Pedro Torrijos: El libro y la película

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The sky above the port was the color of television, tuned to a dead channel.”

Así comienza Neuromante (Neuromancer), la novela que enseñó al mundo la palabra ciberespacio y que fue la primera en ganar la triple corona (Hugo, Nebula y Philip K. Dick).

Creo sinceramente que esa frase inicial debería ser suficiente para comprender por qué la gran novela de los ordenadores, que William Gibson escribió en 1984 con una Underwood como la de nuestra portada, es el libro más importante de todos nuestros tiempos. No obstante, antes de conocer a Lady 3Jane Marie-France Tessier-Ashpool y al Dixie Flatline, permítanme llevarles a dar un paseo nocturno.

Aunque ahora que lo pienso, creo que también debería hablar del salchichero Bobby, el cual insiste en presentarse con el pomposo apodo de Conde Cero (1986) y claro, tendría que incluir también a Mona Lisa, prostituta adolecente e ingenua, incluso después de que todo, o sea, todo el constructo, la Matriz completa, la sobrecargase (1988).

Por otro lado, no es un único libro [1], no sé hasta qué punto se ajustará con soltura o quizá algo incómodo en la Caja de Cornell que es esta serie de artículos; pero en realidad A la Busca del Tiempo Perdido tampoco es exactamente un único libro, así que probablemente a ustedes no les importe.

Ah sí, el paseo nocturno; un paseo nocturno en coche:

¿A dónde nos lleva esta Carretera Perdida? ¿Quién está al volante? ¿Es Fred (Bill Pullman)? ¿O es Pete (Balthazar Getty)? ¿Acaso ocupan los dos el mismo cuerpo? ¿O quizá lo que ocupan es el mismo espacio noosférico [2]?

Es posible que los lectores que no hayan visto el filme que David Lynch estrenó en 1997 quieran conocer la respuesta a estas preguntas. Es posible que algunos de los lectores que sí lo hayan visto también quieran conocer estas respuestas.

En cambio, yo abogo por no conocerlas. O al menos, por no conocerlas con certeza.

Certeza. O certezas. Certezas existenciales (de existencia, de realidad), cuya ausencia conforma, a mi juicio, la estructura experiencial de todos nuestros tiempos.

Podría (tal vez debería) hacer un breve resumen del argumento de ambas obras, pero voy a ser perfectamente consciente en evitarlo. La aproximación del receptor será la que determine en mayor o menor medida la pelea que él mismo lidie con ellas; con su narración, pero también con su conjunto como objeto intelectual.

Acercarse a leer la Trilogía del Sprawl intentando encontrar formidables paisajes tecnológicos, una narración neo-noir Hammetiana [3], o incluso la imagen desvelada de nuestro futuro (o presente) posiblemente sea el camino más eficaz hacia la frustración como lector. El tiempo ha demostrado en no pocas ocasiones mejores iconografías para eso que Gibson llamó la Matriz y que nosotros llamamos Internet, desde Patricia Highsmith hasta la escolar Brick (Rian Johnson, 2005) se ha reventado, sobrepasado y deconstruido el cocido fuerte, y pensar que el objetivo (siquiera una consecuencia lateral) de una narración de ficción especulativa [4] es mostrar el futuro, convendrán conmigo en que es poco menos que naíf.

Y sin embargo.

La nube. Ahí está la nube. La nube de los retales de la certeza. La nube gris parpadeante como la pantalla del monitor Sony en el despacho de Armitage. La nube invisible, sin espacio y sin nombre, hasta que alguien la nombra. Hasta que ella misma se nombra:

“I know you,” Case said, Linda beside him. “No,” the boy said, his voice high and musical, “you do not.”

“You’re the other AI. You’re Rio. You’re the one who wants to stop Wintermute. What’s your name? Your Turing code. What is it?”

The boy did a handstand in the surf, laughing. He walked on his hands, then flipped out of the water. His eyes were Riviera’s, but there was no malice there. “To call up a demon you must learn its name. Men dreamed that, once, but now it is real in another way. You know that, Case. Your business is to learn the names of programs, the long formal names, names the owners seek to conceal. True names . . .”

“A Turing code’s not your name.”

“Neuromancer,” the boy said, slitting long gray eyes against the rising sun.”

“—Yo te conozco dijo Case, Linda junto a él.
No dijo el muchacho con una voz alta y musical, no me conoces.
Eres la otra IA. Tú eres Río. El hombre que quiere detener a Wintermute. ¿Cómo te llamas? Tu código Turing. ¿Cuál es?
El muchacho se sostuvo sobre las manos cabeza abajo en la orilla, riendo. Caminó sobre las manos y luego saltó fuera del agua. Los ojos eran los de Riviera, pero no había malicia en ellos. Para invocar a un demonio necesitas saber que nombre tiene. Los hombres soñaron con eso, una vez, pero ahora es una realidad, de otra manera. Tú lo sabes, Case. Tu oficio es aprender los nombres de programas, los largos nombres oficiales, los nombres que los propietarios tratan de esconder. Los nombres verdaderos…
Un código Turing no es tu nombre.
Neuromante dijo el muchacho, entornando los ojos grises y alargados de cara al sol naciente.”

Los nombres de nuestros tiempos son nuestras certezas. Aunque ya no los tengamos, como el Hombre Misterioso que está en dos lugares a la vez, pese a que necesite del teléfono, de la disrupción tecnológica (como la videocámara), para demostrarlo; como Alice y Renee, cualquiera que sea/n ella/s; como Fred y Pete.

Y habrán leído interpretaciones del filme según parámetros oníricos [5]. Bien, es posible (casi seguro) que estas les tranquilicen.

Comprender nos tranquiliza.

Yo les pido que no se tranquilicen. Yo les pido que no busquen certezas. Tampoco les pido que “se dejen llevar”, eso es fútil. Pero en cambio, déjense llevar, déjense ir en la nube probabilística del átomo de Schrödinger [6] y encuentren lo que está en ese lugar sin mapas, en ese no-espacio de la mente.

Los nombres de nuestros tiempos son nuestras existencias. Pero ya todos somos Fernán Caballero [7], y vivimos simultáneamente en varios (¿en todos?) los lugares.

De hecho, ustedes están leyendo este artículo a la vez que yo lo estoy escribiendo. Literalmente, en el mismo preciso punto del tiempo; pues ya hace tiempo que yo no soy únicamente una persona, sino también un nombre arriba de está página, justo a la derecha de donde pone Posted by.

Como lo es Lady 3Jane, que nunca nació (en realidad, es la segunda hermana que nunca nació); o McCoy Paulie, que ya no puede llamarse así, y es el Dixie Flatline y solo existe (¿vive?) en el no-espacio. Como Josef Virek, que son 400 toneladas de células en estado de caos contenidas en una urna que descansa en un una nave industrial a las afueras de Estocolmo, pero que también es un hombre que disfruta del Parc Güell ayudado por Paco, que no podrá ver nunca el otro Parc Güell. Como Angie Mitchell, que es idéntica fuera y dentro de la Matriz, y ya no necesita de la disrupción tecnológica.

O como el creador de esas Cajas de Cornell  que no es nadie y lo es todo. Es la nube. Es la noosfera solidificada sin cuerpo, pero existente. Perfectamente existente.

En nuestros tiempos no somos puntos, somos aproximaciones. Somos probabilidades de encontrarnos en algún tiempo y en algún lugar. Nuestro rango no es lineal porque no puede serlo. Nuestra existencia no es la realidad, sino las realidades; y de entre ellas, las solapadas, las simultáneas. Y nuestros relojes no dan la hora exacta porque no pueden darla.

Así que les pido —les recomiendo— que abran una ventana (cualquier ventana) y miren. Quizá puedan ver esa nube que centellea sobre el puerto, fuera de rango. Como David Bowie.

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[1] La Trilogía del Sprawl: Neuromante (Neuromancer), Conde Cero (Count Zero) y Mona Lisa Acelerada (Mona Lisa Overdrive). Tienen en común el no-espacio del ciberespacio y el espacio del Sprawl, una megalópolis que abarca el Este de los Estados Unidos, desde Boston hasta Atlanta.

[2] Según la Real Academia Española, la noosfera es el Conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven.

[3] De Dashiell Hammett y el hard boiled, claro.

[4] Prefiero el término “ficción especulativa”, pues me permite abarcar cualquier narración que explore los terrenos de lo imposible o, al menos, de lo improbable. Desde Homero.

[5] Incluso en ensayos universitarios. Este es de la Universidad de Washington en Seattle.

[6] Como avance sobre el modelo atómico de Bohr-Rutherford de 1911, Erwin Schrödinger plantea en 1924 un modelo que, basado en su propia ecuación, ya no plantea órbitas para los electrones, sino densidades de probabilidad de ubicación de los mismos.

[7] Cecilia Böhl de Faber.

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