
El descubrimiento de que existe una élite multinacional interconectada implicada en prácticas abiertamente depredadoras, que se dedica a abusar de seres humanos indefensos, tanto directa como indirectamente, no parece haber provocado todo el rechazo e indignación que debiera merecer, mucho menos la adopción de medidas legales relevantes. No es que no haya despertado cierto escándalo, pero ha pasado con más pena que gloria por los medios de comunicación más importantes del mundo. En redes las reacciones han sido desiguales. Por cada persona indignada se puede encontrar otra que no hace mención al asunto, o que escoge los personajes implicados que le generan antipatía e ignora los demás. Los versados en historia han sido quizá de los menos sorprendidos por la depredación expuesta en los archivos de Epstein: las redes de pederastia, torturas y abusos son recurrentes en la historia de la humanidad y pueden rastrearse en diversas épocas y civilizaciones. ¿Significa esto que nos hemos insensibilizado ante el espectáculo del horror cotidiano? ¿Somos indiferentes ante el hecho de que buena parte de los responsables de los destinos de la especie parecen sacados de un manual clínico de psicopatía?
Estas preguntas entroncan con el particular contexto geopolítico en el que vivimos, cuyo último episodio es la guerra contra Irán, arbitraria, oportunista y rodeada de una retórica mesiánica, bastante burda y grosera. La famosa polarización —que viene a ser un eufemismo del renacimiento de movimientos abiertamente fascistas o nacionalsocialistas por todo el planeta—, el cuestionamiento de la democracia como sistema de gobierno válido y, en general, la normalización de patrones de conducta dañinos sancionados como válidos por organizaciones y autoridades diversas, parecen apuntar a un colapso de los antiguos sistemas de valores morales. Casi todo el mundo percibe señales de cambio social, y a peor. El fantasma de una III Guerra Mundial parece ir tomando forma. ¿Nos estamos volviendo malos? ¿Lo éramos ya desde siempre? ¿Es así como caen las civilizaciones? Desde el punto de vista de la psicología social, vivimos un momento extraordinariamente complejo que requiere respuestas algo más elaboradas que las que se repiten por ahí.
¿De verdad la historia se repite?
Entre los mantras más populares que se usan como tiritas intelectuales para explicar a brocha gorda lo que está pasando, pocos tan persistentes como el manido «la historia se repite» o su primo con ínfulas: «quienes olvidan su historia están condenados a repetirla». Aparte de que estas frases pasan por alto que una de las ventajas que ofrece la historia a dirigentes obtusos de todo pelaje es que pueden copiarla cuando no se les ocurre nada mejor, está el hecho incontestable de que es falsa. Hay otra muy extendida entre los fans de la «mano dura», sea esta rojiparda o de extremo centro: «tiempos difíciles crean hombres fuertes; los hombres fuertes crean tiempos fáciles; los tiempos fáciles crean hombres débiles, y los hombres débiles crean tiempos difíciles». Esta frase, con olor a puro y coñac, quizá inspirada en el análisis de Ibn Jaldún sobre imperios nómadas y sedentarios, suele esgrimirse para glosar la figura del «hombre fuerte», machotes que forjan mundos estupendos con sus propias manos a base de voluntad, disciplina y dar guantazos como panes. Como los espartanos, los romanos, los Tercios de Flandes y demás parafilias militaristas. En realidad, los procesos de cambio social, las crisis cíclicas, caídas de imperios y otros procesos gripales geopolíticos son más complejos que todas estas soflamas simplonas hechas para no pensar demasiado.
La historia no se repite, solo se parece. Los imperios no caen por falta de testosterona colectiva y las civilizaciones no se derrumban porque la población se vuelve blandengue de golpe. Sí es cierto que para explicarnos dinámicas tan enrevesadas se necesitan modelos simplificados que nos ayuden a orientarnos, pero agarrarse a una frase de trinchera no es demasiado práctico. La teoría social lerda del mono idiota no es más que un intento de construir un juguete conceptual deliberadamente sencillo para pensar sobre ciertos patrones que aparecen cuando los humanos entramos en «modo social».
El mono social
Es un hecho conocido que las personas, en contextos sociales, nos ajustamos a ciertas normas predefinidas, dependientes de la cultura, los usos y la moral imperante. De alguna manera, nos estereotipamos: comportamientos relativamente previsibles que nos permiten encajar en el grupo mientras protegemos nuestra parte más personal y sensible. A esta vertiente más social del individuo le vamos a poner el nombre cariñoso de nuestro «mono» particular, integrado en su tribu correspondiente. Lo que nos interesa observar aquí no es tanto a la persona completa como el funcionamiento de ese mono social dentro de la dinámica del grupo. Una vez acotado el «sujeto de estudio», el siguiente problema consiste en elegir las variables de análisis. En muchas explicaciones de barra de bar sobre comportamientos sociales suelen aparecer ejes problemáticos. Los ejemplos típicos son la dicotomía fuerte-débil —altamente subjetiva y muy difícil de manejar— o bien la de bueno-malo, que nos remite al componente moral, pero igualmente muy sesgado. Por otra parte, es una tentación fuerte incluir el elemento político izquierda-derecha, pero vamos a reflexionar sobre el núcleo de lo social, no de las formas de organización, que es a lo que se refiere este eje. Además, esta clasificación solo tiene sentido desde la edad contemporánea e incluirla puede desviar el análisis por otros derroteros.
Así que finalmente las seleccionadas son dos dimensiones elementales en cuanto a participación social: una, la tendencia a tomar iniciativas o quedarse a la expectativa (acción frente a pasividad), y la otra sí tiene que ver con la ética, pero, abandonando la senda maniquea, se centra en la consideración de si es lícito dañar para conseguir objetivos sociales o no lo es (infligir daño frente a prevenir daño). Con estos dos ejes, y según cómo estemos posicionados en ellos, obtendremos cuatro posiciones posibles o, dicho de otro modo, cuatro tipos diferentes de mono social.
El mono malvado
No solo no le importa hacer daño a los demás para conseguir lo que desea, sino que no tiene problemas en ponerse manos a la obra. Aunque es una minoría —es factible pensar que constituya del 10 al 15 % de la población—, esta proactividad suele escalarlo a puestos donde tiene acceso a poder y recursos. El problema endémico de la humanidad ha sido cómo lidiar de forma eficaz con este grupo social para contener su impulso destructivo. El mono malvado no es una anomalía histórica ni una patología excepcional: es una constante de la vida social. Y, pese a lo que pudiera parecer, aspirar a su total eliminación es una fantasía utópica. Cuando los monos malvados son pocos, están fragmentados o enfrentados entre sí, o existe un contrapeso efectivo, la sociedad puede absorber su impacto sin descomponerse. Para hacerse una idea de qué estamos hablando, podemos acudir a un sistema sencillo como es un centro escolar donde se detecta un caso de bullying: esto significa que algún estudiante ha adoptado esta posición dentro del grupo de la clase y ha elegido —por los motivos que sean— actuar de forma activamente dañina. Pero el acosador nunca actúa en el vacío.
El mono bueno
El mono bueno también pertenece al lado de los activos sociales, pero, a diferencia del anterior, procura evitar o reducir la cantidad de daño a su alrededor. Los monos buenos presentan diferentes niveles de activismo prosocial, desde el idealismo de ciertas causas más o menos grandilocuentes hasta la acción directa local. No estamos hablando de paladines ni de santos: puede ser perfectamente tu vecino el que hace chapuzas de bricolaje gratis a quien se lo pide. Sus iniciativas para reducir el malestar en el mundo no tienen por qué funcionar siempre. Ser bienintencionado no implica necesariamente acertar con los planes. El mono bueno no tiene especial interés en detentar posiciones de poder —por ejemplo, puede ser un científico que investiga una enfermedad concreta—, pero sí está motivado por el deseo de mejorar la vida de las personas. Por ello, poner a los monos buenos a los mandos de la sociedad tampoco es una solución viable: actúan más bien como reguladores, contrarrestando o paliando los efectos nocivos que van dejando los monos malvados por ahí. Estos monos suelen soportar un elevado desgaste: si no aprenden a defenderse, son aplastados por el peso de la decepción, el descrédito, la burla o la sensación de hablar para la pared. En el ejemplo del bullying, serían los compañeros que dan la cara por la víctima, o quizá el profesor que interviene para detener el proceso. Al igual que los monos malvados, tienen un peso proporcional reducido.
El mono crédulo
A este mono tampoco le gusta ver a su alrededor daño, injusticia, anarquía o caos, pero tiende a no participar y observar desde la grada. Tiende a creer que la norma social establecida está ahí para algo bueno: si ocasionalmente percibe el orden social como pernicioso, pensará que sin duda es un efecto colateral o pasajero inevitable en la vida colectiva, absteniéndose de intervenir. Para el mono crédulo, todo aquello que ocurre en la sociedad tiene una razón de ser lógica y, si se venía haciendo así desde tiempos inmemoriales, por algo será —aunque no acierten a identificarlo—. Son, por tanto, defensores tácitos de un orden pretérito, por lo que adoptan una posición conservadora sin ser ni siquiera conscientes. Suelen estar preocupados por mantener la estabilidad, el equilibrio y el orden social dejando las cosas como están, porque los inventos se hacen con gaseosa. El conformismo social del mono crédulo permite absorber el impacto de las ocurrencias de los grupos activos. Esta función de acolchado es crítica para sostener las tensiones: los monos crédulos forman la mayoría del cuerpo social y se van cargando, como los condensadores, hasta que su capacidad de absorción se desborda. Son posiblemente alrededor del sesenta por ciento o más de la población. En una situación de bullying, constituyen la parte de la clase que calla y deja hacer al acosador, aunque no aprueben lo que está ocurriendo. En otras palabras, la mayoría. El mono crédulo mantiene el sistema estable… hasta que deja de hacerlo.
El mono idiota
El mono idiota carece de una brújula moral suficiente como para preocuparse por el bienestar de otros. De hecho, le encantaría ser como el mono malvado. Su ausencia de freno ético es puramente aspiracional, porque, en realidad, le falta el empuje necesario para ponerse en marcha. Su pasividad lo relega a mero espectador de las «hazañas» de sus ídolos, casi siempre antihéroes que adoran la «mano dura» —para con los demás— y se sienten liberados de cualquier norma social. Las filas de los monos idiotas se nutren de monos crédulos que se activan hacia el lado amoral: solo es necesario un sustrato de resentimiento, miedo o sensación de fracaso para que un número relevante de crédulos comience a jalear acciones dudosas y apoyar iniciativas dañinas. La función principal del mono idiota es legitimar a los monos malvados: cuando hay una masa crítica suficiente, actúan como el catalizador de crisis sociales. Esta parte de la población oscila desde una minoría hasta componer una mayoría relativa; el trasvase crédulo-idiota es la clave de las dinámicas de cambio social. Son los compañeros de clase que no empiezan el acoso, pero que justifican al bully y le ríen las gracias. En redes sociales te los encuentras aplaudiendo auténticas barbaridades mientras creen estar en el lado correcto de la historia.
Viviendo en armonía
Lo que solemos llamar una sociedad estable en realidad es un intrincado sistema de balances y contrapesos que se convierte en habitable hasta que se desequilibra por alguna parte. Esta delicada maquinaria se sostiene en algún punto intermedio donde una amplia masa de monos crédulos es capaz de absorber el daño de un grupo reducido o fragmentado de monos malvados, mientras los monos buenos actúan de reguladores y una minoría de monos idiotas pasa más o menos desapercibida, porque en condiciones ideales está mal visto ser públicamente idiota. Pero si alguno de los factores implicados se descompensa, los tambores de guerra se oyen por toda la jungla. Se avecinan como mínimo tres tipos distintos de tormenta.
-El desbordamiento depredador. Como decía la copla tradicional, «vinieron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos». Si en algún momento la concentración de monos malvados es excesiva para lo que el sistema puede sostener —bien por acumulación de poder, confluencia de intereses o ausencia de contrapesos—, la depredación de recursos es excesiva y crea un desequilibrio fatal. Pensemos en esas empresas donde la planta noble se llena de egos con agendas personales, impunidad y un capazo de incentivos perversos sin tapujos. En ausencia de mecanismos de freno, el reparto de bonus, el despilfarro y el uso irregular de los beneficios obtenidos pueden derivar en un proceso de necrosis corporativa cuya evolución se detallará más adelante.
-La corrección fallida. No siempre la base de la crisis corre a cuenta de la hoja de ruta de los monos malvados. En 1918, tras la capitulación alemana en la I Guerra Mundial, los líderes de las potencias vencedoras se afanaron en asegurar que sería «la guerra para acabar con todas las guerras». Woodrow Wilson se paseó por Europa dando el visto bueno a toda autodeterminación de los pueblos que se le puso por delante, y se acordó imponer a Alemania un duro correctivo para impedir la repetición de los hechos. Toda esta agenda reguladora, si bien tintada de intereses más inconfesables y algo cargada de revanchismo, se diseñó para conseguir un bien mayor. Los monos buenos la pifiaron, sembrando las semillas de un desastre aún mayor. En ocasiones, una reforma destinada a progresar o mejorar socialmente, si se diseña mal, causa estragos equiparables a los del caso anterior. Ellos no querían. Pero los malvados lo capitalizarán sin duda.
-Falta de mantenimiento. La tercera vía hacia el colapso es más insidiosa, pasiva y menos apocalíptica, pero igualmente efectiva. No requiere una acumulación crítica de monos del eje activo, sino una lenta inercia hacia la descomposición por dejadez o desidia. A todo el mundo le maravilla el puente romano del siglo II a la entrada del pueblo, pero si permanece en pie se debe a las múltiples tareas de restauración acometidas a lo largo de los tiempos. Los puentes que no se repararon ya no podemos verlos. Como reza la famosa paradoja, «cambiar para que nada cambie». Si este proceso de mantenimiento no se atiende eficazmente, las sociedades parecen colapsar un buen día sin que nadie sepa explicarse muy bien cómo.
El viaje del mono
Cuando los síntomas de crisis son innegables, los monos se asustan, quizá con la sola excepción del crédulo, que sigue confiando en que todo se quedará en agua de borrajas y el mundo seguirá como hasta ahora. A pesar del miedo a la incertidumbre, el malvado maniobrará para pescar en el río revuelto que se está preparando —como vimos, es habitual que la crisis la hayan desatado desde allí—, aunque nadie le asegura que salga bien. Pero es una ocasión más para sacar ventaja y acumular recursos. El bueno advertirá hasta la náusea del apocalipsis que se podría producir: insiste tanto que se vuelve ruido de fondo. En realidad, cuando la crisis se desencadena, al mono bueno ya nadie le escucha. Las soluciones que propone suelen ser a largo plazo, costosas y complejas, en un momento donde no hay tiempo para eso. La primera víctima de la crisis, cuando se declara, es el mono bueno, sus regulaciones y propuestas de cambio.
La atención del público suele desviarse hacia discursos más simplistas, efectivos y, sobre todo, de inmediata aplicación. Se urge a medidas expeditivas, cirujanos de hierro o manos duras para enderezar lo que se ha torcido. Apelaciones a caídas de imperios —romano, otomano, español, da lo mismo, la que sea— y demás retórica de emergencia. Es imposible decantar esta tendencia apelando a mesura, paciencia y entendimiento. Este fenómeno es evidente para los monos malvados más espabilados, que lo fomentan abiertamente. Por supuesto, no tendría el efecto deseado si no fuera porque se alcanza aquí el punto de inflexión clave: la irrupción del mono idiota en todo su esplendor. Solo hace falta una presión sostenida durante un tiempo suficiente para que los monos crédulos, llevados por el miedo al caos, empiecen a abandonar la moderación y a alistarse en las filas de los monos idiotas. Estos, a su vez, han salido de su cueva y se dedican a amplificar, sostener e incluso llevar más allá los discursos autoritarios. Primero poco a poco y después, alcanzada una masa vociferante lo suficientemente amplia, de golpe. El trasvase de crédulo a idiota es el precipitante de las grandes crisis sociales.
Por supuesto, los monos idiotas creen firmemente que, apoyando las directrices de los monos malvados, les va a ir genial a ellos —no en vano su posición es aspiracional—. Que, de alguna forma, su celo apoyando causas destructivas va a ser recompensado en un futuro esplendoroso donde los débiles caen estrepitosamente y los fuertes sobreviven, ya que así se regeneran las sociedades. Muchísimo mejor si no tienen que mover un dedo y son fuertes solo por existir, ya sea por ser blancos, de una nacionalidad o etnia determinada, del partido en el poder o por cualquier requisito de bajo coste. Lo que el mono idiota desconoce es que, una vez cumplido su papel de catalizador del cambio, la depredación del malvado le va a llegar.
Retomemos la empresa colonizada en las altas esferas por un grupo demasiado numeroso de malvados: si crecen sin cortapisas, se alimentan en exceso de lo que la compañía produce. Cuando el ciclo de rapiña aumenta, los primeros en caer son los buenos. No necesariamente porque los despidan —son molestos para este grupo—, sino porque antes se han agotado, desanimado, hartado de ser desoídos y suelen salir solos por la puerta. El siguiente grupo en pagar el pato de los recortes son los crédulos y, en su última etapa, son los propios monos idiotas los damnificados, antes de que los malvados salten a parasitar otra organización, una vez destruido el huésped. Es la etapa final de la crisis, esta depredación diferida por la cual, si no ha logrado activarse y pasar a constituir parte de los monos malvados, el idiota acaba cayendo en la cuenta de que ha sido utilizado para otros fines que incluso le perjudican.
Elige tu propia aventura
Una vez alcanzado el momento culminante del mono idiota, viene la inevitable resaca: tras su propia depredación, toma conciencia de que ha sido utilizado. Es a partir de este momento cuando la crisis se resuelve mediante dos escenarios posibles muy distintos en función de las condiciones resultantes, pero que comparten un mecanismo común. Que los acontecimientos discurran por una vía u otra va a depender de la cuota de poder remanente del grupo de monos buenos.
La salida prosocial se da cuando esta facción, a pesar del desgaste sufrido, ya sea por eliminación —desaparecen o se pasan al grupo de malvados— o por desmovilización —si la crisis es prolongada, los buenos se queman y pasan a ser crédulos resignados o incluso idiotas—, todavía retiene peso suficiente como para liderar un cambio. El conjunto social, después del shock provocado por la crisis, se vuelve hacia ellos en busca de una solución duradera y, ahora sí, está dispuesto a escucharlos y a pagar los peajes de la reconstrucción. Como ocurrió al final de la II Guerra Mundial, en la que, a diferencia de la anterior, se tomaron decisiones reguladoras y constructivas que dieron paso a una cierta estabilidad. La salida depredadora, por el contrario, ocurre cuando el mono bueno ha desaparecido o carece de poder suficiente como para movilizarse: en este caso podemos incluir todas las dictaduras que se hacen con el poder y los recursos de un territorio y pasan a imponer un régimen dirigido por malvados.
Sea cual fuere el resultado, en ambos casos le sucede un proceso de fabricación de conformidad que se basa en volver a trasvasar monos idiotas a crédulos en cantidades industriales. En la opción prosocial, fomentando la reintegración, el perdón condicional, la reconciliación y otros mecanismos reparadores, se puede conseguir traer de vuelta al redil a muchas personas que, de mejor o peor grado, aceptan su metedura de pata o como mínimo la difuminan. En el caso del triunfo depredador, a la eliminación de la disidencia le sigue un largo periodo de creación de conformidad destinado precisamente a la conversión del grupo social en pasivos crédulos —un periodo clásico en toda dictadura, de la ideología que sea—. La desactivación del mono idiota es la característica principal de la fase de madurez de los regímenes autoritarios.
No es un círculo, es una espiral
Si cerrásemos aquí el ciclo de crisis y cambio social, caeríamos en el error del fatalismo cíclico y determinista. Es notorio que no todas las compañías sucumben a la depredación sin límite de sus directivos, y que las dictaduras, por longevas que puedan parecernos, acaban cayendo. Los monos aprenden, aunque magullados, y así es verdad que la historia no avanza en línea recta, pero tampoco gira en círculos perfectos. Se parece más a una espiral: cada crisis deja cicatrices, pero también algunas mejoras. Lo interesante de los procesos de caída de los regímenes autoritarios es que, de la mayoría crédula que genera después de su éxito, algunos monos se movilizan y se convierten en buenos. Convenientemente organizados, pueden galvanizar la oposición interna. La estabilización canaliza así las aspiraciones de progreso. Este es, seguramente, el periodo donde los monos buenos son más útiles que nunca, cuando logran regular de forma efectiva el poder. Sin embargo, hay un riesgo inherente en esta restauración: si el mono bueno permanece el tiempo suficiente a los mandos o controla demasiados resortes de poder, puede pasarse a las filas de los malvados. Una de las figuras más prominentes que ilustran esta casuística es Maximilien Robespierre, el virtuoso revolucionario que empezó como regulador y terminó ejerciendo una depredación política. En las reorganizaciones poscrisis, pese a lo que pudiera parecer, el bien no triunfa necesariamente sobre el mal y fueron felices y comieron perdices. Los monos malvados son estructurales y no desaparecen: la aparición del fascismo y el nazismo a principios del siglo XX nos enseña cómo algunos de los monos idiotas, unos resentidos y frustrados tras Versalles, otros simples oportunistas, se movilizan y rellenan las mermadas filas de los malvados. Hay infinidad de situaciones que llevan a las personas a cambiar de mono, moduladas por contextos hasta el nivel individual.
Epílogo
Las sociedades humanas reales son mucho más complejas de lo que una teoría social básica como esta del mono idiota pretende abarcar. Pero necesitamos simplificaciones que nos permitan observar patrones sociales desde un punto de vista que no esté tan centrado en la ideología política o el simple cálculo economicista, siempre reduccionistas. Al fin y al cabo, la vida social está llena de simplificaciones. Hablamos de «la opinión pública», de «los mercados», de «las élites» o de «el pueblo» como si fueran entidades coherentes, cuando en realidad están formadas por miles o millones de individuos con intereses, miedos y aspiraciones distintas. Los mismos conceptos de «monos» aquí presentados se fragmentan en facciones y corrientes con intereses diversos que, como hemos visto, se contrarrestan o confluyen. Ni siquiera se trata de una clasificación fija: en distintos momentos de la vida —y dependiendo del contexto— todos podemos actuar como crédulos, idiotas, buenos o incluso malvados. Las posiciones que ocupamos en la selva social son papeles que adoptamos temporalmente dentro de una dinámica colectiva más amplia.
Tal vez esa sea la utilidad principal de este pequeño juguete mental. No tanto clasificar a los demás, sino dudar de nuestras propias certezas cuando participamos en la vida pública. Preguntarnos si estamos amortiguando conflictos como crédulos, tratando de regularlos como buenos, aprovechándonos de ellos como malvados o, sencillamente, jaleando desde la grada como idiotas. Si este modelo sirve al menos para provocar esa incómoda pregunta de vez en cuando, quizá el mono idiota haya cumplido una función algo más noble de lo que cabría esperar de su nombre.








Muy interesante artículo que he leído hasta el final, algo cada vez más inusual no solo aquí, sino en todas partes. Me ha dejado con la enorme duda de de si ser bueno pero aquejado de una enorme pereza para querer cambiar cosas que, en el fondo veo imposibles de cambiar, me convierte en crédulo, idiota, o bien ambos a la vez.
Para que nos entendamos, siempre he tenido un espíritu crítico bastante acusado, he calado a los malos desde muy lejos y las injusticias (o lo que mí me lo parecían) me revolvieron el estómago sintiéndome impulsado a pelearme con abusones. Todo eso desde la niñez, en el momento en que empecé a tener algo de criterio.
Luego te vas haciendo mayor y vas viendo devastado que los abusones y matones están instaurados en estamentos públicos como gobiernos, ayuntamientos, fuerzas del orden, ejército, consejos de administración, obispados, etcétera.
Si a mí, antes de nacer me dicen que llego a un sitio en el que la totalidad de los años en los que esté ahí, voy a tener que luchar contra molinos de viento hasta el día de mi partida, creo que declinaría el honor y pediría regresar al limbo.
Vamos que está claro que la lucha constante y sin desfallecer no es lo mío. Me he pasado la vida intentando huir del estrés y lo que me saca totalmente de mis casillas hasta poder llegar al apocalipsis, es que alguien intente acorralarme con razonamientos éticos y morales para que contribuya a SU lucha por cualquier peregrina causa.
Así que vuelvo al principio: ¿Qué soy? ¿Bueno, crédulo, idiota…? ¿Una mezcla de varios? ¿O es que sin darme cuenta de ello, he acabado siendo malo?
«Ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio» Quién piensa no puede soslayar la ética, pero visto el entorno es un campo inhóspito para vivir siempre en él y olvidarte de vivir.
Si te hace reflexionar es un buen artículo.
Maestro, los malos no se plantean nunca esas dudas sobre ellos mismos. Un abrazo desde Ecuador.
Pues me parece muy interesante, simple y por lo tanto aplicable. Y sí, quizás no sea yo de la de los malvados constantemente, pero estaré atento por si alguna vez lo soy.
Si damos crédito a que el imperio romano pudo caer por una crisis climática, no nos extrañará pensar en el oil crush, o fin del petróleo (energía) baratos como causa de esta crisis. El resto? Voy a revisar el Padrino
Estaría bien que se pudiera definir bueno y malo, si es que existe la diferencia. I si existe…quien la señala