Hebras y nodos

Tres corazas contra la nada: carácter, autenticidad y autoestima

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Imagen promocional de El séptimo sello, 1957

El Concilio y el nacimiento del teatro interior

El IV Concilio de Letrán (1215) no fue solo una cumbre administrativa de la cristiandad; fue el momento en que Occidente decidió que el campo de batalla de la existencia ya no era el mundo exterior, sino la alcantarilla de la conciencia. Al imponer la confesión obligatoria, la Iglesia de Inocencio III obligó al ser humano a convertirse en un narrador de su propia miseria. Antes de 1215, uno era lo que hacía: un caballero, un campesino, un pecador público. Después de Letrán, uno empezó a ser lo que sentía.

Nació así la interioridad moderna, y con ella, la tragedia que se diseccionaría siglos después: la creación de un «yo simbólico» que intenta desesperadamente separarse de su destino biológico. El ser humano descubrió que podía construir un relato de sí mismo que fuera eterno, un «yo» que no envejeciera ni oliera a descomposición. Pero esta victoria simbólica tuvo un precio: la neurosis. Al dividirnos entre un espíritu que sueña con la infinitud y un cuerpo que se pudre, nos convertimos en la única criatura del universo que tiene que mentirse a sí misma para poder desayunar sin colapsar de terror.

Hoy, esa mentira se ha sofisticado. Ya no nos confesamos ante un cura, sino ante el altar de tres corazas modernas, nuestros «proyectos de inmortalidad»: el carácter, la autenticidad y la autoestima.

El guion aprendido: El sistema heroico cultural

Nadie nace libre, porque nacer es, ante todo, heredar un sistema de negación. La sociedad es, en esencia, un «sistema heroico»: una estructura simbólica que nos permite creer que somos objetos de valor en un universo de sentido, y no meros accidentes biológicos. El niño no nace con carácter; nace con miedo. Y ese miedo es gestionado a través de la cultura.

Llegamos a un mundo que ya ha decidido qué es lo bueno, qué es lo bello y qué es lo eterno. La familia, la escuela y el mercado nos entregan un guion que aceptamos con alivio, porque la alternativa es el vacío. Cuando aprendemos nuestro nombre, nuestro estatus y nuestras metas, lo que estamos haciendo en realidad es comprar un billete hacia la falsa inmortalidad. El problema surge cuando el guion es tan rígido que el personaje devora al actor. Muchos de los que hoy dicen querer «encontrarse a sí mismos» ó «salir de su zona de confort» pero, en realidad, quieren decir: “quiero dejar de interpretar al personaje que me tocó ser.” Y a la vez, con la aterradora sospecha, de que, si se quitan el disfraz social, no quedará nada debajo excepto un organismo destinado a la extinción.

El carácter

El carácter es el gran invento de la neurosis normalizada. Para la sociedad, tener «buen carácter» es ser previsible, sólido y funcional. Para el individuo, el carácter es una armadura que nos protege de la «dualidad criatural»: el hecho de que somos mentes que pueden pensar en las galaxias pero cuerpos que necesitan defecar y que, finalmente, morirán.

Pensemos en el juez decimonónico, esa figura de autoridad que citábamos anteriormente. Su carácter no es una elección, es un causa sui fallido. El juez se envuelve en la toga no solo para impartir justicia, sino para ocultar su propia vulnerabilidad. En el estrado, el juez es eterno; el juez no sangra, no duda, no teme. Su carácter es una «mentira vital» que le permite creer que forma parte de algo que no perecerá: la Ley, la Nación, el Orden.

Sin embargo, como bien señaló Kierkegaard, el hombre con carácter suele ser un «filisteo» de la existencia. Vive en una «tranquila desesperación» porque ha sacrificado su libertad a cambio de la seguridad de una máscara. El juez morirá habiendo sido un funcionario impecable, pero nunca habrá sido un hombre vivo, porque la vida real exige una apertura al caos que su carácter no podía permitirse. El carácter sostiene la civilización, pero a menudo lo hace a costa de asesinar al individuo bajo el peso de su propia respetabilidad.

La autenticidad

Cuando el carácter se volvió demasiado pesado, la modernidad nos vendió la «autenticidad». Pero, ¿qué es la autenticidad sino un intento aún más desesperado de divinizarnos? El imperativo de «ser uno mismo» (quedar atrapado en una versión tuya que nunca cambia). Es la versión laica de la búsqueda de la santidad. Buscamos ser «auténticos» para sentirnos únicos, especiales, irrepetibles. Y ser irrepetible es, en términos psicológicos, una forma de reclamar la inmortalidad: si soy único, el universo no puede permitirse mi desaparición.

La anécdota de Diógenes y Alejandro Magno es la colisión de dos proyectos de inmortalidad distintos. Alejandro buscaba la gloria a través de la expansión espacial; Diógenes, a través de la expansión del yo cínico. Alejandro admitía su envidia («Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes») porque veía en el filósofo una forma de heroísmo que no dependía de ejércitos, sino de la pura voluntad de ser. Pero ambos estaban atrapados. Alejandro no podía dejar de conquistar porque su «yo simbólico» moriría si se detenía; Diógenes no podía dejar de insultar a los poderosos porque su identidad se basaba en ser el espejo que ridiculizaba al sistema. Estaba atrapado en la mentira del cinismo.

La autenticidad es, a menudo, la forma más refinada de narcisismo. En la era de Instagram, ser «auténtico» es una performance vigilada por el algoritmo. Nos esforzamos tanto en demostrar nuestra singularidad que terminamos convirtiendo nuestra existencia en una marca. El ser humano es un «dios con ano»: un ser que sueña con la perfección mientras su cuerpo le recuerda constantemente su animalidad. La búsqueda de la autenticidad es el intento de ocultar el ano y quedarnos solo con el dios.

La autoestima

Llegamos así a la joya de la corona de la psicología moderna: La autoestima. No es simplemente «sentirse bien con uno mismo». Es algo mucho más profundo y aterrador: es el indicador de cuánto creemos en nuestro propio sistema de negación de la muerte.

Tenemos autoestima cuando sentimos que estamos cumpliendo con los estándares de heroísmo de nuestra cultura. Si la cultura valora el éxito económico, nuestra autoestima subirá cuando ganemos dinero, dándonos la ilusión de que somos objetos de valor cósmico. La autoestima es el mecanismo que nos mantiene alejados del «terror al aniquilamiento». Cuando nuestra autoestima cae, lo que asoma no es solo la tristeza, sino el pánico existencial: si no valgo nada, si no soy especial, entonces soy solo un animal que va a morir.

Por eso la exigencia actual de tener una «alta autoestima» es tan tiránica. Se nos pide que mantengamos alta una autopercepción que es intrínsecamente frágil. Es un narcisismo de supervivencia. El mandato de «quererse a uno mismo» nos obliga a celebrar una construcción simbólica (el yo) para no tener que mirar a la realidad física (la carne). La autoestima es el sedante que nos permite seguir caminando por la cuerda floja de la existencia sin mirar hacia el abismo que se abre bajo nuestros pies.

No es una liberación romántica

Despojarse de esas corazas —carácter, autenticidad, autoestima— no conduce a una liberación romántica. Conduce al terror. Porque el carácter era la coraza simbólica de tu inmortalidad; la autenticidad, un intento heroico de distinguirte del resto de los animales; y la autoestima, el narcisismo necesario para soportar la verdad insoportable: que eres un trozo de carne con alma, destinado a volverse polvo o alimento de gusanos. Cuando todo eso se derrumba, lo que queda no es la libertad, sino el pánico.

Y, sin embargo, quizá ahí empiece la única forma de coraje real: el del animal que, sabiendo que va a morir, decide levantarse cada mañana. No por heroísmo, ni por fe, ni por autoestima, sino por simple desafío biológico: la obstinación de seguir vivo. No hay salvación fuera del sistema simbólico, solo el pánico. Y quien renuncia a la ficción de ser un “alguien” para enfrentarse a la intemperie, ha completado el giro más profundo: el del animal que se niega a mentirse sobre su propia condena biológica. En el abismo se encuentra la fuerza, y en la flaqueza el grito: ¡Espabila hostia, que si no desapareces!

Tres corazas contra la nada. Tres ficciones para soportar el miedo al vacío. Y, tal vez, la única autenticidad posible sea saber que no la hay.

 

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4 comentarios

  1. El autor escribe a partir de la visión dogmática, materialista, atea que tiene del ser humano. Ha decretado que somos «meros accidentes biológicos», como ha decretado que la espiritualidad no existe, y a partir de esas premisas falsas saca conclusiones más que dudosas.

    Por cierto, al autor le gusta mucho decretar, dogmatizar. Por ejemplo, para él es evidente que el ser humano está solo en el Cosmos (en el que hay por lo menos 2 billones, con B, de galaxias – le dejo calcular el número de estrellas y de planetas), puesto que es «la única criatura del universo que tiene que mentirse a sí misma para poder desayunar sin colapsar de terror». O decreta que no se puede ser rebelde, anarquista o monje zen y tener autoestima: «tenemos autoestima cuando sentimos que estamos cumpliendo con los estándares de heroísmo de nuestra cultura». O que un juez no puede ser un tipo que vive una vida satisfactoria una vez acabado su trabajo: «el juez morirá habiendo sido un funcionario impecable, pero nunca habrá sido un hombre vivo, porque la vida real exige una apertura al caos que su carácter no podía permitirse.» (Por cierto, el autor escribe: «Pensemos en el juez decimonónico, esa figura de autoridad que citábamos anteriormente» pero antes no se ha hablado de ningún juez decimonónico).

    En resumen, un texto escrito con brocha gorda a partir de ideas arbitrarias y por ello sin gran interés.

  2. ángel Prats

    Pablo, tienes razón en el apunte sobre el juez: en la edición final se recortó la anécdota previa y la referencia quedó huérfana. «Mea culpa».
    Sin embargo, creo que confundes mi diagnóstico con mi creencia. Mi texto no “decreta” que el ser humano sea solo un accidente biológico; lo que hace es describir el vértigo del hombre moderno que, al haber dejado de creer en la trascendencia tradicional, se siente reducido a eso.
    No escribo desde el dogma ateo, sino desde la observación cultural: En el siglo XIX Occidente “mató” a Dios como centro de la vida. En el XX, intentamos llenar ese vacío endiosando a la Pareja romántica. En el XXI, tras el colapso de la pareja, hemos puesto en el altar al “Yo” (autoestima, autenticidad).
    Mi crítica es precisamente que el “Yo” es un dios demasiado pequeño. La psicología y la ciencia intentan hoy salvarnos de la angustia de la muerte, pero mi tesis es que son herramientas insuficientes para una tarea que antes cumplía el alma. No niego la espiritualidad; al contrario, señalo la tragedia de una sociedad que ha perdido la capacidad de sostenerse en Dios y ahora intenta sostenerse en el individuo, lo cual es imposible.

  3. Supongo que el artículo se ha escrito con cierta vocación provocadora, lo que suele estimular el pensamiento y lo que sin duda ha generado la respuesta de Pablo. Más allá del indicio o la fisura que se abre en la aridez existencial del artículo al referirse al alma, creo que la aclaración al cuestionamiento de Pablo era necesaria, lo ha sido al menos para mí. De modo que gracias a ambos, a ángel por provocar, a Pablo por protestar y ángel, otra vez, por responder y mostrarse.
    Y sí, comparto la idea de la horfandad -y el enorme sufrimiento- del individualismo moderno y del materialismo radical que, además, tienen poco fundamento epistemológico.

  4. ángel Prats

    Muchas gracias, Santi. Has dado en el clavo: la provocación del ensayo buscaba precisamente agitar el avispero, aunque reconozco que el texto por sí solo puede quedar algo duro o “árido”, como bien dices. Me alegro mucho de que la respuesta a Pablo haya servido para aclarar el contexto y de que compartamos esa visión sobre el desamparo y el individualismo del hombre moderno.

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