La probabilidad de la improbabilidad: el riesgo de morir en una escalera - Jot Down Cultural Magazine

La probabilidad de la improbabilidad: el riesgo de morir en una escalera

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Fotografía: Daniel Dionne (CC).

¿Tenéis miedo a los lápices y los bolígrafos? ¿A los muslos de pollo? ¿A la bañera? Probablemente, no. ¿Tenéis miedo a sufrir un atentado terrorista o a morir en un accidente de tráfico? Probablemente, sí. Sin embargo, nuestros miedos no están bien enfocados.

Los prejuicios no son necesariamente nocivos. Los prejuicios nocivos son los que se fundan en información sesgada o tendenciosa. Sin embargo, un prejuicio que parta de información relativamente fidedigna constituye un atajo que nos permite ahorrar tiempo minimizando riesgos.

Lo mismo ocurre con el miedo.

El problema, no obstante, es que muchos de nuestros prejuicios y miedos emanan de nuestra intuición, y no del análisis racional. Y nuestra intuición, en lo tocante a prejuicios y miedos, resulta tan incompetente como un miope sin gafas. Basta echar un vistazo a estas cifras de lesiones producidas anualmente en Estados Unidos extraídas del compendio estadístico de Estados Unidos, según enumera el siempre chispeante Bill Bryson en su libro Historias de un gran país: «Hay más personas heridas por el manejo de aparatos de alta fidelidad (46.022) que por el disfrute de monopatines (44.068), camas elásticas (43.655) e, incluso, hojas y maquinillas de afeitar (43.365)». Las escaleras, rampas y rellanos ocasionan dos millones de lesiones. Monedas y billetes de banco, más de 30.000. Casi 50.000 lesiones a causa de lápices, bolígrafos y otros artículos de escritorio.

Está claro, pues, que a fin de reconducir a la buena senda nuestra intuición, recalibrando nuestros miedos, el análisis racional implica el uso de la ciencia, en general, y de las matemáticas, en particular, para así contemplar la realidad a través de unas gafas graduadas por el sentido común.

Pero ¿qué le sucede a nuestro cerebro? ¿Por qué gestiona tan torpemente sus miedos y prejuicios? ¿Por qué requiere de la asistencia de las matemáticas para obrar con cierto juicio?

CINAC, anumerismo y otros salvavidas

El cerebro humano se fraguó en un contexto muy distinto al actual: toda la humanidad procede de una población de cazadores-recolectores que se originó en el sur de África hace 200.000 años. Y los cerebros que se reproducían (o más exactamente los cuerpos que transportaban dichos cerebros) eran los mejor adaptados para sobrevivir a tal contexto, donde no era fundamental el cálculo extremadamente fino de probabilidades.

Por ello tropezamos tan a menudo con el CINAC (de las siglas en inglés, Correlación No Es Vínculo Causal), es decir, con el hecho de que nuestro cerebro prehistórico no dispone de herramientas estadísticas para establecer correlaciones fuertes o relaciones causa-efecto sin incurrir en sesgos. La razón de ello estriba en que la evolución darwiniana no hace prevalecer las mejores soluciones, ni tampoco persigue la verdad o la objetividad; la evolución es satisficing (que podríamos traducir como «satisfacer de manera suficiente»), tal y como la denominó el nobel de economía Herb Simon. La evolución es azarosa y ciega, lo que implica que algunos hitos evolutivos resultan asombrosamente eficaces, pero en otras ocasiones son simples parches que funcionan lo suficientemente bien como para no haber sido erradicados por la selección natural. En su libro Kluge, el profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York Gary Marcus ofrece multitud de ejemplos de satisficing, como la columna vertebral (una ineficaz solución para sostener la carga de una criatura bípeda, lo que se traduce en continuos problemas de espalda) o los puntos ciegos de los ojos (que obligan a nuestro cerebro a inventarse parte de lo que vemos).

Nuestra intuición, a la hora de enfrentarse a problemas complejos, pone en evidencia las hebras de satisficing de las que está constituida. Nuestro cerebro no fue diseñado evolutivamente para pensar en términos matemáticos. Pensar matemáticamente es tan antinatural como leer. Por ello, de puro instinto, nuestros miedos resultan ser infundados en demasiadas ocasiones y son espoleados por lo que el matemático John Allen Paulos bautizó como Innumeracy (anumerismo), esto es, nuestra incapacidad innata para comprender estadísticas y aplicar las sutilezas matemáticas a la vida cotidiana.

Dos y dos, cinco

A pesar de que moralmente convengamos que el precio de una vida es incalculable, a nivel logístico no podemos dejarnos llevar por tal aforismo. En muchas ocasiones, las vidas deben llevar la etiqueta de un precio a fin de invertir sabiamente los recursos del sistema. Por ejemplo, imaginemos que alargar la vida de un individuo cuesta el 100% de los recursos, lo que implica la desatención y, en algunos casos, la muerte, de millones de personas. Naturalmente, es un ejemplo abstracto, pero existen otros tantos reales que desafían nuestro sentido moral y nuestra intuición, sobre todo al pasarse por el tamiz de las matemáticas.

No solo estamos hablando de compañías de seguros. El hecho de asignar determinado presupuesto al departamento de bomberos otorga ya un valor implícito a la vida, en el sentido de que algunos desastres quedarán fuera de la capacidad de intervención de los bomberos, condenado así a aquellos cuya muerte es demasiado caro evitar. En consecuencia, administrar una nación es francamente difícil si no se dispone de un valor orientativo de las vidas de sus ciudadanos, para así priorizar los recursos, tal y como expone Eduardo Porter en su libro Todo tiene un precio:

Las directrices de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, puesta al día por última vez en 1999, valoraba una vida en 7,5 millones de dólares en dinero de 2010. El Departamento de Medio Ambiente de Gran Bretaña afirma que cada año de vida con buena salud vale 29.000 libras. Un estudio del Banco Mundial de 2007 estimaba que la vida de un ciudadano de la India valía unos 3.162 dólares al año, lo que equivale a poco más de 95.000 dólares por toda una vida.

Cuando ignoramos los costes o no sabemos ponerlos en perspectiva, nuestros miedos cervales y anuméricos promueven políticas injustas y/o ineficaces. De ello no se deriva que las políticas de cualquier signo deban conducirse exclusivamente por el pragmatismo, sino que deberíamos reevaluar nuestros criterios a la hora de otorgar un precio incalculable a una vida humana. Un precio que, en parte, se ha instaurado debido a nuestra incapacidad natural para relacionarnos en grupos sociales densos: nuestro cerebro se forjó en una época en la que convivíamos en comunidades pequeñas, donde cada muerte era crucial para la supervivencia del resto.

El antropólogo y biólogo evolucionista Robin Dunbar ha estimado que nuestro cerebro está preparado para asimilar conscientemente una comunidad con un tamaño máximo de 150 individuos, después de analizar 21 sociedades distintas de cazadores y recolectores, desde los walbiri de Australia hasta los tauade de Nueva Guinea. El número medio de miembros de cada poblado es de 148,4. Las sociedades actuales conviven en densidades de millones de individuos, de modo que nuestro cerebro percibe esa cifra como una nebulosa indefinida a efectos psicoemocionales. Cuando pensamos en mucha gente, pensamos en unas 150 personas. Cuando muere una persona, muere una de ese grupo de 150. Tal y como explica Steven Johnson en Sistemas emergentes: «Tenemos un don natural para teorizar acerca de otras mentes, mientras no sean demasiadas. Tal vez si la evolución humana hubiera continuado durante aproximadamente otro millón de años, todos nosotros modelaríamos la conducta de ciudades enteras».

Por ello los efectos psicológicos de resultas del fallecimiento de quince individuos en un atentado terrorista pueden ser tan profundos, aunque morir a causa del terrorismo resulte anecdótico, y el tiempo en el que estamos pensando en esos quince individuos probablemente habrán muerto mil más por otras causas. Mil muertes a las que no hemos prestado ningún interés emocional porque los medios de comunicación no han concentrado nuestra limitada atención en ellas.

El ejemplo paradigmático que suele emplearse para explicar la necesidad de un cálculo racional de coste-beneficio para la vida humana es el ataque terrorista que sufrió Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. En el transcurso de los siete años posteriores al ataque, el gobierno gastó 300.000 millones de dólares en reforzar la seguridad interior, lo que elevó el coste de cada vida salvada en función del número de muertos que probablemente se evitarían a una cantidad que oscila entre los 64 y los 600 millones de dólares. Por persona. Cabe de nuevo insistir, por si al lector le sobreviene un brote de anumerismo, que comparar costes con beneficios es indispensable en un mundo donde hay que asignar fondos finitos a prioridades que compiten unas con otras.

Por cada vida salvada reforzando idílicamente la seguridad interior, se perdieron muchas otras. Y también se perdieron en cuanto la intuición colectiva, espoleada por el miedo más primario, provocando que murieran muchas más personas de la que lo habían hecho en el atentado de las Torres Gemelas. La razón es que mucha gente, temerosa de volar, optó por coger el coche en vez del avión. Como viajar en coche es porcentualmente mucho más peligroso que hacerlo en avión, ese extra global de kilómetros de carretera incrementó el número de víctimas de una forma espectacular. Como si se hubieran sucedido muchos más atentados invisibles.

Fotografía: Jorge Franganillo (CC).

Mientras se dedica una semana entera a hablar de una niña desaparecida, se deja de hablar de genocidios, hambrunas u otros problemas más acuciantes, a la vez que se permeabiliza emocionalmente a la sociedad para promulgar leyes descompensadas con la realidad. Porque «la información estadística abstracta no nos influye tanto como la anécdota», tal y como ha señalado el miembro del Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva York Nicholas Taleb Nassim en su libro El cisne negro. Tras el 11-S se invirtieron tantos recursos policiales en la lucha contra el terrorismo que otros departamentos quedaron desatendidos, a pesar de que el trabajo mata diez veces más gente que el terrorismo. O que, tal y como han escrito Steven D. Levitt y Stephen Dubner en Superfreakonomics, «la probabilidad de que un norteamericano muera por un atentado terrorista en un año dado es aproximadamente de uno entre cinco millones. Tiene 575 veces más probabilidades de suicidarse».

Aunque no se hubiera producido un atentado como el de las Torres Gemelas, el miedo que la gente tiene a volar acostumbra a ser más acentuado que a viajar en coche o en tren, a pesar de que, como señaló Arnold Barnett, profesor del Massachussetts Institute of Technology (MIT), un niño estadounidense tiene más probabilidades de ser escogido como presidente de su país en algún momento de su vida que morir en un avión de pasajeros. En el campo de la seguridad aeronáutica, el riesgo de morir en un vuelo elegido de forma aleatoria se conoce como Q. El Q de subir a un vuelo nacional estadounidense es de 1 entre 60 millones; el Q de un viaje en coche es alrededor de 1 entre 9 millones, casi siete veces más que el riesgo de morir en un vuelo nacional. Barnett, paralelamente, analizó las portadas del The New York Times, descubriendo que la cobertura que se dedicaba a los accidentes de aviación era 1.500 veces mayor que los accidentes de carretera; y 6.000 veces mayor que la cobertura que se dedica al cáncer, la segunda causa de muerte en Estados Unidos después de los ataques al corazón.

El de las Torres Gemelas no es el caso más extremo de toma decisiones basadas en el miedo. El economista de la Oficina de Información y Regulación de la Casa Blanca John F. Morrall III publicó un estudio de los costes y beneficios de la administración de George W. Bush. Una de las normas emitidas en 1985 por parte de la Administración para la Salud y Seguridad Ocupacional para reducir la exposición en el trabajo al formaldehído salvaba solo 0,01 vidas al año a un coste de 72.000 millones por vida.

Otro estudio sobre los costes y beneficios acerca de la estrategia de la OMS para combatir la tuberculosis subsahariana, Economic Benefit of Tuberculosis Control, documento de trabajo de investigación política del Banco Mundial de 2007, determinó que, de continuar adelante, costaría 12.000 millones de dólares entre 2006 y 2015, pero solo en Etiopía tal programa salvaría 250.000 vidas (92 de cada 100.000 etíopes muere de tuberculosis cada año).

No es importante aquí hasta qué punto estos estudios son precisos, lo relevante es que desafían frontalmente nuestra intuición, y por tanto nos indican que nuestros esfuerzos, acaso, deben estar dirigidos a mejorar dichos estudios, no a perpetuar el mantra (nacido de un parche prehistórico deficitario) de que la vida no tiene precio o que no podemos vivir con miedo.

En ese sentido, el tratamiento de las noticias de los medios de comunicación resulta fundamental a la hora de forjar miedos colectivos sin fundamento. Estadísticamente, la mayoría de los medios de comunicación, además, emiten más noticias negativas que positivas, convirtiendo el mundo en un lugar lleno de peligros, tal y como ha analizado el neurocientífico David Eagleman, del Baylor College de Medicina.

La razón no estriba en una suerte de miopía por parte de los medios, sino en que los anuncios de situaciones agoreras suscitan más la atención del público porque estimula su amígdala. La amígdala es una parte del lóbulo temporal de nuestro cerebro que tiene forma de almendra y es responsable de las emociones primarias. Cuando recibimos información amenazante, la amígdala se vuelve hipervigilante y merma nuestra capacidad de ponderar los datos recibidos. Es la razón de que todos nos volvamos paranoicos cuando se ha anunciado en una ciudad de cuatro millones de habitantes que se ha producido en secuestro de un niño, a pesar de que la probabilidad de que nuestro hijo sea secuestrado es remota, en comparación con otros riesgos. Tal y como señalan Peter H. Diamanis y Steven Kotler en su libro Abundancia, cuando la amígdala toma el control «el sistema también está diseñado para no apagarse hasta que el peligro potencial haya desaparecido completamente, pero los peligros probabilísticos nunca desaparecen totalmente». Por esa razón el terrorismo es un arma tan efectiva. Por ello, con independencia de la cifra de muertos en las carreteras, el público se conmoverá con la idea de que debemos luchar hasta que rebajemos la cifra de víctimas a cero. La gente interpretará, por tanto, que el mundo no es un lugar seguro, y que incluso en más inseguro que nunca, una percepción totalmente falsa de la realidad, tal y como denuncia Marc Siegel, de la Universidad de Nueva York, en su libro False Alarm: The Truth About the Epidemic of Fear:

Estadísticamente, el mundo industrializado nunca ha sido más seguro que ahora. Muchos de nosotros vivimos más y con menos incidentes que nunca. Sin embargo, vivimos los miedos del peor de los casos […] Los peligros naturales ya no están ahí, pero los mecanismos de respuesta siguen en su sitio, y hoy día están en funcionamiento la mayor parte del tiempo. Hemos convertido nuestro mecanismo adaptativo del miedo en un pánico injustificado.

Probabilidades contraintuitivas

Calcular el coste de una vida resulta una tarea demasiado fría e incómoda, pero quizá no lo es tanto ponerle precio a pequeños cambios cotidianos en aras de modificar nuestras probabilidades de morir. En tal caso, somos nosotros mismos, por acción u omisión, consciente o inconscientemente, numérica o anuméricamente, los que ponemos precio a nuestra vida o la vida de otros (aunque sea por probabilidad). Cuando decidimos abrocharnos o no el cinturón de seguridad en el coche, por ejemplo. O cuando adquirimos un casco de bicicleta para nuestros hijos (en tal caso, según un estudio realizado en 2003 por W. Kip Viscusi y Joseph Aldy sobre esta inclinación, The Value of a Statistical Life: A Critical Review of Market Estimates Throughout th World, se concluyó que los padres valoraban la vida de sus hijos entre 1,7 y 3,6 millones de dólares).

Cuando permitimos que los medios de comunicación dediquen más tiempo a informar sobre accidentes aéreos o acerca de atentados terroristas, jalonando una cobertura mediática extraordinaria con perfiles de familias conmocionadas, estamos poniendo precio a nuestras vidas, influyendo en el miedo de la ciudadanía y, en consecuencia, dirigiendo torticeramente su postura política y administrativa sobre tales sucesos.

Pero estos datos en frío pueden orientarnos a la hora de escoger actuar de uno u otro modo, y así tomar riesgos que no son tales. Hasta puntos tan extremos como el que denuncia John Allen Paulos, que afirma que el número de muertos por tabaco equivale aproximadamente a tres aviones Jumbo estrellándose cada día: más de trescientos mil norteamericanos al año. Sin embargo, la gente no tiembla de terror cada vez que alguien enciende un mechero.

De hecho, vivir en Norteamérica (y en general en cualquier país del primer mundo) te condena a riesgos mucho más elevados que prácticamente pasan desapercibidos por los medios de comunicación, tal y como explica pormenorizadamente Ben Sherwood en su libro El club de los supervivientes:

Más de 115 millones de personas visitan las salas de urgencias cada año en Estados Unidos. Eso supone 315.000 al día o 13.125 cada hora. Cada vez que chasqueamos los dedos hay tres personas que entran rápidamente por la puerta de una sala de urgencias de algún lugar de Estados Unidos […] Los mordiscos de perros envían a cuarenta y cuatro personas a urgencias cada semana. Nueve personas mueren cada día por ahogarse accidentalmente y casi tres sufren descargas eléctricas.

A pesar de que invertimos gran parte de nuestra energía mental en los riesgos de volar, sufrir un atentado terrorista, o ser secuestrado, nuestros verdaderos riesgos son otros. Todos tenemos miedo de que nuestro hijo sea secuestrado por un desconocido, y se dedican muchos recursos a evitarlo, pero el verdadero riesgo se encuentra en la interacción con los miembros de la propia familia, por ejemplo. Exigimos estrictos protocolos en los juguetes para que los niños no se atraganten al tragar alguna de sus piezas pequeñas, pero nos olvidamos de que las muertes por atragantamiento relacionadas con el simple acto de comer: el 90 % de los casos se deben a la coordinación inmadura de la ingestión en menores de cinco años, tal y como explica la experta en el sistema digestivo Mary Roach en su libro Glup:

Es mejor que un niño se trague un animal de corral de plástico o un soldado de juguete, porque el aire puede pasar entre sus piernas o alrededor de su rifle. Salchichas, uvas y caramelos redondos ocupan los tres primeros puestos de una lista de alimentos asesinos publicada en el número de julio de 2009 de la International Journal of Pediatric Otorhinolaryngology […] Jennifer Long, profesora de cirugía de cabeza y cuello de la Universidad de California, en Los Ángeles, llegó a declarar que las salchichas eran un problema de salud pública.

Los padres no sienten pavor por las salchichas. Y deberían, incluso cuando ellos mismos las comen, porque los adultos tampoco estamos libres de peligros: los atragantamientos con huesos al comer pollo que se producen son incontables. El pegajoso mochi de pasta de arroz, un dulce tradicional del Año Nuevo japonés, mata alrededor de una docena de personas al año.

Calcular la probabilidad de la improbabilidad también nos permite evitar, mediante las campañas de concienciación adecuadas, las millones de muertes que producen las bañeras o las escaleras. De hecho, por buscar quizá el caso más extraño y contraintuitivo, según John A. Templer, un investigador del MIT que publicó un estudio sobre las escaleras titulado The Staircase: Studies of Hazards, Falls and Saer Desing, las cifras reales sobre caídas en escaleras están infravaloradas, pues superan como causa de muerte el ahogamiento o las quemaduras. Según escribe Bill Bryson en En casa: «Se ha calculado que existe la probabilidad de poner mal el pie en un peldaño una de cada 2.222 veces que utilizamos una escalera». De nosotros depende exigir mayores recursos en la investigación y prevención por muerte en escaleras antes que en prevención e investigación de incendios, otorgándole menos peso a nuestra intuición prehistórica. Así, la próxima vez que nos debamos enfrentar a una escalera, con las estadísticas en la mano, optaremos por coger el ascensor.

Fotografía: N. Tackaberry (CC).

43 comentarios

  1. Gracias a artículos como éste, refuerzo cada vez más mi idea sobre la inutilidad de las matemáticas para entender la vida humana. También era más peligroso, estadísticamente hablando (supongo) dar la vuelta al mundo sin saber siquiera si era redondo, como hizo Elcano, que quedarse en el Puerto de Santa María viendo salir barcos.
    Me quedo con mi intuición.

    • Matemáticas e inutilidad difícilmente puede convivir en la misma frase. Y menos en el Siglo XXI. Teniendo en cuenta que sin el desarrollo de las matemáticas, por ponerte un ejemplo los sistemas numéricos, la civilización no hubiese avanzado, es hasta descabellado lo que has dicho. Matemáticas abarca desde la aritmética hasta el teorema de incompletitud de Gödel, pasando por toda la álgebra… es inmensa. Sin la lógica matemática no hubieses podido escribir el comentario desde un ordenador, porque no existirían. Con todo tendrás tus razones para pensar eso, aunque seguramente no las entendería.

    • El fondo del artículo no trata de qué es más peligroso en general sino cómo actuamos frente a estos peligros eligiendo la opción más peligrosa impulsados por el miedo. Obviamente hacer algo por primera vez es más peligroso que ir por el camino conocido pero eso no tiene nada que ver con el artículo, y mucho menos con las matemáticas. Elcano no decidió dar la vuelta al mundo porque fuera más seguro que ir por tierra, su elección tuvo más que ver con el afán aventurero que con la seguridad.

    • Paco, ¿seguro que hemos leído el mismo artículo?

    • Elcano sabía perfectamente que la Tierra era redonda…
      ¿Aún estamos con esas tonterías de parvulario?

      • De mi disgresión sobre mi incapacidad de verle ningún sentido a dejar de hacer tal o cual cosa porque las probabilidades digan esto o lo otro hemos pasado a llamar párvulo, a no saber leer, a deducir que, al decir que no le veo utilidad a las matemáticas en cuanto a la comprensión de la vida humana, es porque las descalifico…
        Así que, uno por uno:
        Marcos: inutilidad para entender la vida humana no es que no sean necesarios los ordenadores, la lógica, la trigonometría, la ciencia… me refiero a que hay cosas, como dice que el artículo, que no van a cambiar porque las matemáticas no pueden medir miedos, sentimientos, afán aventurero, como ha dicho alguien… A eso me refería, mis disculpas por no expresarme con propiedad.
        Javier: elegimos las cosas más peligrosas impulsados por el miedo… claro, por eso se llama miedo, te provoca y te toca las narices y te hace comportarte de una manera que, si no tuvieras miedo, no lo harías. ¿Se puede medir el miedo? No lo sé, soy de párvulos, como dijo alguien.
        Amandysha: Desde luego que hemos leído el mismo artículo, lo que no quiere decir que lo hayamos procesado igual, ni hayamos extraido las mismas conclusiones, ni que las mías sean acertadas, ni nada por el estilo. De hecho, normalmente soy el equivocado.
        Juancho: supiera lo que supiera Elcano (nunca se lo he preguntado, ni tampoco he encontrado documentos que digan que pensaba que era redonda, o que no lo era), lo que he querido expresar, con mi nivel de parvulario, es que las elecciones que uno toma, teniendo en cuenta las posibilidades estadísticas de éxito o fracaso, y no las que le dictan sus intestinos, o su cabeza, o, porque no decirlo, sus pelotas u ovarios, no comprenden algo tan humano como los miedos, el afán aventurero del que hablaba Javier, las necesidades de comer, el sentirse mejor, la rabia por perder a alguien…
        En resumen, lo que quería decir, pero como soy un niño de 6 años no he sabido hacer correctamente, es que un artículo así olvida una parte importantísima del ser humano que no puede comprender, y que está ahí, y existe: los sentimientos, las sensaciones, los miedos, los anhelos, las ganas de tocar las narices… Claro que si hacemos más caso a las estadísticas tomaremos mejores decisiones, pero no nos equivoquemos, la gente seguirá sintiendo miedo, frío, olor a mierda… y ése es un factor que las estadísticas no pueden comprender.
        Perdón por ser pesado, es que en la guardería no me han regañado todavía por llorar si no estoy de acuerdo con algo.

        • Ni te molestes, lo de “el corazón tiene razones que la razón no entiende” es demasiado complicado para algunas personas. Lo de ponerse unas gafas para ver la vida solo a través de las probabilidad me recuerda al protagonista de ‘Big Bang Theory’. El reduccionismo resulta bastante cómico, en el fondo.

        • Paco, cuando dices en tu primer comentario que prefieres tu intuición, espero seas consciente de que nuestra intuición y nuestros sentidos nos llevan a confiar en que la tierra plana. Gracias a la física y las matemáticas hemos podido comprobar que no es así.

          • La intuición de algún griego demostró que la tierra era redonda por la curvatura del infinito al mirar al mar… Pero repito, no estoy diciendo que no crea en las matemáticas (me siento como Simeone, debo explicarme muy mal), simplemente creo que hay cosas que no se pueden medir ni calcular ni explicar científicamente. De ahí a concluir que “odio” la ciencia va un trecho. Lo que hice en el primer comentario se llama hipérbole, es una exageración de los términos. Y creo que soy consciente de que la tierra es redonda.

            • La intuición no le dijo nada de eso. De hecho, lo que dijo Aristóteles iba en plan “mis sentidos y mi intuición me dicen que la Tierra es plana, pero la observación y la lógica me dicen que es redonda, luego es redonda”. Y era redonda.
              ¿Que la gente seguirá sintiendo frío, miedo y olor a mierda? Sin duda. Pero ¿qué tiene que ver eso con comportarse de acuerdo a la lógica y no al instinto? ¿Has visto a algún niño cuando ve un juguete que le gusta en manos de otro niño? Se lo quita. Sin embargo no aprobamos ese comportamiento, por muy instintivo e intuitivo y natural que sea. En sociedad, no nos comportamos de acuerdo a nuestros instintos, sino de acuerdo a ciertas leyes guiadas por la lógica.
              Y el artículo viene a decir que aún no la usamos bastante. Dices que no se puede cambiar a la gente. Yo digo que la gente está constantemente cambiando. ¿Que siempre existirá el miedo y el afán de aventura? Por supuesto. Pero mi bisabuelo decía que el ruido de los cables eléctricos lo hacían demonios, y sin embargo la gente ya no tiene miedo de tener electricidad en sus hogares. Bien explicados, los miedos infundadados de la gente desaparecen.

  2. Utilizar las cifras absolutas de personas heridas según la causa, para sugerir que se debería tener más miedo a un aparato de alta fidelidad o a un bolígrafo que, por ejemplo, a unos patines es un claro ejemplo de anumerismo.

    Habría que dar las cifras relativas (heridos por artículos de escritorio entre usuarios de artículos de escritorios; heridos por patines entre usuarios de patines; etc).

    Un saludo.

    • Es lo mismo que he pensado yo. Si 4 millones de personas usan minicadenas y 40.000 personas usan un monopatin al dia, y en ambas se hieren 40.000 personas, usar un monopatin es mucho mas peligroso, no?

      • Y eso por no mencionar que una herida con un equipo de alta-fidelidad puede ser un calambrazo y una con un monopatín una conmoción cerebral o un brazo roto. La gravedad de la lesión no se ha tenido en cuenta en el artículo (supongo que sí en los estudios a los que se refiere).

  3. Que maravilla de artículo

  4. Pingback: La probabilidad de la improbabilidad: el riesgo de morir en una escalera

  5. Nunca he tenido miedo de volar en avión,un ataque terrorista (aunque casi me toca uno de ETA) o cosas de ese estilo, pero ahora tengo que salir de casa y me da miedo bajar las escaleras ^^

    Es broma, pero el artículo es muy bueno e interesante

  6. Y cual es la probabilidad de que falle el cable del ascensor?

  7. Tal y como ya ha comentado MG, comparar cifras absolutas en el número de accidentes por uso de aparatos de música con el del uso de patines no es correcto.

    Lo que realmente indica el riesgo de una actividad es la probabilidad de que realizando esa actividad sufras un accidente. Es decir, “N° accidentes/usuarios de esa actividad”.

    Por ejemplo:

    – 44.000 accidentes de monopatín / 88.000 usuarios de monopatín = 50% probabilidad
    – 46.000 accidentes minicadena / 184.000 usuarios de minicadena = 25% probabilidad

    Peligrosidad del monopatín >

    • No solo eso, también habría que ver la gravedad de los accidentes, no es lo mismo hacerse un corte que necesite un poseer de puntos que caerse del monopatín y partirse la cadera.

  8. Estupendo artículo. Muy bueno.

  9. Muy buen artículo, de los que te hacen pensar en el tema dias después de haberlo leido sin venir a cuento.

  10. Excelente artículo, pero me gustaría formular una observación.
    Que el gobierno de EE.UU., como consecuencia del 11-S, decide invertir más recursos en la lucha contra al terrorismo, dejando sin recursos a otras políticas más importantes (y más efectivas a la hora de salvar vidas humanas), puede ser una decisión “irracional” desde el punto de vista del bien público, pero no desde una perspectiva “estratégica”: por ejemplo, porque al gobierno le interesaba defender el orgullo nacional y la IDEA de seguridad nacional que mejorar DE VERDAD las condiciones de vida.
    Además, no se tienen en cuenta las consecuencias no previstas: si el gobierno de EE.UU. no hubiese reaccionado de manera paranoica, tal vez se hubiesen podido presentar comportamientos peligrosos por parte de muchos ciudadanos, sintiéndose “abandonados” por el gobierno.
    En fin, quería solo destacar que a veces hay decisiones que parecen irracionales (y lo son a la luz de un calculo de probabilidad limitado), pero que no lo son en la mente de aquellas personas que saben comprender (y/o manipular) la naturaleza instintiva del ser humano.
    Las ciencias no se limitan a la neurobiología o a la medicina, existen también las ciencias sociales. Las he echado muy en falta en este artículo.

  11. Magnífico artículo. Echo de menos una referencia importante al tema, los “Micromorts”

    http://en.wikipedia.org/wiki/Micromort

    Desarrollados por Ron Howard. No el actor y director, sino el creador de la teoría de toma de decisiones y profesor de Stanford.

  12. Solo diré que soy un profundo admirador de Sergio Parra sus 4 articulos acá fueron suficientes para ver sus grandes capacidades, felicitaciones y espero más de este tipo de trabajos.

  13. Pingback: Enlaces Recomendados de la Semana (Nº268) | netgueko

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  15. Buen artículo. ¡Gracias!

    El miedo es un motor poderosísimo. Ya se vio, por ejemplo, cuando Michael Moore habló sobre el asunto de la tenencia de armas en EEUU: ya no es sólo el poder de un lobby como es el caso de la Asociación Nacional del Rifle, sino que en los medios de comunicación, precisamente porque dar noticias de desgracias da mayores audiencias, constantamente se da la impresión de que vivimos bajo asedio y, claro, así es más fácil convencer a la gente de que es poco menos que obligatorio tener un arsenal en casa para defender a los tuyos. Lo hemos visto tantas veces en series y películas que ya aburre…
    Y muy llamativo, a mi entender, ese caso de una directiva para proteger a los trabajadores de la sobreexposición a un contaminante: el gasto resulta ingente comparado con las vidas salvadas, con lo que cabría la tentación de decir, “pues anulemos esa directiva: total, para lo que sirve…” Craso error: sobre la marcha nos veríamos desbordados por una avalancha de artículos diciendo lo necesarísimo que es mantener esa prohibición porque, de lo contrario, nuestros nietos nacerán con la cabeza del tamaño de un aeroplano o con tres piernas… No hay nada como vender seguridad, el producto o la ley que nos va a proteger al 200% aunque no se sepa mu bien de qué: te compran la mercancía seguro… Que se lo pregunten a los políticos, que no saben hacer otra cosa. Mienten siempre y, aun así, les seguimos comprando esa mula vieja…

  16. Muy buen artículo, lo disfruté demasiado y por supuesto ya no veré las escaleras o las salchichas de la misma manera.

  17. El texto queda afeado por la incorrecta forma de nombrar a Taleb. No es Nicholas Taleb Nassim, sino Nassim Nicholas Taleb.

    Otra cosa. En mi modesta opinión, la frase “En el transcurso de los siete años posteriores al ataque, el gobierno gastó 300.000 millones de dólares en reforzar la seguridad interior, lo que elevó el coste de cada vida salvada en función del número de muertos que probablemente se evitarían a una cantidad que oscila entre los 64 y los 600 millones de dólares” no dice nada. ¿Quién puede hablar, seriamente, de ese número que “probablemente” se evitó? ¿”Probablemente”… partiendo de qué? ¿Quien sabe si se evitó un atentado con un número de víctimas superior tres, cinco o ene veces al 11S?

  18. interesante pero a muchas afirmaciones del articulo no les veo la logica, por ejmplo como puede ser mas probable ser presidente de los estados unidos que morir en un accidente de avion.Si presidentes hay como mucho uno cada 4 años y aunque los accidentes aereos en usa no sean tan frecuentes en una decada hay uno por lo menos (en realidad siempre mas de uno) y cuando sucede un accidente aereo muere un gran numero de personas, o sea que en una decada tenemos como mucho a tres presidentes y como poco cien victimas de accidentes aereos,por pura lugica la afirmacion del profesor del mit es un disparate y como esta hay unas cuantas mas en el articulo

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  24. Me ha parecido muy interesante.
    Es un tema de Big Data y movimientos de masas.

    Por ejemplo, (vean el punto 5 y 6 si quieren ir del tirón al asunto), los datos demuestran que al obligar por ley a llevar casco en la bicicleta, se desincentiva el uso de la bicileta y esas personas al ir en coche o moto tienen mucha más probabilidad de accidente.

    http://www.enbicipormadrid.es/2013/03/el-casco-cicista-por-ley-en-contra-de.html

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  26. El ejemplo del formaldehido, refleja que las grandes decisiones políticas tienen su fundamento en el miedo, pero se trata del miedo de los políticos a perder el poder.

    En el caso del formaldehido, la opinión pública dice que esas muertes tienen una responsabilidad ajena, en cambio, el cáncer es una enfermedad que “si te toca, te toca”, es decir, que es fruto del azar. En el momento en el que se logre girar la opinión de las personas hacia el “se puede evitar”, la opinión pública exigirá, y los políticos actuarán.

    Algo parecido ocurre con el terrorismo. EN occidente todos somos Charlie Hebdo, y lo que ocurre en Nigeria trae más o menos al pairo. Y eso es así porque no estimamos un riesgo real.

    El miedo viene de nuestra falta de control sobre las demás personas, o sobre el entorno. Por ello, no tenemos miedo a lastimarnos con un lapicero, pese a que la probabilidad sea más alta que a morir por un atentado, ya que, si ambas cosas ocurren, la primera se podía haber evitado cogiendo el lapicero de otra manera (e.g.), en cambio, difícilmente podía haber evitado que ese terrorista se inmolara.

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  29. Dudo que nadie inteligente haya dicho eso sin rectificar enseguida: “como señaló Arnold Barnett, profesor del Massachussetts Institute of Technology (MIT), un niño estadounidense tiene más probabilidades de ser escogido como presidente de su país en algún momento de su vida que morir en un avión de pasajeros.”

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