Alberto Vázquez-Figueroa: «El mundo en el que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra» - Jot Down Cultural Magazine

Alberto Vázquez-Figueroa: «El mundo en el que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra»

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Es conocido como prolífico escritor que vende libros como churros y como polémico inventor que se queja de que por culpa de la corrupción de los políticos no se llevan a cabo sus ideas. Pero Alberto Vázquez-Figueroa (Santa Cruz de Tenerife, 1936) también recorrió el mundo en la época del periodismo «romántico» de Televisión Española. Estuvo presente en guerras y desastres naturales y, además, se codeó con el glamour del mundo del cine. Fue testigo privilegiado del siglo XX, una época en la que nuestro mundo, bajo una mirada actual, parece otro planeta.

Su familia quedó destruida por la Guerra Civil.

Sí, nací en octubre del 36. Cuando vine al mundo mi padre ya llevaba tres meses preso en un campo de concentración. Fue de los primeros que cogieron en Tenerife. Luego le deportaron a África. Todas estas crueldades provocaron que mi madre sufriera mucho y falleciera. Después, mi padre enfermó de tuberculosis, estuvo seis años en un sanatorio y se salvó de milagro. Mi hermano se fue a Venezuela y a mí me tuvieron que mandar a vivir con unos tíos al desierto del Sahara.

Cómo fue pasar la adolescencia en el desierto.

Al principio me pareció horrendo, monstruoso, con tanto calor. Y a mis tíos no les había visto nunca antes. Mi madre acababa de morir quince días antes de que yo llegase, mi padre estaba en el sanatorio de tuberculosos, que era en aquella época como la antesala de la muerte, mi situación era verdaderamente espantosa. Pero puedo decir que llegué al desierto llorando y al cabo de los años me fui llorando. Porque luego me iba con mi tío de expedición, con doce o trece años me pasaba todo el día con los tuaregs y los camellos cazando y pescando, ya que estábamos cerca de la costa. Era una vida libre y feliz como no ha tenido ningún niño. Si exceptuamos que era huérfano y que echaba de menos a mis padres y a mi hermano, fue maravillosa.

En el desierto su familia tenía un esclavo.

Teníamos un muchacho alto, grande, enorme, que ayudaba en casa. Se ocupaba también de la granja, donde había avestruces, gacelas, gallinas y conejos. Hacía todo. Hasta jugaba conmigo, con un tren de cuerda que tenía yo. Me acuerdo de que un día le vi llorando, le pregunté por qué y me contestó que estaba llorando de alegría. Mi tío le había adelantado el sueldo de un año para que comprase la libertad de su novia. Él había comprado la suya propia hacía años, pero ahora necesitaba la de la mujer con la que se iba a casar. Todo esto quiere decir que en 1952, en pleno franquismo, había esclavitud.

Y no podían denunciar su situación a las autoridades españolas. Había ley del silencio. Si lo denunciaban, su familia recibía un castigo. Era algo que estaba en la tradición de esos países. Viene de milenios.

Este era de origen senegalés, pero creo que ahora mismo, el 90% de los niños que recogen el cacao en Costa de Marfil, donde se produce el mejor cacao del mundo, son esclavos. Han sido comprados en Mali o en Níger. Tienen ocho o nueve años y tienen que cortar la piña del cacao con unos machetes tales que luego la mayoría de ellos acaban mancos. Esto está ocurriendo ahora mismo. Todos los días. No debe extrañarnos, es propio de África. También pasa en Sudamérica. Contratan a un trabajador y con las cosas que le dan el primer día para vivir y trabajar le cobran tanto que nunca podrá pagar la deuda. No deja de ser lo mismo que nos está ocurriendo a los españoles. El banco nos pone unas condiciones para tener una casa que nunca acabaremos de pagar. Siempre serás un esclavo. El mundo en que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra.

¿Cómo fue el regreso del desierto a Tenerife, de la libertad total a un colegio de curas de los de entonces?

Tenía dieciséis años y me pusieron a estudiar con chicos de mi edad. Había cosas que no podía saber. Mi tío tenía una gran biblioteca y yo sabía mucho de historia, de geografía o de literatura, pero no tenía ni idea de latín, matemáticas o química. Concretamente, mi latín era monstruoso, ¿pero sabes una cosa? A los pocos meses yo era el que mejor hacía las traducciones. Tan bien que el cura se ponía detrás de mí para ver cómo copiaba. Le tenía muy mosqueado porque yo no sabía ni declinar. Entonces un día me dijo que si le confesaba mi truco para copiar, me aprobaba lo que quedaba de curso.

Le dije. Mire, lo que hago es que me he dado cuenta de que siempre pone traducciones de la Guerra de las Galias, de Julio César, y en un mes me aprendí el libro en latín y en español. Le reté a que abriera el libro por donde quisiera que se lo traducía de corrido. Me contestó que vale, pero que en el examen de grado llevase cuidado. Ese día el que cuidaba el examen empezó a escribir en la pizarra y antes de que acabara yo ya le había entregado el examen. «¿Qué pasa, te retiras?» —me preguntó—. Y yo: «No, que ya he acabado». En toda mi vida solo he recibido una matrícula de honor, esa.

Pero oye, después de tantos años, creo que tengo mejor capacidad para entender el latín que los que se tuvieron que estudiar las declinaciones una por una. A mí todavía me suena todo lo que me aprendí de memoria, pero ellos que estaban como en La vida de Brian con el romano corrigiendo…

La conclusión es que hay que recurrir a caminos diferentes. Eso es lo que he hecho yo en esta vida. Hace unos años me llamaron para dar una conferencia a catedráticos de ciencias en la universidad, y yo de matemáticas ya te digo que no tengo ni idea, que para multiplicar siete por nueve me lo tengo que pensar y de las raíces cuadradas, ni idea. Pero me querían ahí porque se habían dado cuenta de una cosa. Habían seguido mis inventos y se veían que yo llegaba a mis conclusiones empleando la lógica, que es lo que es la matemática, la lógica por excelencia. Querían que les explicase cómo mezclaba mi imaginación con la lógica. Cómo llegar donde los demás no llegan con ideas que en principio pueden parecer absurdas.

En los cincuenta llegó a Madrid a estudiar Periodismo.

A Madrid llegué con mil pesetas. Me las tuvo que enviar mi hermano desde Caracas. Mi padre quiso que estudiara Arquitectura y le dije que si yo hacía un edificio se caería y morirían todos dentro. Como en el desierto había leído mucho, lo que quería era ser escritor. Soñaba con escribir. La opción que tenía era estudiar Periodismo. Entré en la escuela de Zurbano, en el curso del 59, fuimos los últimos antes de que pasara a la universidad. No veas qué hambre pasé en Madrid.

La ciudad era hambre y frío. Vivíamos en una pensión que era un sótano, en Modesto Lafuente, 12. Teníamos derecho a una ducha de agua caliente una vez a la semana. Cuando vieron que yo me duchaba todos los días me dijeron que si estaba enfermo me tenía que ir a mi casa. Le tuve que explicar a la señora que yo me duchaba todos los días. También teníamos derecho a un huevo frito a la semana, el resto eran garbanzos y lentejas. Los días que no teníamos clase nos quedábamos en la cama para no gastar calorías. Tuve suerte, que logré meterme en lo del buceo.

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Con Jacques Cousteau.

Un día me encontré con que pedían buenos nadadores en una prueba para estudiar con Cousteau. La pasé porque yo nadaba bien y fuimos a una escuela de buceo en Valencia. En el barco comía excelentemente y vivía bien. Ser buceador entonces estaba genial, era como decir que eras astronauta. Y empezaban a llegar las primeras extranjeras a la Cosa Brava…

Cousteau era un hombre extraordinario, pero con muy mal carácter como militar. Era brillante y duro. Pero tenía razón, decía que los que aprobaran con él y dieran clase de buceo a otros debían ser absolutamente profesionales porque si no mucha gente iba a morir. De hecho, mucha gente ha muerto por hacer mal uso de sus escafandras. Cousteau nos tenía firmes.

En su escuela la última prueba que nos hacían era cortarnos el aire a cincuenta metros. El susto que te llevabas era de muerte. Lo que querías era salir a toda velocidad y ahí te suspendían, porque tenías que subir lentamente, a esa profundidad la presión en el interior de tu cuerpo sigue siendo grande y si subes rápidamente revientas. Era el último examen.

El buceo era realmente peligroso. En el primer congreso mundial de actividades subacuáticas todos buceamos en una cueva, se nos fue la luz y pasamos mucho miedo. Juramos todos no volver a meternos jamás en una cueva. Y el catedrático de Oceanografía de la Universidad de San Diego volvió a meterse, en Las Calanques de Cassis, en Marsella, y desapareció. No lo encontramos hasta un año después.

Lo bueno es que me libré del servicio militar con esto del buceo. Un día lo hice, juré bandera y me dieron la paga de golpe, fue como si me tocara la lotería. La gente pasándolas putas en el ejército un año y pico y yo haciendo lo que me gustaba en el barco.

Pero le tocó rescatar los cadáveres de la catástrofe de Ribadelago, en Zamora.

Un día estaba en la Escuela de Periodismo y me vino un profesor preguntándome qué había hecho, que me estaban esperando dos policías. En el año 59 dos policías secretos preguntando por ti era muy grave. Era para ponerse nervioso, digamos. Pero me dijeron que no me preocupara, que había habido una inundación que había arrasado un pueblo. Que sabían que yo era de los pocos profesores de buceo que había en España y me necesitaban para organizar un equipo de rescate de los cadáveres.

Reuní a quince de la escuela de Valencia y salimos al día siguiente en coches escoltados por la policía con sus motos. Imagínate lo que era una carretera a Zamora por aquel entonces. Fue una noche infernal. Llegamos al amanecer y el pueblo estaba completamente destruido. La primera imagen que vi nada más llegar fue una señora gritando desesperada: «¡Aquí vivían mis hijos y mis nietos y no queda nada!».

No se veía nada debajo del agua, era todo barro. Y estaba casi a cero grados. En aquel tiempo no había trajes de inmersión y lo pasé muy mal, la verdad. Al salir del agua tenía que meter las manos en un cubo de agua caliente porque no podía tocar nada del dolor. Sacábamos solo pedazos de cadáveres, nunca los cuerpos enteros porque estaban mezclados con otras cosas. El ejército protegía para que la gente y los curiosos no vieran lo que sacábamos. Salíamos, echábamos trozos de personas en un saco y volvíamos. Diez días. Hasta que decidí que íbamos a morir si seguíamos buscando a los que quedaban, que ya iban a estar en avanzado estado de descomposición. Se prohibió pescar en el río durante dos años, que había unas truchas tremendas, y nos fuimos.

Fue una experiencia horrible. Ibas a tientas, a los cinco minutos ya estabas tiritando, tocabas un cadáver, se revolvía una trucha y te dabas un susto de muerte. Muy desagradable. Estuve varios días sin dormir, pero decidí que no iba a volver a pensar más en eso. Y no lo hice. Solo cuando volví al lago cincuenta años después, porque me llamaron. Pero en esta vida, haciendo estas cosas, o ser corresponsal de guerra, tienes que distanciarte totalmente de lo que haces. En la guerra, veas lo que veas, al día siguiente tienes que olvidarte.

Si como corresponsal de guerra terminas alcohólico o drogadicto para olvidar las barbaridades que has visto, si para resistir la profesión tienes que refugiarte en eso, mejor dedícate a otra cosa. Es como si a un médico porque se le ha muerto un enfermo en el quirófano esa noche se tiene que emborrachar. Al día siguiente se le mueren todos.

Sus primeras entrevistas fueron personajes como Pío Baroja, Hemingway…

Sí, pero no te creas que Baroja me pareció especialmente interesante. Me gustó mucho más Wenceslao Fernández Flórez, que era muy inteligente, brillante. Vivía en una casa de esas antiguas, viejísimas, todo estaba oscuro, y ahí estaba él en un sillón, con una chispa y una gracia… Y a Hemingway lo entrevisté en un hotel que hay en El Escorial. No me gustó. Salí mosqueado con él. No me gustó personalmente. Además, fui un apasionado de su literatura hasta que leí que mató a un búfalo y se regodeó disparándole en los pulmones para que tardase en morir y poder describir su agonía. Si tienes que cazar, y yo he cazado mucho, ya sea por necesidad, porque hay que controlar una plaga, siempre hay que ser lo más rápido posible. Lo que no puede ser es que para describir una agonía, para que te lean, mates. Ya sea un búfalo, una persona o lo que sea. Ahí me acabó de decepcionar del todo y eso que era uno de mis héroes.

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Usted cazaba elefantes.

Yo era regulador. En África hay épocas en las que hay demasiados elefantes, se vuelven viejos, pierden dos juegos de muelas y atacan los poblados y se comen el maíz y la yuca. En una noche, te arrasan un poblado. Y se vuelven, como todos los viejos, de mal genio y matan. En los poblados les atacan con armas de bajo calibre, pero yo he visto elefantes matar a personas. A uno de mi compañeros. En estas circunstancias hay que perseguirlos y matarlos. A veces hay que elegir entre un elefante y cincuenta animales distintos, jirafas, leones… porque un elefante bebe y come por veinte animales diferentes y arrasa. Los elefantes pueden ser encantadores, pero también pueden abusar y los demás animales no tienen la culpa. Eso de que el rey de la selva es el león, ¡por aquí!

Una vez cazando nos salió un gorila en el Monte Chocolate, en Camerún. Y Mario, mi compañero, que era un gran cazador, se quedó quieto. Con un gorila delante que había salido de la nada. Yo: ¡tírale, tírale! El gorila gritando. Me cagaba por la pata abajo, pero al rato se dio media vuelta y se marchó. Me dijo Mario: «Llevo el arma cargada con balas de elefante, al que tienes que tirar con balas de acero con punta afilada y darle en la sien o en la frente, porque si no es como si le dieras una patada en el culo, viene y acaba contigo en el acto. Sin embargo, si le tiras a un gorila con bala de acero de estas, lo atraviesas, ni lo nota, y viene y te aplasta la cabeza de un manotazo. Al gorila le tienes que tirar con bala de plomo y abierta». El tío sabía dónde iba.

Es como la guerra. Si vas a una a campo abierto, coge un jeep con el depósito bien cargado de gasolina por si tienes que salir de najas, que no sabes dónde podrás parar. Pero si estás en una batalla en la ciudad, coge un coche pequeño, mejor si tiene el motor atrás, y que vaya siempre con la gasolina justa para ir y volver, porque es muy posible que una bala le dé al depósito. Y si te matan, mejor que te disparen, que no te enteras, que quemarse vivo, ¿no? Son cosas que uno tiene que aprender.

A mí en la batalla del Puente Duarte en la República Dominicana me pegaron un tiro y no me enteré hasta que llegué al hotel. Me dijeron nada más verme: «Oiga, está sangrando mucho». La bala me había atravesado la pierna. Pero en el momento ni te das cuenta. La adrenalina es muy alta… Pero yo estaba deseando que hubiese guerras para ir.

¿Cómo?

Sí, por la experiencia que adquiría para poder escribir. Hombre, si me hubiera quedado en Madrid habría escrito dos libros, tres, pero llega un momento en el que se te acaba la experiencia. Y también que ganaba mucho dinero. Tenía un coche deportivo blanco, descapotable, el único que había en Madrid. Aparcaba donde me daba la gana. En mitad de la Gran Vía…

En República Dominicana dio una exclusiva mundial para La Vanguardia.

Allí conocí al político más decente que he visto en toda mi vida, Héctor García Godoy, que por supuesto fue envenenado. La primicia mundial fue una entrevista con Juan Bosch, presidente depuesto por un golpe de Estado a los seis meses de ser elegido. Con esa exclusiva, precisamente, conseguí comprarme el deportivo. Durante la revolución contra los militares golpistas, recuerdo que la ciudad estaba dividida. A un lado los de izquierda y del otro los militares. Había un guerrillero, «Comehombres», cuya familia se había quedado del lado controlado por los militares. Este había matado a no sé cuánta gente, era muy valiente. Pero también muy simpático. Una vez [risas] un tío haciéndose el valiente se puso enfrente de él, como haciéndose el pistolero del Oeste, se apoyó en el revólver y se disparó en el pie sin querer. Mira… qué risa. Bueno, pues una noche Comehombres fue a visitar a su familia. Cruzó la línea que dividía la ciudad, entró en su casa y le estaban esperando. Se armó un tiroteo enorme. Los periodistas fuimos con monseñor de Agostini, el nuncio de su santidad. Había un tiroteo del diablo y nosotros nos metimos corriendo debajo de los coches. Pero el nuncio no, se puso en medio de ellos gritando: «¡Hijos míos, hijos míos, no os matéis!». Y se oyó una voz que decía: «¡Coño! ¡Un cura! ¡mátalo, mátalo!».

En la África que conoció usted todavía había leprosos… caníbales.

Los leprosos estaban por todos los lados. En la calle, pidiendo limosna, en cualquier poblado. Pero si te preocupabas de eso no podías ir a África. Allí hace calor, hay serpientes, mosquitos y… leprosos. Si te estás preocupando por todas estas cosas no vas. He visto leprosos sin manos, sin ojos, pero estás allí, ¿qué vas a hacer?, ¿levantarte la falda y salir gritando? Lo de los caníbales fue distinto. Se comieron a un amigo mío. Pero fue una cuestión ritual. Él era un gran cazador, muy valiente, también era muy apuesto, tenía mucho éxito con las mujeres, y en su pueblo le mataron para comerle el corazón. Fue más un rito, no fue por hambre. No conozco en África casos de uno que se coma a otro por el placer de comérselo, era más ritual religioso.

Estuvo en varios terremotos.

El terremoto de Perú, por ejemplo, fue más duro que una guerra. Fuimos a un pueblo que se supone que estaba en lo alto de una montaña y cuando llegamos arriba no había nada. Había fango y alguna roca. Aparecieron unos indios, les preguntamos por el pueblo y dijeron que estaba ahí. Completamente sepultado. Como el lago de Sanabria, pero a lo bestia. Acabó con veinte mil muertos. Fue duro. Luego viví otro en Chile y otro en Guatemala. En el de Guatemala me desperté de repente y me di cuenta de que la cama estaba donde la puerta y no podía salir de la habitación. Logré bajar a preguntar qué pasaba y me dijeron: «Ha habido un terremoto del diablo, todo el mundo ha salido a la calle, ¿no se ha enterado? Pues bendito sueño tiene». Estaba dormido como un ceporro. Y en Chile, iba conduciendo y de repente vi cómo la carretera se ondulaba como una ola, la pasé y seguí. Los terremotos dan una impotencia…

Le gusta ir a Las Vegas a jugar.

He ido alguna vez, ya menos. Solía ir a Las Vegas y también a Polinesia, a Bora Bora. Las Vegas me gusta mucho, me divierte. Es un lugar curioso, hay mucha gente rara. Me encanta su historia. Pero tampoco es algo que me vuelva loco. Al tercer día estoy deseando irme. Solo una vez me fui ganando dinero. Un día me volvía ya a España y en el aeropuerto me di cuenta de que me quedaban todavía dos horas. Cogí un taxi, que conducía un mexicano, y le dije: «Llévame a Caesar´s y ven a buscarme a tal hora sin falta». Comí, me puse en la ruleta y empecé a ganar y ganar y ganar. De pronto, apareció el taxista y me dijo que me tenía que ir, que tenía el equipaje en el avión. Me tuvo que arrancar de la ruleta y así me fui ganando mucho dinero de un casino por primera vez en mi vida. Si hubiera seguido, me lo habría gastado. Le di cien dólares de propina al taxista y me dijo rápidamente: «¿A qué número estaba jugando?».

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También se dejaba usted ver mucho por el Festival de Cannes.

En el mundo del cine, el productor Giovanni Bertolucci era como mi hermano. Con él hice Tuareg y Océano. Y Bernardo era muy amigo mío también. Siempre estaban juntos, venían a pasar las Navidades a Lanzarote. Cuando murió Giovanni, para mí fue como perder a un hermano. Creo que fue mi mejor amigo. Lo sabía todo sobre el cine, era una enciclopedia. Había producido a Visconti y no veas qué historias te contaba. Esa época de los grandes productores se acabó. Ahora son todos ejecutivos. Antes un productor creía en las películas, se involucraba en ellas.

También yo era amigo de Berta, la mujer de Ilya Salkind, uno de los mayores productores independientes del mundo. Un día en Cannes me invitaron a comer en la playa y me dicen: mira arriba. Empezaron a aparecer aviones. El primero llevaba un cartel detrás que ponía: «Ilya Salkind presenta». Y el de detrás: «Superman». Y otro avión más: «Superman». Y otro y otro. Luego en la cena le dijo a todo el mundo: «Señores, con ustedes, Superman». Corrió una cortina y apareció Christopher Reeve vestido de Superman. Solo con esa presentación y con que Marlon Brando hacía el papel del padre, ya vendió la película. Ganó una fortuna en un día.

Allí se hacían las cosas así. A mí una noche en el casino me llegó Georges-Alain Vuille y me dijo: «Me he leído su novela, quiero hacer una película grande, muy importante. ¿Me vende los derechos? ¿Le parece bien cien mil dólares?». Le dije que sí, fuimos por la noche al hotel y firmé. Después, a las cuatro de la mañana me encontré al productor español Emiliano Piedra, que había venido conmigo. Le dije: «Emiliano, Emiliano, oye, que he vendido los derechos de Ébano por cien mil dólares». Y me contestó: «Joder, y luego me dicen a mí que soy un borracho» [risas].

Esta película la quería hacer Franco Cristaldi, el productor de Fellini, pensando en que la protagonizara su mujer de entonces, una etíope bellísima. Pero en cuanto me ofrecieron tanto dinero acepté en el acto. Negociando con Cristaldi, recuerdo que íbamos en el coche por Roma y señalándome una esquina me contó: «Ahí empezó mi suerte. Yo era jefe de producción y cruzando la calle me atropelló un coche. Lo conducía un chófer con un hombre muy rico detrás. Desde el principio, se dieron cuenta de que era culpa de ellos. Estuve ingresado un año, me rompieron todos los huesos, y este hombre vino a verme constantemente. En el hospital, me dijo: “Has perdido un año de trabajo. ¿Qué quieres que haga por ti, cómo puedo compensarte?”. Y contesté: “Tengo un guion que me gusta mucho y hay una actriz que lo puede hacer, quiero que me deje el dinero para producir la película”». Y esa película era La chica con la maleta, con Claudia Cardinale, que encima Franco terminó casándose con ella. Así llegó a ser el productor que más Óscar y premios en Cannes ha conseguido en todo el mundo. Entre otras cosas, porque hizo las de Fellini.

El mundo del cine era muy divertido. El de los editores de libros es mucho más aburrido, son gente demasiado intelectual. Aunque ahora la gente del cine se ha convertido en tíos que llegan y suman, dicen dos más dos son cuatro. Es decir, una película con fulano, fulano y fulano, suman, y restan, coches que vamos a romper, explosiones, balas… ¿argumento? Me da igual. Echan la cuenta y dicen: Vamos a ganar un 6%. Pues vale. La hacemos. No tiene nada que ver con antes, con esos productores con una visión romántica del cine, que o se hacían millonarios o se arruinaban con una película. Siempre digo que un amigo mío se hizo millonario jugando al parchís. Sí, tenía veinte millones de pesetas e hizo la película del grupo Parchís. Ganó mil millones. Mil millones, la vendió por todo el mundo. Otros amigos míos han invertido mil millones y se han arruinado.

Ébano tuvo un cartel de lujo: Michael Caine, Peter Ustinov, Omar Sharif.

Con Michael Caine no tuve mucha relación. Peter Ustinov, sí, era un tío muy inteligente. Y Omar era excepcional. Uno de los hombres más inteligentes que he conocido en toda mi vida. Le podías dar un libro en cualquier idioma, se lo leía en una noche y al día siguiente lo sabía todo sobre la historia. A las mujeres cuando le veían se les caían las bragas.

Polanski también fue amigo suyo.

Era mi vecino y solía hablar con él. Tenía su casa al lado de mi chalé en Gstaad, en Suiza. Una vez me invitó a una fiesta que organizó. Nada más entrar, a mi mujer, que estaba embarazada, le dijo: «No puedes comer de esto, ni de esto, ni de esto». Resulta que toda la cena, los pasteles, las ensaladas, todo, estaban cocinados con cocaína y hachís. Al terminar de cenar, todo el mundo estaba bailando. Helmut Berger me quería sacar a bailar a mí. Me dijo: «¡Soy la mujer de Visconti!». Lo que sí era fue un absoluto indeseable, un chapero de lujo. Mi amigo Giovanni lo odiaba, había trabajado con él y decía que era una niña caprichosa. Nos fuimos de la fiesta. Porque una cosa es ser un mujeriego y otra ser un crápula. Yo jamás he probado el mundo de la droga ni me gusta el alcohol. Por eso dentro de ese mundo, tanto los drogadictos como los alcohólicos se me vuelven muy pesados. Son aborrecibles, incluso amigos muy valiosos que tengo, se beben dos copas y cambian completamente. Por eso yo no me he metido ni un pito de marihuana. Todo lo que me pueda cambiar no me gusta, porque no eres libre de ser tú mismo. Con las mujeres también te vuelves loco, pero de otra manera mucho más divertida.

Pérez Reverte es fan suyo.

En una cena me dijo que leía mis libros y que con quince años quería ser como yo, corresponsal de guerra y escribir. Le dije que si eso era lo que quería lo estaba haciendo muy bien. Y, de hecho, lo está haciendo muy bien. No es como otros escritores que van de escritores y son unos cuentistas. Porque en este mundo de los escritores los hay que viven de la novela pero son más los que viven del cuento.

En una entrevista reciente en El País titulaban que usted había dicho: «He escrito mucha mierda en mi vida».

El País para esa entrevista envió a una periodista de cotilleo. No me di cuenta y nadie en el periódico me lo advirtió. Y me pareció muy mal que cuando sale una novela mía, me envíen a una periodista de cotilleo. Poner eso como titular ya te indica que su capacidad como periodista es muy mala, que lo que quiere es llamar la atención. ¿Y lo que dijo de que tenía en mi estantería un homenaje a mí mismo porque estaban todos mis libros? ¿Pues qué voy a tener? ¿Cómo no voy a tener todos mis libros? Es mi vida. Ni siquiera he leído la entrevista que ha publicado. Todo esto me lo han dicho. Las críticas tampoco las leo nunca. Si quieres llegar a algo en este mundo, tienes que librarte de lo que piensen los demás. Yo escribo y si gusta, gusta, y si no, pues nada. ¿Qué voy a hacer, lo que dicen los críticos que hay que hacer? Pues mejor que escriban ellos las novelas, ya que saben tanto. Claro, que luego te encuentras con casos como la novela que escribió un crítico que dio el paso e iba sobre una esclava. Ponía «En el silencio del poblado del desierto, tan solo se escuchaba el resonar de los cascos del camello contra el empedrado». Madre de dios. Ni los camellos tienen cascos, ni los poblados del desierto empedrado. Qué tipo, ni siquiera se había molestado en ir al zoo a ver cómo es un camello.

Conoció a los grandes políticos de los ochenta, a González, a Suárez.

A Suárez más que a Felipe. A González lo conocí en una cena y la recuerdo porque me dijo que todo el mundo pensaba que los socialistas tenían grandes planes, que estaban haciendo una gran política y me confesó que no. «Yo lo único que hago es tapar agujeros», dijo. «El día a día, que surgen muchos problemas. Lo único que hago, siguió, es que para cada asunto procuro poner a la gente que más sabe de cada cosa». Y esto, hay que reconocérselo, lo hacía a diferencia de otros políticos que he conocido después que creen que se las saben todas. Pero yo no le tenía especial simpatía a Felipe. A Suárez sí. Porque fue mi jefe en Televisión Española, salíamos mucho con él a comer y a cenar, a tomar copas. Hace unos años me encontré en una cena a su hijo y me comentó que le había dicho a su padre «Papá, eres el mejor», y le había contestado «No soy el mejor, soy el presidente». Pero que ya no se acordaba. Qué enfermedad más terrible. Muchos amigos míos la sufren. Ahora dicen que Jack Nicholson, con quien por cierto también estuve cenando en Cannes.

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Ha defendido en varias ocasiones la pena de muerte para los políticos corruptos.

Sí. Pero creo que mejor deberían condenarles a trabajos forzados. No puede ser que señores que han hecho las barbaridades que han hecho en España terminen en una cárcel con su televisión. No, cuando te han pillado, coges y te vas a destruir la mierda de aeropuerto que has hecho, a dejar todo esto como estaba. Porque ya no es lo que roban, sino lo que destruyen para robar. Son aluniceros, que se llevan cuarto bolsos que no valen gran cosa pero te destrozan la tienda.

Cada vez que usted saca un libro aparece también con una gran idea, que si había descubierto una forma de atentar fácilmente en cualquier ciudad de España, que si un invento para convertir el agua del mar en agua potable gratis, otro para apagar los incendios forestales en al acto, ahora la solución al hambre en el mundo… esto lo que parece es una forma de promoción…

No. Dije que se podía desalinizar el agua y, de hecho, se puede. El Gobierno español demostró que era posible. Y en mi novela Delfín hablaba de submarinos para llevar la droga a Estados Unidos y a los tres años lo estaban haciendo los colombianos, ¿por qué? Porque era lógico. Y lo del atentado qué era, pues que entonces se podría prender fuego a todo Madrid por muy pocas pesetas. Le escribí una carta a Ruiz Gallardón, creo que era. Antes, en España había muchas gasolineras donde podías sacar la gasolina sin ningún tipo de control, solo metiendo las monedas. Había una al lado del palacio de la Ópera. Yo escribí mi novela y me pregunté por qué coño los etarras se arriesgaban robando la dinamita en Francia, jugándose la vida, cruzando la frontera, para llegar a Madrid camuflados escondiendo no sé cuántas mil cosas para hacer un atentado. Si lo único que había que hacer era ir una noche a las dos de la mañana a una de estas gasolineras, coger una cerilla y a tomar por culo. Les dije que cerrasen ese tipo de gasolineras que yo iba a escribir mi novela y lo cambiaron al día siguiente de enviar yo la carta. Me contestaron que no se habían dado cuenta. ¿A quién se le ocurre que tú puedas echar gasolina con una manguera? ¿Cómo no lo veían? ¿Eran imbéciles? Y los propios etarras eran los más imbéciles del mundo. ¿Qué pasa, que soy el único que piensa en este país?

¿Es cierto que Esperanza Aguirre le prometió poner en marcha su invento de las desaladoras?

Me llamó el que ahora es presidente, Ignacio González, para decirme que Esperanza quería hablar conmigo. Quedamos y me anunció que iba a ser ministra de Medio Ambiente, acababa de ganar las elecciones Aznar. «Lo primero que voy a hacer como ministra es su desaladora», me dijo Esperanza Aguirre. Pensé que era una señora muy lista, pero al final la que salió fue Isabel Tocino. Aguirre se fue a Cultura. Luego la volví a ver y me dijo que lo sentía, que me había hecho un flaco favor, que le había comentado a Tocino que si quería resolver el problema del agua en España empleara mi desaladora y le había respondido con malos modos que se metiera en sus asuntos. Ya vimos entonces que las desaladoras no se iban a utilizar aunque vieran que era la solución.

Esas desaladoras tenían una caída de seiscientos metros, una obra muy costosa como para que saliera agua «gratis».

Los que dicen eso no saben de la misa la mitad. Luego se evolucionó el modelo. Se llevaba el agua a la montaña. Mira [abre un armario y saca varios informes]. Todos estos estudios son de Tragsa, que es el Estado español. Con esto el agua salía gratis, pero entre dos o tres políticos se llevaron una comisión de un proyecto de tres mil millones que nunca se terminó. Empezaron cincuenta y tantas desaladoras y creo que solo han terminado tres y que no funcionan del todo. Y se le deben mil millones a la Unión Europea. Contra los políticos no se puede luchar.

En otro de sus proyectos posteriores, Babilonia 2000, la ciudad sostenible, una pirámide para cincuenta mil habitantes que funciona con energía solar y eólica. Solo un detalle, dice usted en el gráfico que el aire para la energía eólica entra por unos tubos que, estrechándose, hacen que el aire salga con más presión. ¿Presión? ¿No será con más velocidad? Porque esto es como decir que si yo saco un embudo a la ventana por el pitorro me va a salir aire comprimido…

Claro que sale con más presión. Con más presión y más velocidad, sí, pero sobre todo más presión. Tú metes agua en una tubería ancha y si la vas estrechando la presión va aumentando. Es una ley hidráulica que se aplica a todos los fluidos.

Dejémoslo ahí. Contemplando su estantería con todos sus libros, ha escrito ochenta y tantos, veo que usted, como escritor, crisis de creatividad, pocas.

Me dicen eso de que los escritores tienen miedo al papel en blanco. Mira, el papel no hace nada. A mí nunca me ha mordido un papel en blanco. Igual una heridita en el dedo, pero ahora ni siquiera eso, que ya no es papel, es ordenador. Hay argumentos por todas partes, los ves en los medios constantemente y lo que hay que hacer es cogerlos y darles una vuelta. Unas veces te sale bien y otras, no una mierda como tituló la otra, pero sí una basura o menos bien. No hay que preocuparse por ello. No puedes jugar a la lotería y que te toque siempre.

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Fotografías: Guadalupe de la Vallina.

27 comentarios

  1. Pingback: Alberto Vázquez-Figueroa: «El mundo en el que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra»

  2. El año de nacimiento está equivocado: es 1936

  3. ¡¡ Interesantísimo !!

  4. Interesante entrevista.

    Sobre lo de la presión y la velocidad, tiene razón Álvaro. Si el aire entra por un conducto a más presión, saldrá a más velocidad, pero la presión a la que sale el fluido es la presión del ambiente.

    • Pero entonces, ¿en qué quedamos? ¿Sabe de lo que habla o no tiene ni idea? Vazquez Figueroa, digo…

    • Exacto, la presion del líquido será la atmosférica si sale a la atmósfera y la velocidad de circulación mayor a idéntico caudal. Lo que sí es cierto es que hay una mayor caída de presión en la tubería al hacerse de menor diámetro.

  5. “Y a Hemingway lo entrevisté en un hotel que hay en El Escorial. No me gustó. Salí mosqueado con él. No me gustó personalmente. Además, fui un apasionado de su literatura hasta que leí que mató a un búfalo y se regodeó disparándole en los pulmones para que tardase en morir y poder describir su agonía. Si tienes que cazar, y yo he cazado mucho, ya sea por necesidad, porque hay que controlar una plaga, siempre hay que ser lo más rápido posible. Lo que no puede ser es que para describir una agonía, para que te lean, mates. Ya sea un búfalo, una persona o lo que sea. Ahí me acabó de decepcionar del todo y eso que era uno de mis héroes.”

    Y a la siguiente pregunta:

    “..Pero yo estaba deseando que hubiese guerras para ir.

    ¿Cómo?

    Sí, por la experiencia que adquiría para poder escribir.”

    Bravo Alberto ajajajajaj

    • No es lo mismo. Él no provocaba la guerra.

    • A mí también me ha llamado la atención esta anécdota, que diferencia hay entre la necesidad de la experiencia para escribir de Hemingway y la de Vázquez Figueroa? Que uno la provoca y el otro es un espectador? Igual de frías sus miradas hacia muertes de distintas naturalezas, no les parece?

    • Lamentable, al leer eso mi decepción ha sido mayúscula. Por hipócrita e insensible. Desear que haya guerras, para poder escribir libros, es bastante peor que perforar el pulmón de un animal por la misma razón.

      • Salvando esta abrupta decepción, la vida de este hombre me parece fascinante, y le envidio como le sucede a la Luna inerte con la Tierra viva.

      • Los pobres, hasta no hace muchos siglos, desaban que hubiesen funerales para poder ir a comer gratis, ya que antiguamente se daban banquetes abiertos a la gente en los duelos. Eso no quiere decir que deseasen la muerte de alguien en concreto, y mucho menos que fuesen matando gente por ahí para que hubiesen funerales.

        Últimamente esto está lleno de neopuritanos que se escandalizan, y “decepcionan”, por impurezas… ajenas, claro.

        • no compares comer, que es un bien básico que afecta a tu supervivencia, con escribir un libro. Es como si una ONG humanitaria dice “a ver si hay otro tsunami o catástrofe y nos ponemos manos a la obra”. En fin, con tal de justificar una reflexion claramente desafoturnada, cualquier cosa vale.

        • A mí personalmente ni me escandaliza ni me decepciona, simplemente me sorprende. Y creo que, a juzgar por el “¿Cómo?” del entrevistador, a él también le sorprendió. Ahondando un poco más, de hecho, la respuesta completa es esta:

          “Sí, por la experiencia que adquiría para poder escribir. Hombre, si me hubiera quedado en Madrid habría escrito dos libros, tres, pero llega un momento en el que se te acaba la experiencia. Y también que ganaba mucho dinero. Tenía un coche deportivo blanco, descapotable, el único que había en Madrid. Aparcaba donde me daba la gana. En mitad de la Gran Vía…”

          En resumen, me parece mal que alguien mate a un animal por motivos literarios, pero yo a su vez deseo que hayan guerras para adquirir experiencia para escribir, y claro, ganar mucho dinero para mi descapotable blanco.

          Supongo que existirá un punto intermedio entre el neopuritanismo y la falta de escrúpulos.

  6. En referencia a lo de los tubos de aire y la velocidad. Todo lo contrario; cuando el tubo se estrecha, es cierto que la velocidad aumenta por conservación de la masa, pero la presión disminuye por le principio de Bernoulli. Es un problema clásico de mecánica de fluidos. Aquí la demostración:

    http://www.4physics.com/phy_demo/Bernoulli/Bernoulli.html

    En caso de que esos tubos saliesen al exterior, la presión a la que saldría el sería la atmosférica.

  7. Pingback: Jot Down Cultural Magazine – Alberto Vázquez-Figueroa: «El mundo en el que estamos viviendo se basa en la esclavitud de una manera o de otra» | EVS NOTÍCIAS.

  8. 80 titulos?????
    Donde puedo encontrar la lista completa????
    Alberto el primer libro tuyo que le i fue , el perro
    Y ya no te he abandonado
    Eres muy muy grande
    Te admiro y espero que sigas escribiendo para poder seguir leyendote
    Un saludo con cariño y admiracion.

    • Uno de mis escritores favoritos. Puedes ver los títulos de todas sus obras en Wikipedia.
      htpp://es.wikipedia.org/wiki/Alberto_Vázquez-Figueroa

  9. otro gran invitado, otra gran entrevista. gracias jotdown.

  10. Me parece que la entrevista con este hombre daba para el triple de duración como mínimo, que esto es Jotdown, hombre.

  11. El aire saldría con menos presión que a la entrada y, logicamente, saldrán a presión ambiente si la salida esta en contacto con el ambiente. Esto es así al aplicar la ecuación de Bernoulli. Sólo saldría a más presión en el caso de que se estuviera en régimen supersónico (es decir, con una velocidad superior a la del sonido), pero en este caso la velocidad disminuiría a lo largo del tubo.

  12. Aunque es mucho mas conocido por sus multiples novelas, uno de los primeros libros de AVF fue su autobiografia, titulada “Anaconda”, que era su apodo.

    En ella cuenta su epoca de periodista e incansable viajero y es, en cierta manera, una version mucho mas larga de esta entrevista.

    La lei a mediados de los 80 y me resulto interesantisima. Muy inspiradora si lo que te gustaba era sonhar con explorar y viajar.

    Aunque la mayoria de este tipo de libros de viaje han envejecido regular o mal en la epoca de internet y el acceso a mucha mas informacion, “Anaconda” se lee bastante bien a pesar de algunas sobradas y opiniones discutibles.

    Lo relei el anho pasado, os dejo una mini cronica que hice por si alguno le interesa (esta al final de la lista)

    http://dokodemodoorblog.com/2015/01/01/contador-de-libros-2014/

  13. Dejé de leerle hace como 7 años, porque lo último que leí, donde juega con los espíritus… No, no y no.

    Para mí el buen Figueroa es el periodista que recorre el mundo: aventuras, anécdotas y descripciones. Para mí no es el mejor escribiendo, ni creando argumentos, pero es un tío inteligente que sabe de lo que habla. Y eso se nota.

    Anaconda a mí me parece muy interesante, y no creo que haya envejecido mal.

  14. ¿Democracia habitada por esclavos?

  15. Vázquez-Figueroa me acompañó en mi adolescencia, no la concibo sin sus libros: La saga Cienfuegos, Viracocha, Manaos, El perro y tantos otros. Leí hace poco la saga Cienfuegos y aunque ahora veo sus muchos defectos no puedo dejar de aconsejarlo a quien se inicia en la lectura. Sus opiniones a veces son estrafalarias y en sus entrevistas deja mucha barbaridad suelta, pero no se le puede negar que se moja en todo. Lo que en estos tiempos de lo políticamente correcto no está nada mal. Un saludo atento.

  16. Pingback: Soluciones creativas: “Hay argumentos por todas partes”/ Alberto Vázquez-Figueroa | Laboratorio de Escritura

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