
Históricamente, Scream ha sido siempre una saga sensible al momento cinematográfico en que se inscribe cada una de sus entregas. No solo en lo tocante al género de terror, sino al cine popular en su conjunto. Por eso, cuando en 2022 Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett iniciaron lo que debería haber sido una nueva trilogía de secuelas, los dardos envenenados no fueron dirigidos como era habitual a otros slashers, previos o contemporáneos, sino a un fandom muy distinto: el de Star Wars. Scream (2022) era una película que replicaba las estrategias narrativas de El despertar de la Fuerza (2015) y Los últimos Jedi (2017), colocando a su trío protagonista —en especial a la pareja formada por Dewey Riley y Gale Weathers— en situaciones vitales análogas a las de Han Solo, Leia Organa y Luke Skywalker. Dewey (David Arquette) y Gale (Courteney Cox) se mostraban como personajes falibles, rendidos pero aún no derrotados, que volvían a regañadientes a la lucha al tiempo que pasaban el testigo a una nueva generación de supervivientes. Y, en consecuencia, el componente metatextual que forma parte indisoluble del ADN de la franquicia hacía que los villanos fueran esta vez fans frustrados de la saga ficticia de Puñalada, que no aceptaban las decisiones de guion de las últimas entregas —¡una de ellas dirigida supuestamente por Rian Johnson!— y exigían que estas se rehicieran a su gusto. Pues bien, Scream 7 es, ni más ni menos, lo que los furibundos aficionados de Star Wars habrían obtenido de haberse cumplido su deseo: una película ensimismada, conservadora, obsesionada con el pasado de la franquicia y entregada a la aburrida glorificación de sus héroes o, en este caso, heroína.
No se trata aquí de juzgar la ética del drama vivido entre bastidores, aunque en pantalla se deje sentir, inevitablemente, el terremoto sufrido cuando los productores decidieron despedir a la actriz protagonista de esta nueva trilogía por llamar genocidio a un genocidio. La salida forzada de Melissa Barrera y la subsiguiente marcha voluntaria de Jenna Ortega dejaron a ese tercer capítulo sin sus dos personajes principales, por lo que la respuesta creativa fue tomar la dirección opuesta: si la quinta y la sexta parte de Scream habían mirado con valentía hacia adelante, abriendo nuevos caminos y presentando personajes nuevos interesantes, la séptima película vuelve la vista al pasado, devolviéndole la centralidad absoluta a la final girl de las cuatro primeras entregas. Sidney Prescott (Neve Campbell) está de vuelta, y Scream 7 se encarga de proclamar a los cuatro vientos su perfección e infalibilidad. Lo cual, unido al absoluto desprecio del guion por todos y cada uno de los personajes nuevos, se traduce en un pobre material narrativo. Porque la realidad es que los héroes omnipotentes no sostienen relatos poderosos: lo seductor del heroísmo está en las equivocaciones, la duda y el miedo que surgen en los momentos anteriores a dar el paso correcto. Hay mucha más fuerza en el Dewey dubitativo y temeroso al que Sam (Barrera) y Richie (Jack Quaid) encontraban recluido como un ermitaño en la cinta de 2022 que en esta Sidney a la que la cámara de Kevin Williamson parece idolatrar en todo momento. La realidad a la que Williamson no parece querer enfrentarse es que el viaje campbelliano de Sidney ya había concluido y que el interés de la franquicia residía ahora en las hermanas Carpenter. Por el contrario, ambas son aquí absolutamente ninguneadas en un guion que se permite decir en voz alta que «los asesinatos de Ghostface no cuentan» si no está Prescott por medio, lo que equivale a declarar la sexta entrega como poco menos que un relato apócrifo.
Semejante osadía resulta aún más chocante a la vista del resultado final de un film que, pese a tener de vuelta al escritor original de la saga (ahora también como director), parece más bien una mala imitación de la misma: un guion copycat centrado en repetir situaciones, evocar momentos pasados y regresar a lugares sacralizados por la propia mitología interna de la serie. Y, lo que es más flagrante, ha desaparecido prácticamente por completo ese componente metatextual que era la razón de ser de la saga. En todas las entregas previas existe, en uno u otro grado, un desdoblamiento constante; un juego de espejos que arroja luz sobre el género del terror, sobre el cine e incluso sobre la propia idea de ficción y el acto de contar historias. Aquí, más allá de un amago bastante torpe de recoger la presencia de las inteligencias artificiales en el panorama audiovisual actual, no hay comentario crítico ni asomo de metaficción. Incluso las habituales referencias a otras películas y franquicias de terror desaparecen en favor de guiños a… la propia entrega original de Scream (1996). Toda la referencialidad del film es centrípeta, hasta el punto de que, cuando al comienzo se menciona Viernes 13, se trata de un eco de la icónica escena inicial de la primera película. En última instancia, perdido pues el brillo metatextual y quedando solo la regurgitación de lo que vino antes, Scream 7 es algo así como el Quijote de Avellaneda de la franquicia: una obra surgida de la imitación, con cierto aire de revanchismo, pero ignorante de todo aquello que hacía especial a la obra primigenia. Por desgracia no parece probable que, como sí ocurrió con el apócrifo cervantino, su mediocridad provoque la creación de una obra maestra en el inevitable siguiente capítulo de la historia. Pero quién sabe: en el cine de terror, hasta los cadáveres más putrefactos tienen tendencia a regresar de entre los muertos…







