
El Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado hizo subir varios enteros la polémica por la premiación de una supuesta transición política basada en la intervención extranjera más que en la reconciliación pacífica. Mientras tanto, Venezuela, el país de Machado, se convirtió en un protectorado estadounidense manu militari. Una actuación cuyo principio rector no fue la defensa de los derechos humanos: ¡es el petróleo, estúpido! ¡es el subsuelo, estúpido! Lógico: se trata de una administración trumpista caracterizada por el autoritarismo, las detenciones arbitrarias, las violaciones de derechos humanos y el intento nada disimulado de ir a por la midterm election de 2026 a base de fraude electoral masivo, generando temor y movilización en la población. Esta combinación de premio discutible y agresión externa pone en solfa ciertos discursos de supuesta transición pacífica a la democracia.
Los criterios del Nobel. Cuando la lucha por la paz es un convidado de piedra
Los criterios establecidos por Alfred Nobel son: 1) promoción de la fraternidad entre las naciones; 2) abolición o reducción de ejércitos permanentes; 3) promoción de congresos o actividades de paz.
El Nobel a Machado estuvo envuelto en polémica desde el principio, y no se vislumbra el final, pues cada poco sale una nueva entrega: la principal favorita no era ella, sino Yulia Navalnaya, viuda del opositor ruso Alexei Navalny, fallecido en extrañas circunstancias en un riguroso centro penitenciario en Yamalia-Nenetsia (Siberia occidental, en el Ártico ruso). Entonces no se había hecho público, aunque hoy es un clamor. Es más, Machado no figuraba ni entre las primeras según las predicciones de los especialistas. Sin embargo, una filtración antes del anuncio del premio para la venezolana hizo fluir el dinero a los bolsillos de los apostadores que tenían esa «corazonada». Parece que la finalidad era simplemente aumentar la cuenta de los interesados, aunque lo que llama más la atención es que detrás del asunto parece que podrían estar implicados piratas informáticos con un Estado detrás, hasta el punto de que la propia inteligencia noruega anda indagando.
En lo relativo a la elección de la beneficiaria, la elección del Comité no concitó unanimidad entre organizaciones que trabajan por la paz y defensores del pacifismo. Organizaciones pacifistas y el Consejo de la Paz Noruego rechazaron la concesión del premio y anunciaron que no participarían en la tradicional procesión en honor al Nobel,el fakkeltog, al considerar que la figura de María Corina Machado no encarna los valores de paz y desarme. Asimismo, se produjeron protestas en Oslo y numerosos analistas, académicos y activistas cuestionaron su perfil político, señalando sus vínculos con políticas confrontacionales y apoyos controvertidos, en posible contradicción con el espíritu original del Premio Nobel de la Paz.
Organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional (AI) o Human Rights Watch (HRW) respaldaron el premio, pero se mostraron poco entusiastas en comparación con otros galardonados, sobre los que se suelen alabar sus cualidades personales y su contribución individual. Así, Amnistía Internacional y Human Rights Watch reaccionaron con suma cautela, a sabiendas de que Machado no lleva a cabo una oposición totalmente pacífica al madurismo, y pasaron de puntillas sobre la idoneidad de la galardonada, centrándose más en el pueblo venezolano, los riesgos que sufren los opositores o el apoyo a estos frente a las violaciones sistemáticas de los derechos humanos.
Otros críticos le achacan su excesivo vínculo con Estados Unidos y un alcance limitado de su acción, circunscrita solo a Venezuela, sin llevar a cabo una contribución a la paz de ámbito mundial ni un compromiso con otras luchas. En definitiva, es una decisión que ha generado demasiada controversia, y no falta razón para ello. Algunas organizaciones noruegas le echan en cara su belicismo al pedir la intervención militar de Trump. Si a esto se añade la entrega de la medalla del Nobel en enero de 2026 al estadounidense, parece que, de aquellos lodos, estos barros.
En cualquier caso, Estados Unidos mostró en octubre de 2025 su desacuerdo con la decisión del Comité Noruego, al que acusó de hacer política (hacer política = no darle el premio a Donald Trump, que acabó con ocho guerras como ocho soles).
A vueltas con el criterio 1: fraternidad entre las naciones
Machado no ha promovido la fraternidad, sino la confrontación, con alineamientos internacionales selectivos escorados al populismo de extrema derecha, como se describió. No aspira a unir a todas las sensibilidades ideológicas: es polarizante, careciendo de una visión de Estado integral y transversal que aúne a toda la sociedad. No participa de cualidades como las de Mandela, Wałęsa, Mújica o Havel.
En este sentido, además de ser partidaria acérrima de Trump, poniéndolo como ejemplo de políticas que Venezuela necesita, pasa por alto las miles de deportaciones de venezolanos que practica Trump o apoya los asesinatos extrajudiciales de supuestos traficantes venezolanos en el Caribe por parte de aviones estadounidenses —aseguró en una de sus habituales intervenciones en FOX—. Traficantes o no, es de recibo que sean condenados en un juicio justo, no ejecutados sin garantías procesales.
Tampoco es un máximo exponente de fraternidad el odio a la inmigración de las formaciones políticas aliadas de Machado, como los Patriots europeos o los alemanes AfD, que no están en los Patriots pero como si lo estuvieran, porque Vox y otros toman la idea de la remigración de los ultras alemanes y la hacen suya. AfD se pasó tanto que sus mismos correligionarios del eurogrupo parlamentario Identity and Democracy, otro foro ultra que albergaba a muchas formaciones que hoy son parte de los Patriots, decidieron expulsarlos. La razón: el Spitzenkandidat (cabeza de lista) a las elecciones europeas, Maximilian Krah, dejó caer que no todos los SS eran criminales. «Me niego a creer que cada persona que vistió un uniforme de las SS fuera automáticamente un criminal», expresó. No hay derecho (IV) que porque mates a un gato te llamen matagatos.
Solo porque fui autor del Holocausto, exterminé a los gitanos, asesiné a personas con discapacidad, ejecuté masivamente civiles en Europa, asesiné a los habitantes de pueblos enteros (Lídice, por ejemplo), llevé a cabo deportaciones forzadas de miles de personas a campos de concentración y exterminio, torturé y asesiné a prisioneros de guerra (sobre todo soviéticos) saltándome las convenciones internacionales, experimenté de manera inhumana con humanos, incluidos niños, llevé a miles de trabajadores forzados a la muerte en los campos de concentración y reprimí y asesiné a todo disidente político que se me puso por delante…
me llaman mala persona
me llaman mala persona
me llaman mala persona
si es que no, no hay derecho; no lo hay, no lo hay (V)
(versión particular maximiliankrahiana de la canción homónima del grupo cómico español Académica Palanca)
Tales compañeros de viaje frecuenta Machado.
A vueltas con el criterio 2. Abolición o reducción de ejércitos permanentes: la intervención estadounidense era un escenario real
Hablar de «abolición de los ejércitos permanentes» al mismo tiempo que hablar de Netanyahu y Trump son términos antitéticos. Trump apoya el militarismo de Putin, inundando las calles de las ciudades supuestamente inseguras —casualidad, gobernadas por el Partido Demócrata— de militares o agentes de la migra (ICE). También envía armas a Netanyahu. Eso por no hablar de que siempre tuvo en mente el uso de la fuerza armada para derrocar a Maduro, si bien, fiel a su estilo errático, lo descartó y lo aseguró según le iba viniendo en gana (diplomacia del loco, pero a lo Trump; es decir: en realidad, no parece tenerlo claro). En suma, no viene a la mente que los nórdicos «nominaran» siquiera a Machado si el akevitt no circulaba generosamente en el Comité.
Volviendo a Machado, no se dan evidencias de que haya promovido desarme o reducción militar alguna; más bien, todo lo contrario: por una parte, ha respaldado acciones militares de otros países y alianzas con fuerzas armadas extranjeras. También apoya las ejecuciones extrajudiciales contra tripulantes de lanchas venezolanas, un circo del que Trump —y, por lo que parece, de igual modo Corina Machado— se vanagloriaban y siguen haciéndolo. Asimismo, se felicitó del bombardeo de Venezuela y la consiguiente captura de Maduro en enero de 2026, celebrando un hito de la violación del derecho internacional. Resultó pasmoso cómo opositores y no pocos partidos políticos celebraron un intervencionismo estadounidense que comportaba una violación del derecho internacional en toda regla, en especial en América Latina, donde Estados Unidos siempre ha puesto y quitado gobiernos o «capturado» territorio de países soberanos desde hace dos centurias.
Qué tiempos aquellos en los que Abu Ghraib o Guantánamo, Afganistán o las kill lists que pusieron en práctica George W. Bush, Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden se ocultaban a la opinión pública. Al menos se tomaban la molestia. Hoy parece hasta tierno en comparación.
Vente pa’ Venezuela, Donald: de aquellos humos, estos fuegos
«Por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia», asegura el Comité del Nobel. Sin embargo, Machado llevó a cabo continuas alusiones a una caída de Maduro y, en este sentido, aseguraba tener planes «para las primeras 100 horas y los primeros 100 días de transición», así como un plan de generación de riqueza para un período de gobierno. También se aventura —puede visualizarse en la web de «Vente Venezuela», el partido político de Machado— que «pronto Venezuela será el mayor aliado de EE. UU. en la región». Dicha «premonición» y la minuciosa preparación mencionada, teniendo en cuenta que no había procesos electorales a la vista, ¿a qué obedecerían? ¿Al día después de una invasión estadounidense para derrocar a Maduro?
Por otra parte, en Venezuela la intervención de Washington no fue una ocurrencia de última hora: cuenta, en ese sentido, con cierta tradición en el sector más escorado a la derecha-ultraderecha de la oposición. La defendieron Juan Guaidó en 2019 y la propia Machado, al «pedir al mundo que actúe» e invocar la aplicación del artículo 187.11 de la carta magna venezolana; es decir, «una misión internacional de paz para actuar contra un genocidio silencioso». La opositora lo hace descansar en la doctrina de la «Responsabilidad de Proteger» (Responsibility to Protect, conocida en los círculos del derecho internacional humanitario —DIH— como R2P). Fue enunciada por la ONU y se aplicó de manera controvertida en Kosovo en 1999, cuando las fuerzas «policiales» serbias estaban perpetrando masacres consecuencia de la depuración étnica en la provincia. No se trata, por consiguiente, de fuerzas de paz o de cascos azules de la ONU: se refiere a otra cosa.
Incluso el conocido cantante venezolano Carlos Baute animó también al Tío Sam —desde España, eso sí— a invadir su propio país, a la vez que mostró su apoyo a Machado. Que si —se venía a decir— lo del Nobel está muy bien, pero no iba a sacar a Maduro; faltaba algo adicional: el hombre estaba esperanzado. «Con todas las armas que tiene Trump, tenemos esperanza de que algo pase». ¿Sería en lo que pensaba cuando cantaba aquello de «Dame de eso»? Aunque no se trataba de dar vida ni miradas, precisamente. Al final, incluso hubo hasta bailecito (como se verá en breve).
Volviendo a los preparativos de invasión estadounidense, varios humos anunciaban fuego. Como en enero y febrero de 2022 con los rusos, se repitió el patrón: hubo un despliegue militar insólito, con la transferencia del 20 % de la Marina estadounidense al Caribe y su portaaviones más letal.
La siguiente evidencia indiciaria vendría dada por las declaraciones de Pete Hegseth. El exmilitar defendió, en su momento, el atropello a los derechos humanos de los presos en Guantánamo y fue presentador de la muy trumpista FOX. Ahora es secretario de Defensa (o «Guerra», que le llaman ahora), y asegura que Nicolás Maduro «debería estar preocupado». El secretario de Defensa pasa por un devotísimo cristiano. Sin embargo, no parece producirle desazón espiritual alguna el asesinato a sangre fría de civiles (por muy —supuestamente— narcos que sean). Es el hombre que se presentó a un conversatorio con Zelenski vistiendo una corbata con los colores de la bandera rusa. Habla de seguridad, habla de lucha contra el narcotráfico. ¿Derechos humanos? No: está a otros asuntos.
Continuamos: al designar el régimen de Maduro como una organización narcoterrorista, se estaba preparando la legitimidad de una intervención armada. Los cada vez mayores ataques y asesinatos selectivos contra supuestas narcolanchas y sus ocupantes, y el mencionado despliegue naval en aguas caribeñas, no anunciaban, desde luego, pacifismo. Los pasos se siguieron dando: noviembre de 2025 fue un mes calentito o de precocción, mejor dicho. En primer lugar, se declara terrorista a Nicolás Maduro y, en segundo, EE. UU. decreta el cierre del espacio aéreo venezolano. Ya es difícil pensar en violar un atributo de la soberanía más sensible que ese.
Asimismo, no era solo el aspecto militar. También había una vertiente económica, que pasaba por poner a disposición de Trump el rico subsuelo venezolano (en especial, el petróleo) a cambio de la no intervención del país norteamericano. La propuesta fue del madurismo y también de Machado: algo tienen en común, con la diferencia de que unos intentaban evitar una invasión y otros pensaban en los planes tras ella. María Corina redunda en esta oferta, asegurando a Estados Unidos oportunidades multimillonarias de negocio. No se dirige a Trump, pero sutilezas, las mínimas: trae el pliego de «oportunidades económicas». «Estamos trabajando en alianza con el Gobierno del presidente Donald Trump para consolidar la libertad en Venezuela. Nosotros lo sabemos, el Gobierno estadounidense lo sabe, y estamos trabajando juntos», aseguró Machado, incorrecta traducción del inglés billion incluida, cuando aún tenía la convicción de que iba a ser la próxima presidenta (perdón, queríamos decir Edmundo González).
En el campo de las declaraciones, Machado estaba tan excitada con la materialización de una intervención estadounidense que, además de celebrar el Día de Acción de Gracias de dicho país, se prodigó desde la última semana de noviembre en afirmaciones cuyo cariz difícilmente podía desligarse de los pasos belicistas de Washington: continuas alusiones al fin de la era de Maduro, a que se le acababa el tiempo, a una transición imparable y a que el entonces presidente debía facilitarla o, en caso contrario, pedía a las fuerzas armadas venezolanas ponerse del lado de Machado/González Urrutia o, de no hacerlo, se verían arrastradas por lo que todos imaginaban.
Con todo, Machado evitó siempre hablar de intervención de Washington de manera explícita. No así su asesor, Pedro Urruchurtu, quien sí deslizó que la diplomacia —por ejemplo, la del presidente colombiano Petro, el brasileño Lula da Silva y la mexicana Sheinbaum— no funcionaba, y que su equipo estaba en contacto con la administración Trump y no excluía presionar a otros gobiernos para llevar a cabo acciones diplomáticas, financieras, de inteligencia y policiales. No esperen que se hable de intervención militar, claro, pero es un rodeo que deja poco espacio a la imaginación, en especial cuando menciona sin tapujos que el régimen de Maduro no puede desmontarse sin el uso de la fuerza.
Con el tiempo, se verá cómo sus ansias de intervencionismo ajeno desbordan su país e incluso se internacionalizan.
Guardando todo mi amor para ti
A few stolen moments is all that we shared
You’ve got your family and they need you there
Though I try to resist being last on your list
But no other man’s gonna do.
(«Saving All My Love For You», Michael Masser and Gerry Goffin, 1978)
Lo que no sabían —o quizá no querían saber— es que no eran ellos los únicos que mantenían contactos fluidos con la administración Trump para una escena sin Maduro: no hablamos de diplomáticos de tercera, sino de importantes personalidades del gobierno de Maduro, como el poderoso ministro de Interior Diosdado Cabello (para muchos, la mano que de verdad lleva las riendas del país), la vicepresidenta Delcy Rodríguez y su hermano Jorge, e incluso el hijo de Maduro, Nicolás Maduro Guerra. Ello era de dominio público y fue publicado en el Miami Herald una semana después del anuncio de concesión del Nobel a Machado. Posiblemente, el equipo de esta lo sabía y andaba en una carrera contra el reloj para ser la favorita del neoyorquino; de ahí su inexplicable proceder y ofrecimientos a Trump, que podrían ser interpretados como una actuación a la desesperada y también como debilidad. Quizá la intervención estadounidense de enero de 2026 sorprendió a Machado con el paso cambiado.
A vueltas con el criterio 3. Promoción de congresos o actividades de paz
Su discurso pasa más por una derrota total del chavismo y el apoyo internacional a su partido que por la reconciliación, la diplomacia o la justicia transicional. En la oposición venezolana hay figuras más moderadas y mejor posicionadas, como Manuel Rosales, símbolo de la persecución política pese a ser criticado por dialogar con el chavismo, y Gerardo Blyde, jefe negociador en México y arquitecto del Acuerdo de Barbados. Ambos han sufrido persecución por parte del madurismo y defienden la negociación institucional como la única vía realista hacia unas elecciones libres.
María Corina Machado presenta un perfil y un liderazgo opositor que tiene su mérito: unificó a una oposición que andaba deshilachada. O a una parte bastante mayoritaria de ella, para ser exactos, porque hay un sector nada desdeñable que la rechaza. No concita unificación en torno a su figura como ha pasado en Serbia con la oposición a Slobodan Milošević a principios del siglo XXI o, sin salir del mismo país, con el movimiento estudiantil desde 2024. Machado tiene mucho tirón, pero igualmente demasiados detractores. No genera, como se esbozó, transversalidad.
Su estrategia de boicot continuo a participar en elecciones le ha granjeado numerosas críticas; una de ellas, que su efecto ha sido el de entregar más poder a Maduro, tal y como sucedió en las últimas elecciones a gobernaciones y a la Asamblea: el madurismo arrasó en ambas. Surge, pues, el siguiente interrogante: si estaba propugnando una medida útil para vencer al madurismo o estaba marcando territorio, perfilándose como líder totalmente opuesta al madurismo ante otro tipo —digamos— de salida. En este sentido, se ha acusado de traidores a aquellos diputados que no participaron en el boicot a las elecciones, asegurando que se trata de gente que no quiere la democracia en Venezuela y definiéndolos como entreguistas, derrotistas, parte del régimen. No es una postura conciliadora para ningún político que pretenda pilotar una transición excluir y difamar a parte de aquellos que desean democracia pero no comparten los métodos.
Subepílogo posmadurista: quien siembra vientos, recoge tempestades
Los contactos tanto de la oposición como el apoyo de María Corina Machado a la estrategia de Trump eran un todo o nada. ¿Sabía que los negociadores de Caracas le llevaban ventaja y estaba poniendo toda la carne en el asador? ¿Sabía que tenía las de perder y, aun así, seguía uniendo sus destinos a Trump, Milei y los extremistas europeos? Pudiera ser que no tuviera idea de que el desenlace sería tan rápido y quisiera ganar el relato de presidenta natural de Venezuela, presentarlo como hecho preconsumado. También es plausible que no tuviera ni idea de lo que se fraguaba y que, ingenuamente, continuara trabajando el discurso de que lo que tocaba entonces es que la pusieran al frente del país.
A Trump, que no es diplomático, no es conocedor de la situación mundial y confunde Albania con Armenia o Groenlandia con Islandia, no le gusta el enrevesado lenguaje diplomático, la letra pequeña, los entrelíneas. Habla un poco de la situación de Venezuela para quedar bien, pero pronto pasa a decir que se quedan los petroleros de los que se ha apropiado ilegalmente y que lo que le importa es el codiciado fluído. No es que sea directo y claro, es que posiblemente no sabe hablar de otra forma. Los pendencieros de patio de colegio no suelen ser gente leída y pasa lo que tiene que pasar: huyen hacia adelante y presumen justo de eso. Es un método de comunicación política que podría denominarse paletismo o cuñadismo político. No soporta las críticas, lo que suele suceder cuando se es incompetente, no se es brillante y no gusta que los demás lo sean. Hay algunos republicanos que protestaron por la ocurrencia de los aranceles y luego está Europa, siempre dispuesta a reprobar —con más o menos gradación de apaciguante actitud— las decisiones de Trump.
Abrió el melón el exmejor amigo Elon Musk, harto de las multas de la UE a X y hater declarado —sin salirse del tema— del presidente español Pedro Sánchez por prohibir las redes sociales a menores de dieciséis años.
Las sanciones fueron fruto de un proceso de investigación por parte de la UE de años, equipadas con una fundamentación jurídica a prueba de bomba. La razón de las sanciones económicas: el asunto de las verificaciones y la publicidad, que podían confundir a los usuarios y posibilitaban estafas, además de albergar un enorme potencial maligno para las campañas electorales, del que suele beneficiarse en especial la extrema derecha (ya saben, de los creadores de: «si eres “mena” o “moro” puedes matar y violar a gusto y no pasa nada»).
Y, claro; no hay derecho, precisamente es ese el sueño del MAGA: sería muy frustrante para gente como el vicepresidente J. D. Vance haber ido a Europa (oye, que el viaje cuesta un pico) a apoyar a la extrema derecha europea. Para entendernos: que los gobiernos democráticamente elegidos son autoritarios, a diferencia de gente como Orbán, LePen y cía, que son paladines de la libertad y la democracia. El exmarine y extertuliano, criticó la decisión de las multas, alegando censura, falta de libertad de expresión, y ataques a empresas estadounidenses por “basura”… (léase derechos de los consumidores, defensa de la democracia). Musk, por su parte, deseó que la UE fuera abolida, que así no se pueden hacer negocios. Tanto papeleo de protección del consumidor y salvaguarda de las democracias. Así no se puede.
Con el asunto de Groenlandia, más de lo mismo. Se le oponen algunos (también republicanos) , pero es muy difícil que tenga curso, porque Trump no solo ha fagocitado el Estado de derecho o la democracia en Estados Unidos; también lo ha hecho con el Partido Republicano. Existen críticas, aún tímidas, a un presidente que empieza a quedarse dormido en público, a quien le cuesta cada vez más terminar las frases y hablar con coherencia y sin errores en el lenguaje, justo lo que tanto reprochó a Joe Biden. El neoyorquino, no obstante, pregona a los cuatro vientos, con su fanfarronería habitual, que su salud mental está perfecta tras realizar una prueba cognitiva que ha aprobado con nota por tercera vez consecutiva: excusatio non petita, accusatio manifesta.
¿Hará un último favor a su partido y se retirará para evitar que se hunda? En absoluto. A una persona tan narcisista solo le importa él mismo. Su país es solo una prolongación de su ego. El problema es su querencia por hablar y que le escuchen, y cantidad no equivale a calidad. Es como cuando haces una entrevista sobre algo que no dominas mucho —en su caso, el funcionamiento de la geopolítica internacional—: mejor hablar poco y claro, pues cuanto más sueltes, más posibilidades existen de dar rienda suelta a la burricie.
Solución: rodearte de una recua de ultras garrulos que sean igual que tú. Y, si no lo son, se vuelven como tú, porque su principal misión en el gobierno es la de aduladores, no perder el puesto y medrar hasta el relevo del jefe.
La famosa «extracción» de Maduro —con víctimas civiles, ejecuciones a sangre fría de la guardia leal y detención ilegal del presidente de un país soberano— es el ejemplo paradigmático del doble rasero clásico de la política exterior. «Resolución Absoluta», se bautizó la operación, pero en dicha resolución no estaba traer la democracia al país. María Corina Machado, mientras tanto, andaba allí, oyendo la conversación sin que le diera bola nadie.
Lo de siempre. El mundo funciona así desde que es tal. Los derechos humanos son válidos solo como excusa para actuar contra un país que te tose. La diferencia ahora es solo de estilo. Antes se maquillaba. Ahora no.
La camarilla que rodea a Trump no busca, como se comentó, ni coherencia ni estrategia a largo plazo. Pueblan sus aledaños resentidos, acomplejados, gente que confunde supuesto arrojo con política exterior agresiva y sin hilar. Todo se implementa en modo cuñado: más claro, más macho, sin filtros, «políticamente incorrecto» (artefacto con el que el populismo ultranacionalista suele calificar conquistas sociales como la inclusión de personas desfavorecidas, la lucha contra el cambio climático, los derechos de la mujer y de las minorías, etc.).
No es casualidad que en la famosa foto en la que Trump y sus acólitos siguen la OPERACIÓN MÁS ESPECTACULAR DE LA HISTORIA (o algo así) solo aparezcan blancos y el único negro sea un segurata —el único sin traje, con chaleco deportivo, cualificado, pero de seguridad—. Son hombres blancos de tradición protestante que se rebelan contra la inclusión en los puestos de mando de la sociedad de mujeres, minorías étnicas o personas con discapacidad que —Trump dixit— causan accidentes aéreos. No. Las DEI nunca trajeron nada bueno: chicos duros es lo que se necesita para que América sea Grande Otra Vez. Con ustedes, los hombres del presidente.
Los hombres del presidente
Through the winter’s ice and cold
Down Nicollet Avenue
A city aflame fought fire and ice
‘Neath an occupier’s boots
King Trump’s private army from the DHS
Guns belted to their coats
Came to Minneapolis to enforce the law
Or so their story goes
Streets of Minneapolis» (Bruce Springsteen, 2026)
De la eximia tradición de dispararse en el pie (será por ese rollo militar), continuadores de la visión obtusa blanco-supermacho que llevó a rechazar el mítico «In the Navy» de los Village People porque podía sonar muy gay. Y es verdad que cuatro tíos disfrazados, bailongos más o menos sugerentes, en la cubierta de un buque militar con un cañón de fondo —se rodó allí porque, en principio, la Marina estaba de acuerdo— podían malinterpretarse.
…pero también da que pensar el himno oficioso, el de toda la vida, el «Anchors Aweigh». Fue escrito cuando fue escrito, de acuerdo, con la idea de exaltar la camaradería, una masculinidad vehemente, en una atmósfera —deseché la palabra «ambiente», por desafortunada— ¿erótico? festiva. Eso de «mis muchachos, leven anclas», «adiós, chicos de la universidad» y venga compadreo y exaltación de la amistad entre hombres por aquí y por allá, aventuras, acción, que si preparados para el combate, servicio de verdad, honor… velas izadas. Vale que a principios del siglo XX podía sonar más neutro, pero, a la postre, ese entusiasmo y esa letra con gusto pueden tomarse por un himno gay. Ya puestos…
Emotivas marchas marineras aparte, volvemos con los hombres del presidente. Marco Rubio es el secretario obediente. Es el único que tiene conocimientos de diplomacia y política exterior; por eso mantiene un rictus constante de ceja arqueada y preocupación cada vez que el jefe habla. Del Tea Party de toda la vida, que hoy casi parece woke en comparación con lo de ahora. Y sabe que Trump no dice más que barbaridades. Pero tiene futuro, porque es joven y guapo, y latino y el único medio presentable. Mejor adoptar un perfil discreto: pasó de hablar de democracia y libertades a recitar el guion oficial. Continuamos. Todo atisbo de saber estar terminó con Rubio, el hombre-mueca.
J. D. Vance es exmilitar y el palmero más devoto del presidente. Escritor de historias pobladas por estereotipos culturales y decadencia de la clase blanca trabajadora, aplaude y secunda al jefe con la fe inquebrantable del converso (despliega un largo historial de críticas a Trump desde 2016… hasta que se pasó al MAGA). Material había, desde luego: misógino, antiabortista y admirador de la Hungría de Orbán, que pone como modelo de familia; insensible con respecto a Ucrania («no me importa en absoluto lo que le pase a Ucrania», llegó a decir). Tampoco le interesa Europa.
De soldado a soldado, pasamos a Pete Hegseth, del que ya se ha hablado: secretario de Defensa, periodista en el ejército, aunque podría ser perfectamente un sargento Arensivia del mundo de Ivà, soldadesca de modales cuartelarios chusqueros, de esos que escupen en una taberna con suelo de serrín mientras mastican un mondadientes. En «su» ejército no pintan nada la diversidad, ni las mujeres (para él, débiles en combate). Sostiene que el ejército ha dejado de lado a los hombres blancos y que despedirá a los generales woke. Sin embargo, reprocha que se haya licenciado a otros miembros de las fuerzas armadas, patriotas de verdad (militares expulsados del ejército por su condición de supremacistas blancos). Los errores de Hegseth incluyen comunicaciones inseguras, purga de oficiales por razones políticas, falta de preparación geopolítica y operaciones controvertidas. Su enfoque de política exterior prioriza fuerza y disuasión sobre diplomacia, concibiendo la política exterior como un filme de tiros y puñetazos al estilo de Steven Seagal, Jean-Claude Van Damme o Sylvester Stallone (a propósito: todos apoyan a Trump, si bien el belga se confiesa más de Putin). El paso del plató de televisión a la vida real le viene grande: una cosa es vociferar de manera agresiva y tirar de jerga militar mientras simplifica todo a blanco o negro y otra muy distinta es tener mando real sobre operaciones.
Por terminar, cabe mencionar a Gregory Bovino, cara visible de la ahora guardia pretoriana de Trump, el ICE, en Minneapolis. Bajo su mando, esta especie de GESTAPO implementó tácticas de vigilancia masiva, intimidación, detenciones arbitrarias y uso de fuerza letal (dos asesinatos, por mucho que para Trump, a ver..que no es que estuviera contento, pero que «no eran ángeles»), conculcando gravemente los derechos humanos de residentes e inmigrantes. Estas acciones tuvieron como fruto la instalación de un miedo constante, la separación de familias, el acoso a voluntarios y periodistas y restricciones de movimiento, obligando a la comunidad a movilizarse para proteger a los más vulnerables. En uno de los escasos supuestos de rectificación de la administración Trump, fue sustituido por Tom Homan, el llamado zar de la frontera. Es objeto de críticas por su enfoque autoritario y coercitivo en la aplicación de la ley migratoria: promueve detenciones arbitrarias, tira de perfil racial y profundiza en la línea de etiquetar a los extranjeros como malandros. Su actuación facultó el incremento de centros de detención, la reducción de las garantías legales de los inmigrantes y el refuerzo de un clima de pavor que afecta a derechos humanos básicos en las comunidades.
Es fácil pensar, visto lo visto, de dónde ha salido toda esta panda. Son gente resentida que se siente amenazada por la expansión de los derechos de las mujeres, las personas con discapacidad, el colectivo LGTBIQ+ (ilustrativo de lo cual es la retirada de la bandera del arco iris del monumento Stonewall en Nueva York), el lenguaje inclusivo y los derechos de las minorías. Todos tienen miedo de que se ponga en solfa lo de toda la vida y claman contra el sistema que corrige la sobrerrepresentación WASP (White Anglo-Saxon Protestant) en una sociedad estadounidense que alberga por primera vez una generación con más católicos que protestantes. Como en España con los falangistas, como en Alemania con los neonazis: toda esta gente ha experimentado un empoderamiento y una salida del armario desde una situación previa en la que no estaban bien vistos y, es más, suscitaban risitas cómplices y complacientes. Faltaba un presidente que les diera rienda suelta, a ellos y a sus votantes.
Lo lógico es pensar: «Con esta gente yo no voy ni a recoger billetes de 500 euros». Y, sin embargo, conducen el país que aún es el más poderoso del mundo. Con este arreo se están manejando los asuntos exteriores, con unos aspavientos que transmiten un mensaje inequívoco: que Estados Unidos es una potencia menguante, consciente de que solo es cuestión de tiempo que sea adelantada por la derecha y por la izquierda en lo económico y de que su papel en el mundo será cada vez menos determinante. Al resentimiento coadyuva una Europa superior moralmente —con toda la hipocresía de que es capaz, no hay que olvidarlo— pero sin visión geopolítica, que piensa que «aplacando» se librará del correctivo. Primero, Estados Unidos se desentendió de Ucrania; luego, de Gaza (resorts-Riviera aparte); después vienen Irán, Venezuela. Hay que contener al matón, pero, a base de no decir nada: por eso te reclama Groenlandia.
Y a este grupo descrito, que hoy parte el bacalao en el marco de la ola del ultranacionalismo de extrema derecha que oscurece con sombras imparables el globo, es a quien apela Machado.
Después de la fiesta, las luces se apagan y la presión de la duda hace caer las comisuras de la sonrisa congelada
Y quiere volver. Y no le dejan. Es más: Delcy Rodríguez tiene el medicamento de largo alcance en el tiempo de ir soltando presos. Así EE. UU. dice «estás cumpliendo. Ya tengo excusa3 para que todo siga como estaba. La nueva líder venezolana tiene la sartén por el mango y Machado no puede ni entrar a la cocina. Aquí quien manda soy yo, Maria Corina. Prueba de ello es que libero a Juan Pablo Guanipa, íntimo colaborador tuyo, y luego lo vuelvo a meter preso. Y EE.UU. lo permite. Trata de tú a tú con el secretario de energía estadounidense Chris Wright. Y con Marco Rubio, que le advierte de incumplir las reglas del protectorado pero que la reconoce como interlocutora única. Que se hable de ti es mejor que no hablar de ti. Es simple. Nadie echa de menos a María Corina. Hagamos negocios. Lo que Machado prometía si accedía al poder. Pero no se materializó: se queda Delcy. Y los estrategas estadounidenses prefieren el orden. Que el Estado siga funcionando, no que se generalice un caos y se satisfagan todas las demandas y se avance en la democracia, no sea que se entretenga la gente en demasía e igual ni hasta bien terminan de ver una potencia extranjera montando una monumental injerencia en un país en el que nadie le ha votado.
Ah, se me olvida ―advierte Rodríguez―: si quieres volver, María Corina, atente a las consecuencias (aqui, a partir del minuto 7): y es que promover la intervención de una potencia extranjera en Venezuela no es asunto baladí. Delcy, la madurista más chavista que Maduro, la represora sin complejos, amenazando con reprimir a su máxima enemiga. Lo peor de todo es que, lograda la cuadratura del círculo, tiene hasta razón en estos jurídicos predios. No se pide que otro país te invada. Eso suena a traición, asegura mientras pide ―sin creérselo, quizá sin desearlo― que vuelvan Nicolás y Cilia. Qué injusticia, dice.
Desde la detención de Maduro, la táctica es palo y zanahoria: liberación de presos acompañado de aumento de la represión. Apertura, sí, pero con (más) jarabe de palo). La arquitectura de persecución política y represión, con arrestos arbitrarios y un programa de siembra de terror generalizado siguen intactas, engrasadas, y bajo la dirección de los mismos, más seguros de sí mismos porque, ahora contaban con la protección del poderoso gobernador del protectorado, cuando antes estaban aislados internacionalmente
Y Machado, tras la fiesta y la emoción y expectativas iniciales, pasadas las inequívocas señales, los guiños cómplices, las palmaditas en la espalda, podría muy bien darse a especular…
―¿y si todo fue una trampa? ― ?y si me sacaron de Venezuela, precisamente, no para recoger el Nobel a Oslo sino para que no estuviera allí en el momento decisivo?¿y si fui un peón desechable y fui conducida, paso por paso, en una planificación minuciosamente preparada, a una encerrona?
Oslo era el destino final, no una pausa en un camino que nunca se trazó para Machado ? fue un camino de pistas falsas que yo misma seguí a pies juntillas, transitando un camino que se iba borrando a medida que era recorrido, un viaje a la autodesactivación que no cuestioné, que cubrí hasta que ya era tarde para volver.








A mí lo que me llama la atención es la actitud de algunos venezolanos y personas relacionadas con ellos que celebran la intervención de Trump, porque supone, dicen, un alivio para la población que recibe alimentos, medicamentos, etc.