«Daniel, expulsado del taller por “inorganizado”, vagabundeaba por la ciudad asediada en busca de un pedazo de pan. Receloso y hambriento, pasaba a veces por los cuarteles de las milicias y de los ateneos libertarios, en los que veía con rabia y envidia a los hombres de la revolución bien armados y equipados ante los grandes calderos donde hervía abundante y apetitosa la comida. Un día, vencido al fin por el hambre, (…) entró en uno de aquellos cuarteles a pedir un trozo de pan.
—El pan —le dijo enfáticamente un comisario comunista— es para los hombres que luchan por la revolución.
—Yo soy un proletario dispuesto a luchar por el pan y por la libertad
El comunista le miró receloso. ¿Todavía un fascista emboscado? ¡Bah!, un pobre diablo sin conciencia revolucionaria, concluyó. Para ir a morir al frente servía, sin embargo. Le pusieron en una mano un plato de comida y en la otra un fusil.
Daniel, convertido en miliciano de la revolución, luchó como los buenos. Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese.»
(A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España, Manuel Chaves Nogales, 1937)
Coronan San Telmo los ilustres de la ciudad. En la fachada oriental del edificio —que alberga la presidencia de la Junta de Andalucía— rematan la balaustrada doce estatuas de doce personajes locales, entre los que figuran Velázquez, Murillo o Lope de Rueda. El invento laudatorio fue levantado en 1895 por el escultor Antonio Susillo bajo encargo de los Duques de Montpensier, propietarios de la construcción, con ánimo de inmortalizar la figura de sevillanos relevantes. Por ser decimonónico se echa de menos la presencia de personalidades del siglo XX, hacedores recientes de Sevilla que también merecerían asiento de piedra y mármol. De realizarse esta actualización —cuya discusión seguro nos dejaría roncos— hay una figura que apenas sembraría dudas entre los improvisados electores, una apuesta segura para ser de la partida si no fuera por su relativo anonimato: Manuel Chaves Nogales.
Desde que María Isabel Cintas Guillén desempolvara su obra a principios de los noventa, la admiración hacia este periodista ha sido unánime entre los que se han acercado a él, aunque aún queden muchísimos lectores por conocerle. Fuera de penumbra alguna, por el contrario, se asoma brillantemente Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, que sí goza de estatua merecida en su barrio por gloria de sus faenas taurinas. Al torero sevillano dedicó Chaves Nogales una biografía generosísima y sublime que aún hoy sigue siendo su mejor obra y probablemente una de las mejores biografías que jamás se han escrito. Del periodista sevillano aún no se cuenta con estatua —lo cual es anecdótico— ni lo que es mucho peor: ni con memoria, fortuna o reconocimiento. Eso, sin duda, es un lujo que nos hemos querido permitir.
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Yo añadiría el despiste de los profesores de las facultades de periodismo. Dedican horas y horas a explicarte a Capote, te nombran a Mailer, pero ni una sola a mención a Chaves Nogales.
Es sincronía, haber hallado los escritos del Sr Zúmer, cuando estoy en plena lectura de la obra, «Juan Belmonte, matador de toros» . Recomiendo altamente su lectura. Magnífica y muy entrañable.
Me reconforta leer sobre una persona, que ejerció su profesión tan digna y brillantemente, en una complicada y extremista época.
Sacrilegio es, el olvido de su figura en su ciudad natal y por ende en España.
Le animo fervorosamente a que continue con su serie, «Sevillanas».
Gracias al autor.
Siempre nuestra costumbre patria de despreciar a los mejores. Conviene reivindicar este tipo de figuras
Tranquilo Espronceda, que hay gente que no va a tener ningún interés en reivindicar este personaje. Sólo hay que leer lo que escribe del Madrid republicano, de los milicianos comunistas, etc. para saber que a los interesados en recrear la Guerra de «buenos» y malos ciertos pasajes de la obra de Chaves Nogales se les indigestan.
Magnífica la recopilación de sus artículos escritos durante la Guerra Civil (Crónicas de la Guerra Civil, editorial Espuela de Plata) con un prólogo de lujo firmado por el historiador Santos Juliá.
Recomiendo la lectura de «El maestro Juan Martinez que estaba allí», sobre las aventuras y desventuras de un bailaor y su pareja durante la revolución rusa, y en la que no hay héroes ni villanos, sino personas que intentan sobrevivir. Leer a Chaves Nogales debería ser obligatorio, a ver si nos curamos todos de tanto maniqueismo.
Por cierto, hamigos de JotDown: quitad ya los anuncios de navidad que salen en esta página, que ya estamos fuera de temporada.
Yo lo he descubierto hace dos años, y me considero un lector empedernido. ¿Cómo es posible que en España dejemos caer en el olvido más absoluto a este tipo de figuras?
Enhorabuena Jot Wown por vuestro producto. De lujo. Animo a leer a Chaves Nogales, es periodismo de muchos kilates. Lo último que he saboreado es ‘La defensa de Madrid’. Espectacular.
Leyendo » A sangre y fuego «, Chaves Nogales nos descubre lo miserables que somos en el fondo los españoles. Desde los caballistas que salen enbusca de rojos para darle su merecido… Hasta aquél anarquista, que metido en un carro decombate, que se immola en defensa de un ideal de justicia. Dejando la narración un regusto amargo, y casi sintiéndonos hijo de la culpa.
Despues «Juan Belmonte..»Descubre otro universo. Como se consolida un genio – Belmonte – en una Sevilla mal nutrida y siempre imprevisible. Es una delicia.
De lo último que he leído de Chaves Nogales, recomiendo Bajo el signo de la esvástica, en Almuzara. Brutal retrato de la sociedad alemana nazi. Tantísima lucidez en sus textos.
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