
El descubrimiento de que existe una élite multinacional interconectada implicada en prácticas abiertamente depredadoras, que se dedica a abusar de seres humanos indefensos, tanto directa como indirectamente, no parece haber provocado todo el rechazo e indignación que debiera merecer, mucho menos la adopción de medidas legales relevantes. No es que no haya despertado cierto escándalo, pero ha pasado con más pena que gloria por los medios de comunicación más importantes del mundo. En redes las reacciones han sido desiguales. Por cada persona indignada se puede encontrar otra que no hace mención al asunto, o que escoge los personajes implicados que le generan antipatía e ignora los demás. Los versados en historia han sido quizá de los menos sorprendidos por la depredación expuesta en los archivos de Epstein: las redes de pederastia, torturas y abusos son recurrentes en la historia de la humanidad y pueden rastrearse en diversas épocas y civilizaciones. ¿Significa esto que nos hemos insensibilizado ante el espectáculo del horror cotidiano? ¿Somos indiferentes ante el hecho de que buena parte de los responsables de los destinos de la especie parecen sacados de un manual clínico de psicopatía?
Estas preguntas entroncan con el particular contexto geopolítico en el que vivimos, cuyo último episodio es la guerra contra Irán, arbitraria, oportunista y rodeada de una retórica mesiánica, bastante burda y grosera. La famosa polarización —que viene a ser un eufemismo del renacimiento de movimientos abiertamente fascistas o nacionalsocialistas por todo el planeta—, el cuestionamiento de la democracia como sistema de gobierno válido y, en general, la normalización de patrones de conducta dañinos sancionados como válidos por organizaciones y autoridades diversas, parecen apuntar a un colapso de los antiguos sistemas de valores morales. Casi todo el mundo percibe señales de cambio social, y a peor. El fantasma de una III Guerra Mundial parece ir tomando forma. ¿Nos estamos volviendo malos? ¿Lo éramos ya desde siempre? ¿Es así como caen las civilizaciones? Desde el punto de vista de la psicología social, vivimos un momento extraordinariamente complejo que requiere respuestas algo más elaboradas que las que se repiten por ahí.
¿De verdad la historia se repite?
Entre los mantras más populares que se usan como tiritas intelectuales para explicar a brocha gorda lo que está pasando, pocos tan persistentes como el manido «la historia se repite» o su primo con ínfulas: «quienes olvidan su historia están condenados a repetirla». Aparte de que estas frases pasan por alto que una de las ventajas que ofrece la historia a dirigentes obtusos de todo pelaje es que pueden copiarla cuando no se les ocurre nada mejor, está el hecho incontestable de que es falsa. Hay otra muy extendida entre los fans de la «mano dura», sea esta rojiparda o de extremo centro: «tiempos difíciles crean hombres fuertes; los hombres fuertes crean tiempos fáciles; los tiempos fáciles crean hombres débiles, y los hombres débiles crean tiempos difíciles». Esta frase, con olor a puro y coñac, quizá inspirada en el análisis de Ibn Jaldún sobre imperios nómadas y sedentarios, suele esgrimirse para glosar la figura del «hombre fuerte», machotes que forjan mundos estupendos con sus propias manos a base de voluntad, disciplina y dar guantazos como panes. Como los espartanos, los romanos, los Tercios de Flandes y demás parafilias militaristas. En realidad, los procesos de cambio social, las crisis cíclicas, caídas de imperios y otros procesos gripales geopolíticos son más complejos que todas estas soflamas simplonas hechas para no pensar demasiado.
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Muy interesante artículo que he leído hasta el final, algo cada vez más inusual no solo aquí, sino en todas partes. Me ha dejado con la enorme duda de de si ser bueno pero aquejado de una enorme pereza para querer cambiar cosas que, en el fondo veo imposibles de cambiar, me convierte en crédulo, idiota, o bien ambos a la vez.
Para que nos entendamos, siempre he tenido un espíritu crítico bastante acusado, he calado a los malos desde muy lejos y las injusticias (o lo que mí me lo parecían) me revolvieron el estómago sintiéndome impulsado a pelearme con abusones. Todo eso desde la niñez, en el momento en que empecé a tener algo de criterio.
Luego te vas haciendo mayor y vas viendo devastado que los abusones y matones están instaurados en estamentos públicos como gobiernos, ayuntamientos, fuerzas del orden, ejército, consejos de administración, obispados, etcétera.
Si a mí, antes de nacer me dicen que llego a un sitio en el que la totalidad de los años en los que esté ahí, voy a tener que luchar contra molinos de viento hasta el día de mi partida, creo que declinaría el honor y pediría regresar al limbo.
Vamos que está claro que la lucha constante y sin desfallecer no es lo mío. Me he pasado la vida intentando huir del estrés y lo que me saca totalmente de mis casillas hasta poder llegar al apocalipsis, es que alguien intente acorralarme con razonamientos éticos y morales para que contribuya a SU lucha por cualquier peregrina causa.
Así que vuelvo al principio: ¿Qué soy? ¿Bueno, crédulo, idiota…? ¿Una mezcla de varios? ¿O es que sin darme cuenta de ello, he acabado siendo malo?
«Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio» Quién piensa no puede soslayar la ética, pero visto el entorno es un campo inhóspito para vivir siempre en él y olvidarte de vivir.
Si te hace reflexionar es un buen artículo.
Maestro, los malos no se plantean nunca esas dudas sobre ellos mismos. Un abrazo desde Ecuador.
Pues me parece muy interesante, simple y por lo tanto aplicable. Y sí, quizás no sea yo de la de los malvados constantemente, pero estaré atento por si alguna vez lo soy.
Si damos crédito a que el imperio romano pudo caer por una crisis climática, no nos extrañará pensar en el oil crush, o fin del petróleo (energía) baratos como causa de esta crisis. El resto? Voy a revisar el Padrino
Estaría bien que se pudiera definir bueno y malo, si es que existe la diferencia. I si existe…quien la señala