Lorena Escudero (Soria, 1985) es doctora en Física e investigadora en la Universidad de Cambridge y escritora de microrrelatos. Ha publicado los libros Negativos (Torremozas, España, 2015), Formulario (La tinta del silencio, México, 2019) e Incisiones (Quarks Ediciones Digitales, Perú, 2021). Con su última obra, Oxímoron, acaba de recibir treinta monedas de plata pura de una onza de peso como ganadora del I Premio Iscariote al mejor libro de microrrelatos de microficción. No es el primer galardón que consigue, anteriormente recibió el premio extraordinario de doctorado de la Universitat de València por su tesis sobre oscilaciones de neutrinos en el experimento T2K.
No es difícil imaginarse a Lorena —lleva cazadora de cuero, tacones de medio metro y los ojos pintados como Nefertiti— entrando en la única discoteca de un pueblo industrial (déjenme llamarlo Puerto Acero) y deslumbrando al tipo que está acodado en la barra, soñando con amores imposibles. Pero también pueden imaginarla (la misma cazadora, idénticos tacones, los mismos bellos ojos), pidiendo un té con limón en el Ateneo, mientras un pedante entrevistador le pregunta por su última obra.
Ambas escenas ocurren en el Multiverso. En el primero, el tipo acodado en la barra le invita a un cubalibre de Bacardí, sin saber lo que se juega. En el segundo, el pedante glosa su obra, mientras el rencor corroe sus entrañas. En un tercer universo, la función de onda de los otros dos colapsa en una sola lista de preguntas. Y es que para comprender a nuestra invitada de esta noche no queda otro remedio que recurrir al oxímoron, esa interferencia cuántica entre lo posible y lo imposible, entre los sublime y lo ridículo, entre la ciencia y el arte, entre el amor y el olvido, entre el cielo y el infierno.
Defina oxímoron.
Algo a lo que damos vida combinando dos términos opuestos. Contradictoria esencia humana. Figura retórica a la que sin duda ha merecido la pena dedicar mi último libro de microficción publicado por la editorial granadina Nazarí, donde el lector encontrará como mínimo un oxímoron en cada texto.
Me atraen mucho las contradicciones, la belleza que surge de mezclar lo que parece imposible, inmiscible. Como si hubiera un punto entre los dos extremos de un imán en el que la repulsión no existe, en el que se puede sentir a la vez lo positivo y lo negativo. Ser contradictorios está en nuestra naturaleza, en nuestros actos y en nuestras relaciones. Complicidad y enemistad. Frío y calor. Amor y odio. Pero a través de ellos podemos llegar a conceptos nuevos, crear. Y una vez inicias la caza de oxímoron, están por todas partes.
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Primer comentario a las apuradas sobre los párrafos iniciales, ya que tengo que dar un vuelta en bici para aprovechar el fresco: Me parece que al final, pero al final final, cuando nadie se anime a apagar la luz, lo único que explicará el sueño que viene y el «incubo» (prefiero este término latino más que el diminutivo pesadilla) pasado será, digo, la poesía. Y es muy probable que muramos por falta de sueño/s. Cuando vuelva retornaré. ¡Pero qué genial inicio! Señora, y no piense que soy un impertinente, pero ya me enamoré. Gracias por ahora.
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