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Césares, alquimistas y naciones que nacen: un paseo por cuatro siglos en el Palacio Real de Aranjuez

un paseo por cuatro siglos en el Palacio Real de Aranjuez 1
Vista del Palacio de Aranjuez, Manuel Salvador Carmona, 1773.

Es, por descripción, uno de los palacios reales. Uno que trae diferentes estilos, que fue tocado y retocado por dos dinastías de reyes. Los jardines, las obras en su interior, la vocación de museo, la magnificencia.

Eso en ficha breve.

Pero es que estos lugares resultan su misma historia y la de quienes los habitaron. Y aquí, en Aranjuez, tenemos un pelín de todo: reyes que holgazanean, naciones nacientes, eficiencia, sicalipsis.

Acompáñennos por estos cuatro siglos de historia entre muros.

Ahí quedaría bien un palacio, dijo Carlos de Habsburgo

Fue idea de Carlos V, que estaba muy a lo de levantar nuevas estancias, porque de qué te sirve ser emperador plenipotenciario de Europa si no te haces algunos palacios bien cómodos. Así que a levantar chalets grandotes. Aunque, a fuer de sinceridad, quien inicia obras es su hijo Felipe. Y se lo encarga a los arquitectos reales… Igual a ustedes les suena por lo de San Lorenzo. Sí, en El Escorial, ya saben. Juan de Herrera. Pero también tuvo importancia en Aranjuez. Y en Toledo. Y proyectó la catedral más grande de todo el cristianismo. Y hasta concluyó su opus magnum. ¿No saben lo que es un opus magnum? Pues, brevemente… que descubre, el señor, la piedra filosofal. Y no le renta mucho. Narración curiosa.

Se nos nace Juan de Herrera por Movellán, año del Señor de 1533. Movellán está en el valle de Valdáliga, Cantabria. Familia hidalgüela aunque sin muchos posibles. Pero… golpe de suerte, el momento justo, el lugar preciso. Porque allí, muy cerquita, estaba la familia Guevara (los de fray Antonio de Guevara), que eran bien considerados en corte. ¿Resumen? Que nuestro Juan, huérfano de crío, entra pronto a codearse con los grandes del país. Nada menos que en la comitiva de un tal Felipe de Habsburgo, que será segundo rey de su nombre.

Y ahí empieza a forjarse Juan. Que pasa por el ejército, que pisa Flandes, Italia, que coge influencias de la cultura grecolatina, de lo que se hace en casi cualquier lugar de Europa. Vitruvio, Aristóteles. Un neostoico, dicen de Herrera, ahora que están muy de moda los estoicos.

Sucede que también barrunta saberes… más heterodoxos. Estudio completo, todos los campos que se conocen. Astrología, videncias, las obras de Hermes Trismegisto. Y, claro, la alquimia. Se lo contamos rapidín, aunque a él le llevase décadas. Digamos que en aquel entonces alquimia y química se diferenciaban lo justo, y hasta sir Isaac Newton echó sus buenas tardes en lo de sacar oro a partir del plomo, porque no éramos tan estrictos en separar. Y eso, que nuestro Juan de Herrera llegó a producir plata (que no es oro, pero está cerca) a partir de mercurio. Ocurre que necesitaba tanto para transformar en tan poco que no cundía la transustanciación. Lo de las alforjas y el viaje, para entendernos.

Ese era Juan de Herrera.

Bueno, ese y uno de los artistas más importantes de su tiempo. Que estuvo a cargo, o subsidiario, en el Palacio Real de Aranjuez, en el Alcázar de Toledo, en El Escorial, en el claustro de la catedral de Cuenca, en el ayuntamiento de Toledo. Que es a quien encargan ese plano loquísimo de Valladolid, con la catedral que iba a ser casi tres veces más grande de la que hay (faltaron dineros, como siempre). Que diseña el urbanismo de Madrid cuando se vuelve capitalina, que es cartógrafo, que lo meten incluso en política, nombrado regidor perpetuo de Santander (cargo que subarrienda para llevarse sus buenos reales de vellón, obviamente). Que, incluso, sale a bien de cierta movida con la Inquisición… o con un inquisidor, al que mete cuchillada, ras, así, no de morirse pero sí escuece. Y eso, inmunidad para Juan de Herrera.

Fue, sin duda, quien marcó la estética de entonces. Sobriedad, horizontalidad, esos penachos, esos tejaos de pizarra negrísimos. Los edificios del montañés eran seriotes como un catedrático de Derecho civil. Pero lucen, vaya si lucen.

Aunque en muchos, Aranjuez verbigracia, se vean también las manos de otros artistas…

Aranjuez en obras, los Austrias en decadencia

Sucede que levantar un palacio es cosa carísima, y al final ya saben cómo son estos asuntos… se alargan, se alargan y nunca sabes cuándo van a terminar. No, desde luego, con los Austrias menores, que se empeñaron en bancarrotas y manirrotos, y dejaron la monarquía hecha bastante solar.

Seguramente pasaron por Aranjuez, especialmente los dos Felipes, que gustaban mucho de cazar, y aquel espacio era coto jugosísimo donde ya probó sus cualidades el primer Habsburgo, a quien llamaban Hermoso. Sus cualidades cinegéticas, aclaramos, que con aquel Felipe inicial nunca debes dar nada por supuesto.

Y eso, que fue un siglo, el XVII, de más a menos, terminando realmente horrible, porque Carlos II, el pobre, bastante tenía con respirar, y fue monarca bienintencionado, cuentan, pero completamente inútil, de tantos apellidos con mímesis que adornaban su árbol genealógico.

Y así descansa durante décadas Aranjuez, el sueño de los edificios que igual ni llegan a terminarse. Aunque él gastó fortuna.

Volvemos a Aranjuez, llegan los Borbones

Dejamos el palacio a medio construir, recuerden, porque los Austrias menores se pusieron menores de narices (y algunos bastante tenían con limpiarse las babas). Quienes vuelven a meterse con las obras, una vez ahorrados maravedíes, son los Borbones, nueva dinastía reinante, que gustó muchísimo de Aranjuez. Menudas reformas, por Aranjuez, y qué bonitos los jardines versallescos, que nos recuerdan tanto a la France. Porque, no se engañen, estos Borbones son franceses de verdad, con su idioma francés, sus costumbres francesas y su fastidio por no ceñirse corona que llevaron los Valois.

Especialmente Felipe V, que tenía pedigrí poco reinante al norte de los Pirineos (nieto de Luis XIV, muchos han de morirse para llegar a la consagración de Reims), pero alguna esperanza late en su muy amplio pecho. Quizá por esas razones era remolón para gobernanza, y prefería el ejercicio de la sicalipsis más absoluta al aburrido parlamentar de audiencias e intendentes.

Ojo, hizo sus cosas Felipe V, sobre todo los Decretos de Nueva Planta, que marcaron para siempre el futuro de sus posesiones (en un sentido u otro). Pero se aburría bastante, y también tenía pelín de consanguinidad, que es muy mala para la mente. Ah, y la vejera, que nos afecta a todos. ¿Resumen? Que se creía una rana a veces (con su croar y todo), que perseguía a las muchachas del servicio, que no se cortaba las uñas, que quería montar caballos de los cuadros, que desarrolló una querencia grandísima a lo de no vestirse, ni lavarse, ni na. Algunos echaron la culpa a la reina, Isabel de Farnesio, por el excesivo celo marital que mostraba con Felipe. Pero es que Isabel de Farnesio fue siempre una mala de cómic, amigos…

Por el palacio paró bastante, también, el mejor rey que hubo en la historia de España. «Carlos III, Carlos III», gritan enfervorizados los chavales, porque la propaganda es fortísima, y Carlos III tiene prensa como para ganar Eurovisión. Pero yo niego esas afirmaciones. El mejor rey de la historia de España es Fernando VI, su medio hermano. Y, vale, tiene cosas horribles vistas hoy, pero es que su tiempo era su tiempo. En fin, que el buen Fernando VI intentó, sobre todo, mejorar la vida de sus súbditos (aún no eran ciudadanos, eso llega por Aranjuez en 1808, se lo cuento en un ratito). Sacar la monarquía de guerras, mejorar comunicaciones, terminar conflictos tontos, modernizar la marina, incluso aquello de Ensenada sobre fiscalizar bien (pero bien, bien) todas las propiedades que cada concejo, ciudad, paisano y señor gasta en las Españas. Sonaba divino. Luego sale como sale, pero sonaba divino. Y sí, termina el rey con la locura propia de su familia (en su caso, locura de amor, no pudo soportar la muerte de Bárbara de Braganza), y también pelín dopado por el opio que le dan para mitigar dolores, y con unos ataques de paranoia bastante grandes, pero que no sirva eso para desmerecer toda su causa (además, que ya lo último no ocurre en el Palacio de Aranjuez, porque está Fernando melancólico, y todo le recuerda a la de Braganza, y prefiere ir a Villaviciosa de Odón antes que contemplar tan bonitos jardines con tan dolorosos recuerdos). Pero miren cómo sería su reinar que el tal Carlos III, recién llegado de Nápoles, se dedicó a recoger frutos, y no veas la buena fama que trae…

Aquí empieza la nación

Depende a quién preguntes te cuenta una fecha u otra. Hay osados que se van a Hispania, otros te dicen que si los Reyes Católicos, los de más allá no sé qué de Leovigildo, o del primer Anjou. Sí, el que era una rana, se lo contamos arriba. Pero también ciertos estudiosos dicen que España, la nación española, nació en 1808. Y que lo hizo en el Palacio Real de Aranjuez.

Está la península alborotada en 1808. Que si Bonaparte (Napoleón) pide permiso para ir hasta Lisboa, que si los Borbones dicen en Bayona que se han cansado y reine otro, que si ese otro es Bonaparte (José), que si el pueblo llano se lo toma cual invasión (el pueblo llano y su desconfianza, ya ven) y le calza tirria a los franceses… Un sinvivir. Hay un dos de mayo por la villa y corte, y «otros dos de mayo» en sitios como Zaragoza, Valencia o Santander. También se organizan las élites, que siempre andan a lo de gobernar. No queremos galos, así que tiramos del talento interior. Les dicen Juntas, como las antiguas administraciones. Y hay por Asturias, por Galicia, por Cantabria, por Sevilla… en todos lados. Mogollón. Pero aisladas, sin organizarse, sin hacer algo que sea unión. Hasta que meten mano los ingleses, y algún ilustrado del terruño, que también hay.

Uno es Jovellanos, de quien partirá la idea de crear Cortes Constituyentes (seguro que saben a dónde llegamos). Y el otro es José Moñino y Redondo, al que conocen por conde de Floridablanca, un señor de lo más preparao que había sido pez gordo con dos Borbones y hasta intentó hacer reforma territorial (que buena falta hacía). Este Floridablanca es quien propone reunir todas las Juntas de los valles y burgos en una Junta Suprema. O, si lo prefieren, reclutar a los representantes de aquello que era la monarquía hispánica y hacer… en fin, hacer una representación bien gorda. Una que sirviese para dictar leyes, para cubrir sentencias, para gobernar el reino mientras hay un rey huido y otro rey al que no reconocen.

Será un 25 de septiembre, año 1808, en el Palacio Real de Aranjuez. Treinta y cinco miembros en total, dos por cada circunscripción histórica (aunque con esto hubo movidas desde el minuto uno). Fue aquel momento, también, para pedir representantes americanos. Que no son colonias, sino reinos, decían, porque en momentos difíciles es mejor que rememos todos en la misma dirección.

Algo empezaba.

Algo empezaba, digo, porque esta Junta Suprema abandonó Aranjuez el 2 de diciembre de ese mismo año. Claro, había venido el hermano corso pequeño para ayudar y ese era imparable. Así, avance rapidísimo (avance estilo Napoleón, vaya), y la Junta que se va poco a poco hacia el sur, hacia el sur, hasta terminar en la Isla del León, primero, y en el gaditano oratorio de San Felipe Neri, después. Allí es donde, un 19 de marzo de 1812, se aprobó la primera constitución española (del Estatuto hablamos otro día). Cayeron rayos y truenos aquella tarde, y hasta algún árbol bien grandote se derrumbó ante los constituyentes.

Como metáfora queda ideal.

Pero todo, todo, comenzó en Aranjuez.

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El palacio de Aranjuez en la actualidad. Fotografía: Getty.

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