
Manual de instrucciones para concebir un bosque. Prólogo: la siembra
Barcelona, principios del siglo XX. Una niña se asoma a la azotea que corona el Casal Gurguí, una pequeña torre plantada en la antigua calle Sant Antoni del actual barrio de Sant Gervasi. Aferrada a la barandilla, la pequeña contempla cómo, a través de los jardines de la residencia, que no supera el centenar de metros cuadrados, las flores de una jacaranda revolotean por el aire hasta posarse sobre el césped y las hortensias. Aquella imagen se asentará en la memoria de la infante como un refugio, como la percepción de que ese hábitat floreciente, vivo y bucólico conformaba la verdadera idea de lo que representa un hogar. Barcelona, mediados de los años veinte del siglo XXI. La obra literaria que aquella niña, llamada Mercè Rodoreda i Gurguí, se dedicó a cultivar a lo largo del resto de su vida ha propiciado el brote de una arboleda en el corazón del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Una exhibición que, bajo el título Rodoreda, un bosque da cobijo al espíritu, la obra y el legado de una de las plumas más importantes de las letras catalanas contemporáneas. Aquella que cultivó la novela, la poesía, el cuento y el teatro, la que firmó obras como La plaza del diamante, Aloma, Jardín junto al mar, La calle de las camelias o La muerte y la primavera. La muestra del CCCB, comisariada por la ensayista, crítica literaria y profesora universitaria Neus Penalba, construye un espacio donde, enmarcadas por extractos de la prosa de la escritora, se presentan cuatrocientas piezas entre las que se encuentran documentos, dibujos, fotografías, obras pictóricas, esculturas, cartas, instalaciones artísticas, elementos audiovisuales, recortes de periódico, escritos y grabados. Elementos que se entroncan alrededor de la figura de la escritora, dialogando entre sí para analizar sus raíces, explorar sus ramificaciones, observar sus nudos y subir a sus copas. Para crear un bosque.
Raíces
Mercè Rodoreda i Gurguí nació un diez de octubre de 1908 en el seno de una familia de clase media. Hija única del matrimonio entre Andreu Rodoreda i Sallent, contable de una armería, y Montserrat Gurguí i Guàrdia, aquella niña afrontó una formación educativa irregular al asistir, cuando acumulaba ocho primaveras, a solo un par de cursos de educación primaria en dos colegios diferentes, pero en el ámbito doméstico disfrutó de una infancia feliz. La residencia que habitaba en esa época pertenecía a su abuelo, Pere Gurguí, un hombre culto que había ejercido de redactor para revistas como L’Arc de Sant Martí o La Renaixença. Y también una persona que había sido tan amiga y admiradora de Jacint Verdaguer como para erigir en el jardín familiar un monumento al poeta, catorce años antes de que a la propia ciudad de Barcelona se le ocurriera hacer lo mismo con más fanfarrias. Pero para la pequeña Rodoreda aquel yayo llamado Pere fue mucho más que un hooligan de los versos catalanes. Porque se convirtió en una suerte de mentor, alguien que plantaría en ella la devoción por el sentimiento catalanista, la admiración por la lengua autóctona y la fascinación por las flores en general. Creciendo en un hogar de dejes bohemios y atmósfera ilustrada, sus padres eran fanáticos de la literatura y el teatro, la adolescencia de Rodoreda transcurrió devorando libros de autores catalanes como Ramon Llull, Joan Maragall, Josep Maria de Sagarra, Verdaguer, aquella Caterina Albert que vistió el seudónimo Víctor Català o Josep Carner. Pero también viajando a otros países a través de las páginas de Virginia Woolf, William Faulkner, Katherine Mansfield, Thomas Mann, Dorothy Parker, Marcel Proust o Antón Chéjov. Una idílica etapa infantil, entre libros y contemplando los brotes de jacaranda desde la barandilla, que sería invocada por Rodoreda años más tarde, en un artículo titulado Imatges d’infantesa, elaborado para la revista Serra d’Or. El texto que sería leído en público cuando los Premis d’Honor de les Lletres Catalanes decidieron honrar a la autora. Porque todo lo importante nace de las raíces.

Rodoreda, un bosque también germina con la mirada infantil. La propia entrada al espacio se abre con el relato de una niña perdida en el bosque y sustituida en el pueblo por una estatua a su semejanza, un objeto mitificado que recibiría más reverencias que la nena desaparecida. O toda una declaración de intenciones sobre cuánto de la narradora coexiste dentro de los seres que pueblan su obra. En cierta ocasión, Gabriel García Márquez tuvo la oportunidad de conocerla en persona y, poco después, explicó la verdadera revelación de aquel encuentro: «Para mí fue la única vez en que conversé con un creador literario que era una copia viva de sus personajes».
Esquejes
A edad temprana, Rodoreda comenzó a plasmar su fascinación por el paisaje botánico a través de dibujos realizados con una encantadora tosquedad infantil. Garabatos que representaban el jardín familiar y, en ocasiones, acompañaban las cartas al extranjero que la chiquilla remitía a su tío Joan Gurguí, emigrado de joven hacia terrenos argentinos en busca de fortuna. Contemplar esas postales, expuestas en la muestra del CCCB, y el modo en el que la niña idolatraba al pariente ausente resulta hoy en día tan tierno e inocente a primera vista como terrible una vez conocido el devenir futuro. Porque varios años después, cuando Rodoreda sumaba veinte primaveras y Gurguí había regresado a su tierra, la familia orquestó un matrimonio de conveniencia entre ambos tras obtener una dispensa papal por consanguinidad con la que amortiguar lo moralmente dudoso de casar a un hombre con su sobrina. Un año después del enlace, Rodoreda daría a luz a su único hijo, Jordi Gurguí i Rodoreda. Esposada a una persona catorce años mayor que ella, la mujer fue profundamente infeliz en una vida matrimonial que interpretaba como una cárcel.
Trató de escapar del hastío a través de la escritura de manera inicialmente autodidacta. Optó por recibir clases de Delfín Dalmau poco después y logró publicar en prensa (Clarisme, La Publicitat, La Veu de Catalunya, Mirador) diversos artículos, entrevistas, críticas y cuentos que a menudo contenían esa fascinación por las flores («La noia del pomell de Camèlies») que anidaba en sus recuerdos infantiles. Renegaría de las primeras novelas que firmó durante esos años, reconociéndolas imperfectas por ser reflejos de su inexperiencia, pero rescató una de ellas para reescribirla años después: Aloma. Un relato que arrancaba con la protagonista exclamando «L’amor em fa fàstic!» («¡El amor me da asco!»), utilizaba como escenario una casa familiar ajardinada en Sant Gervasi y se aferraba al simbolismo de las flores marchitas para representar la entrada en el desencantado mundo adulto.

Nudos
En 1936, la guerra civil frenó la carrera de la escritora. En 1937, ella misma liquidó su desdichado matrimonio. En 1939, se encaminó por la senda del exilio en dirección a Francia, huyendo del conflicto. La autora nunca se había enredado en política, pero el clima de la época le hizo temer que podría sufrir consecuencias poco agradables por escribir en catalán y haber sido publicada en revistas de izquierdas. Su vida a partir de ahí fue inquieta e itinerante. Vivió brevemente en París, se acomodó en un castillo de Roissy-en-Brie que daba cobijo a escritores y artistas, se vio obligada a mudarse a Limoges para evitar la amenaza alemana de la Segunda Guerra Mundial, se asentó en Burdeos, regresó a París, se instaló en Ginebra y finalmente volvió a Cataluña para plantarse en Romanyà de la Selva, Girona, tras descubrir que su Barcelona estaba mucho más deslucida de lo que la recordaba. Entremedias, volvió a escribir para medios, vio arder Orleans, publicó en varios países, creó poemas y piezas de teatro, coleccionó amantes, tanteó la pintura, recibió todo tipo de premios y conoció a otras plumas ilustres como Julio Cortázar, Jorge Semprún o Eugeni Xammar.

Ramas y hojas
Mercè Rodoreda fue una de las escritoras en lengua catalana más importantes e influyentes de su época. Curiosamente, la relectura popular contemporánea cae en el desacierto de etiquetarla con demasiada frecuencia como cursi. Quizás por la sobreexposición que han recibido sus coterráneos, quizás porque no todos saben admirar como se debería los jardines. En realidad, a la mujer no solo se le daba bien trabajar con la prosa y los simbolismos, sino que se demostraba adelantada a su tiempo al afrontar una identidad femenina a contracorriente, aquella que abordaba el deseo, la represión, el placer, la sumisión, la madurez, la supervivencia y la libertad.
Los escritos de Rodoreda están firmemente arraigados en la cultura popular catalana y, probablemente, resultan más desconocidos de lo debido para quienes han crecido fuera de ella, porque en esos casos la exposición habitual a su trabajo ha sido menor. Vayamos a lo personal: servidor, norteño, conocía el nombre de la escritora, pero no tanto su vida, obra y calado. Hasta que una muchacha catalana, que confesaba haberse aficionado a escribir para tunear a su antojo los finales de los cuentos, me ilustró sobre lo presentes que han estado siempre las novelas de la escritora entre las lecturas escolares «que había que leer» en su tierra. Poco después, descubrí que la escritora Brenda Navarro (Casas vacías, Ceniza en la boca), amiga de Jot Down desde que éramos imberbes y otrora residente en Barcelona, se había asomado por Librotea no hace mucho para recomendar La plaza del diamante, etiquetándola como un «verdadero clásico». La propuesta del CCCB al plantar tan meticulosamente una exhibición como Rodoreda, un bosque reivindica la figura de la narradora extraordinaria, alejándola de la preconcepción enquistada que se asentó en Cataluña de ser una autora de prosa remilgada, pero también acercándola a todos aquellos que no han estado tan en contacto con su obra por no compartir con ella una lengua materna.

Un bosque
Rodoreda, un bosque, una de las exhibiciones más ambiciosas del CCCB, se presenta como un estudio de la escritora, de sus creaciones y del modo en el que ambos elementos se enredan entre sí. Un itinerario estructurado a lo largo de seis ámbitos diferenciados (Inocentes, Deseo, ¡Cuánta guerra!, Casas y calles, Metamorfosis y Alma) que acumulan raíces, hojas, ramas, nudos, cortezas y esquejes en los propios pasillos del museo. La expo combina todo tipo de material histórico y documental sobre la figura de Rodoreda con una selección de obras con afinidades paralelas de gente tan ilustre como Remedios Varo, Marc Chagall, Leonora Carrington, Picasso, Pina Bausch, Santiago Rusiñol o Suzanne Valadon, junto a piezas de nueva creación seleccionadas por Martí Sales y firmadas por artistas como Èlia Llach, Mar Arza, Cabosanroque, Oriol Vilapuig o Carlota Subirós.
El primer ámbito, bautizado Inocentes, aborda las miradas cándidas, pero no siempre infantiles, de los personajes que transitan por los relatos de Rodoreda. Pero también analiza los reversos tenebrosos de esa supuesta inocencia, los niños o niñas de pensamientos y acciones perversas, la idealización que la propia autora tiene de su infancia, los protagonistas que se oponen a hacerse mayores y el suicidio como forma definitiva de rebeldía y contraste ante la inocencia. La mirada ingenua de un jardinero, «Una persona distinta a las demás, por tratar con flores», en Jardín junto al mar. Una muchacha que se arroja desde el balcón para ser atravesada por el laurel en Espejo roto. Chiquillos con ideas malvadas. O aquella Colometa de La plaza del diamante que veía el mundo «con ojos de niño, en una constante fascinación, porque eso no significa ser bobo, sino todo lo contrario».
Imagen: Alice Brazzit.
Deseo se enreda en otra de las grandes inquietudes de la narradora: el amor, el sexo y las espinas que crecen en ambos. La pluma se revela pionera en identificar los embustes del amor romántico, diligente al señalar los juegos de dominación, osada al tantear el voyeurismo y aplicada al examinar la sexualidad femenina desde el primer sangrado hasta la maternidad y sus sombras. En sus microcosmos literarios la escritora logra la subversión al perfilar sin sonrojarse el espectro completo de roles y moralidades de ambos sexos: hombres sádicos, mujeres partidas, jóvenes románticos, chicas inocentes, eunucos, maltratadores, madres infanticidas, padres juiciosos, adolescentes idealistas, violadores, arpías e infieles enamorados. Rodoreda también escarba terrenos sucios para rescatar textos clásicos y fundacionales señalando en ellos las raíces de la soberanía masculina, desde el Génesis y la mujer indisciplinada, pasando por las amantes de Ulises y hasta el Otelo homicida.
El espacio ¡Cuánta guerra! toma prestado el título de un libro en cuyo prólogo Rodoreda aseguraba haber escrito «una novela de guerra con poca guerra». Pero aquello era una verdad a medias por parte de la autora, porque su obra afrontaba el conflicto armado presentándolo como un fenómeno indirecto pero determinante, alejándose del campo de batalla para sufrirlo en la trinchera, vertebrando los relatos desde la retaguardia. Las páginas que firmaba contenían mujeres larva aisladas en capullos tras ser abandonadas por los maridos que nunca volvieron del frente, niños que vagaban contemplando a su alrededor circulación continua de sangre y muerte, farolas coronadas por brillos azulados como defensas antiaéreas, ríos que arrancaban el rostro de los hombres para convertirlos en trasuntos de los soldados desfigurados por la Primera guerra mundial o estampas goyescas de sangre centelleante regando los campos de batalla.
Casas y calles, el cuarto ámbito, observa la nostalgia urbanita, el papel de la ciudad y sus arterias en las creaciones de la autora. La escritora en el exilio que utilizó sus historias para viajar de nuevo a Barcelona y explorar minuciosamente todos sus rincones. La que volvía a habitar una torre en Sant Gervasi gracias a ficciones enraizadas en la realidad. La que a través de viviendas derruidas y calles grises reflejó en los textos su desencuentro con una ciudad condal que, tras visitas esporádicas, ya no reconocía como consecuencia de los estragos de la guerra civil. La que en Espejo roto retrató la decadencia de la burguesía catalana a través de una casa abandonada y encantada. Aquella que en La calle de las camelias convirtió a su protagonista en una encarnación humana de la Barcelona durante el franquismo.
Imagen: Alice Brazzit.
Metamorfosis orbita en torno a hombres que renacen en forma de pez (El río y la barca) y mujeres transformadas en anfibios (La salamandra), rostros marcados por astros (El señor y la luna) y presos condenados a relinchar como caballos (La muerte y la primavera). Las metamorfosis reales y figuradas, la herencia kafkiana, los desdoblamientos narrativos y el anhelo de la humanidad de ser naturaleza y de la naturaleza de ser humana.
Alma, el apartado que cierra la muestra, sondea la curiosidad por los terrenos metafísicos de una creadora que mantuvo en privado sus creencias religiosas, pero al mismo tiempo jugueteó con los temas espirituales salpicando sus obras de ellos. Aquí aparecen sus ángeles entonando cánticos enojados, convertidos en objeto de colección o en vagabundos de cementerios. Las menciones cultas a ese río Leteo que remoja el inframundo o a la alegoría platónica del carro alado. La reencarnación hinduista encapsulada en el trueque de almas entre cuerpos y seres. Y el peculiar interés por echar un vistazo a los mundos del espiritismo y los médiums, a lo fantástico e inexplicable, a lo onírico y a su contrapartida pesadillesca.

El CCCB (Montalegre 5, El Raval, Barcelona) alberga la exposición Rodoreda, un bosque hasta el 26 de mayo de 2026. Para más información sobre la muestra, el programa de actividades disponibles y las reservas previas, se anima a los interesados a consultar su página oficial. La exhibición se presenta acompañada por ciclos de conversaciones centrados en la influencia de la escritora en los autores actuales (Rodoreda, contemporánea), diálogos sobre los conflictos armados (Cuánta, cuánta guerra), proyectos sobre Botánica imposible con estudiantes de BAU y Escola Massana, junto a numerosas actividades y propuestas paralelas.









¿Cómo habrá llegado ese jacarandá hasta los ojos de esta ingenua niña que se hizo mujer a los golpes? Siendo originario de las Américas y en tiempos de lentos transatlánticos, apuesto que su retoño viajó envuelto en pedazos de húmeda arpillera soñando la nueva tierra, de la misma manera pero al contrario de los frutos elementales de tanos y gallegos inmigrantes, un niño árbol inmigrante al fin y al cabo, en simbiosis con la niña ingenua de la azotea. Linda divulgación, estimado, conmovedora. Gracias