
«Sé tú mismo/a». La frase, repetida hasta el agotamiento en múltiples ámbitos, parece el colofón luminoso de varios siglos de lucha por la emancipación individual. Sin embargo, pensado un poco a mala hostia, la consigna tiene algo de mandato paradójico: sé auténtico, pero hazlo dentro de un repertorio muy concreto de poses, ideas y opiniones algoritmizadas.
Hoy «ser uno mismo» suele significar consumir como los demás, indignarse por los mismos asuntos, vestir con el mismo descuido estudiado y documentar con el mismo lenguaje visual las mismas experiencias, ya sabéis, como brunchs con café de selección, puestas de sol con filtro cálido, o excursiones a lugares remotos llenos de personas que vieron el mismo reel donde es imprescindible demostrar que se ha estado. La autenticidad, que en teoría debería liberarnos de la mirada ajena, se ha convertido en su inversa, un trabajo constante de puesta en escena ante un tribunal difuso de testigos imaginarios. Podemos reírnos del eslogan o preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí. ¿En qué momento la autenticidad pasó de ser una aspiración ética a convertirse en un producto de consumo? ¿En qué punto el viejo consejo de «conócete a ti mismo» se transformó en campaña global de mercadotecnia emocional? Para responder, conviene hacer algo tan poco contemporáneo como levantar la vista del espejo frontal del teléfono y mirar un poco hacia atrás.
Si hurgamos en el brillo de cualquier consigna actual casi siempre acabamos encontrando un antepasado con pelucón empolvado o patillazas decimonónicas. El culto moderno a la la autenticidad no nace en redes sociales, sino en una constelación de ideas que atraviesa la Ilustración y se inflama en el Romanticismo. Rousseau sospecha de la sociedad porque la percibe como una fábrica de máscaras y frente a ellas reivindica la sinceridad del sentimiento, la fidelidad a la propia naturaleza, el yo que no se traiciona para agradar al personal. Algo parecido hará con otro tono Kierkegaard cuando contrapone la existencia auténtica del individuo a las abstracciones cómodas de la multitud.
Los románticos se pasean por acantilados con cara de estar masticando almendras amargas convencidos de que hay una verdad íntima que solo se revela lejos del protocolo social. El héroe auténtico es el que está dispuesto a pagar el precio de su diferencia, como la incomprensión, la pobreza, la enfermedad… El ideal no tiene nada que ver con optimizar un perfil público, sino con sostener una fidelidad interior incluso cuando nadie mira. Hay algo noble y algo ingenuo en esa genealogía. Noble porque introduce la idea de que hay formas de vida que no se dejan reducir a la obediencia o al cálculo. Ingenuo porque presupone que existe un núcleo estable, un «verdadero yo» al que basta con rascarle las capas de convención para que aparezca como un mármol clásico debajo de la cal.
Con el auge de la sociedad de consumo y de los medios de masas, la autenticidad empieza a sufrir una mutación lenta, pero profunda. La industria cultural aprende pronto que puede vender no solo productos, sino estilos de vida, y que nada resulta más atractivo que lo que parece espontáneo. La contracultura de los años sesenta proclama una liberación del sistema, pero buena parte de su iconografía termina convertida en estampado de camiseta. La consigna «sé diferente» se traduce, en términos económicos, como «elige tu segmento». Mientras tanto, las ciencias sociales van señalando algo incómodo. El yo no es una esencia que se revela, sino un relato que se construye con los materiales disponibles. Erving Goffman describe la vida cotidiana como una sucesión de escenarios donde representamos papeles. La autenticidad empieza a parecerse menos a una verdad interior y más a un género performativo, hay que demostrarla mediante ciertos códigos visibles. La publicidad entiende la lección con más rapidez que los departamentos de filosofía y ser auténtico deja de significar «no actuar» para pasar a significar «actuar de determinada manera». Se venden vaqueros gastados de fábrica, melodías que parecen grabadas en crudo, locales diseñados para parecer improvisados. La autenticidad se vuelve un estilo y como todo estilo está disponible en tallas diversas… siempre que puedas pagarlas, amiga.
La versión 2.0 de esta historia llega con las redes sociales, que convierten en escenario lo que antes era una vida más o menos opaca. La autenticidad ya no se limita a cómo nos comportamos con los colegas, sino a cómo se presenta en una vitrina global. La movida no es que mintamos más que antes, sino que ahora debemos editar constantemente la verdad, y cada gesto cotidiano se convierte en material potencial para un relato coherente sobre quiénes somos sin importar mucho de dónde venimos ni a dónde vamos, y como todo relato necesita continuidad el yo empieza a organizarse en torno a una línea narrativa reconocible. Las plataformas no premian la complejidad, sino la claridad de marca personal, porque incluso a los algoritmos más inocentes, aquellos que no están programados por sus dueños para directamente convertirte en nazi, solo les interesan patrones identificables que puedan recomendarse sin fricción. Lo auténtico, para ser visible, tiene que parecerlo de inmediato, y esa inmediatez empuja hacia la simplificación. Hay una forma correcta de ser espontáneo, como la hay de indignarse o de relajarse. El resultado es que la autenticidad deja de ser lo que emerge cuando cesa la representación y se convierte en lo contrari, o sea, en el efecto de representarse sin descanso. Es un trabajo más, a menudo un segundo turno bastante cretino después del empleo formal.
Convertida en mandato social, la autenticidad deja de ser una posibilidad entre otras y se transforma en criterio moral. Mostrarse auténtico es ser bueno, mientras que ser discreto, la intorversión o simplemente estar hasta la polla de todo y preferir que en general te dejen en paz empieza a parecer sospechoso. Si alguien no comparte, no se expone, no cuenta en público sus traumitas pero convertidos en dramático relato inspirador, por supuesto —no sea que se nos ocurra hacerlo relativizándolo con humor— parece que tuviera algo que ocultar. El derecho al pudor se confunde con falta de honestidad y la reserva con frialdad. Al mismo tiempo, el culto a la autenticidad ignora con frecuencia la misma dimensión de la que siempre interesa que nos olvidemos, la de clase. Poder vivir de «ser uno mismo» exige tiempo, recursos y una cierta impunidad ante el fracaso. No es lo mismo vender autenticidad desde un zulo de alquiler precario que desde un estudio luminoso heredado en el centro. La estética de lo sencillo, lo rústico y lo esencial a menudo descansa sobre infraestructuras muy poco sencillas que conviene mantener fuera de plano. Hay además un coste psicológico visible, pues si la autenticidad se mide por la coherencia pública de un relato, cualquier contradicción interna se vive como una traición. Cambiar de opinión, reconocer que uno se ha equivocado o admitir que a veces se actúa por pura necesidad económica y no por fidelidad al propio yo resulta difícil cuando todo está archivado y disponible.
Llegados a este punto, es tentador concluir que la única postura verdaderamente auténtica sería desconectarse, quemar las redes y volver al silencio del diario íntimo. Pero incluso esa retirada está ya guionizada con el abandono heroico de la pantalla, la vida sin notificaciones, la foto final del último atardecer compartido antes del adiós… El sistema tiene una paciencia infinita para convertir en paquete vendible cualquier gesto de renuncia. Quizá más que buscar una autenticidad heroica convenga conformarse con algo más modesto y menos fotogénico, como reconocer que somos contradictorios, que a veces decimos lo que toca para conservar el empleo, que hay ámbitos donde la máscara es una protección y no una falsificación, aceptar que la identidad no es un diamante interior, sino una construcción en obras, llena de andamios y con jubilados mirando, porque es colectiva. Y reservar aunque sea un poco algunos espacios donde no haga falta contarlo todo. No es una gran épica, pero tal vez una forma razonable de autenticidad contemporánea consista en admitir que el «sé tú mismo» no se resuelve ante la cámara, sino en conversaciones menos vistosas, en decisiones pequeñas, en la manera en que tratamos a quienes no pueden seguir el juego. Lo demás, con sus filtros cálidos y su estética de artesanía infinita, seguirá siendo postureo versión 2.0.








Ya tenía la sensación de que tanto estímulo al que estamos expuestos en RRSS (y en general en el ecosistema capitalista de publicidad y promoción insidiosa) ha vuelto a todo quisque un poco TDAH. Pero al leer tu artículo he pensado en que, tal vez, también los ha vuelto un poco autistas.
Esa necesidad que describes, de simular una «autenticidad a la carta» y, sobre todo, su expansión patológica en las RRSS, ¿acaso no evoca el «masking» que todo autista usa para lidiar con la sociedad? Me pregunto también si la neurodivergencia será entonces una ventaja «preadaptativa» (una exaptación) en el nuevo hábitat de las RRSS donde la autenticidad se construye y relata; o todo lo contrario, si la sobrestimulación e imposturas generalizadas que triunfan en estos medios exigen un nivel de «masking» insoportable.
Por otro lado, toda tendencia acaba generando una reacción. Ya hay quien comete deliberados errores de redacción u ortográficos para demostrar que no es una IA de Bergerac la que escribe en su lugar. ¿Será la incoherencia la nueva señal honesta de humanidad?
Ese núcleo o «verdadero yo», el cual el autor considera ingenua su existencia, es algo que, desde luego, no encontrará escribiendo artículos a la carta ni posteando en redes sociales, porque, como bien sospecha, es un camino introspectivo y exige sacrificio.
Cuánta complicación, por favor. Todo se reduce a que te importe una mierda lo que nadie, más allá de tus más cercanos allegados, piensen de ti. Fácil.
No pretendo ponerme como ejemplo de nada, ya que cada persona será distinta, pero aquí un resumen de cómo utilizo yo las redes sociales:
Facebook. Sigo entrando 5 minutos al final del dia para poco la verdad. Costumbre imagino. Para ver fotos antiguas, de mucho antes de que yo naciera, de la ciudad donde vivo, que no es donde nací, subidas por una señora que no conozco de nada. Y para ver «memorias» de fotos en las que alguien me etiquetó, de hace 15-20 años en una fiesta en la que seguramente bebí más de la cuenta. La última vez que subi algo fue en 2018. La anterior en 2016. Para que se hagan una idea.
Instagram. Tengo cuenta pero nunca la he usado. 0 posts. 0 followers. 0 following. Solo la tengo para poder abrir enlaces que me llegan por whatsapp.
Twitter. La que más uso supongo. Entro al final del día unos 20-25 minutos para leer lo que han colgado las 15 cuentas que sigo. Porque sí, solo miro lo que me sale en la pestaña de los que sigo. La otra pestaña ni la miro. 0 posts. 0 followers (bueno, uno, una cuenta que tiene pinta de bot con tetas grandes. No se por qué ni desde cuándo me sigue).
LinkedIn. Porque hay que estar. Muchas conexiones. 0 posts. Algunos likes/aplausos de vez en cuando a compañeros y ex-compañeros. 10-15 minutos generalmente en la pausa del cafe matutina.
Y nada más. Por supuesto todas ellas con las notificaciones apagadas.
No se, no me parece tan difícil.
Yo aún lo hago más fácil. No tengo nada de todo eso que desgranas, Facebook, Instagram, Twitter y LinkedIn. Ni siquiera podría explicarle a alguien si me lo preguntara, qué son exactamente esas cosas. Jamás he introducido en las redes absolutamente NADA sobre mí ni mis allegados o conocidos, ni fotos ni comentarios. Todo lo que se pueda encontrar referido a mi persona, ha sido y es obra de terceros con, a veces, inexactos comentarios que rozan el delirio. Últimamente, me divierto leyendo lo que la Inteligencia Artificial puede llegar a decir sobre nosotros o cualquier otra cosa porque es hasta cómico cómo intenta dejar a todo dios de la mejor manera posible. Escribes, por ejemplo: «Fulanito, escritor mediocre» y te sale conque: «Lejos de ser mediocre, fulanito es un acreditado profesional, bla, bla, bla…» Esto lo he probado conmigo mismo y me he partido la caja con lo que dice sobre mí.
Hace usted bien. Yo les encuentro cierta utilidad y como tal las uso (un poco) pero me parece aún más sano lo que usted hace.
Pues yo; (subrayó yo), sustento una página electronica donde hago descubrimientos paleo lingüísticos y no se me ocurre interactuar con ningun@ de sus visitantes (misantropia??. Nooorr.) es que puede aparecer alguno de los articulistas del J.D. y darme la chapa, además me acabo de tirar un pedo.
Yo basicamente…. como, cago, duermo y no lo publico. Solo publico esto que es lo poco que leo online.