Ciencias

Je suis Madame Bovary et vous êtes Chewbacca

oie 1813320TMpIyy2F
The Dark Knight, 2008. Imagen: Warner Bros.

Oh, sabes que no soy aficionado a rezar,
pero si estás ahí arriba, ¡sálvame, Superman!
Homer Simpson

Érase una vez, en la ciudad de Providence, un escritor llamado Howard Phillips Lovecraft cuya enorme maestría para construir relatos de terror le condujo a inventar un libro mágico de malignos poderes llamado Necronomicón. La verosimilitud con que envolvió cada detalle de este grimorio fue tal que muchos de sus lectores se preguntaron si no existiría de verdad, cuando no lo afirmaron categóricamente. Para perpetuar el engaño algunos artistas decidieron crear su propia réplica de la obra, el Antiquarian Bookman publicó en una de sus ediciones de 1962 un anuncio de venta de una copia «algo arañada» del volumen, y no faltaron las bibliotecas universitarias cuyos registros acabaron conteniendo fichas con ese título. Aún a día de hoy existen numerosos individuos que defienden que el origen ficcional del Necronomicón está inspirado en una realidad mucho más aterradora y oscura. Cthulhu los cría y ellos se juntan.

Nada nuevo. Don Quijote sufría tal atracón de literatura caballeresca que, víctima de sus alucinaciones, acababa arremetiendo contra molinos que confundía con gigantes o destrozando a espadazos un teatrillo de marionetas para salvar a una cristiana pareja de las huestes del rey Marsilio. Emma Bovary era incapaz de encontrar en su marido Charles el amor pasional que había leído en tantas novelas románticas y se veía obligada a buscarlo en los brazos y otros miembros de distintos amantes. Bastian era un huérfano solitario que buscaba en la lectura de La historia interminable un refugio en el que esconderse de los abusones y acababa descubriendo un mundo, Fantasía, que crecía cuantos más deseos pedía.

El gusto del ser humano por contar historias es universal. Desde las rudimentarias narraciones orales de tribus aisladas de cualquier atisbo de civilización hasta las experiencias multimedia de nuestra sociedad, la inmensa mayoría de personas ha disfrutado alguna vez de la sensación de atender un relato y perderse en sus acontecimientos. Nuestro ingenio ha logrado contener la esencia de los antiguos oradores en formatos accesibles a nuestros distintos intereses: teatro, literatura, cine, cómics o videojuegos. Si una historia es buena, encontrará la forma de llegar hasta nosotros.

Esta predilección por el relato no es algo casual: nuestro pensamiento nace de una continua e infatigable construcción de narraciones. Comprendemos el mundo a nuestro alrededor gracias a que recordamos los acontecimientos pretéritos, evaluamos e interpretamos los presentes y planeamos e imaginamos los futuros, y en todas esas acciones estamos contando una historia.

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

2 comentarios

  1. marcelo meneghello

    a los mamporros vamos a terminar si no pones que el de la metamofosis no es josef k., sino gregor samsa…

  2. El viejo Eliziaga, o Elizaga, vivía solo, a más de diez kilómetros del centro urbano de López Camelo, un pueblito, en mis tiempos de pibe, de más o menos mil almas, a una hora en tren de la Capital Federal, en medio de la pampa. Había construido una casita de ladrillos sin revoque con techo de chapas y una bomba manual para el agua. Poseía una vaca que cada año le daba un ternero (evento misterioso para mi grupo de correrías porque jamás vimos un toro), un matungo viejo, una calesa con dos inmensas ruedas, una huerta siempre poblada de verde, dos o tres chanchos y tantas gallinas. De ellos vivía. Le teníamos terror porque lo vimos una sola vez encima de su carro atravesar el pueblo, con dos bidones de leche, completamente vestido de negro, sombrero incluido, y una bufanda que le dejaba una rendija para los ojos, y no estábamos en invierno. Además, cuando nos acercábamos a su alambrado, nos disparaba con su escopeta a perdigones sobre nuestras cabezas. Mis amigos desistieron, pero yo, que era el único en poseer una bici vieja continué a merodear. Una tarde, desde lejos, sentí que las vacas mugían de dolor. Hice de tripa corazón y entré. Los perros no eran tan feroces. Los corrí a piedrazos, y comprobé que a ese pobre animal hacía días que no la ordeñaban. Al viejo me lo encontré despatarrado en la cama, casi verde. Una apendicitis. Pedaleé como nunca, pero le salvé la vida. Cuando sanó y volvió a su rancho, me acerqué a su finca, sabedor de que me debía un favor. Eso creí. Me hizo pasar, pero antes me advirtió de que, no obstante le hubiera salvado la vida, yo continuaba a formar parte de esa conjura cósmica para hacerle creer que fuera de él existía algo. Luego me preguntó por qué yo sabía que había nacido, y cuando le contesté “me lo dijo mi mamá” se largó a reír de manera tenebrosa. “Vos no podés acordarte, “ergo”, ni confirmarlo ―continuó―, así que podés ser, sí, hijo de tu madre, o de una infinidad de otras, y como el infinito no es otra cosa que el cero, tu realidad deja mucho que desear. De la paternidad de tu posible padre ni hablar. Peor aún. Me acordé de esta experiencia al leer en su admirable artículo la mención de Lovercraft: era uno de los tantísimos libros e historietas apilados contra las paredes de ese rancho de ladrillos sin revoque. El que estaba abierto sobre la mesa era de Schopenhauer. En esos tiempos no entendía ni jota. Para mí todo era real, especialmente la escopeta que no abandonó en ningún momento desde que me ordenó de entrar para ver de dónde le venía tal certidumbre. “Hay que leer, de todo, para conocer la verdad” me dijo. Creo que pedaleé más rápido que la vez anterior para llegar a la civilización de López Camelo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*