Entrevistas Sociedad

Sergio del Molino: «Vamos a una sociedad cada vez más clasista y eso se va a notar en la literatura y se va a notar en todo»

Sergio del Molino para Jot Down

Llueve intensamente en El Puerto de Santa María cuando Sergio del Molino (Zaragoza, 1979) llega al restaurante de la cita disculpándose por la mínima demora, que atribuye a un artículo que estaba rematando. Nada que extrañar, pues el novelista y comunicador lleva ya tiempo practicando la ubicuidad: presentaciones de sus libros, coloquios, programas de radio, tribunas en la prensa y hasta discusiones en redes parecen formar parte de su agenda cotidiana. La misma que le ha traído a la localidad gaditana, donde, entre el almuerzo y la sobremesa, va a atender largamente las preguntas de Jot Down, intercalando sus buenas risotadas entre bocado y bocado. En el momento de la entrevista acaba de entregar a imprenta su nueva obra, La hija, pero hay muchas otras curiosidades que plantearle.

Me gustaría empezar preguntándole por su ciudad, Zaragoza. Siempre he pensado que los escritores de allí forman una piña muy compacta, parecen llevarse muy bien, pero usted se antoja un verso suelto. ¿Es así?

No tengo sentido gremial ni localista de nada, pero tampoco me siento aislado ni muchísimo menos. Claro que tengo amigos escritores y culturetas en Zaragoza, lo que no tengo es una cuadrilla ni un batallón de ataque. Las amistades surgen por afinidades, porque nos queremos. Es verdad que hay un grupo que siempre se ha sentido cómodo en esos registros, mientras que yo he ido a mi aire. Y eso a veces puede ser un inconveniente, siempre hay a quien le molesta. Vivimos en un mundo en el que el sentimiento tribal es muy poderoso, más en este mundillo cultural donde la intemperie es tan fuerte. Pero tampoco lo hago por joder a nadie, ¿eh?

Hace poco comentaba usted esa obligación que pesa sobre algunos escritores de hablar bien de su tierra, de que puedan sacar extractos de tu obra para las rutas literarias. El hecho de que no haya sacado esa bandera, ¿puede llegar a ser motivo de reproche?

Te diré que soy muy poco consciente de la imagen que se puede proyectar de mí como zaragozano o dentro del mundo cultural zaragozano, con el que, como digo, tengo una relación muy circunstancial y muy personal. En el fondo me preocupa muy poco. Me puede llegar odio a través de las redes sociales, y sé que a un crítico literario al que tengo mucho cariño le afearon una vez en el tranvía de Zaragoza que fuera leyendo un libro mío: «¡Es que siempre está hablando, riéndose de Zaragoza!», y tal. Pero a mí me llega todo lo contrario, tengo la sensación de ser muy querido y muy acogido. No salgo a la calle con pasamontañas ni con miedo a que me reconozcan, todo lo contrario. Solo recibo cariño. Es verdad que no hago allí muchas cosas. Es probablemente la ciudad donde menos hablo de todas las ciudades a las que voy. Y con la oficialidad cultural, sea lo que sea eso, generalmente no tenemos mucha relación, y no suele venir a verme, como sí suele venir en otras ciudades.

Cuando usted empezaba, Félix Romeo era el gran factótum. ¿Hicieron migas?

Sí, sí, teníamos relación. Nos veíamos, quedábamos a comer, leía mis cosas. Félix era un tipo muy curioso y probablemente fue de las primeras personas que se fijó en mí. Uno de los primeros momentos donde empiezo a asomar la patita es cuando Félix, que es muy lector del Heraldo, se fija en mi firma. Y yo tengo mucho escaparate dentro del Heraldo de Aragón, porque publico muchas páginas y hago cosas muy raras dentro del periódico. Y en cuanto Félix se fijaba en alguien que le parecía interesante, enseguida lo reclamaba. Decía, «oye, vamos a quedar, amiguito, vamos a tomar un algo, quedamos para comer». Le encantaba comer y tenía la antena puesta.

Por otro lado, usted se presentó desde el principio como chaval de barrio. ¿Hasta qué punto imprime carácter eso para un escritor? ¿Qué le debe usted al barrio?

Mira, todo. Imprime muchísimo carácter, para empezar, porque te convierte en minoría. Mientras que en España eres mayoría social, por origen, en mi mundo profesional y en el mundo cultural soy una minoría. Para mí el gran choque de realidad viene en la universidad, cuando empiezo a descubrir y empiezo a trabar amistad con gente que es rica, que tiene biblioteca en su casa, que sus padres son catedráticos, que son cargos públicos, diplomáticos.

Y eso me abre a mí un mundo distinto completamente, que yo… Igual por gilipollas, pero no sospechaba que existía. Un mundo totalmente ajeno a mí. Y ahí empiezo a sentirme minoría, cuando yo siempre me he sentido mayoría en todas partes. A pesar de que vivimos en una democracia y España ha democratizado mucho su cultura, los escritores y los artistas procedentes del barrio somos minoritarios. Ahora vivimos una época de acentuación de la desigualdad, y en el futuro va a ser cada vez más difícil que alguien como yo llegue a ser escritor, o una figura con cierta relevancia dentro del mundo cultural. Eso marca una barrera de comprensión con mucha gente. Hay quien, incluso desde una izquierda muy desaforada, no entiende nada de lo que significa haber crecido en un barrio, lo que significa haber crecido en una familia como la mía. En realidad eso te crea una sensación de soledad que hace que crees mucha piña y, cuando te encuentras con gente como Paula Ortiz, que también es de mi barrio, o con Irene Vallejo, reconoces un universo común que otra gente no tiene.

Tenemos un aire de familia, tanto en la ida como en la vuelta. Algo que te hace ser el rarito, que es un requisito fundamental para poder escribir. Si no eres el rarito del grupo, es muy difícil que escribas. La reina del baile y el capitán del equipo de fútbol nunca se hacen novelistas ni poetas. No tienen ninguna necesidad. Tú escribes desde la incomodidad, porque te sientes incomprendido en algunas cosas e intentas que los demás te comprendan a través de la literatura. Ese es mi rasgo distintivo, otros tienen otros.

Por otro lado, hay escritores que apelan al prestigio de la pobreza, hasta el punto de que, viniendo de la clase media, invocan un pasado de privaciones que —según otros— no fueron tales. ¿Cómo se lo explica?

Es un elemento exótico en la literatura española. Claro que presumes de pobre, porque la mayoría de los escritores no lo son. La mayoría son hijos de notarios, como Martín Gaite. Eso te hace poder fomentar cierta coquetería. Yo he escuchado cosas muy crueles, de pijos enormes de la literatura española, criticando, por ejemplo, a Muñoz Molina: «Antonio estaba muy bien cuando hablaba del pueblo, de sus cosas, de Mágina. Cuando se quiso hacer el cosmopolita y empezó a hablar en el libro de Nueva York, ya ahí perdió la gracia». Claro, te gusta el exotismo del paleto, que mola mucho en determinados círculos de Madrid. En el momento en que ese chico intenta ser uno más, entonces ya ¡zasca! Por eso mucha gente sigue jugando al chico del pueblo. Es algo que funciona bien en Madrid.

Permita que regrese sobre algo que me ha dicho antes. ¿Cree que el ascensor social se va a estancar en la literatura, como ya se está estancando en la sociedad española?

Sí, y eso que en la literatura se notará menos. Se nota más en el cine y en otros sitios, que requieren más dinero. En la música, por ejemplo, ahora mismo triunfan pianistas como Perianes, que es un tipo de casa pobre también, que a través de la red de conservatorios públicos y con esfuerzo ha llegado. Pero claro, en las artes que requieren una infraestructura educativa se va a notar antes este cambio. Digo que en la literatura menos, porque un chico que tiene algo que contar lo va a poder contar siempre. Lo que va a tener más jodido es poder dedicarse a ello, encontrar becas, poder llegar a llamar la atención, llegar a trabajos de periodista, por ejemplo, donde puedes hacerte ver. El periodismo es un coto que va a ser cada vez más vedado para la gente de cuna meneá. Estamos viviendo una época chunga para eso. Los pobres lo van a tener muy jodido. Vamos a una sociedad cada vez más clasista y eso se va a notar en la literatura. Se va a notar en todo. Ahora mismo es mucho más improbable un itinerario como el mío. Mi itinerario era fácil de ver con las becas de los años 80 de Felipe González.

En su casa, ¿había libros, se leía? ¿Cuál es el contacto con la cultura en el que usted crece?

Mi padre era electricista, luego profesor de FP. Y mi madre había empezado a ser secretaria, pero lo dejó. Y tenían una colección de libros del canon de la época del Círculo de Lectores: la literatura del boom, la nueva narrativa española… La suerte es que yo no tenía guía. Eran los típicos libros progres de una pareja progre, lo que se supone que había que leer en ese momento, lo que mandaba Diario 16 y lo que mandaba El País. A los doce años voy y cojo El reino de este mundo, no entendía una sola palabra, pero nadie me decía «quita ese libro, que no vas a entender, léete mejor este». Eso me introdujo en el misterio de la literatura, y es algo que valoro todavía mucho. Valoro la literatura por la música, por lo que tiene un poco de incomprensible, de misterio. Me gustan los libros que no sé hacia dónde me quieren llevar, tanto estilísticamente como en el contenido. Y eso me viene de entonces, del placer que sentía yo al descubrir cosas que evidentemente no eran para mí, pero nadie me ponía ninguna traba para ello. Y esa forma de leer anárquica, caótica y absolutamente sin ningún tipo de disciplina ni orientación me ha marcado también como lector y probablemente también como escritor. Es algo que digo mucho cuando voy a las charlas a los institutos, hay que explorar. Ahora mismo vivimos una época que tiene un miedo enorme a la incomprensión. Hay profesores que te dicen, no, es que los chavales no van a entender esto, hay que dárselo masticado. Para mí el placer de la lectura es no comprender. Saber que estás frente a un cierto misterio, ir avanzando y a ver a dónde te lleva. Y eso, en lugar de un rechazo, debería suponer una atracción. Yo he disfrutado de eso, y me doy cuenta de que mi hijo no. Mi hijo vive en una casa llena de libros, pero siempre está pidiendo consejo. «¿Qué leo? Me ha gustado este, ¿qué me recomiendas? ¿Qué leo ahora?».

Hay también un extraño miedo a equivocarse, ¿no? A invertir tiempo o dinero en algo que no dé los resultados deseados.

Es que ese miedo a equivocarse no lo entiendo yo. Es un pánico que existe hoy y que justifica además las redes sociales y las cosas estas de los superlectores y las recomendaciones. «Voy a leer muchas opiniones antes para asegurarme, porque luego no quiero equivocarme». ¿Y por qué no quieres equivocarte? ¿Qué es lo peor que te puede pasar? ¿Que no te guste el libro?

O el disco, o la película… En el caso de que un libro que hoy no te guste no te esté esperando dentro de veinte años, a que llegue el momento de conectar contigo, ¿no?

Incluso los libros que no te gustan van a marcar tu gusto también. Ya sabes que hay un tipo de cosas que a ti no te convencen, por lo que sea. ¡Pero tienes que leerla primero! Es la dictadura del algoritmo, eso es terrible. Y va a matar el gusto. El gusto consiste en equivocarse. Eso lo decías muy bien con la analogía con el espectador, o pienso también en mis amigos taurinos, que dicen que la mayor parte del tiempo lo suyo es aburrirse. Para ver diez segundos buenos de belleza tienes que tragarte cincuenta horas de tedio. ¿Cómo vas a saber lo que te gusta si no sabes lo que no te gusta? ¡Si no has probado lo que no te gusta!

Yo iría incluso más lejos: hay una suerte de dictadura del like, que obvia que hay cosas que no valoramos en términos de «me gusta» o «no me gusta», sino que te interesan, te inquietan, te perturban, te sugieren una idea con la que no contabas… Y eso no tiene nada que ver con el placer estético o el entretenimiento, es otra historia.

Totalmente.

Cuando usted le dice a su familia que quiere dedicarse a escribir, ¿le apoyan, o le dicen que se busque un trabajo honrado?

Esa es otra de mis ventajas. Yo no tengo ninguna orientación de ningún tipo porque soy el hijo mayor, soy el listo de la familia y también el listo del barrio, y eso hace que mi criterio prevalezca sobre cualquier otra cosa. O sea, si el niño quiere hacer esto, pues el niño sabrá, que el niño es muy listo. Nadie me contradice, ¿no? Yo tampoco decía que quería ser escritor. Me fui a hacer periodismo porque necesitaba un sueldo. Habría estudiado algo más aristocrático, me habría ido a Filología, como iban muchos chicos del barrio, si hubiera tenido vocación docente, que no la tenía, o si hubiera tenido posibles, o un padre que me colocase en algún sitio… Como no tenía ninguna de esas cosas, pues decidí de forma intuitiva y equivocándome mucho —pero bueno, es una equivocación que volvería a hacer— meterme a periodista sin tener vocación periodística, sencillamente porque creía que así me iba a ganar la vida con facilidad. Y eso jamás fue motivo de discusión ni de cuestionamiento. Es la ventaja y el inconveniente. A mí me hubiera gustado tener algo más de asesoramiento, o algo más de resistencia a lo que yo planteaba, aunque por suerte luego la he ido encontrando a lo largo de mi vida.

Lo curioso es que mucha gente se mete en periodismo pensando que algún día serán escritores y podrán dejarlo. Usted no lo ha dejado. ¿El periodismo le sigue dando algo, aparte de ingresos extra?

En cierto modo sí lo he dejado, porque hago predicación, no hago periodismo.

Pero hace entrevistas todavía, ¿no?

Muy poquitas. Hago de forma muy excepcional y como cosa muy especial. Hago columnismo, tanto en prensa como en radio, pero eso no es periodismo. Es una forma de intervención político-literaria.

¿Ha hablado alguna vez de que en sus comienzos tenía usted espíritu punk?

En realidad era heavy, que es lo contrario de ser punk. El heavy es una cosa conservadora, de hecho, yo creo que ahora todos los heavy se han metido a Vox o algo así, ¿no?

¿Lo dice por el Sherpa?

Bueno, algunos hay que no. Tenemos a Mariano Muniesa, que está ahí en Podemos. Pero es como el heavy de Podemos. Es raro. Los heavies, en general, los que escuchan Rock FM, están todos en Vox. Ya era una fuerza conservadora y anacrónica cuando yo era joven. Me tiraba mucho musicalmente, pero… Pasaba en Zaragoza una cosa rara: los bares punks y los bares heavies estaban muy cerca unos de los otros, pared con pared. Y entonces había como cierto trasvase y cierta hermandad. No había esa confrontación propia de otras ciudades. Parecía que los punks eran los nihilistas ácratas y los heavies eran una fuerza más apolítica, digámoslo así. Entonces te contagiabas del rollo político. Yo iba a muchos conciertos de La Polla Records, que eran cosas que no me correspondían por generación. Debía haber sido la música del hermano mayor que nunca tuve. Pero así me eduqué.

Sergio del Molino para Jot Down

¿Qué le atraía de aquello?

A mí siempre me ha cautivado esa idea de hacerlo tú mismo. No tanto el nihilismo, pero sí esa forma de moscacojonerismo, esa manera de incordiar con tu presencia. Siempre me ha parecido muy valioso y me gustaría no perderlo nunca, porque es también una virtud. Aunque parezca raro hablar de los punks en términos de virtud democrática o de virtud cívica, creo que es una virtud cívica. Los ciudadanos tenemos que hacernos notar para manifestar que aquí cabemos todos. Y que la tolerancia no es solo predicar el respeto con los iguales. Eso los punks lo llevaban al extremo. Decían: venga, tolérame. Aquí estoy yo, lleno de vómito, con todas las tachuelas, no me puedes ni ver, me estoy cagando en tu puta madre. Dime, venga, acéptame. Estoy poniendo a prueba tu compromiso democrático. Di que yo soy un ciudadano tan digno como tú. Y esa actitud me parece buenísima. Intento llevarla a todas partes. Volviendo quizá a lo que hablábamos al principio de Zaragoza, frente a los nacionalismos de campanario, que hay muchos en España y cada campanario tiene el suyo, creo que está muy bien decir: mira, yo no soy el estereotipo, yo no represento el tipo social de esta ciudad, o de este lugar, o de esta región, o de este país incluso, ¿no? Pero soy un ciudadano con los mismos derechos que tú. Exactamente igual. Y soy tan español, tan zaragozano como tú. Exactamente igual. Aunque yo no haga alarde de nada. Y por mucho que tú te des golpes en el pecho, por mucho que tú cantes jotas, por mucho que tú bailes sevillanas, o por mucho que tú vayas a los toros y te pongas la bandera, o te cubras de banderas, no eres ni un ápice más ciudadano que yo, en ningún caso. Porque nos iguala el DNI. Es una virtud cívica que hoy, más que nunca, hay que mantener, porque hay mucha gente que nos intenta echar fuera.

Hace poco recordaba con Benet Casablancas que George Steiner equiparaba el rock duro con los grandes totalitarismos…

¡Eso no lo había leído! [risas]

Puede que por el ruido, o por el culto a la juventud, pero abominaba de todo eso.

Claro, vas a un concierto de Manowar y te cagas, piensas que estás en los desfiles de Núremberg. [risas]

¿A lo mejor estaban ya viendo esta deriva voxera?

Yo creo que era fácil verla. Hay un espíritu gregario y un gusto por la exaltación de la colectividad, la inhibición del individuo en la masa, que hace que el heavy sea un poquito distinto a otros movimientos. No quiero decir que eso lleve necesariamente al totalitarismo ni mucho menos [risas], pero sí que lo hace proclive. Si yo fuera Vox, pescaría ahí. Otra cosa que se valora en el heavy también es que el individuo desaparezca dentro de la indumentaria, no tiene mucha tolerancia al pluralismo. Además, cada uno en su subsecta, si tú eres thrash, si tú eres tal, cada uno tiene que ir con su pareja.

En alguno de sus libros se presenta usted, para sorpresa de algunos lectores, como alguien que ha sido muy ligón. ¿Fue así?

Sí, sí, ¡tuve mis años! Desde una adolescencia heavy, evidentemente, tirando a conventual, pasé a los primeros años de curro, que fueron muy movidos, muy divertidos, muy interesantes. Estaba en el ambiente. Tú también has trabajado mucho en periódicos, nos juntábamos un grupo de gente joven, todos con ganas de polinizar, con afinidades, con la que puedes conectar, y descubres que no eres el bicho raro, sino alguien que puede tener su público. Eso es estupendo. Yo ya no salgo, pero entonces sabía dónde tenía que ir un lunes a las cinco de la mañana. De hecho, mi mujer sale de ahí, de esas noches. Era compañera del periódico y, más o menos, de todo ese grupo, todo el mundo se fue emparejando con periodistas. El periodismo es un gremio muy endogámico. En lo sexual y en lo afectivo. De todas formas, si lo llevé a los libros era también por buscar contrastes, por intentar entender otras vidas. No voy a hacer una revisión neopuritana ni mucho menos, me lo pasé pipa, fue estupendo, pero sí que fueron momentos en los que las fronteras éticas se diluían en muchos aspectos. La vida te ponía dilemas que tenían que ver con lo sexual y con la relación con las mujeres. Y eso me parecía que era material literario, una cosa que siempre está ahí. He leído hace poco a Kallifatides, a quien presenté en Zaragoza. Su tema son sus novias, aunque él está casado de toda la vida. Las amigas de su esposa le decían: «Theo está siempre hablando de sus novias y no habla nunca de ti». «Pero luego viene a casa conmigo», respondía ella. Son cosas importantes en la vida. Es normal que aparezcan en la literatura y te enfrentes a ellas de vez en cuando.

Sus primeros libros, ¿por qué nunca los has reeditado? ¿Lo ve como un pecado de juventud?

No, no, no quiero asomarme a eso. Responde a un momento muy inicial de mi escritura y no me siento nada reconocido. No sabría cómo rescatarlos ni cómo defenderlos. Si alguien alguna vez quiere hacer arqueología… Son ese tipo de cosas que, si yo ahora mismo me caigo muerto aquí, o en la puerta del restaurante para no poner en un compromiso a los camareros, cuando empiecen a buscar inéditos, tendrán también esas cosas de las que tirar. Como no tenemos ni jubilación ni seguro de vida, está bien que haya por ahí un remanente que rescatar.

La hora violeta es el primero de sus libros que sí han sido reeditados. Una de las cosas que llamó la atención cuando salió era que normalmente una situación trágica como la pérdida de un hijo, que en España tiende a esconderse, a casi convertirse en una especie de culpa privada, fuera abordada con tanta valentía. ¿Tuvo que pagar un precio por ello?

Lo hice por carácter personal. Hay gente que necesita meter el dolor dentro de algo muy grande y no hablar de ello. Y así es como vive con él y como lo afronta. Y yo soy parlanchín, torrencial, necesito verbalizarlo todo. Oralmente y por escrito. Es superior a mí. Entonces para mí escribir sobre eso era muy natural. Pero también había otro componente, que era atemperar mi rabia. Yo sentía muchísima rabia. Muchísima. Y me sentía muy incómodo con la rabia, porque no era lo que yo quería que quedase de todo aquello. Y la escritura me permitía convertir toda esa rabia en algo que podía ser casi luminoso. Y me volqué, sin ninguna esperanza de que nadie lo leyese. Era un acto casi de intuición, no literal, sino vital. No lo pensé, pero sí que es verdad que había un punto de militancia contra una sociedad que yo percibía hostil a la manifestación del dolor. Sí que he sentido que se me sancionaba por eso. Por decir que yo no lo iba a superar. Incluso en cuestiones informales, no estoy hablando solo de la opresión capitalista, del incentivo por ser productivo ni nada de eso, sino en las propias relaciones cercanas, íntimas. El dolor molesta, porque no saben qué hacer con él. No saben qué hacer con alguien que tiene un dolor tan brutal como la muerte de un hijo. No alcanzan a comprenderlo, porque no lo comprende ni el que lo vive. Y la verdad es que era un acto de afirmación en ese sentido. De la misma forma que te he dicho antes lo del espíritu punk de decir, te jodes, pero yo estoy aquí con mi circunstancia, mi dolor. Y si mi dolor te molesta, lo siento. Pero yo también formo parte de este mundo y estas son mis circunstancias y las comparto. De forma no intrusiva, porque la literatura, la ventaja que tiene sobre muchas otras artes y muchas otras manifestaciones, es que requiere de la participación entusiasta del lector. No es una propaganda. No se pone delante de los ojos de nadie. Quien se acerca lo hace sabiendo a lo que va y por su propia voluntad y con su propio esfuerzo. Y eso convierte la literatura en una forma de expresión privilegiada para estas cosas. Pero eso son reflexiones que hago a posteriori. En ese momento no pensaba en nada de eso. Sencillamente tenía la necesidad de escribirlo, como tenía la necesidad de hablarlo. Estaba en una cena con amigos y yo tenía la necesidad de hablar de Pablo. Y entendía que, claro, que yo jodía la cena a todo el mundo. Que nadie quería escuchar esas cosas. Yo llegaba luego a mi casa, abría mi archivo de Word y me ponía y volcaba mis cosas y me quedaba a gusto.

En varios de sus libros aparece no tanto la muerte como las ausencias que están ahí todavía hablándonos, informándonos: su hijo en La hora violeta, su abuelo en Lo que a nadie le importa, el profesor de La mirada de los peces, ese ausente de Los alemanes que es el más presente de todos… Me pregunto si hay un hilo ahí, una línea que une a todos los que no están, pero están.

De hecho, yo creo que la muerte nos conforma. Los muertos nos conforman. Nuestra vida no acaba en nosotros, no se contiene en nuestro cuerpo ni en nuestra biografía. Venimos de otro sitio, de la misma forma que los vivos que nos rodean también forman parte de lo que somos. Por eso una biografía es una ilusión. No puedes contar tu vida sin contar la de unos cuantos más. Es imposible. Vivimos en una red, y esa red va al más allá, llega a todos los ausentes, a todos los muertos que están alrededor de nosotros de forma a veces fantasmal, a veces traumática, a veces feliz, pero están por todas partes, y eso se ha ido reflejando en mi literatura, de forma no consciente. No me resulta novedoso que me lo cuentes, he pensado sobre ello, pero después de escribir unos cuantos libros. Tardo mucho en darme cuenta de qué van mis libros, soy un escritor muy poco reflexivo. Y creo que todo esto tiene consecuencias políticas. Cuando hablamos de la apelación a la historia para entender un país, estamos hablando de cómo los muertos siguen condicionando nuestra vida. Se publicará esta entrevista cuando se publique, pero estamos en vísperas de los cincuenta años de la muerte de Franco, ¿qué otro muerto ha marcado más España? Como vivo tuvo una influencia de la hostia, pero como muerto más. Lleva cincuenta años muerto, que son doce o trece años más de los que fue como dictador, y no ha dejado de estar presente en la vida de todos los españoles. Es acojonante. Mira el poder de los muertos. Creo que ayudan a entender lo que has vivido. Es algo importante.

Sergio del Molino para Jot Down

Por otro lado, vivimos un tiempo que más bien es la invitación a pasar página, a no sufrir por nada, desprenderse de mochilas, el olvido como terapia… ¿No es una corriente que va en contra de lo que estamos hablando?

Pero al mismo tiempo que están esos mensajes de superación incluso de forma cruel, o discursos muy superficiales sobre la salud mental. Hay discursos que animan a eso de los aviones: ponte primero tú la mascarilla antes de ponérsela a otra persona. Tengo que estar yo bien por encima de todo, incluso he oído cosas de «a mí no me cuentes tu mierda, ve a un psicólogo, como hago yo». Joder, para eso están los amigos, ¿no? Incluso puedes gastar más en copas que en un psicólogo. Yo creo que mucha gente va a un psicólogo porque no tiene amigos a los que recurrir. Y al mismo tiempo hay una sobreexplotación de la memoria y de la culpa de la memoria. Es un tema que he intentado abordar en Los alemanes. Por un lado, te intentan hacer irresponsable de los actos de los que tú eres responsable. Si tienes malos sentimientos porque te arrepientes de ser padre y quieres estrangular a tu bebé, eso es normal, no pasa nada. ¿Quién no ha querido tirar a su bebé por la ventana? ¿Quién no se ha arrepentido de ser padre? Relájate, ponte un gin tonic, ponte una serie de Netflix, tranquilo, eso le ha pasado a todos. Y al mismo tiempo intentamos ser culpables de la conquista de México por Hernán Cortés. Asumimos la culpa de Hernán Cortés, pero no asumimos la culpa sobre nuestros hijos. Es acojonante. Autoindulgencia en lo personal. Es la sublimación absoluta del individualismo. En una sociedad que ha perdido todo rastro de sentimiento comunitario, todo rastro de apoyo en la tribu para poder sobrellevar las cosas, tienes que librarte de culpa porque todo recae sobre ti. En una sociedad más tradicional, o no tan individualizada como la actual, una madre que se siente agobiada por el peso de lo que le cae tiene un apoyo. Va a tener a la abuela que le va a decir algo. Tiene una tribu alrededor, que es lo que se habla mucho en el feminismo de los cuidados, que le va a ayudar a sobrellevar eso y va a mitigar también su culpa. Pero en el momento en que tú estás solo, la culpa por hacerlo mal es tan insoportable que solo puedes apartarla. No puede caer sobre ti el peso de todo el mundo. Lo normal es que cuando alguien esté superado, porque no puede atender a su padre que está en un asilo o por ese tipo de cosas, haya alguien que le eche una mano. Pero hay muchos hijos que están solos. Toda esa soledad acarrea la necesidad de apagar la culpa.

Llegamos a La España vacía, que será durante mucho tiempo objeto de estudios antropológicos, sociológicos, etc. Pero también como fenómeno poco frecuente de un libro que se ha convertido en concepto, que ha generado un debate y una etiqueta. ¿Fue usted el primer sorprendido, o imaginaba que podría tener esa repercusión?

En absoluto. Los que nos dedicamos a escribir, bien lo sabes tú, en lo que confiamos es en la irrelevancia absoluta. Volviendo a mi pasado periodístico, siempre defiendo que lo que más escucha un periodista es la palabra «mierda». Tú propones algo y te dicen «vaya puta mierda». Y propones cosas, propones veinte cosas para que te aprueben una porque las otras diecinueve son una puta mierda y la otra es bueno, tira a ver, si tú te empeñas. Y luego cuando publicas y cuando sacas temas, igual hay algo que funciona y va muy bien, pero hay otros noventa y nueve que te los has comido con patatas. Eso sabemos muy bien cómo es, yo estoy educado en esa escuela y estoy educado también en la literatura. Yo lanzo intuiciones que pueden ir bien, pero no sé cómo van a rebotar en la sociedad. No sé si lo que intuyo va a tener un eco, porque además funciona solo por intuición absoluta. No hay ningún estudio de marketing, no hay nada detrás, no tengo un equipo de campaña que me esté haciendo sondeos. Tú estás en tu casa pensando que algo es importante y que puede tener cierta repercusión, pero no tienes ninguna garantía. Y eso es lo acojonante con La España vacía. Esto me lo han dicho: la cantidad de gente y de recursos que emplean empresas muy potentes para generar lo que tú has generado desde tu mesa, y jamás llegan a generarlo. Nunca llegan a tener el impacto en la discusión pública que ha tenido el libro de un señor. Pero eso forma parte de una tradición hispánica, ¿eh? Yo me siento muy español en eso, porque vivimos en un país donde una señora en la mesa de su cocina, con unas fichitas, hizo un diccionario mucho más relevante que el de la Real Academia. Vivimos en un país de gente que hace cosas a su bola y eso conecta mucho más allá. Esa tradición no la hemos perdido. Volviendo a Aragón, es una tierra de genios solitarios que no crean escuelas: Goya aparece y desaparece. Y ya está. No hay nada antes ni nada después. Y Buñuel lo mismo, un tío genial que no se sabe de dónde viene y tampoco sabemos a dónde va, porque tampoco deja el rastro. Y eso es España y eso es Aragón.

Ya me veo los comentarios: «Sergio del Molino no tiene abuela, se compara con Goya y Buñuel».

[risas] Son cosas que no se puede fabricar. Por algún azar rarísimo, alguien conecta. Y eso tampoco depende de mí. Creo que Goya y Buñuel tampoco sabrían explicar muy bien qué es lo que hicieron. Son cosas que haces, con un cúmulo de circunstancias en las que el azar juega un papel muy importante, yo no lo desdeño. Creo que el libro salió en el momento justo, impactó en un momento en el que estaba fermentando esa preocupación y permitió vehicularla, encontrar un medio de expresión a un malestar anónimo que había en la sociedad, que no terminaba de expresarse y provocar un cambio de sensibilidad. Pero eso es azaroso. Si el libro lo hubiera publicado un año antes o después, no hubiera tenido ese impacto.

Sí, los periodistas sabemos que a veces una cuestión de oportunidad, de conjunción de astros, de corrientes, de momentos…

A mí me ha pasado muchas veces. He visto que ha habido temas que han funcionado muy bien como seis meses después de que lo sacara yo. Y se supone que sacarlo el primero es un valor, pero cuando yo lo hice no me hicieron ni caso, ¡y luego lo saca este mindundi y lo hace peor, pero cala! Cuando escribí el libro yo publicaba con Literatura Random House, y antes de sacarlo en Turner con Pilar Álvarez, que podría ser casi la coautora del ensayo, le dije a Pilar: «Primero tengo que hablarlo con Penguin, por una cuestión de lealtad», y me da la impresión de que ni leyeron el mail. No les culpo, me parece lo normal, escribí el mail con esa idea. El propio mail era incluso disuasorio, «sé que esto no os va a interesar, ya os pasaré la novela cuando la tenga, de momento me entretengo con esto»… Era muy difícil verlo en ese momento, yo no lo hubiera visto.

Una vez escrito el libro y con el eco del que hablábamos, ¿diría que se ha gestionado bien el problema de la España vacía, se están haciendo cosas en la buena dirección? Lo último que hemos oído es un plan de Airbnb para esos territorios…

Si te refieres solo a lo superficial, a lo que tiene que ver con las políticas de despoblación, se han hecho cosas: ha habido un cambio en la estructura de gobierno, un cambio de sensibilidad en las comunidades autónomas, también en la Unión Europea… Pero ese no era el debate que me interesaba, sino el de la noción de igualdad, y en ese sentido creo que se ha hablado muy poco. Se ha discutido más de cuestiones coyunturales, de localismos, pero no se ha terminado de aprovechar el debate para que una comunidad política pueda vivir en igualdad, salvo de forma muy subterránea. No ha estado en el Parlamento. Muchas veces, el ruido que se ha hecho me ha alejado, porque no era el debate que me interesaba. No obstante, en lo que tiene que ver con la gestión de los agravios, se han hecho muchas cosas, aunque se han vendido mal. Mucha gente no es consciente de la cantidad de cosas que se hacen, desde el punto de vista institucional y desde los activismos sociales para mejorar la vida de los lugares despoblados. Hay lugares en Aragón o Castilla y León donde se abren escuelas para cuatro o cinco niños. Eso requiere un esfuerzo coordinado y una inversión enorme, que solo se puede hacer desde un compromiso social. Que toda la sociedad se crea que es algo importante. Tampoco terminamos de ver la cantidad de cosas que mejoran la vida. No las valoramos, y por eso podemos perderlas. No queremos caer en un discurso complaciente con el poder, salvo con el fútbol. Creemos que, si lo valoramos, vamos a ser acomodaticios. Pero si decimos siempre que vivimos como en Las Hurdes, cuando no es verdad, no vamos a saber defender los logros.

Se me ocurre que esto tiene que ver con otro de tus libros, La piel, que junto al testimonio personal entraña una defensa de la sanidad pública, ¿no es así?

Eso es lo que justifica lo que llaman la arquitectura del yo, lo que llaman autoficción, que no es un ejercicio de narcisismo, sino una forma de señalar las cuestiones que nos afectan a mucha gente, y lo hacemos a través de un señalamiento del propio autor, ¿no? La literatura es lo contrario del CIS de Tezanos y del CIS en general. El CIS, cuando pregunta por las preocupaciones de los españoles, da respuestas que son todas mentira, porque reflejan preocupaciones de bienqueda. A la gente le preocupan las notas de su hijo que ha suspendido cuatro, le preocupan cuestiones que son muy difíciles de colocar en una encuesta y muy difíciles de llevar a un debate parlamentario o a la primera página de un periódico, pero son fundamentales porque nos afectan a todos como sociedad. Y creo que la literatura tiene la virtud de poner el foco sobre estas cuestiones a través de la experiencia, de la implicación del propio autor, y eso es lo que intento hacer en La piel. Si yo no creyera que es un tema relevante, que puede interesar a mucha gente y que es nuclear de lo que convivimos, que tiene que ver con cómo vivimos la enfermedad y la salud, no habría escrito el libro. Yo no creía que la psoriasis fuera un tema literario, no lo creía. De hecho, me negaba. El libro surge de la revelación de que sí lo es, surge de la revelación de que es un tema que he estado intentando ocultar durante mucho tiempo, no solo con estrategias de vestuario y de camuflaje para evitar el estigma o para evitar la vergüenza, sino que lo había intentado evitar porque creía que no me condicionaba la vida, que era algo ajeno a mí, que era algo que yo podía vivir al margen, que una cosa era la enfermedad y otra yo… Llegó un día en que descubrí que no. Viendo la experiencia de otros, de personajes históricos y de escritores que habían sufrido lo mismo, me di cuenta de que era algo que marcaba mucho tu vida, y cuando me di cuenta de eso, vi que había un tema de conversación literaria.

Sergio del Molino para Jot Down

Siguiendo con su obra, llegamos a Un tal González, que algunos leyeron como un retrato demasiado acrítico del líder socialista. ¿Cuáles fueron sus motivaciones?

Sin duda, esperaban una mirada convencional sobre Felipe González, algo así como la parodia del rico del Monopoly con el puro. Y claro, en ningún momento quise escribir eso. Algunas reacciones me las esperaba, pero otras me sorprendieron por su ánimo difamatorio, diciendo que era un libro de encargo de Felipe, mientras que era un libro escrito contra Felipe González. Un libro escrito no ontológicamente contra Felipe González, sino que Felipe por poco no participa en el libro, no entendía lo que estaba haciendo. A mí siempre me ha molestado mucho la hermenéutica de la sospecha, típica de la crítica literaria de España. Yo soy transparente, puedes criticarme por muchísimas razones, pero yo te pongo todas las cartas sobre la mesa, te cuento lo que hago y por qué, y en el propio libro viene la explicación de por qué hago los libros. Y mi interés por Felipe tiene que ver con todo lo que hablábamos: si no hubiera escrito La España vacía seguramente no habría escrito Un tal González. Viene de la incomodidad que siento a partir del 15M, en el cual yo percibo que mi generación está haciendo una tabula rasa, un borrón y cuenta nueva con la generación de la Transición, y creo que está imponiéndose un relato —ahora que se habla mucho de relato— que me parece muy maniqueo y muy injusto, y muy peligroso para el futuro.

El «Régimen del 78»…

El «Régimen del 78», «la cultura de la Transición», todo esto… Entonces yo escribo, no desde el halago y el enamoramiento —que también, porque eso es un requisito literario: cuando tú vas a dibujar un personaje es inevitable que lo hagas a favor, porque si no, no funciona—. El propósito del libro era meterme en la piel de Felipe, meterme en la piel de esa generación, intentar entender por qué hicieron lo que hicieron, y para eso tienes que hacer un ejercicio de empatía, porque es gente muy distinta a mí: yo vengo de una tradición política y social completamente ajena. Una de las cosas bonitas que me han pasado con el libro ha sido ver a gente de izquierdas y de derechas encontrándonos en la reconciliación con lo que fue ese Felipe, desde tradiciones opuestas. A mí me decían: «Yo tenía el mismo odio hacia Felipe que tú, pero porque mi familia era de derechas». Y en la mía lo odiaban porque eran de izquierdas. La izquierda anti-felipista y la derecha anti-felipista al final han convergido en un reconocimiento de un relato común, de que Felipe es un actor fundamental del cambio social. Me parecía muy injusto no reconocer eso, porque ese es el Felipe que va a quedar históricamente. Cuando pasen treinta o cuarenta años y se hable de Felipe González no se va a hablar del Felipe del yate, no se va a hablar del Felipe del puro, no se va a hablar del Felipe que intenta intervenir ahora y que parece que está… Yo creo que ese Felipe es irrelevante. Pero el otro va a quedar. El Felipe que dimite en el año noventa y siete es el Felipe que dimite de la historia. A partir de ahí se convierte en un personaje que puede intervenir más o menos en política, pero como un actor más y como un señor más que pasa por ahí y que dice cosas que pueden provocar cosas. Pero el Felipe importante es el Felipe político, el Felipe que fue presidente del Gobierno y el Felipe que transformó el Partido Socialista y transformó España. Y eso merecía un libro.

Yo siempre he pensado en Felipe como un seductor en la distancia corta. Recuerdo que lo tuve en un par de ruedas de prensa en su época ya tardía, y salíamos todos los periodistas encandilados, incluso cuando ya acusaba un desgaste importante.

No solo en la distancia corta. Ten en cuenta que Felipe pierde por trescientos mil votos en el noventa y seis. A Felipe lo destrona Jordi Pujol, es Jordi Pujol quien ha decidido cortarle las alas. Pero si Jordi Pujol hubiera decidido darle el apoyo parlamentario en lugar de dárselo al PP, tenemos Felipe hasta el dos mil. Ese es el tema: que con toda la corrupción, con todo lo que tenía encima, con todo lo que estaba pasando, José María Aznar solo logra sacarle trescientos mil votos. Es acojonante, acojonante…

Pero hay cosas que, según las mire uno, son virtudes y defectos a la vez: Felipe puede ser el tipo que creó la estructura de la nueva España, pero también el tipo que desmovilizó a las masas obreras; uno de los arquitectos de nuestra democracia, y el tipo que nos hizo sentir la primera gran desafección. Todas estas cosas son cuchillos de doble filo, pero usted optó por leerlas desde la simpatía… ¿Por qué?

Desde la simpatía, o desde la comprensión. Desde siempre, la oposición desde la izquierda, del no a la OTAN —que es lo que no le perdonan nunca—, ha sido mucho más feroz que la oposición derechista. Lo que ha revelado siempre es una enorme incomprensión, una caricaturización del personaje. Y errado o no, o hipócrita o no, o cínico o no, yo quería entender por qué hacía lo que hacía, eso es lo que perseguía con el libro. Y para eso intentaba ponerme en su piel. Felipe no me ha concedido ese gusto, pero gente muy cercana a Felipe —gente que vivió aquello, que son protagonistas del libro— sí que me ha dicho: «¿Tú cómo sabías esto? Porque parece que estabas al lado de nosotros, viendo». Y yo respondo: «Eso es lo que yo perseguía, es un gran ejercicio de intuición. Con todo el material que tengo, con toda la gente con la que he hablado, con todo lo que he leído y con mis recuerdos —que eso es lo de menos, es solo el detonante—, intentar armar una simulación literaria de aquello». Y si los protagonistas se reconocen en eso, es que está bien hecha. Estamos acostumbrados al maniqueísmo, a ver si los críticos o los favorables se sienten representados. A mí lo que me importaba era si ese mundo estaba bien retratado, y cuando me dicen que sí, cuando gente muy cercana, que ha sido muy íntima de todo aquello, me dicen que sí, que se reconocen, joder, yo creo que lo he hecho bien. He hecho el libro que yo quería hacer, eso es lo fundamental.

Con Felipe pasa algo, no se le reconoce ningún tipo de buena intención en nada. Pero eso es porque era implacable, porque él no ha dejado que se le reconozca. Él no ha dado nunca su versión de las cosas, no hay memorias de Felipe, no hay… O sea, ha dejado que otros hablen por él. Y él ha considerado que prefiere intervenir en el hoy porque es antinostálgico, y por eso prefiere opinar sobre Pedro Sánchez a evaluar lo que hizo con Alfonso Guerra. Y eso le ha hecho mucho mal a su figura, porque lo ha mostrado como alguien distante, cínico, que probablemente también tenga un punto de coraje. Pero lo que percibí es que hay una coherencia enorme en el personaje, una coherencia que le lleva a traicionarse constantemente o a traicionar a los suyos todo el tiempo, porque él tiene en mente un horizonte que es modernizar y democratizar España, y pone todo su capital político a su servicio, siempre.

¿Desde Suresnes hasta el final?

Sí, y además él lo hace desde la fortaleza política. Un rasgo que caracteriza mucho al personaje, que no terminé de subrayar, y me hubiera gustado subrayarlo más, es el desprecio que sentía por Calvo Sotelo. Él reprocha que cuando llegan a Moncloa, llegan todos los asesores, están haciendo el cambio de gobierno, y entonces hay una alarma enorme entre los economistas, con Miguel Boyer y toda esta gente, que conocen muy bien la situación crítica que vive el país, con la inflación y todo. Y para detener la inflación hay que devaluar la peseta, pero Calvo Sotelo no se atreve, está en minoría y de retirada. Y entonces los socialistas le dicen a Calvo Sotelo: «Hay que devaluar la peseta», y Calvo Sotelo responde: «Yo no pienso hacerlo, mi último acto de gobierno no va a ser devaluar la peseta». Felipe le reprocha esa debilidad. Por eso cuenta siempre: «Lo primero que hicimos, y estoy muy orgulloso de eso, llegamos a Moncloa, tomamos posesión y la primera medida que hicimos fue devaluar la peseta». Como en plan de «aquí venimos en serio», aquí no hay medias tintas. Y desprecia política y humanamente a Calvo Sotelo por la cobardía. Felipe González siempre desprecia a quienes no son capaces de tomar las medidas que hay que tomar cuando hay que tomarlas, pese a quien pese. Y ese es el rasgo del personaje, lo que le hace tan incómodo y tan raro.

Entre los socialistas de vieja escuela hay cierta división, entre los que morirán adorando a Felipe y quienes se sienten traicionados por él, por su amistad con los jerarcas y sus zancadillas a Zapatero o Sánchez. ¿Usted cómo lo valora en ese sentido?

Felipe siempre ha vivido muy obsesionado con el poder. Es un personaje que ha vivido siempre con un enorme poder, y es presidente muy joven, deja de ser presidente muy joven, a la edad a la que la mayoría de los políticos empiezan a postularse como presidenciables… Y es un tipo muy activo y muy ambicioso, está transido por el poder y el poder lo ha transformado de arriba a abajo, como no podía ser de otra forma. Para él, el ejercicio del poder es muy solitario, porque no tiene pares. La gente que le entiende tiene treinta años más que él y vive muy lejos. Él no puede quedar con un amigo a echar una cerveza y plantearle los dilemas, ni siquiera con Alfonso Guerra. Y yo creo que esa soledad del poder, que es muy shakespeariana, le marca rotundamente. Es un punto de no retorno. A partir de entonces la obsesión por el poder va a ser diferente. Él cree que gobierna en la sombra, que tiene una capacidad de dominio y de influencia que muchas veces es menor de la que él cree, y siente que es capaz de mover los hilos dentro del partido. Y luego el partido se le resiste, y no lo controla como él lo cree, porque tampoco lo controlaba cuando era presidente —lo controlaba Alfonso Guerra—. Entonces ha ido viviendo progresivamente en esa soledad del poder, una burbuja complaciente donde se han diluido todas las voces críticas, donde no hay nadie que le tosa, y eso es lo que ha ido generando el Felipe de hoy. Luego Felipe es un tipo complejísimo, cuyo principal defecto es que solo se escucha a sí mismo. Tú estás con Felipe y no hay conversación: es un monólogo. Ha llevado un monólogo de cincuenta años. Cuando dimite, él entiende que ha perdido la capacidad de interpretar la sociedad española, que antes era infalible. Él creía entenderla muy bien, pero llega un momento en que pierde contacto con la realidad. Y creo que no lo ha recuperado todavía.

Yo ahí diría que es un mal que se ha convertido ya casi endémico, porque ¿cuántos políticos quedan con conexión verdadera con la realidad? Cuando cogen un autobús es porque se van a mostrar en las fotos, cuando van al mercado es porque están de campaña…

Pero él era capaz de tenerla desde la Moncloa. Esta es una cosa que no conté en el libro, porque me lo contaron después, y es muy bonita: cuando se van de la Moncloa y vuelven a la casa, y está María, la hija pequeña de Felipe, con quien yo he tenido relación, vuelven a tener una vida normal de familia. Y me cuenta María: «Estamos un día hablando en la casa y me dice: “ponme con fulano, ponme con el presidente de…”». Y le miramos todos: «¿Ponme?». «¿Qué pasa? Ponme». Entonces dice: le cogí el teléfono, se lo puse y le dije: «mira, esto es un teléfono, Felipe: coges y llamas». No sabía marcar un teléfono». O sea, el aislamiento del poder incapacita para la vida cotidiana.

Sergio del Molino para Jot Down

Recuerdo que Antoine Compagnon me dijo hace tiempo que los políticos en Francia ya no leen nada, solo los argumentarios que les dan en el coche camino del mitin. Incluso Macron, que presume de lector, no lo es tanto… ¿Usted cree que aquella clase política sí leía o al menos tenía una formación lectora?

El que más presumía era Alfonso Guerra, que tenía su librería, aunque eso luego le salió caro, porque Semprún se reía de él… Tenían un perfil intelectual que lo daba también el antifranquismo. En el momento en que desaparece esa generación antifranquista, se diluye mucho. La política se convierte en una profesión más de segundones y arribistas. En España, después de la Transición, muchos políticos han sido los segundos hijos de la nobleza: los que no iban a heredar el pazo se metían en política, los más torpes. Y no se ha fomentado que alguien con formación intelectual dé el salto. No hay incentivos. Hay muy pocos intelectuales, y desde luego ningún primer espada.

Con el 15M hubo gente —intelectuales, profesores— que se asomó pensando que quizá podía aportar algo, pero en cuanto vio cómo funcionaban los partidos, salió corriendo. No solo en Podemos, sino en todas las formaciones…

Tampoco está tan mal lo que hemos perdido. Los intelectuales no siempre han hecho las cosas mejor que los no intelectuales. Los Jemeres Rojos eran producto de una intelectualidad. Muchas de las grandes atrocidades de la humanidad las han perpetrado intelectuales, y se han hecho en nombre de Platón casi todas. Tampoco hay que echarlos tanto de menos. En todo caso, la generación de los socialistas, porque en UCD había gente con un perfil intelectual bastante notable, aunque más que intelectuales eran tecnócratas… Sabían muy bien lo que hacían, sobre todo en la parte económica, que era lo que iba a transformar el país. Eran muy buenos en lo suyo. Eran los mejores. Con Miguel Boyer, Carlos Solchaga… cuando planteaban una política económica, probablemente eran los mejores en España para hacerlo. Eso lo hemos perdido. Ya ni siquiera a nivel de asesoría tenemos a esa gente.

No vamos a ahondar mucho más en la política del presente, pero quería preguntarle por una cuestión que me intriga. En junio del año pasado, en un momento crítico de Pedro Sánchez, escribió un artículo pidiendo elecciones. No espero que me diga que hubiera una consigna en El País, pero sí sorprende la crítica unánime de todas las firmas contra el presidente. Eso no ha vuelto a estar presente en el debate. ¿Recuerda ese momento? ¿Se respiraba en la redacción esa idea de que era urgente una convocatoria electoral?

Se respiraba en el país en minúsculas, no solo en El País. Se respiraba en España. Creo que recogimos un clamor que sentía una parte importante de la sociedad. Si coincidimos varios columnistas es porque había una corriente de opinión. Los columnistas del diario no nos reunimos para ponernos de acuerdo. Algunos tenemos relación, otros no, y con la mayoría ni siquiera me trato. Como en cualquier comunidad humana, puede haber incluso hostilidad. Si coincidí con esa opinión fue porque coincidía con una corriente mayoritaria con la que rara vez comulgo. Es extraño que yo conecte con un sentir mayoritario; suelo ir por caminos laterales. Pero en ese momento era muy evidente. Era muy difícil defender otra cosa. Se estaba recogiendo un clamor social al que, en mi opinión, se debería haber hecho caso. Incluso el propio diario escribió un editorial en esa línea.

¿Qué ha pasado ahora para levantar el pie del acelerador? ¿Se le ha pasado la fiebre a Pedro Sánchez, o las cosas han evolucionado de otra manera?

Creo que fue una crisis que ya pasó. Cuando las crisis pasan, solo puedes seguir insistiendo desde una posición dogmática. Si comentas la política conforme va sucediendo, una vez superada la crisis, los problemas son otros y las cuestiones son otras. Esa crisis pasa, ha pasado un año y Pedro Sánchez sigue en el poder. La cuestión ahora es atender a los problemas actuales. Evidentemente, él ha ganado esa batalla. Hubo un clamor para que se fuera, no se fue, ha ganado y ha seguido ahí. Por mucho que se puedan cuestionar los métodos por los cuales Sánchez se mantiene, institucional y democráticamente son absolutamente legítimos. La única forma de que se vaya es que alguien presente una moción de censura. Y eso no ocurre. Todos los que están constantemente, incluso desde bancas parlamentarias, diciendo que se vaya, lo tienen muy fácil. La gestión del poder pasa por una moción de censura y no hay otra alternativa. No puedes estar pidiendo que el otro dimita constantemente cuando es evidente que no tiene ninguna voluntad de hacerlo y tiene su cargo legítimamente elegido. Por otro lado, yo soy de una escuela literaria que exige decir las cosas una vez, no veinte. No voy a escribir la misma columna todas las semanas. Ya he dicho lo que tenía que decir y punto. Hay otros retos, otras cuestiones sobre las que discutir. Me parece atronador y empobrecedor el columnismo que todos los días pide lo mismo. Ya sabemos tu postura. Vamos a hablar de lo que pasa hoy. Si no, ¿qué sucederá cuando se vaya? ¿De qué hablarás entonces?

Hemos hablado de sus libros, pero también es muy activo en redes. Mucha gente ignora al señor simpático que es usted, creen que es un tipo agrio, malencarado. ¿Se ha inventado un personaje, una especie de Scrooge?

[risas] Ahora me estoy limitando mucho, ya no contesto a casi nadie, pero creo que lo que funciona muy bien en el cara a cara no funciona igual en redes. Las mismas bromas, fuera de contexto, se perciben como hostilidad. Porque el humor, cuando sale del contexto, se esfuma. En Twitter, sobre todo, el desenfado se convierte fácilmente en agresión. Probablemente no lo he gestionado bien, lo reconozco, pero tampoco me importa cómo me vieran allí.

También existe una falsa familiaridad en redes. La gente cree que tiene una relación contigo porque aparece como «amigo»…

Hay personas que dicen «a pesar de las polémicas que hemos tenido tú y yo…», cuando en realidad no os conocéis ni habéis discutido jamás. Si una vez escribí algo que te pareció mal y dijiste «menudo gilipollas», ¿eso es una polémica? ¡No me jodas! [risas] Se establecen relaciones muy viciosas y muy raras. A mí me ha parado gente por la calle y me ha preguntado «¿Por qué me has bloqueado?». «Perdona, no tengo ni idea de quién eres, pero algo habrás dicho que no me habrá gustado, no tengo ni idea». Yo creía que todo eso quedaba contenido en un personaje. Pensaba que podía haber alguien muy provocador en redes y luego una persona normal, amable, que jamás se confrontaría contigo en la vida real. Pero eso ha dejado de pasar. Ha saltado la cuarta pared. Ahora hay gente que te para por la calle y te dice lo mismo que te decía en Twitter. Eso es acojonante.

Las últimas controversias en redes han sido los de María Pombo y Juan del Val. ¿Cree que estos foros pueden jugar otro papel en el debate cultural?

Las redes sacan una bestia que muchas personas no son en realidad. Hay escritores que parecen malas bestias en redes y luego, en persona, son encantadores. Y la gente no se lo cree porque confunde el personaje con la persona. Creo que al debate literario y al debate cívico hoy las redes aportan muy poco. Hubo un momento en que internet sí funcionaba como un espacio de intercambio de debate informal, donde se encontraban afinidades. Eso desapareció hace tiempo. Hoy es muy difícil mantener un debate mínimamente civilizado, con humor o ironía.

David Uclés se ha marchado de Twitter. ¿A usted le sirve de algo el espíritu de barrio para resistir a los haters?

Cuando se cagan en tu puta madre cientos o miles de personas, de Podemos o de Vox, al principio te hace gracia, pero al cabo de unos días nadie lo aguanta. Mi mujer me pide que no lo mire, yo le respondo que es divertido, pero ella me dice que al cabo de dos horas me va a empezar a afectar. Y es verdad. Por mucha piel de cocodrilo que tengas, no soportas que te estén insultando durante días. En los futbolines podías tener esa actitud macarra de West Side Story, pero cuando son miles y miles… La única alternativa decente es irse, como ha hecho Uclés. A mí me gustaría hacerlo, pero todavía no puedo permitírmelo [risas]. Para quien vive del trabajo público, las redes siguen siendo un escaparate necesario. El verdadero éxito será cuando pueda decir que no estoy en redes y seguir existiendo públicamente. Ese es el lujo que hoy se pueden permitir los ricos: no estar ahí.

Me gustaría terminar con dos cosas fuera del debate de actualidad. Una es Pío Baroja, ¿por qué tendríamos que leerlo, más que nunca, o como siempre?

¡Hoy como siempre! Porque es divertidísimo, para empezar. No estamos tan sobrados de grandes novelistas como para despreciar a uno de los pocos que tenemos. Lo dice Cercas a menudo: es curioso que el país que inventó la novela tenga tan pocos novelistas. Y Baroja es de los grandes. Es un gusto leerle, y su figura nos enfrenta a temas muy incómodos y muy actuales. Baroja vive, como Shostakovich a otro nivel, atrapado entre autoritarismos, intenta ser fiel a sí mismo y sobrevivir sin traicionarse del todo. Al final de su vida se ve metido en un franquismo con el que no comulga, pero que acepta como mal menor frente a otra cosa que también le repele. No termina de estar nunca en su sitio, y pagó un precio enorme. Su vida y su obra son muy representativas de tiempos difíciles como los nuestros.

Es curioso que todavía haya quien establezca batallas ficticias del tipo Baroja vs Galdós.

Teniendo a los dos, ¿para qué? Nunca he entendido estas cosas binarias entre autores. Esto no es como el fútbol. Espero conocer algún día a alguien a quien le pregunten «¿eres del Madrid o del Barça?» y responda que de los dos, porque son muy buenos equipos. Ese lujo que los futboleros no pueden tener, nosotros sí podemos tenerlo en otras muchas cosas.

No le voy a pedir que elija entre Joseph Roth y Stefan Zweig, pero a propósito de su inclinación por los escritores judíos, ¿cree que existe antisemitismo en España?

Joseph Roth nos sigue diciendo muchas cosas hoy porque habla de los mundos que desaparecen y subraya el valor de lo perdido, la frivolidad con la que dejamos desaparecer cosas importantes. Hace una elegía y una parodia del Imperio austrohúngaro, frente a El hombre sin atributos de Musil, y parece que está de parte del mundo de su época. Nos enseña a encarar la complejidad de personajes moralmente incómodos con una mirada muy contemporánea, compasiva con la gente que está en los márgenes. Encajaría perfectamente en el mundo de Los Soprano, de Breaking Bad. Su judaísmo es anterior al Holocausto, aunque lo leemos como un profeta de la matanza. Sobre el antisemitismo en España, sí existe, pero es un antisemitismo peculiar: un antisemitismo sin judíos. No los hay desde 1492, o ha sido una presencia muy marginal, aunque una de las rupturas de Suresnes fue el reconocimiento de Palestina, porque parte del sector duro del PSOE tenía relación directa con el partido laborista israelí, con Golda Meir. Es un antisemitismo cultural, subterráneo, que se manifiesta en tradiciones, expresiones y costumbres que hemos normalizado. Hay fiestas populares y hasta platos cuyo origen es una ofensa a los judíos, empezando por el cocido, que es la adafina judía a la que se mancilla echándole cerdo. Hay un montón de santos cuyo origen son niños que fueron secuestrados por judíos, torturados, y que dan pie a fiestas populares. Está la expresión «esto es una judiada». Cuando se aprueba la ley que da la nacionalidad a los judíos sefardíes, muy fáciles de rastrear, Pierre Assouline escribe un libro sobre su proceso de repatriación, pide el pasaporte español y alucina de lo antisemita que puede ser España. Va al Parlamento y ve un partido llamado IU, que ha votado ferozmente contra la ciudadanía para los judíos, creyendo que aprobarla supone ceder a la política sionista del Estado de Israel. «¡Y yo no he estado en Israel en mi vida!», dice Assouline. Cuesta verlo, porque el antisemitismo político viene de Franco, que tiene un régimen aislado, y sus principales aliados son los árabes. De ahí la relación privilegiada con Arabia Saudí, que hereda Juan Carlos I, y que viene a través de Marruecos. Por eso el Estado de Israel no se reconoce hasta la democracia. Lo curioso es que la izquierda antifranquista debería haber sido proisraelí por oposición al franquismo. E Israel, antes de convertirse en una teocracia llena de fanáticos religiosos, era una utopía socialista. Por eso el antisemitismo está muy presente tanto en la derecha como, de forma paradójica, en sectores de la izquierda.

La carambola final es que los filonazis están hoy más cerca de Netanyahu que de cualquier otra opción.

¡Eso es tremendo! En España hay dos racismos muy grandes: el interno, contra los gitanos, una de las cosas más sangrantes de nuestra historia, y el externo, contra los moros. Una de las cosas que se encuentra España cuando quiere entrar en la Comunidad Económica Europea es que la mayoría de la población de Ceuta y Melilla no tiene pasaporte español. Es una anomalía. «Es que son moros». ¿Pero dónde han nacido? ¿Y sus padres? ¿Esta gente por qué no tiene un pasaporte español? Y viene una regularización masiva que es una exigencia europea para poder entrar en la Unión.

¿Con el consiguiente terror al quintacolumnismo?

Totalmente infundado, porque nunca ha ocurrido. Nunca ha existido un partido islámico en Ceuta y Melilla. ¡Si la lucha de toda su vida era ser españoles! ¿Iban a querer llegar ahí, para dejar de serlo al día siguiente? ¿En qué cabeza cabe?

Sergio del Molino para Jot Down

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4 Comentarios

  1. Enhorabuena al entrevistador y al entrevistador. Me ha parecido muy interesante.

  2. Las ínfulas de este «chico de barrio» son risibles hasta el ridículo. ¿Que estudiar Filología era algo «aristocrático» y Periodismo no? Macho, tanto unos como otros son carne de cola en el SEPE o currito en Mercadona.

    • Tu actitud es la típica del hater que uno puede encontrar en cualquier parte y que se menciona en el artículo. Da la casualidad que ninguno de los dos ,ni entrevistador ni entrevistado son ninguna de las dos cosas, sin mencionar el tufo clasista que tu comentario destila.

  3. Sergio Palomonte

    Capo di maiale

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