gu-Gú) de by Vázquez. El herrete, el filtrum y el giste también los suelo sacar juntos para… tocar los cojones.

  3. Pingback: Exploración de palabras olvidadas y curiosas del español - Hemeroteca KillBait

  4. Muy interesante

  5. E.Roberto

    Carcajadas que se agradecen. Pue entonces, probemos, y vaya en esta escueta propuesta un isagoge explorativo. Por tí en mi conticio oscuro habrá altas celajes sin orates de mal augurios que invoquen a Baco, el abracadabrante de las trapisondas celadas en antros prohibidos de la mujeres libres y en trance, diana de los múerdagos varoniles con adustos gestos kinésicos, vanos pero terribles; por tí, para tu “inmarcesibilidad” quisiera que grabaras mi nombre en tu detente protectivo, y así podrás en mis sueños continuar a ser una entelequia criselefantina con las formidables columnas dactiliformes de mi devoción. ¡Por todos los cielos!, no pronuncies que parecen ecdóticas mi letras, no lo son, pues es tan solo la voz del amor, no melifluo pues es la melodía del corazón que teme el ominoso destino de un moribundo abhuado, con joroba, mísero fadrubado sin norte ni sur; con el má puro y acendrado sentimiento las compuse con mi kifoide pluma pensando en vos, como el herrete de mi existencia filiforme que te busca flexuoso, te halla, te olvida y te vuelve a buscar para no morir, el último olvido.

  6. «Conticinio» es uno de los valses venezolanos más famosos. «¡Oh gloria inmarcesible! » es la frase con que empieza el himno nacional colombiano. «Se perdió el celaje azul» es el inicio de una famosa canción de desamor peruana llamada «Nube Gris».

  7. De Trebisonda es el equipo de fútbol del Trabzonspor contra el que jugó el Atleti en una Recopa de 1992.

  8. Aunque cada vez se oye menos desde pequeño he oído y usado «celaje».
    Estar mirando los celajes o quedarse mirando los celajes significa aquí, en Canarias, lo mismo que estar pasmado, no haciendo lo que tienes que hacer.

  9. Dactiliforme es una palabra completamente autoexplicativa, no veo la presunta extravagancia. Igual que quinésico, no se si es que hoy en día no se habla ya de la telequinesis, que tanto asustó a la gente en España de la mano de Uri Geller y que al menos hasta principios de este siglo a los que en esos años éramos jóvenes nos servía de tantas bromas, sobre todo cuando alguien (típicamente algún compañero de piso) estaba influído por los programas de parapsicología.
    Melifluo era relativamente habitual no hace demasiados años, aunque siempre tenía un uso relativamente culto,
    Trapisonda era el nombre de una familia protagonista de una historieta que leía la generación de mis padres y cualquier fiel de Ibáñez conoce.

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