Hebras y nodos

La hierosfera, cuando lo sagrado se cuela por todas partes

hierosfera
DP.

Una imagen se repite cada vez que hay una gran final de campeonato de fútbol. Miles de personas viajan desde el otro extremo del país —o del planeta—, gastan dinero que no tienen, duermen en coches o en el suelo de los aeropuertos, para acabar en un estadio donde, durante buena parte del partido, no verán el balón mejor que desde su sofá. Llevan la camiseta de su equipo como si fuera un hábito religioso. Cantan himnos que conocen de memoria. Cuando llega un gol, se abrazan a desconocidos con una intensidad que la mayoría no se permite ni siquiera con sus seres queridos. Y cuando el equipo pierde, algunos lloran. Lloran de verdad.

¿Qué está pasando ahí? ¿Entretenimiento? ¿Pasión desmedida? ¿Una forma bastante aparatosa de socializar? Puede que asome algo más antiguo.

El nombre de algo que siempre ha existido

Llamemos a las cosas por su nombre. Lo que estamos describiendo tiene uno: la hierosfera.

El término procede del griego hierós (sagrado) y sphaîra (esfera), y alude a esa zona de la experiencia humana en la que algo deja de ser neutral, útil o intercambiable y empieza a cargarse de una importancia casi absoluta. No pertenece únicamente a la religión, aunque la religión haya sido durante siglos su casa más visible. Aparece cada vez que una comunidad levanta rituales, objetos intocables, relatos de pertenencia y gestos que valen más de lo que valen.

El siglo XX estuvo lleno de proyectos que intentaron construir sociedades sin esa zona de lo sagrado. El positivismo prometió que la ciencia terminaría por explicarlo todo; el marxismo soviético declaró la religión opio del pueblo y la sustituyó por el culto al Estado y al líder; el cientificismo proclamó que los hechos bastarían para dejar sin trabajo a las viejas narrativas de sentido. La hierosfera, sin embargo, no desapareció. Cambió de sitio. Y a veces regresó con formas bastante más inquietantes que las que se habían intentado eliminar.

Porque lo sagrado no espera invitación. Donde hay seres humanos, hay hierosfera 

Tres formas de habitar la hierosfera

La hierosfera no es un bloque uniforme. La habitamos de maneras muy distintas y conviene distinguirlas.

La primera es la religiosa institucional, la de las grandes tradiciones con nombre, historia y estructura propia. El catolicismo, el islam, el judaísmo, el budismo organizado, las iglesias evangélicas. Tienen textos canónicos, jerarquías reconocidas, rituales codificados, comunidades estables y una memoria histórica acumulada durante siglos o milenios. Aproximadamente un 35 % de la población mundial se identifica activamente con alguna de estas tradiciones y las practica con regularidad. En Occidente, este porcentaje lleva décadas cayendo; en el sur global y en el islam, crece.

El gran desafío de este registro es la crisis de credibilidad, los escándalos, la rigidez doctrinal, la dificultad para responder a las nuevas sensibilidades éticas. Pero su gran fortaleza es lo que ninguna app de meditación puede replicar todavía: comunidad encarnada, presencia en el duelo, rituales que han sobrevivido mil años y saben acompañar el nacimiento, el matrimonio y la muerte con una eficacia que no se improvisa.

La segunda es la religiosa no institucional, la de las espiritualidades que se nutren de una o varias tradiciones sin pertenecer formalmente a ninguna. Incluye el fenómeno que los sociólogos anglosajones llaman SBNR —spiritual but not religious— y que en España podría traducirse como «creo en algo, pero no me preguntes en qué exactamente». Incluye la práctica meditativa laica, el sincretismo personal —«soy un poco budista, un poco estoico y leo a Thich Nhat Hanh»—, las comunidades de espiritualidad sin adscripción confesional y una cantidad creciente de personas que abandonaron una tradición religiosa pero no dejaron la búsqueda.

Este segmento es el de mayor expansión relativa en las últimas décadas, especialmente en entornos urbanos. Su problema es la falta de densidad: sin textos compartidos, sin rituales colectivos y sin memoria intergeneracional, estas espiritualidades acompañan bien en los momentos tranquilos, pero muestran fragilidad cuando llega la crisis real. El duelo, la enfermedad grave, el fracaso existencial: para eso hacen falta raíces más profundas que las de un pódcast de mindfulness.

La tercera es lo sagrado extrarreligioso, el más amplio y el más invisible de los tres. Incluye a todas esas personas que no se identifican con ninguna categoría religiosa ni espiritual, pero que tienen experiencias que la neurociencia y la psicología describen como hierofánicas: el asombro ante un amanecer en la montaña que te deja sin palabras, la experiencia estética que te detiene en seco frente a un cuadro o una sinfonía, la indignación moral que se siente como una obligación absoluta, el amor que por un momento disuelve la frontera entre tú y la otra persona.

Estas personas no dirían que tuvieron una experiencia religiosa. Pero si les preguntaras, muchas admitirían que ese momento tuvo algo diferente, de más real que lo ordinario, de tocar algo que no saben nombrar. Eso también es la hierosfera. Y representa entre el 40 % y el 45 % del total si sumamos a todos los que reportan experiencias de este tipo, independientemente de su etiqueta ideológica.

Lo sagrado sin etiqueta, cuando la hierosfera coloniza lo secular

Aquí es donde la cosa se pone divertida. Porque la hierosfera, cuando no encuentra cauces institucionales reconocidos, los fabrica. Y los fabrica en los lugares más inesperados.

El estadio de fútbol como catedral. Ya lo mencionamos al principio, pero merece un desarrollo. El estadio tiene nave central (el campo), tiene fieles (la afición), tiene clero (los jugadores y el entrenador, figuras de autoridad carismática), tiene liturgia (el ritual del partido, los cánticos, los gestos codificados), tiene reliquias (la camiseta del ídolo, el balón de un gol histórico), tiene peregrinaciones (los desplazamientos a los estadios rivales), tiene misterio pascual (la remontada épica, la derrota devastadora que purifica) y tiene su propio problema del mal (el VAR). Lo que no tiene, conviene señalarlo, es una respuesta para cuando alguien muere. Y esa ausencia dice mucho sobre los límites de lo que puede ofrecer.

El centro comercial como paraíso. No es casualidad que los grandes centros comerciales del siglo XXI se hayan construido con una lógica arquitectónica parecida a la de las catedrales medievales, espacios enormes que empequeñecen al individuo, luz que cae desde arriba, una disposición espacial que guía el recorrido del visitante hacia el sanctasanctórum (la tienda ancla, el restaurante más exclusivo). La promesa implícita es la misma que en cualquier paraíso religioso, aquí encontrarás lo que te falta, aquí serás completo. El consumo como salvación. La diferencia es que la catedral te decía que no eras suficiente, pero te ofrecía gracia. El centro comercial te dice que no eres suficiente y te ofrece una tarjeta de crédito.

El gimnasio y la mortificación de la carne. El ascetismo físico contemporáneo merece un estudio serio que alguien debería escribir. A lo mejor me pongo algún día con ello (con escribirlo, no con ir al gym). La disciplina con la que ciertos practicantes del deporte de alto rendimiento amateur gestionan su cuerpo —el ayuno intermitente, el entrenamiento en ayunas, la privación de placer como ritual de purificación, el cuerpo como proyecto espiritual— es estructuralmente idéntica a la de los ascetas medievales. Cambia el vocabulario (ya no se habla de mortificación, sino de optimización) y cambia el dios al que se ofrece el sacrificio (ya no es el Dios bíblico, sino una versión actualizada del yo ideal), pero la gramática es la misma. El cuerpo como territorio donde se libra la batalla entre lo que eres y lo que deberías ser.

Las causas, como profecías. El activismo contemporáneo, en sus versiones más intensas, tiene también una estructura hierofánica reconocible, una narrativa de pecado colectivo (el cambio climático, la injusticia sistémica), una promesa de redención condicionada a la conversión (cambiar los hábitos, elegir correctamente), una comunidad de elegidos que ya han visto la luz y una actitud hacia los no convertidos que oscila entre la evangelización y el anatema. No digo esto para desacreditar las causas —muchas son urgentes y legítimas—, sino para señalar que incluso quienes más se alejan del lenguaje religioso siguen usando su gramática.

Por qué importa saber esto

No es un mero ejercicio de erudición. Tiene consecuencias prácticas.

Si la hierosfera es inevitable —si los seres humanos producen sentido sagrado con la misma necesidad con que respiran—, importa la calidad que tenga. Un estadio de fútbol puede generar una comunidad genuina y experiencias de pertenencia que enriquecen la vida. También puede generar violencia identitaria, tribalismo y una peligrosa fusión entre la identidad personal y el resultado deportivo. Una causa justa puede movilizar una energía moral extraordinaria. También puede convertirse en una secta que expulsa a quien piensa diferente.

Las tradiciones religiosas, con todas sus sombras, llevan milenios pensando —con mejores y peores resultados— en cómo gestionar la hierosfera, cómo canalizarla hacia la compasión y no hacia la violencia, cómo sostener la comunidad sin caer en el tribalismo, cómo dar sentido al sufrimiento sin trivializarlo. Ese conocimiento acumulado no es irrelevante, aunque se transmita en un idioma que muchos ya no hablan.

Entender la hierosfera no requiere creer en nada. Requiere algo más difícil, tomarse en serio la pregunta de qué formas de sentido trascendente estamos produciendo, consciente o inconscientemente, y si esas formas nos hacen más libres, más compasivos y capaces de vivir juntos.

O sí, como el hincha que llora en el estadio, simplemente todavía no hemos encontrado el nombre para lo que nos está pasando.

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