
Hay pocas humillaciones más limpias para la vanidad humana que la obligación de dormir. Una puede pasarse el día razonando, trabajando, opinando sobre geopolítica con una seguridad que ni siquiera tuvo Metternich, pagando impuestos, prometiendo que mañana sí hará abdominales y sosteniendo esa ficción doméstica según la cual existe algo parecido a una voluntad soberana, pero basta que llegue la noche para que todo el edificio se venga abajo dócilmente. La ciudadana y ciudadano vertical, alfabetizado y más o menos duchado, se tumba, cierra los ojos, pierde vigilancia, babea en la almohada quizá, se deja gobernar por unas imágenes que no ha encargado y queda a merced de la noche, de la vejiga, del gato, de los mosquitos, del incendio y de cualquier otra refutación práctica del optimismo.
Lo raro no es que durmamos mal, como repite esa industria del colchón que ha convertido la fatiga en un problema de gama media. Lo raro es que durmamos. Lo escandaloso es que una especie tan satisfecha de sí misma acepte pasar aproximadamente un tercio de su vida fuera de servicio, apagada en mitad del bosque, de la ciudad o del matrimonio, mientras dentro del cráneo ocurre algo imprescindible que todavía no entendemos del todo.
Durante siglos hicimos lo que solemos hacer cuando algo nos supera, que consiste en ponerle una túnica, atribuirle intenciones y dejar que un sacerdote, un médico con pelucón blanco o un señor particularmente intenso de Viena lo explicara con una seguridad admirable. El sueño fue visita de dioses, anticipo de la muerte, agujero por el que se colaban los muertos, teatro de advertencias, vertedero del pecado y oficina nocturna del deseo. En algún momento alguien soñaba con serpientes, dientes que caían, caballos parlantes o una tía abuela resucitada que le pedía cambiar las cortinas, y aquello adquiría una gravedad cósmica instantánea. Resulta comprensible. Cuando cierras los ojos y aparece una película delirante producida por tu propio cerebro cuesta aceptar que el responsable último sea una gelatina eléctrica encerrada en una caja de hueso. Siempre ha sido más cómodo culpar a Morfeo, a los demonios o a la infancia.
La medicina moderna, que tiene menos sentido dramático pero bastante mejor instrumental, empezó a desmontar el teatrillo pegando electrodos al cuero cabelludo de una persona dormida y observar cómo el misterio se convierte en línea ondulada. El sueño dejó de ser una nebulosa compacta y empezó a dividirse en territorios, fases, ciclos, patrones eléctricos, oscilaciones, movimientos oculares, profundidades variables. El durmiente, visto desde fuera, parecía un fiambre, pero dentro había una actividad feroz, una coreografía tan precisa que casi daba rabia haberla confundido durante siglos con la simple desconexión. El cerebro bajaba unas persianas y levantaba otras. Cerraba ciertas oficinas y abría talleres clandestinos. Había momentos de lentitud geológica y momentos de agitación teatral, con los ojos corriendo bajo los párpados como ratones atrapados en una alacena.
A partir de ahí, la ciencia fue acumulando respuestas. El sueño consolida recuerdos, ordena aprendizajes, regula emociones, afecta al metabolismo, conversa con el sistema inmune, modula hormonas, restaura equilibrios que la vigilia va dejando hechos un estercolero muy digno, pero estercolero al fin y al cabo. Hay días en los que una duerme poco y descubre que su personalidad era un mueble de Ikea montado con cuatro tornillos de menos. La paciencia desaparece, la memoria se vuelve una red rota, el hambre adquiere maneras de animal herido, la tristeza se te sube a la chepa sin avisar y cualquier contratiempo mínimo, un semáforo, una contraseña olvidada, una impresora, que es el demonio adoptando forma administrativa, amenaza con desencadenar una tragedia griega con su coro y todo. Lo interesante, y también lo irritante, es que cada explicación parece convincente hasta que se le pide que explique demasiado. La memoria necesita dormir, de acuerdo. También lo necesita la regulación emocional, ese departamento tan mal financiado de la vida psíquica. También lo necesitan el cuerpo, el sistema inmunitario y quizá esa fontanería cerebral que durante los últimos años ha permitido imaginar el sueño como una especie de brigada municipal nocturna, retirando residuos, limpiando pasillos, sacando bolsas negras de detrás de las neuronas. La imagen es hermosa, aunque conviene desconfiar de las imágenes demasiado hermosas, porque enseguida se convierten en divulgación de revista cultural. El cerebro como ciudad. El sueño como servicio de limpieza. La melatonina como conserje. Una ve venir el folleto con dibujos azules y una familia sonriente a la que jamás se le ha inflamado un párpado de madrugada.
Aun así, hay algo muy persuasivo en esa idea de mantenimiento. La vigilia es cara, ruidosa, sucia. Estar despierta exige interpretar el mundo, coordinar músculos, filtrar estímulos, recordar nombres, mentir con educación, distinguir entre una amenaza real y un correo con el asunto «solo una cosa rápida», que es una amenaza todavía más real. El cerebro despierto es una máquina prodigiosa y chapucera, obligada a improvisar sentido mientras el cuerpo se degrada porque al cabo de unas horas, todo empieza a acumularse. Sinapsis excitadas, emociones mal archivadas, proteínas inoportunas, residuos metabólicos, decisiones estúpidas, pequeñas humillaciones, restos de conversaciones que vuelven cuando te lavas los dientes y descubres la frase perfecta con doce horas de retraso. Dormir, entonces, parece menos una pausa que una operación de derribo parcial. Cada noche se desmonta algo para que al día siguiente el decorado vuelva a sostenerse y podamos saludar al mundo con esa mezcla de fraude y valentía que llamamos normalidad.
Luego están los experimentos, que son el recordatorio de que la ciencia, cuando quiere mucho a la humanidad, empieza por torturar ratas. La privación de sueño tiene una pedagogía brutal. No hace falta llegar a las leyendas urbanas ni a esos récords de resistencia que convierten al insomne voluntario en santo patrono de la estupidez competitiva. Basta mirar lo que sucede cuando se roba sueño de manera sostenida. La atención se degrada, el juicio se emborrona, el ánimo se vuelve caprichoso, la percepción empieza a tener goteras. Dormir poco no te convierte en un héroe productivo, por mucho que lo haya sugerido durante décadas cierta épica empresarial escrita por gente con ojeras caras. Te convierte en una versión peor de ti mismo, más irritable, más torpe, más crédula, más dispuesta a confundir una intuición con una revelación y un cansancio acumulado con una verdad sobre la condición humana. En los animales, llevada al extremo, la falta de sueño puede acabar en descomposición fisiológica y muerte, dato que debería bastar para cerrar cualquier podcast de influencers madrugadores, aunque ya sabemos que los influencers madrugadores son organismos resistentes a la evidencia. En los humanos, incluso antes del derrumbe, aparece algo quizá más inquietante que el agotamiento físico, una erosión del yo. El insomne prolongado se reconoce y no se reconoce. Sigue ahí su nombre, su cara, su historial de compras, sus manías, pero la continuidad interior empieza a crujir. El mundo pierde bordes. La realidad se llena de una electricidad barata. La mente, sin su retirada nocturna, queda demasiado tiempo expuesta ante sí misma, como una bombilla encendida hasta que el casquillo huele a quemado. Por eso el sueño resulta tan difícil de pensar sin caer en alguna forma de superstición renovada. La ciencia lo ha cercado con datos, pero el fenómeno conserva una insolencia primitiva. Sabemos describir muchos de sus mecanismos, y cada década añade una habitación nueva a la casa, aunque el sótano continúe cerrado. Quizá el error esté en exigirle una finalidad única, como si la evolución trabajara con la pulcritud de un arquitecto racional y no con el oportunismo de un ñapas inspirado. El sueño pudo empezar como una solución energética, un modo de ahorrar, de sincronizarse con la noche, de evitar peligros, y acabar convertido en el lugar donde se remienda la memoria, se recalibra la emoción, se limpia lo que puede limpiarse y se negocia con esa parte de nosotras que jamás ha pedido venia a la conciencia para existir.
Es posible que por todo esto dormir sea, al mismo tiempo, vulgar y abismal. Lo hace un bebé, un perro, un anciano en un sillón, un diputado durante una comisión y un adolescente convencido de que levantarse antes del mediodía vulnera algún tratado internacional. Lo hace casi todo lo que tiene sistema nervioso suficientemente complejo, con variaciones, trucos y apaños que parecen diseñados por una naturaleza brillante. Hay aves que duermen con medio cerebro, mamíferos marinos que se las arreglan para no ahogarse, criaturas que ajustan el descanso al peligro, al hambre, a la luz, al frío. Los seres humanos hemos añadido pijamas, despertadores con sonidos de marimba, aplicaciones que vigilan nuestras fases y una ansiedad nueva por optimizar incluso aquello que precisamente nos demuestra que no somos optimizables. Dormir bien se ha vuelto otra tarea. Otra culpa. Otra pequeña religión doméstica con gurús, métricas y accesorios. Mientras tanto, el sueño sigue llegando cuando quiere, se esconde cuando se le persigue y nos castiga con especial saña las noches en que más lo necesitamos. Tiene ese talento de los grandes poderes antiguos, que consiste en parecer sencillo desde fuera y volverse incontrolable en cuanto queremos domesticarlo. Nos acostamos para perder el mando y despertamos agradeciendo, sin admitirlo demasiado, que alguien o algo haya estado trabajando en nuestra ausencia. Ese alguien, por desgracia para la autoestima, somos nosotras mismas, pero una versión subterránea, automática, anterior al relato que nos contamos por la mañana delante del espejo.
El sueño irrita a una época empeñada en convertir hasta la respiración en rendimiento porque cada noche deposita sobre la cama una prueba vulgarísima de nuestra derrota. Debajo de la biografía, la agenda, el criterio estético, la indignación política y la contraseña del móvil continúa respirando el animal, con su maquinaria húmeda, antigua, caprichosa, bastante menos interesada en nuestras ambiciones que en mantener encendido el tenderete. Podemos medir el descanso, comprar colchones con pretensiones aeroespaciales, consultar gráficas de pulso, oxígeno y fases nocturnas con la misma gravedad con que un augur miraba las vísceras de un pollo, pero en el momento decisivo el sueño no obedece. Llega o no llega. Premia o castiga. Abre la puerta con mansedumbre campesina o nos deja dando vueltas en la cama, convertidos en contables del insomnio. Algún día, si sobrevivimos como especie a lo que se nos está viniendo encima empezando por el cambio climático, la ciencia explicará mejor sus ritmos, sus interruptores químicos, su relación con la memoria, con los residuos del cerebro y con esa pobre emoción humana que durante el día va golpeándose contra los muebles. La explicación podrá ser brillante, exhaustiva, incluso definitiva en algunos de sus tramos, pero no borrará la imagen primaria y un poquito insultante de un cuerpo apagado para seguir vivo. Cerramos los ojos y desaparecemos un rato. Luego volvemos, con la arrogancia recargada y la ridícula impresión de que la conciencia manda algo. Qué gracioso.







