Arte y Letras

En las profundidades del bosque alemán

Bosque de Teutoburgo. Foto: Nikater (CC)
Bosque de Teutoburgo. Foto: Nikater (CC)

«Voces de una amabilidad indescriptible me hablaron desde arriba, desde los árboles: «No llegues a la oscura conclusión de que todo cuanto hay en el mundo es duro, falso y malvado. Ven a vernos a menudo; al bosque le gustas. En su compañía encontrarás salud y buenos ánimos de nuevo, y abrigarás más elevados y preciosos pensamientos». El escritor Robert Walser daba cuenta de este singular paseo berlinés en uno de sus artículos publicados en la prensa alemana y recogidos en el libro Berlin Stories. A Walser, que sería internado en un psiquiátrico años más tarde, pasear por el bosque le apaciguaba el alma. El silencio y la presencia imponente de los árboles, como columnas, «como en el interior de un templo», le transmitían la paz y serenidad que no parecía encontrar en otras partes. Que apareciera muerto en un campo helado el día de navidad de 1956, tras un paseo por el bosque cerca de su psiquiátrico de Herisau en Suiza, no deja de ser un oscuro y poético desenlace. El bosque, en Alemania, arroja luces y sombras. Alimenta mitos, rinde leños a las leyendas contadas al calor de las hogueras y acompaña con su frondosidad la turbulenta historia del país. En pocos sitios puede tomarse mejor el pulso de la historia y el mito alemán que en las profundidades del bosque.

La emboscada de Teutoburgo

Deutschland? Aber, wo liegt es? Ich weiss das Land nicht zu finden

(¿Alemania? ¿Pero dónde está? No sé dónde encontrarla)

Se lo preguntaba Schiller, retóricamente o no, en uno de los poemas recopilados en Xenien, junto a Goethe. No era una pregunta gratuita, pues la Alemania de entonces era un territorio históricamente «desgarrado y dividido», en palabras de Hölderlin; dividida en unidades políticas de distinto tamaño y complejas lealtades, como las múltiples partes de un puzle imposible; desgarrada por los contratiempos europeos; y unida, tal vez, con el idioma como única brújula de un destino común. En ese contexto, tal vez la pregunta más acertada, entonada al ritmo de las canciones patrióticas, la formuló Ernst Moritz Arndt: «¿Qué es la patria alemana? ¿Es Prusia? ¿Es Suabia? ¿Es el Rin, donde florece la vid?». Para remontarse a los mitos fundadores de la nación, hay que viajar lejos, adentrarse en la maraña del tiempo y la espesura de los campos, donde crecen los árboles a voluntad.

«Los árboles son santuarios», asegura Hermann Hesse en su libro Árboles: poemas y reflexiones, «aquellos que sepan cómo hablarles y escucharles, encontrarán la verdad». Si los árboles del bosque de Teutoburgo hablaran, contarían la historia del intrépido guerrero Arminio —rebautizado con el germánico nombre de Hermann en crónicas posteriores que se enfrentó a las legiones de Roma en el año 9 a. C. Era la primera vez que los árboles se ofrecían como escenario para la forja del mito alemán. Como recuerda el exdirector de la Galería Nacional de Londres, Neil MacGregor, en su libro Memories of a nation, «en el bosque de Teutoburgo hay coníferas, hayas y robles. Es inmenso, verde y denso, aterrador y oscuro, con confortables cabañas de madera y alarmantes animales salvajes. Si uno se pierde, tal vez no vuelva a ser visto nunca más». Precisamente de la espesura del bosque se sirveron Hermann y sus guerreros con el objetivo de frenar el avance de los soldados del general Quintus Varus. Allí murió el general, de hecho, emboscado él y sus tres legiones por aquellas tribus salvajes de las que antes había llegado a decir que «nada humano tenían salvo la voz y las extremidades». Según Will Vaughan, profesor emérito del Birbeck College de Londres, «cuando Hermann derrotó a los romanos en el bosque de Teutoburgo, fue casi como si el bosque hubiera estado de su lado». El bosque se erigía así en un personaje más de la historia y la leyenda, usurpando incluso el papel protagonista, como la isla de Perdidos jugando con los destinos de sus desorientados supervivientes. Tal es el impacto de Teutoburgo que sus huellas sobrevivirían al paso de los años, cabalgando los siglos hasta hacerle sombra al nazismo. De este modo, la desolación causada por el bombardeo de las ciudades alemanas durante la Segunda Guerra Mundial se convertía en «el resultado definitivo de esta nueva batalla del bosque de Teutoburgo, que deja grandes extensiones de ciudades alemanas en ruinas», a ojos de W. G. Sebald, en Sobre la Historia Natural de la Destrucción.

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13 comentarios

  1. Pingback: En las profundidades del bosque alemán

  2. El artículo evoca esto de Laibach: Life is life de claros tintes naziosos.
    https://www.youtube.com/watch?v=LB9lObWclFQ

  3. Me ha gustado mucho. La relación mística de los alemanes con el bosque creo que es cierta. Bosque, montaña, rio, lago. En la Biblia, en los libros de las Crónicas si mal no recuerdo, el partido yavhista (que es el que a la postre escribe) se opone frontalmente al culto ‘en los lugares altos’ y a los árboles. Es muy interesante eso. Parece que hay una oposición primaria, y muy antigua, entre la mística de la Naturaleza y la Ley abstracta de un dios que no se muestra. Se puede ahondar en ello. Porque la Naturaleza, sí, bien, pero es el reino de la ley del más fuerte, de la aceptación del ciclo de vida/muerte. La raíz última del nazismo está ahí. Y el pietismo yavhista defiende exactamente lo contrario, que todo se salve, hasta el más débil, y bien está. Yo creía que a mi me gustaba el bosque, pero me di cuenta de que en realidad lo que me gustaban eran los senderos en el bosque (hay un libro de Heidegger del mismo título). La naturaleza, sí, pero desde el lado de acá, de lo humano. Otro paseante alemán, otro místico: Nietzsche. Muy interesante para la misma reflexión del artículo. Por útlimo: en Inglaterra sí había bosque, más sotobosque que en Alemania, pero bosque al cabo. Lo que quedaba desapareció con la Revolución industrial. (Es bonito imaginar, por cierto, qué se les puede haber pasado por la cabeza a los inmigrantes germanos en América del Norte cuando tuvieron que vérselas con la escala ya ciclópea de árboles y montañas y distancias.)

    • Interesante artículo, y también tu comentario.
      No conocía eso del pietismo yavhista, me informaré un poco.

      • Es un anacronismo, en realidad; algo así como decir que Jesús era un hippy… Me refería a esa corriente de profetas que postulaban una vuelta a las raices frente a una religión oficial de puros ritos formales y frente a formas de sincretismo religioso que se daban en la época, que predican que es más importante socorrer ‘a la viuda, al huérfano y al extranjero’ que cumplir con el templo (pero luego va a venir Esdrás y va a decir que sí, vuelta a las raices, pero que de andarse confraternizando demasiado con los extranjeros, que tururú, y eso ya es obviamente otra cosa).

  4. El filete era mío

    En «Noé», la película de Darren Aronofsky, Dios crea un bosque de la nada solo para que Noé y su familia lo talen y lo conviertan en tablones para construir el Arca. Después, el diluvio. Curioso.

  5. Buenas tardes. Solo un pequeño apunte. La batalla del bosque de Teutoburgo fue en el año 9 d.c. y no antes de Cristo, como se indica en el texto. Por lo demás, es un magnífico artículo, enhorabuena.

    • Sergio Molina

      Gracias por el apunte (de la A a la D van unos cuantos siglos, al fin y al cabo) y el comentario. Por cierto, la cueva de Barbarroja se encuentra en el Land de Thüringen y no en el de Sachsen-Anhalt. Está al lado, pero no es Sachsen-Anhalt.

      Saludos.

  6. «Drang nach Osten o la emigración hacia el este fue el más importante de los grandes procesos colonizadores de la Edad Media»
    Breve historia de las migraciones.
    Massimo Livi Bacci. Alianza Ed.

    Las poblaciones eslavas fueron desplazadas hacia el Este y su territorio fue ocupado por germanos.

    R. Wagner se refería a esa migración.

  7. GianGiacomo

    Interesante artículo, enhorabuena al autor. Sólo haría dos matices y mencionaría tres libros que añadir a la bibliografía.

    Creo que merecería más reflexión la ligazón que uniría al Romanticismo alemán y al Nazismo. Los libros de Safranski son atractivos, reveladores, pero cuando yo los termino de leer tengo la sensación de haber contemplado trucos de magia deslumbrantes, sin que las pruebas y la rigurosidad estén bajo una luz clara. La línea Romanticismo>Nazismo supone simplificar y obviar muchos más factores de muy diversa índole a lo largo de ciento y pico años: filosofía (la Ilustración), biología-antropología (el darwinismo social), economía política (la industrialización-modernización), entre otros.

    La reacción romántica contra la Ilustración es una cosa. Su propuesta es el «reencantamiento del mundo», reencontrar la poesía perdida ante el materialismo procedente de Francia o Inglaterra. Pero el nazismo es algo muy, muy moderno. Con pinceladas folclóricas, decorados pintorescos y mansiones ante los alpes. Pero que «Los nazis se veían a sí mismos como hombres de los bosques» debería contrastarse con una práctica económica, social e industrial muy alejadas de ese aserto. Y aquí va la primera recomendación: en «Reactionary modernism. Technology, Culture and Politics in Weimar and the Third Reich», su autor pone más el énfasis en el aspecto «modernista», esto es, industrializador, del Reich.

    Por otra parte, me ha sorprendido que no comparezca en todo el artículo (sí en cambio en un comentario) el nombre del romántico de la Selva Negra, M. Heidegger, cuya postura ante la civilización técnica (de presunto rechazo) es característica del nazismo. Esto se analiza muy bien en un librito llamado «¿Sólo un dios puede aún salvarnos? Heidegger y la técnica» (https://edicioneselsalmon.com/2014/05/30/solo-un-dios-puede-aun-salvarnos-heidegger-y-la-tecnica/).

    Saludos

    • Sergio Molina

      Gracias por los títulos aportados, GianGiacomo. Algunos nombres e ideas se quedan siempre en el tintero al hacer una criba. Precisamente por ser siempre un tema controvertido, agradezco tus matices.

      Saludos

  8. Pingback: Frantz | Crítica | Película

  9. Miguel Ángel

    Más vale tarde que nunca, pero quisiera aportar una perla rara, desconocida actualmente (mas no por ello olvidada de Hollywood y autores oportunistas que han sabido explotar por lo menos su título, ya de entrada enigmático): Die Augen des Waldes, de cierto Robert Michel, cuya homonimía con el también escultor adoptado por España acaso haya pesado más que su controversial ideología y obra… Lamentablemente sólo ha sido traducida a una lengua tras la cortina de hierro y a pesar de que leo holandés mi nivel no me permite profundizarla (mi esposa, que sí habla alemán, de entrada reconoció una escritura de construcción nada facilista). Sé de su contenido por las ligeras y escasas reseñas que se le hicieran medio siglo atrás, no más. Mi duda es si un bosque alemán (bosque bosque, no tirando a parque), el otrora romántico, valdría por todos los bosques y los devenidos ciertamente parques, sin prejuicio

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