Arte y Letras Fotografía Historia

El héroe inventado (III): Europa

Robert Capa en Indochina, 1954.
Robert Capa en Indochina, 1954. (Agencia Magnum)

(Viene de la segunda parte)

Los primeros meses del joven húngaro en la capital del mundo los pasó intentando aliviarse las heridas de guerra entre noches etílicas y timbas de póquer. La guerra era un eco lejano y Nueva York una tierra en la que ya residía lo que quedaba de su familia —su madre Julia y su hermano Cornell—, que habían escapado a tiempo de su Hungría natal. Las oportunidades profesionales que pudiese brindarle la revista para la que trabajaba desde aquel falso reportaje en la serranía de Córdoba, Life, era lo único a lo que se podía agarrar un fotógrafo que, a pesar de su fama, no era muy diferente a los miles de refugiados que se agolpaban en Ellis Island en busca de un visado que les permitiera quedarse. Pronto el enfoque empresarial de la revista le obligó a trabajar en encargos sin interés, elaborando reportajes sobre asuntos banales cuya única utilidad era mantener su costoso tren de vida. Capa sentía que su talento se desaprovechaba. Necesitaba salir del país para encontrar una buena historia, pero no podía hacerlo si quería volver a entrar. El hecho es que Capa había arribado a América con un pasaporte Nansen —los que se otorgaban por entonces a apátridas y refugiados—, con una validez de apenas seis meses. A pesar de gozar de un gran reconocimiento por su trabajo en España, su condición de refugiado de una nación invadida por el Eje, Hungría, y el hecho —clásico en él— de no disponer de recursos financieros suficientes le convertían en un potencial elemento a deportar. Su visado tenía una pronta fecha de caducidad y no existía la posibilidad de obtener la residencia usando los trámites ordinarios. Era fundamental actuar o se vería devuelto al continente que acababa de dejar atrás. Para solucionar este embrollo decidió casarse con una conocida a la que no volvería a ver —apenas unos días antes de la fecha límite— asegurándose así el tan ansiado permiso de residencia.

Sin noche de bodas, Capa abandonó EE. UU. en dirección a México para cubrir la elección presidencial que tuvo lugar a principios de julio, su primer encargo fuera del país. Unas elecciones con muertos en las calles que fue lo más parecido a la guerra que los editores de Life pudieron conseguir para Capa. El 20 de agosto de 1940, mientras Churchill exclamaba delante de la RAF —que acaba de detener a la aviación alemana en la batalla de Inglaterra— que no tenía más que ofrecer que «sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas», Capa se encontraba en la puerta del principal hospital de México D. F. intentando acercarse al sujeto de su primera historia, Leon Trostky, que yacía moribundo después de que Ramón Mercader lo hiriese de muerte con un piolet en su casa de la capital mexicana.

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5 comentarios

  1. Pingback: El héroe inventado (II): España

  2. Buenos artículos sobre Capa. Los héroes no son más que hombres que se buscan la vida, como casi todos los demás.

    (una errata: la fecha de publicación en Life es de 1944, se fue el teclado un poco ;-)

  3. Gran artículo, como los dos prececedentes. Aunque discrepo en considerar la batalla de las Ardenas como «la batalla más sangrienta de cuantas se lucharon en la II Guerra Mundial». Ni de lejos.

    • Es una frase poco exacta, tiene usted razón, tenía que haber especificado que me refería a la más sangrienta del llamado Frente Occidental de la Guerra, con casi 200.000 bajas en poco más de un mes. En cualquier caso, es innegable que Stalingrado o el asedio de San Petersburgo tuvieron muchas más bajas. Gracias por el apunte, me alegro de que le estén gustando los artículos. Un saludo

  4. Pingback: El culto a la muerte, de Millán Astray a Tim Burton | Mediavelada

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