Sevillanas (II): Chaves Nogales o el periodismo extraordinario - Jot Down Cultural Magazine

Sevillanas (II): Chaves Nogales o el periodismo extraordinario

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“Daniel, expulsado del taller por “inorganizado”, vagabundeaba por la ciudad asediada en busca de un pedazo de pan. Receloso y hambriento, pasaba a veces por los cuarteles de las milicias y de los ateneos libertarios, en los que veía con rabia y envidia a los hombres de la revolución bien armados y equipados ante los grandes calderos donde hervía abundante y apetitosa la comida. Un día, vencido al fin por el hambre, (…) entró en uno de aquellos cuarteles a pedir un trozo de pan.

—El pan —le dijo enfáticamente un comisario comunista— es para los hombres que luchan por la revolución.
—Yo soy un proletario dispuesto a luchar por el pan y por la libertad

El comunista le miró receloso. ¿Todavía un fascista emboscado? ¡Bah!, un pobre diablo sin conciencia revolucionaria, concluyó. Para ir a morir al frente servía, sin embargo. Le pusieron en una mano un plato de comida y en la otra un fusil.

Daniel, convertido en miliciano de la revolución, luchó como los buenos. Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese.”

 (A sangre y fuego: héroes, bestias y mártires de España, Manuel Chaves Nogales, 1937)

Coronan San Telmo los ilustres de la ciudad. En la fachada oriental del edificio —que alberga la presidencia de la Junta de Andalucía— rematan la balaustrada doce estatuas de doce personajes locales, entre los que figuran Velázquez, Murillo o Lope de Rueda. El invento laudatorio fue levantado en 1895 por el escultor Antonio Susillo bajo encargo de los Duques de Montpensier, propietarios de la construcción, con ánimo de inmortalizar la figura de sevillanos relevantes. Por ser decimonónico se echa de menos la presencia de personalidades del siglo XX, hacedores recientes de Sevilla que también merecerían asiento de piedra y mármol. De realizarse esta actualización —cuya discusión seguro nos dejaría roncos— hay una figura que apenas sembraría dudas entre los improvisados electores, una apuesta segura para ser de la partida si no fuera por su relativo anonimato: Manuel Chaves Nogales.

Desde que María Isabel Cintas Guillén desempolvara su obra a principios de los noventa, la admiración hacia este periodista ha sido unánime entre los que se han acercado a él, aunque aún queden muchísimos lectores por conocerle. Fuera de penumbra alguna, por el contrario, se asoma brillantemente Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, que sí goza de estatua merecida en su barrio por gloria de sus faenas taurinas. Al torero sevillano dedicó Chaves Nogales una biografía generosísima y sublime que aún hoy sigue siendo su mejor obra y probablemente una de las mejores biografías que jamás se han escrito. Del periodista sevillano aún no se cuenta con estatua —lo cual es anecdótico— ni lo que es mucho peor: ni con memoria, fortuna o reconocimiento. Eso, sin duda, es un lujo que nos hemos querido permitir. 

Chaves en Sevilla

A Chaves Nogales el periodismo le vino al regazo. Detrás de él pujaban su padre y su tío, de profesión plumillas y con relevancia en algunos diarios liberales de Sevilla. Impresiona la prontitud de sus primeros trabajos editoriales y la calidad de los mismos. Ya ejercía de periodista de pleno cuando publica Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos (1920) y La Ciudad (1921), su denso y florido retrato de Sevilla, que son escritos cuando sólo cuenta con veintitrés años y apenas un suspiro de carrera profesional. Desde su adolescencia Chaves se entrega al periodismo con la misma naturalidad con la que el torerillo se echa a la dehesa a atosigar vaquillas. Lo hace con la sencillez y con el sentido del oficio que ha olisqueado en su familia y en la redacción desde temprano, con recato pero con pleno conocimiento de la naturaleza de su trabajo:

“Ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo”

Chaves es, desde joven, un observador superdotado. Con su obra La ciudad se lanza precozmente a poner rostro al enigma de Sevilla y sus identidades, a capturar la silueta confusa de una ciudad que es lo absoluto para sus habitantes y lo mítico para sus visitantes. Tras los pasos de Neruda y Eugenio Noel va el chiquillo Nogales a buscar las fórmulas que explican Sevilla y la describen:

“A los hombres del Norte puede desconcertar esta diafanidad de nuestro ambiente, esta luz violenta que amenaza con descomponerse en los siete colores del espectro (…) Si esta ciudad nos da una sensación inefable, es porque se ofrece toda entera a una sola mirada. Se os entregará con una facilidad mañanera y virginal; con la misma facilidad con que sus mujeres os dan los buenos días”

Chaves Nogales mantendrá siempre una relación ambivalente con su ciudad. En ningún caso renegará de su folklore como sí será habitual en pensadores de izquierda de la época, supuestos intelectuales que solían atacar la cultura popular por considerarla rancia y ausente de valor artístico o patrimonial. Chaves dedicará muchas líneas de propia iniciativa a la Semana Santa, al Corpus o a la vecina Romería del Rocío, estableciendo un interesante punto de enganche entre lo culto y lo popular. Pero el periodista sevillano sí se desmarcará de la contrahechura de una ciudad muy dada al exceso, una tierra a menudo pensada por su propia gente, todavía, como el puerto de América y el centro del mundo. Huido del folletín Nogales establecerá una relación de afable tolerancia con Sevilla, un amor tranquilo y opinado. En todo caso, el joven Nogales no tardaría en buscar nuevos retos fuera de la capital de Andalucía.

Periplo

Tan pronto se le ofrece oportunidad busca nuevos retos profesionales. Después de su trabajo en los sevillanos El Liberal y El Noticiero Sevillano, Chaves Nogales marcha a la vecina Córdoba y pone en marcha La Voz de Córdoba. Ejerce de redactor jefe y de improvisado gestor y empieza a perfilar las señas de identidad que dominarán su vida: viaje e iniciativa. Con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera la censura se ceba con una prensa ya algo maltrecha por la inferencia de Alfonso XIII. Cuando el régimen se asienta y la censura se ablanda a finales de 1924 —sólo para los libros y nunca para la prensa—, aumentan sensiblemente las publicaciones editoriales. Los juegos malabares, no obstante, continuarían para los gestores de prensa como Chaves Nogales, que en muchos casos se verán abocados a realizar periodismo de baja intensidad y de entre-líneas.

La siguiente parada es Madrid, donde suelen acabar los mejores. Con el Heraldo de Madrid como publicación de referencia Chaves desarrolla una firma de prestigio en la capital. En 1927 se producirá un hecho muy determinante en su vida: es galardonando, a la edad de treinta años, con el Premio Mariano de Cavia gracias al trabajo La llegada de Ruth Elder a Madrid. Esta obra es una crónica del viaje de la aviadora Ruth Elder, primera tentativa de viaje transatlántico realizado en la historia por una mujer. Como consecuencia despuntarán dos constantes que a partir de entonces serán fundamentales en la producción de Nogales: el reportaje largo como género periodístico predilecto y el avión como nuevo símbolo del periodismo internacional que empezaría a desarrollar. Desde entonces Chaves no entenderá su trabajo sin lo extranjero. En 1928 su periódico le envía como enviado especial a París, casi a modo de corresponsalía, donde realiza una serie de reportajes locales y comenzará a barruntar la que más de diez años después sería su fatal diagnóstico de la Francia de entreguerras, La agonía de Francia (1941).

Desde entonces la figura internacional de Chaves se multiplica. En los años del final de la dictadura y el principio de la Segunda República el periodista sevillano viajará frecuentemente por Marruecos y sobre todo por la Unión Soviética y Europa del Este. Incluso entrevistará a Joseph Goebbels en la Alemania nazi. De estos tumbos nacerán un puñado de obras de igual interés que las señeras aunque menos conocidas: La vuelta al mundo en avión, Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929), Lo que ha quedado del imperio de los zares (1931) y El maestro Juan Martínez que siempre estuvo allí (1934), que es la historia de un bailaor al que la Revolución de Octubre le sorprende en Rusia en pleno espectáculo. El interés de Nogales por los regímenes totalitarios es más que evidente, pues no le era ajena la pujanza que el marxismo y el fascismo sostenían como fuerte alternativa de las democracias parlamentarias liberales en esa época. Chaves es, sobre todo, uno de los autores que mejor ha sabido desnudar los totalitarismos en auge durante la primera mitad del siglo XX. Además de su incuestionable genio como contador de historias, la fuerza de Nogales reside en su capacidad para revelar el sectarismo. Con estas virtudes fraguaría sus mejores obras, que estaban a punto de llegar.

El pasmo de Triana

Instalado en Madrid desde hacía años, cuando no estaba de viaje Chaves era habitual de la tertulia de café. En uno de esos coloquios madrileños vino a coincidir con un famoso torero retirado: Juan Belmonte. Gustaban de rodearse de amigos pintorescos, gentes de la cultura como Valle-Inclán, Pérez de Ayala o Julio Camba. Lo primero que sorprende a Chaves es la presencia de un matador de toros entre gente alérgica a la pandereta. Lo segundo, la tremenda simpatía que siente por él desde el principio. Partícipes de parecida visión, los dos sevillanos se vieron escépticos de similares cosas —tanto de su ciudad como de su país— y Nogales no tarda en caer en la cuenta de que Belmonte es carne de reportaje. Su atípica pose de torero huidizo y celoso de sí mismo lo aleja de la figura endiosada del torero dibujado en su grandeza. La posibilidad de realizarle unas entrevistas, finalmente, se plantea y Belmonte acepta con curiosidad. De no haber mediado simpatía y palabras hubiera sido imposible convencerle.

De una serie de intensas y largas charlas, de las que Nogales tomaría precisa nota, nace una biografía deslumbrante sobre un personaje complejo y tremendamente ambivalente. Juan Belmonte, matador de toros (1935) se entrega con pormenor a narrar, como si de pura ficción se tratase, la vida y milagros de un mito del toreo. Belmonte siempre insinuó un carácter atípico del trabajo y la posición que desempeñaba, un genio tibio, desbordante en la plaza pero cesante cuando no llevaba el traje de luces. A Chaves, además, no le gustaba el toreo, no le atraía en absoluto, pero era lo suficientemente listo y libre de prejuicios como para advertir a alguien extraordinario en la persona de Belmonte. No le hubiera importado que fuera legionario, sereno o futbolista; la cuestión era dar con una figura de interés, cualquiera que fuera su oficio. Con Belmonte halló un filón de categoría insospechada, un verdadero festín de inteligencia y ternura plagado de anécdotas impagables que, por el camino, son un muy fiel retrato de la Sevilla de principios de siglo. En manos de Nogales la vida de Belmonte parece pura novelería:

“Sevilla me hizo un recibimiento entusiástico. Los sevillanos habían seguido con verdadera emoción aquella primera salida por el mundo de su héroe, aquel mítico Juan Belmonte, en el que cada uno de ellos creía haber puesto algo, y de cuyas glorias se sentían todos partícipes (…) Al pasar por delante de la iglesia de Santa Ana se le ocurrió a alguien entrar en el templo, coger las andas de la Virgen, subirme a ellas y que entrase así, procesionalmente, en Triana. El sacristán, asustado por la actitud apremiante de aquellos locos, avisó al cura de la parroquia, que se presentó furioso ante aquella amenaza de sacrilegio. Me contaron que luego que hubo desalojado la iglesia de importunos y cuando al fin atrancó las puertas (…), comentó lastimero: ‘¡Sacrilegio! Las andas de la virgen para llevar a Belmonte, ¡qué barbaridad! ¡Si siquiera hubiera sido para llevar a Joselito..!”

En Juan Belmonte, matador de toros, despunta una de las principales marcas de estilo de Manuel Chaves Nogales: el relato periodístico novelizado. Nogales hace bueno aquello de que todo (buen) periodismo es siempre cultural y por ende de algún modo literario. El relato periodístico toma prestados recursos de la ficción y  herramientas del novelista para potenciar su historia. De hecho, la biografía de Juan Belmonte es, en la práctica, una novela sobre la vida de un torero, la vida de Belmonte hecha novela de pillerías, nada más lejos de un texto con los rigores de la pieza periodística convencional. Y, de hecho, Juan Belmonte, matador de toros fue publicada por entregas en el diario Estampa como si de un folletín decimonónico se tratara. No se distingue ni se puede separar la voz del entrevistado (Belmonte) con del escritor (Chaves), tal es el cuajo del trabajo. De la mano del tamiz de la novela, del que apenas se presume el reporterismo que la ha alumbrado, la figura de Juan Belmonte nos llega con una sencillez y una honestidad diáfanas. Esta sería, con diferencia, la obra más difundida de Chaves y sin duda también la más divertida y celebrada. Los siguientes trabajos no podrán ser tan luminosos.

Guerra civil

El oficio le llevó a vivir muy de cerca la Segunda República. En sus crónicas están todos los acontecimientos relevantes, desde la proclamación en abril del 31 al golpe de julio del 36, pasando por el levantamiento de Asturias de 1934, por ejemplo. Por entonces Chaves era director del diario Ahora, que al estallido de las hostilidades sería incautado por las Juventudes Socialistas, además de tener espacio en varias publicaciones adicionales. Chaves era periodista de campo y no por casualidad estaba encargado de la crónica política. En su mirada lúcida —privilegiado lector de situaciones, o en la terminología de Kapuscinski, privilegiado buscador de contextos— reconstruimos el paisaje histórico de la época más enconada de España. La amistad que mantenía con el Presidente de la República, Manuel Azaña, de quien era recatado partidario, añadía un ingrediente más a su ambigua figura, que muchos acusaron de oportunista o ambivalente; ocurría simplemente que no podían asociarlo claramente a ningún bando. Como quiera que fuera, cuando el golpe fallido de los militares se torna en Guerra Civil Chaves está en Madrid. Vivirá los primeros meses de la contienda desde el corazón del bando republicano y dará buena cuenta de lo observado una vez ya se halle lejos, en el exilio, a donde partirá a finales del 36.

“Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar…”

En una pensión cualquiera de París, arrebujado con su desconcertada familia, daría cuerpo a los relatos que había esbozado en España durante las últimas semanas. El resultado es A sangre y fuego, héroes, bestias y mártires de España (1937), la obra cumbre de Nogales si no fuera por el genio de la biografía de Belmonte. Mediante nueve relatos de vanguardia y sobre todo de retaguardia, Chaves realiza un mapa de situación del Madrid de barricadas —con alguna excursión también— y lo hace apoyándose otra vez en el registro de ficción. Asevera en el prólogo que todas las historias tienen base real y que nada es producto de su invención, tal es lo inverosímil de los relatos y lo novelesco de ellos. Otra vez el Chaves intachable de crónicas y reportajes se pone el traje de novelista para, mediante la elocuencia del género, dotar al trabajo periodístico de mayor capacidad de retrato.

El resultado es una obra de una lucidez histórica y social asombrosa. Quedan al desnudo la mezquindad y la miseria moral de la época más cainita de España, el rush de fuerza del modernismo quebrado. Los relatos de Nogales nos recuerdan de nuevo que en el escenario de la guerra civil hispana no sólo nos aniquilamos nosotros sino también, a su manera, todo el continente, siendo la contienda entre republicanos y nacionales una antesala de pleno de la acechante Segunda Guerra Mundial, la guerra que pendía, damocliana, pero que muchos se empeñaron en apaciguar; como si dejándola a oscuras, sin nombrarla, sin mentarla siquiera, fuera a acabarse, fuera a marcharse como un mal sueño. Vinieron a España las milicias de los ismos y trataron de saldar sus cuentas pendientes:

“En el seno del comité se entabló un largo debate sobre lo que debía hacerse en aquel caso insólito. Los delegados republicanos eran partidarios de que el prisionero fuera conducido hasta Madrid y entregado al gobierno; los anarquistas creían que lo lógico era dejarlo en completa libertad, para que se redimiera de su pasada servidumbre y se convirtiese en un libre y digno ciudadano de la libre Iberia; los comunistas estimaban que lo más razonable era curarle primero y luego inscribirle en las milicias y mandarle al campo para que luchase contra los rebeldes, debidamente vigilado, claro es. Y finalmente, la voz del pueblo, expresada a gritos por el vecindario (…) pedía unánimemente que se le entregase al prisionero para darse la satisfacción de matarlo. 

Como no se ponían de acuerdo, pasaba el tiempo y el moro amenazaba con morirse y frustrar así el interesante debate, se tomó provisionalmente el acuerdo de que el prisionero fuera conducido al hospital de sangre recién instalado en Monreal, donde, por lo pronto, le prestaron asistencia facultativa (…) Durante un par de horas estuvieron haciéndole una cura minuciosísima (…) Entre tanto, el comité revolucionario había continuado su brillante discusión teórica, que terminó tempestuosamente (…) Los vecinos decidieron apoderarse de él por las malas y un grupo armado se presentó en el hospital, recogió al prisionero de las manos suaves de las enfermeras, lo sacó a un callejón y lo puso contra la pared. Cayó acribillado, todavía con su estúpida sonrisa en los labios:  ¿Me quieres explicar, ¡oh Profeta!, para qué se tomaron el trabajo de curarme tan amorosamente si habían de matarme luego?”

Pese a lo dantesco de la guerra Chaves no renuncia a la caricatura. El relato de anécdotas y situaciones está realizado con corrosión y en general con marcada alergia al tremendismo que sí atenaza otras narraciones. No hay humor pero sí muchísima ironía, una carga irónica indisimulable que brota como espasmo ante el espanto. Sobre todo por la parte que respecta al bando donde Chaves andaba incrustado, el republicano, nada escapa a su ojo fino y a su aguafuerte:

“Mientras tanto, los teorizantes de los partidos proletarios se aplicaban encarnizadamente a organizar lo que ellos llamaban el nuevo orden revolucionario, es decir, la edificación socialista. Desinteresados de las contingencias de la guerra y dando por descartada desde luego la victoria final, creaban a retaguardia de tan inconsistente ejército una burocracia formidable encargada de socializar o colectivizar la vida entera del país.Los consejos obreros, los comités de abastecimiento, las juntas de inquilinos, las directivas de los sindicatos y, sobre todo, la augusta función del control -¡maravillosa invención esta del control revolucionario!- eran la vasta           selva en que se refugiaban los fracasados del frente, los emboscados de todas las guerras. A retaguardia florecían os más inusitados organismos. Los anarquistas habían creado un titulado Grupo Gastronómico de la FAI que consagraba a la custodia de los depósitos de jamones a los más bizarros y    heroicos milicianos. Había también una potente organización que con el impresionante rótulo de La Contraguerra, que nadie supo jamás lo que quería decir, se dedicaba afanosamente a cobrar el importe de los alquileres de las viviendas madrileñas. Ella sabría por qué”.

No hay obra de Chaves Nogales más reveladora que esta. El cénit de Chaves con permiso de Belmonte —una obra de intenciones diferentes— es un testimonio de guerras imprescindible si se quiere salir con vida del diálogo de sordos que es habitualmente el debate nacional. Ni siquiera el malogrado Larra logró una importancia histórica y periodística comparable. Contra el ruido y la inquina emerge la mirada limpia de quien no parece tener pasiones ideológicas expresas, de quien parece lo suficientemente sobrio como para darse a su trabajo con la calma que precisa. Hay una voracidad de entendimiento en Nogales que no cabe en ninguna parte. No existe mayor alegato libertario que el de Chaves en A sangre y fuego. Después de firmarla ya jamás volvería a España.

Chaves Nogales o el periodismo extraordinario

Venido a caer en la época del sectarismo, a todo hombre que tuviera por costumbre sacudírselo sólo le esperaba la marginación postrera. Consumada la insolencia, en el caso de Manuel Chaves Nogales asistimos además a un caso insólito de genio periodístico fosilizado y olvidado en el limbo de la guerra y la posguerra franquista. Resulta curioso especular con la certeza de que, de haber ganado la guerra los republicanos, su obra y su figura estarían igual o más proscritas todavía. No casarse con nadie era un lujo intolerable en la época del extremismo campante. En esto, España sería fenomenal banco de pruebas para los que en las décadas de 1920 y 1930 ya planeaban voltear el mundo según su credo salvapatrias.

El de Chaves Nogales era un periodismo extraordinario porque vivía sólo para sí mismo. Instalado en la redacción desde temprano, Nogales nunca practicó el periodismo de mesa, sino el periodismo de patas; un reporterismo inquieto y viajero. Chaves son los mimbres del periodismo moderno, tan transversal, tan cosmopolita e internacional. Era lo contrario del sedentarismo de redacción, carente de los medios  —por actitud y por tecnología— para prescindir de los intermediarios, los procesos y los canales indirectos. Construido en torno a la fascinación hacia el avión y su simbólica modernidad, Nogales dota al reportaje de una nueva dimensión global. Para despiste de muchos críticos actuales —a menudo todavía bajo el complejo de lo propio frente a lo extranjero— Nogales adelantó lo que Truman Capote haría treinta años después: la novela-reportaje. La celebrada A sangre fría, que supuestamente inventó la madre de los inter-géneros, había sido brillantemente anticipada por los trabajos de Nogales en la primera mitad de siglo. En esto el periodista sevillano también gozaría de poca fortuna tanto en vida como después de ella.

Sencillamente Chaves se quedó sin sitio en la España de 1936. El diagnóstico de sus meses en la Madrid bélica es meridiano: o con ellos o contra ellos. Es por eso que acaba por marcharse al exilio, no por culpa de un régimen establecido sino por la lucha de dos facciones para imponerlo. A su prolífica actividad en París, que incluyó las colaboraciones con infinidad de medios franceses e hispanoamericanos, se sumó la marcha a Londres cuando el Tercer Reich avanzaba sobre la desconcertada Francia. Definitivamente arrinconado en la torre de marfil británica, último reducto demócrata de la Europa en llamas, Chaves Nogales seguirá desarrollando su labor periodística lejos de su familia, que volvió a España a verlas venir. Al frente de medios propios como el The Atlantic Pacific Press Agency o colaborando con los prestigiosos Evening Standard y la BBC, Nogales seguirá desarrollando una visión de la sociedad alejada del populismo de fascistas, marxistas y demás ideas globales. En 1944, a las puertas del fin de la pesadilla nazi y a faldas de la Guerra Fría, Chaves Nogales fallece en Londres a la edad de cuarenta y seis años por culpa de una peritonitis. Parece que fue precoz y atípico hasta para morirse.

A rebufo del desprecio patrimonial y del desinterés político poco o nada se ha sabido de Chaves todos estos años. Sólo a partir de los últimos veinte, de la mano del esfuerzo de personas como María Isabel Cintas —tenaz madre impulsora—, Andrés Trapiello o Arcadi Espada su obra empieza a difundirse más allá de la afortunada y en su momento difundida Juan Belmonte, matador de toros. Del grueso de la obra de Nogales, fruto del reporterismo de distintas épocas y países, sólo sabía el polvo y el subsuelo de la memoria. Con ánimo de burlar el olvido brotan ahora, crecientes, diferentes voces de la cultura que reivindican la figura de Chaves y la elevan a la categoría de imprescindible, de puro patrimonio a conservar y difundir, periodismo extraordinario por su independencia y por su innovación. En Sevilla, por lo pronto, no parece esperarle estatua ni beneficio alguno, pues poco sabe la ciudad de uno de sus hijos más brillantes. En el extranjero, como suele ocurrir, se le quiere mejor. Llama la atención también que Manuel Chaves Nogales siga enterrado en Londres, donde recibió sepultura en su momento, y que nadie lo haya traído de vuelta. Sus restos, desnudos y completamente cubiertos por la hierba del East Sheen se hacen hueco ingratamente entre dos tumbas que sí gozan de inscripción y lápida. Queda, en todo caso, la duda de saber si alguien tendrá bemoles de subirlo a San Telmo —es un decir—, donde evidentemente no subirá nadie más. Nogales parece sufrir en vida y después de ella el mismo mal que cayó sobre Belmonte, que bien se arrimaba pero nunca le pasaba nada grave en la plaza, y la gente se le empezó a aburrir. Valle-Inclán le acabaría diciendo al torero de Triana: 1“—¡Juanito, no te falta más que morir en la plaza!; —Se hará lo que se pueda, don Ramón”.


12 comentarios

  1. Yo añadiría el despiste de los profesores de las facultades de periodismo. Dedican horas y horas a explicarte a Capote, te nombran a Mailer, pero ni una sola a mención a Chaves Nogales.

  2. Es sincronía, haber hallado los escritos del Sr Zúmer, cuando estoy en plena lectura de la obra, “Juan Belmonte, matador de toros” . Recomiendo altamente su lectura. Magnífica y muy entrañable.

    Me reconforta leer sobre una persona, que ejerció su profesión tan digna y brillantemente, en una complicada y extremista época.

    Sacrilegio es, el olvido de su figura en su ciudad natal y por ende en España.

    Le animo fervorosamente a que continue con su serie, “Sevillanas”.

    Gracias al autor.

  3. Siempre nuestra costumbre patria de despreciar a los mejores. Conviene reivindicar este tipo de figuras

    • Tranquilo Espronceda, que hay gente que no va a tener ningún interés en reivindicar este personaje. Sólo hay que leer lo que escribe del Madrid republicano, de los milicianos comunistas, etc. para saber que a los interesados en recrear la Guerra de “buenos” y malos ciertos pasajes de la obra de Chaves Nogales se les indigestan.

  4. Magnífica la recopilación de sus artículos escritos durante la Guerra Civil (Crónicas de la Guerra Civil, editorial Espuela de Plata) con un prólogo de lujo firmado por el historiador Santos Juliá.

  5. Recomiendo la lectura de “El maestro Juan Martinez que estaba allí”, sobre las aventuras y desventuras de un bailaor y su pareja durante la revolución rusa, y en la que no hay héroes ni villanos, sino personas que intentan sobrevivir. Leer a Chaves Nogales debería ser obligatorio, a ver si nos curamos todos de tanto maniqueismo.

    Por cierto, hamigos de JotDown: quitad ya los anuncios de navidad que salen en esta página, que ya estamos fuera de temporada.

  6. Yo lo he descubierto hace dos años, y me considero un lector empedernido. ¿Cómo es posible que en España dejemos caer en el olvido más absoluto a este tipo de figuras?

  7. Enhorabuena Jot Wown por vuestro producto. De lujo. Animo a leer a Chaves Nogales, es periodismo de muchos kilates. Lo último que he saboreado es ‘La defensa de Madrid’. Espectacular.

  8. Leyendo ” A sangre y fuego “, Chaves Nogales nos descubre lo miserables que somos en el fondo los españoles. Desde los caballistas que salen enbusca de rojos para darle su merecido… Hasta aquél anarquista, que metido en un carro decombate, que se immola en defensa de un ideal de justicia. Dejando la narración un regusto amargo, y casi sintiéndonos hijo de la culpa.
    Despues “Juan Belmonte..”Descubre otro universo. Como se consolida un genio – Belmonte – en una Sevilla mal nutrida y siempre imprevisible. Es una delicia.

  9. De lo último que he leído de Chaves Nogales, recomiendo Bajo el signo de la esvástica, en Almuzara. Brutal retrato de la sociedad alemana nazi. Tantísima lucidez en sus textos.

  10. Pingback: Un prólogo ‘A sangre y fuego’ | Después del hipopótamo

  11. Pingback: La agonía de Francia: Chaves huyendo hacia Londres | Carlos Zúmer

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