
«He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicas histéricas desnudas, arrastrándose por calles negras al alba en busca de droga rabiosa». Así comienza Howl (Aullido), el más famoso poema de Allen Ginsberg, escrito a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, que se convertiría en el himno de la Beat Generation. Y que, setenta años después, no ha perdido ni un ápice de vigencia.
Yo, que he tenido el privilegio de conocer a algunas de las mejores mentes de mi generación, así como de las inmediatamente anteriores y posteriores, también he visto a no pocas de ellas destruidas por la locura o estragadas por las drogas: tabaco, alcohol, hachís, LSD, cocaína, heroína, pastillas legales e ilegales, amor romántico, religión, literatura, matemáticas, ajedrez…
Pero nada ha hecho tantos estragos en el gremio de las mentes brillantes, que en buena medida coincide con el de los «intelectuales» (un término resbaladizo que conviene coger con las pinzas irónicas de unas comillas), como el éxito (la idea de éxito impuesta por la lógica capitalista, quiero decir). En una sociedad basada en el consumo desaforado y la competencia sin cuartel, el éxito consiste en tener más que los demás (en lugar de ser más con los demás, el único éxito digno de ese nombre, que es necesariamente colectivo). Y los intelectuales tienen más cultura —y, por ende, más información— que los demás, y más herramientas para gestionarla. Y la información/cultura es poder. Y muchos intelectuales, en la medida en que no se sustraen a la lógica capitalista, tienden a consolidar e incrementar los privilegios que se derivan de la acumulación de capital simbólico.
El éxito, que es el premio de consolación de los mediocres, también es la droga rabiosa de algunos que no lo son, o podrían no serlo. Así que, en última instancia, las mejores mentes, las verdaderamente buenas, son las no estragadas por la droga del éxito, las que no se arrastran en su busca (aunque a veces lo obtengan). Y de esas buenas mentes también he tenido la suerte de conocer a algunas, aunque por desgracia son menos que las que claudican. Y he oído los aullidos de unas y otras, sus cantos de esperanza y de desesperación, sus gritos de indignación, de triunfo, de rabia…
El éxito del éxito
Hubo un tiempo en que el éxito convencional, el que se mide en términos de fama y dinero, no abría todas las puertas e incluso podía resultar sospechoso. Pero en la actualidad se diría que el éxito es, en sí mismo, un valor indiscutible, inapelable, solo cuestionado, de serlo, por envidiosos, marginales o extremistas. Y este éxito rotundo del concepto mismo de éxito —entendido básicamente como éxito económico y mediático— es uno de los más claros síntomas de la degradación ética y cultural de nuestra sociedad. Se habla mucho del precio del éxito; habría que hablar también del éxito del precio como sucedáneo y sustituto del valor.
«Solo el necio confunde valor y precio», dicen que dijo Quevedo, y puede que fuera así en el siglo XVII; pero actualmente la confusión y fusión de ambos conceptos se ha convertido en la norma. Una norma con muy pocas excepciones.
El lado oscuro de la debilidad
Dicen que dijo Churchill que quien no es revolucionario a los veinte años no tiene corazón y quien sigue siéndolo a los cuarenta no tiene cerebro. Y, una vez más, la verdad hay que buscarla en lo contrario de lo que afirman los detentores del poder: quien no es revolucionario en su juventud no tiene cerebro, puesto que es la pura lógica la que nos hace ver que el capitalismo salvaje es una aberración ética, económica, ecológica y política; y quien deja de serlo en la edad madura no tiene corazón (o agallas), pues son el egoísmo y el miedo los que nos alejan de la lucha por la necesaria transformación de una sociedad desquiciada e injusta.
¿Y qué decir de quienes no solo se alejan de la lucha, sino que se pasan al bando de los opresores? No es una pregunta retórica, pues debo admitir que no lo tengo claro. Puedo entender la deserción, ya sea por cobardía, decepción, comodidad o interés; pero a la traición activa no le encuentro ninguna explicación que no incluya consideraciones de índole psiquiátrica (un terreno en el que no puedo ni quiero entrar).
¿Por qué Ludolfo Paramio y Federico Jiménez Losantos, dos de las mentes más brillantes y combativas que conocí en mi juventud, se convirtieron, respectivamente, en los adláteres de políticos tan execrables como Felipe González y José María Aznar? ¿Por qué Arturo Pérez-Reverte ha acabado siendo un referente de la extrema derecha y una vergüenza para el gremio de los escritores? La lista de exrojos y exprogres convertidos en reaccionarios activos —valga la paradoja— es tan larga como preocupante: Fernando Savater, Gabriel Albiac, Ramón Tamames, Albert Boadella, Félix de Azúa, Pío Moa, Amando de Miguel, Luis Racionero, Jon Juaristi, Arcadi Espada, Fernando Sánchez Dragó, Antonio Escohotado, Antonio Muñoz Molina…
A la mayoría de los mencionados los he conocido personalmente, y casi todos, en algún momento, me cayeron bien, o incluso muy bien. Escribí artículos en colaboración con Ludolfo Paramio, fui de marcha con Federico Jiménez Losantos y su encantadora hermana Encarna, practiqué yoga con Luis Racionero, participé con Fernando Savater en cordiales encuentros con nuestros lectores, compartí algún canuto con Antonio Escohotado… Eran inteligentes, cultos, simpáticos, progresistas… ¿Qué les sucedió?, ¿cómo y por qué se pasaron al lado oscuro de la debilidad? No son preguntas retóricas, insisto, no consigo entenderlo, y en todas las respuestas —algunas de ellas formuladas por los propios interesados— encuentro lagunas y sinsentidos inexplicables.
Nota. Puede que a alguien le sorprenda ver entre las drogas la literatura, las matemáticas y el ajedrez. Pero hay que tener en cuenta que las drogas lo son en función de la cantidad y la frecuencia del consumo. Tomar un vaso de vino o una cerveza de vez en cuando no te convierte en alcohólico, ni son cocainómanos todos los andinos que mascan hojas de coca para combatir el mal de altura. Análogamente, la literatura, las matemáticas y el ajedrez, en dosis razonables y controladas, no constituyen un peligro para la salud mental, sino todo lo contrario. Pero quienes, siguiendo a los Pessoa y los Borges, anteponen la literatura a la vida son drogadictos en el más pleno sentido del término, y lo mismo se puede decir de quienes, diariamente y durante años, abusan de las matemáticas o el ajedrez (puedo afirmarlo con conocimiento de causa, pues en mi juventud estuve enganchado a las tres sustancias). Solo la religión y el amor romántico son drogas cualitativas, en el sentido de que incluso en pequeñas dosis pueden alterar gravemente la percepción de la realidad e impedir el normal desenvolvimiento de la persona afectada.








Lo digo sin sorna. Prefiero a la gente de derechas de toda la vida que a los convertidos.
Oportuna reflexión, Frabetti. En la lista de ex «rojos» hay uno que me sigue intrigando, mucho. Es el ínclito columnista de El Mundo (In-Mundo, para mi) que se vale de cualquier sofisma para escribir sus «jornales». Dice perlas como ésta: «decir no a la guerra es como decir no al cáncer»…
Ya la última de estas entregas me pareció nauseabunda, acerca de los desvaríos de un Pla senescente y rijoso, prendado de unas piernas femeninas con nombre y apellidos de escritora (que aparecen también en la asquerosa viñeta).
Yo lo tenía por un periodista inteligente, pese a sus polémicas opiniones (véase Diarios, de su autoría y en los que se lanza contra un fotoperiodista que capturó una imagen cruel en una playa).
Y qué decir de los demás, Frabetti.
Tengo edad, la suya para ser exacto, y vengo de una familia progresista. Tal vez eso influyó en mi formación posterior. A los quince años llevaba en la solapa un pin de Salvador Allende, arrostrando el desdén de algunos de mis compañeros de estudios y también de familiares . A los 18 me hice miembro del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, en Chile. A los 25 debí abandonar el país, por persecución política.
Sigo siendo antifascista, marxista de pensamiento, pese a que la justicia y la efectividad de una economía colectiva haya fracasado en los países del socialismo real. Pero, como afirmaba Ernst Tugendhat 2debemos conservar la convicción de Marx de que la justicia social no puede realizarse sin una adecuada forma de economía, no capitalista. Que también es la clave para el problema de la paz, hoy.
Todo el mundo tiene un precio. Solo hay que saber cuál es.
A ver, tu articulo parece preguntarse en un principio como gente culta, con pretensiones artísticas, sensible… cae en el exceso. No debería sorprenderte, la cultura, el gusto, la sensibilidad solo son barnices, capas finas y brillantes que solo recubren tu exterior y solo visibles para los que gustan de ellas. No te hacen mejor persona, no te hace mas equilibrado, solo te hace más culto.
La cosa es que hombre, el humano, gusta de excesos, cada cual busca el suyo, es una forma de sentirse más vivo, mas tú.
Llamas lado oscuro de la debilidad, a que un tipo un día se levante y decida que su visión de la vida estaba equivocada y que escoja otra, no entraré en si más moral o no, pero solo te diré que el considerar que uno tiene que ser igual a si mismo para siempre es una visión adolescente de la vida.
Me alegra leerte y saber que te encuentras mejor. Saludos
Sr. Frabetti: como primera providencia, expresar mi agradecimiento al Cosmos por poder leerle. Tras ello, manifestar la hipótesis de que los giros tal vez se expliquen por el miedo o el resentimiento. A veces hay cooperantes en que el trastorno se profundice. Al recordar la figura de Los Santos, vienen a la menoría ÉPOCA y su “piernicidio”. Por otra parte, también hay revoluciones del Caos y la Involución, hasta en lo estético. Gimenez Caballero y Celine eran revolucionarios, pero no iban hacia adelante.
Me parece, estimado Tano, que estos giros ideológicos (“voltagabana” cambiar de casaca; “elegante” y preciso vocablo italiano) son una manera de airada respuesta de frente a cambios culturales en curso, o simplemente a la explicación científica de los mismos, como son, por ejemplo la percepción del determinismo evolutivo de género en nosotros que no es “determinado” y muchos menos de género ya que, si los varones somos una mutación genética de esa categoría antropomórfica que por convención llamamos femenino con rasgos a la vista, ¿qué hacemos con nuestra masculinidad y su constructo, la masculinocracia?, y te confieso que en su momento me sentí un poco molesto, pero no voté a derecha. Luego, la otra explicación sobre los “intersexuales” que no serían ni enfermos ni viciosos pues los “errores” evolutivos (entre comillas pues no se puede reflexionar sobre las razones de la evolución) son posibles: si nuestros cromosomas cometen “errores” conocidos, es lógico pensar que las hormonas, producto de específicas construcciones cromósomicas, pueden hacer lo mismo; esos mensajeros químicos que se presentan a una determinada edad para activar la percepción y pulsiones de nuestro ser, con género YA impuesto mecánicamente al nacer con pene y vagina, son todavía un poco misteriosos. Y de nada ayuda ese vocablo científico “zonas del cerebro” para referirse al lugar en dónde podrían estar los receptores de las hormonas. Una anécdota personal: mi vieja nos gritaba “dejen en paz a esos pobres chicos (los “maricones”, como ella y nosotros los llamabamos cuando nos descubría haciendo bromas), y leyendo algo sobre neurología supe que hay “zonas potenciadas” en el cerebro femenino que, además de abocarse a tareas como el lenguaje, la comunicación etc. etc, también hacía sospechar una mayor flexibilidad de frente a las ambigüedades. ¡Vaya con mi vieja! Una científica sin saberlo. Y luego el empoderamiento de las mujeres que se han despertado bastante tarde. Y luego lo molesto que debe resultar sentir los consejos con datos irrefutables de que una alimentación menos sofisticada, con menos carne y más frutas y verduras seria beneficioso, y luego este transhumar de personas con otro color de piel y de costumbres que se desplazan no por motivos turísticos, y luego nuestro ser occidentales y cristianos etc. etc. Me imagino que respuestas como las que se critican en el artículo ya han sucedido, como el escándalo a sus tiempos al saber que la Tierra no era el centro del universo, o esa genial intuición de Darwin. Me viene a la memoria aquel pobre médico que sospechó que las manos sucias de sus colegas eran las causas posibles de enfermedades, pues se manifestaban siempre (y distintas) después de haber tratado quirúrgicamente al enfermo. No recuerdo si se suicidó, pero la pasó mal. Un escandalo según sus pares de aquellos tiempos. Somos reacios a los cambios. Esa viñeta popular en donde se ve la “evolución” geométrica-antropomórfica con un mono a la izquierda y un moderno a la derecha siempre me lleva a la misma pregunta: y después, ¿qué? Todo lo mejor para vos, querido Tano.
«Salvo contadas excepciones, la derecha española es incapaz de comentar su pasado o el de otros sin parecer culpable, acomplejada o tonta del ciruelo. En vez de argumentar, balbucea. En vez de leer, improvisa. En vez de explicar, elude. Y a menudo, cuando abre la boca, es para decir alguna gilipollez que refuerza el recochineo adversario. El ruido la supera.
Luego tenemos a la extrema derecha, eco absurdo de un pasado que se obstina en no dejar morir: banderas con la gallina, gente que habla del 36 con una nostalgia asombrosa, como si el Caudillo fuera un entrañable abuelito cuya ausencia lamentan. Para ellos la Guerra Civil no fue una compleja tragedia desencadenada por un golpe militar ilegal e ilegítimo, sino una cruzada. Su idea de reconciliación nacional consiste en decir que la cosa estaba muy chunga y hubo que enderezarla a sangre y fuego.»
«Imperialismo, para nosotros, era por definición el imperialismo americano. En 1968, el Partido Comunista de España, honrosamente, se había pronunciado contra la invasión soviética de Checoslovaquia, pero no llegó a calificarla de imperialista. Uno de los hechos fundadores de nuestra conciencia política fue el golpe de Estado de Pinochet contra el Gobierno de la Unión Popular en Chile. Pero nuestro rechazo a la opresión no nos llevó a protestar contra las matanzas de Mao, el encierro de disidentes soviéticos en hospitales psiquiátricos, la tiranía devastadora de Ceaucescu en Rumania, por no hablar de la de Fidel Castro en Cuba. Creo que fue hacia 1970 cuando Mario Vargas Llosa sostuvo una polémica con uno de los grandes portavoces de la intelectualidad europea, Günter Grass, ardiente defensor entonces del régimen cubano y de las sublevaciones guerrilleras latinoamericanas, en una de las cuales los militares habían ejecutado a Ernesto Che Guevara. Lo que dijo Vargas Llosa, con toda la razón, y con el escándalo de bastantes colegas, fue que muchos intelectuales del primer mundo defendían para el tercero regímenes en los que ellos nunca aceptarían vivir.
La debilidad de nuestro antimperialismo era la ceguera parcial y voluntaria que nos aquejaba. Veíamos, con toda la razón del mundo, los crímenes de Estados Unidos en Chile, en Guatemala, en Argentina, en Uruguay, el descaro con el que armaron y patrocinaron la negra noche de las dictaduras en los años setenta. Simpatizábamos con la lucha de Vietnam del Norte, pero no con las víctimas del régimen de Ho Chi Minh, y menos aún con los survietnamitas que después de la guerra huían por millones, jugándose las vidas desesperadamente en el mar. Éramos tan contrarios al imperialismo que estábamos dispuestos a aprobar con entusiasmo a cualquier líder o cualquier movimiento que se declarase antimperialista, casi cualquier guerrilla que usara ese lenguaje y cumpliera con ciertas normas indumentarias y capilares establecidas por la revolución castrista. En julio de 1979, era lícito alegrarse sin reserva de la victoria de los sandinistas contra el tirano Somoza, pero en enero de ese año nos habíamos alegrado tanto de la caída de un “títere del imperialismo”, como era el sah de Irán que no se nos ocurrió poner reparo al ceño lúgubre de clérigo Torquemada del ayatolá Jomeini.»
«Dado que, a partir de las vanguardias, los creadores, los teóricos y los marchandsse dedicaron a destruir los criterios estéticos, en 1920 ya no se sabía —merced a la inestimable colaboración confusionista de Marcel Duchamp— qué era una obra de arte. Si no hay criterios, todo vale, y la obra de arte solo se calibra por su precio en el mercado, nada que ver con los criterios neoclásicos de Winkelmann, con los románticos de la emoción, ni siquiera con el estructuralismo, la semántica o la deconstrucción: solo el dinero y las relaciones públicas.
Cuando no hay criterios es imposible decidir qué es y qué no es arte, basándose en la obra en sí. Por eso son los marchands y los propios artistas quienes confieren valor a las obras por medio de campañas publicitarias, técnicas de relaciones públicas u operaciones comerciales de subasta y recompra: si se expone en la galería X, el crítico Y dice que aquello es arte y el millonario Z lo compra a un alto precio, lo presentado es arte, aunque sea un urinario vuelto del revés.
El taimado Damien Hirst reconoció con toda candidez que su maestro no es el macabro doctor Moreau, que intenta hacer arte orgánico con los cromosomas, sino el magnate de las relaciones públicas Saatchi. En vez de criterios estéticos, lo que hay es un entramado de galeristas, exposiciones y museos por medio del cual se otorgan prestigios, se sostienen famas, se fomentan carreras y se alzan precios, sea lo que sea lo que se vende: tanto da un urinario al revés, que una tela en blanco, que una vaca en formol.»
¿Seguro que debemos perdernos a estos ilustres e ilustrados pensadores?
El paso de los años me ha dado a entender (no sé si entendí bien) que no soy nadie para juzgar a mis semejantes, piensen lo que piensen y hagan lo que hagan. Creer que el resto del mundo debe acomodarse a mi, seguramente estrecha y miope visión del todo, me parece un delirio insensato en el que caen en primer lugar, el autor del artículo y a renglón seguido, los comentaristas posteriores.
Sí, Sr. FC. Ponga Ud, la otra mejilla, y su conciencia quedará tranquila.
Delirio insensato es pensar como lo hace Ud.
Torres más altas que tú han caído y lo seguirán haciendo, hijo mío. No dudes de que llegará un día en el que toda tu soberbia y tus componendas para seguir en la carrera, se vendrán abajo y ese día, lleno de espanto y zozobra, recordarás mis palabras.
Jajaja. Seguramente soy mayor que tú (quinta del 49) y no me arrepiento de nada.
FC, es Fray Cándido?..
97 para septiembre. Aún te queda mucho por ver, si es que llegas. Te darás cuenta en el último suspiro, justo cuando ya no haya tiempo para nada.
¡Ostia, como Henry Fonda en Hasta que llegó su hora! FC también podría ser «Follando Coños»
¿Sabes lo que le dijo Ling Yu Tang al piano, no?
R. «No tecleo».
Sí, pelo eso lo dijo Tinc Tanta Sang Que A Les Cinc Tinc Son después de envial a Ling Yu Tang a cagal, listo…