Diálogos de ciencia y ficción - Jot Down Cultural Magazine

Diálogos de ciencia y ficción

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Interstellar. Imagen: Warner Bros.

Interstellar. Imagen: Warner Bros.

Cristian Campos: Hace tres meses tú y yo publicamos en esta misma revista un debate sobre Interstellar. Quizá sería buena idea ampliar ese debate a otras películas de ciencia ficción de los últimos años que comparten con la película de Christopher Nolan la voluntad de tratar la ciencia desde un punto de vista adulto o, como se dice en determinados sectores, «duro». Y, ya puestos, quizá podríamos ampliar ese debate a la imagen que se da de la ciencia y de la tecnología en los medios de comunicación y de cómo esa imagen influye en la política científica de los gobiernos (y, por lo tanto, en la vida de los ciudadanos). ¿Empezamos por el cine?

Juan José Gómez Cadenas: Las últimas tres películas de ciencia ficción que he visto (Gravity, Interstellar y Marte) comparten una tendencia muy interesante. A saber: se toman la ciencia en serio, tanto en la narración como en su defensa de lo que yo llamaría el poder redentor de la ciencia.

Aunque en todas ellas hay alguna concesión a factores prácticos o estéticos (si no recuerdo mal a nadie se le ponen los pelos de punta en gravedad cero, algo inevitable pero poco fotogénico), en ninguna se toleran simplezas y errores de bulto, como el ruido de explosiones en el vacío o naves que aceleran a 10 g sin que nadie se despeine. El caso de Interstellar ya lo tratamos en el artículo que has mencionado. Tratándose de una apuesta tan ambiciosa, los registros en los que se mueve la película de Nolan van desde la ciencia de hoy hasta especulaciones bastante arriesgadas, aunque todas con un fundamento sólido. No olvidemos que un tipo de la talla de Kip Thorne ha escrito un libro entero explicando la física que se maneja en la historia.

En ese sentido, tanto Marte como Gravity son más sencillas y se mueven en el registro de la ciencia y la tecnología de hoy. En ambas hay alguna que otra exageración, pero son más que aceptables. Si comparamos este trío con algunas de sus predecesoras más o menos cercanas en el cine de ciencia ficción (por ejemplo las dos películas sobre asteroides destructores, ambas muy pobres desde el punto de vista científico) o la infame Prometheus (¿qué se había metido el amigo Ridley Scott cuando decidió dirigir eso?) la mejora ha sido enorme y creo que va en la dirección correcta, entretener a la vez que educar. ¿Qué opinas?

C. C.: Creo que una película de este tipo podría considerarse una excentricidad. Dos, una casualidad. Pero tres son una tendencia. Y eso es lo que ha pasado con Gravity, Interstellar y Marte. Es difícil juzgar con distancia crítica un periodo de apenas tres o cuatro años, pero si me he de mojar diría que el cine de ciencia ficción se está poniendo serio porque una parte del público se está poniendo serio. Es un público no masivo pero sí muy influyente: el tipo de espectador que arrastra a otros espectadores al cine. El resultado son cifras de taquilla más que respetables.

El caso es que siempre ha habido películas de ciencia ficción con vocación de respetabilidad desde el punto de vista científico y narrativo, pero es ahora cuando han surgido un puñado de películas que a esos dos factores añaden el que acabo de mencionar: la comercialidad. Tanto Gravity como Interstellar como Marte son películas solventes científica y narrativamente, pero también éxitos de taquilla. Interstellar, por ejemplo, recaudó seiscientos setenta y cinco millones de dólares cuando su coste de producción fue de ciento sesenta y cinco millones. Primer, Moon y Otra tierra, sin ir más lejos, no eran películas comerciales. Y ese, el de la ciencia ficción dura pero solvente en taquilla, es un fenómeno relativamente nuevo (el éxito de 2001: Una odisea del espacio fue una feliz e inesperada excepción a la regla). Y por eso estamos hablando de él en Jot Down

Pero lo importante no es tanto el hecho de que esas películas hayan surgido ahora como el porqué lo han hecho. Y aquí me mojo de nuevo: la ciencia ha entrado en la cultura pop. Científicos como Steven Pinker, Richard Dawkins o Lawrence Krauss son ahora tan populares como muchos actores, cantantes y escritores de bestsellers. Todos ellos venden decenas de miles de libros, hacen giras de conferencias con llenos absolutos, aparecen en televisión de forma regular y han logrado borrar la frontera que separaba hace apenas unos años la divulgación científica (es decir los libros de ciencia sin fórmulas) del mundo del espectáculo.

A mí me gustaría preguntarte una cosa. ¿Cómo ven los científicos esta popularización de la ciencia dura? ¿Como una traición inaceptable que frivoliza el trabajo de miles de científicos que no viajarán jamás a Marte o que nunca descubrirán cómo viajar en el tiempo, o como una pequeña concesión en la que el fin (el aumento de las vocaciones científicas y de los presupuestos destinados a investigación) justifica los medios?

J. J. G. C.: Antes de responder a tu pregunta quiero darle una vuelta al argumento de la ciencia ficción seria. Considera 2001: Una odisea del espacio. La película es de 1968, nada menos. La dirigió un monstruo del cine con la ayuda de uno de los más grandes escritores de ciencia ficción de la historia. Casi roza ya el medio siglo. Pero no tiene nada que envidiarle a los excelentes filmes que estamos comentando, se adelanta cinco décadas a ellos en su tratamiento riguroso (y atrevido) de la ciencia, fue un éxito de taquilla y no ha desaparecido de nuestro imaginario colectivo. Interstellar, como bien sabes, se mira en el espejo de Kubrick y Clarke, igual que aquel tatarabuelo nuestro se miraba, asombrado, en el monolito. 

Y, sin embargo, diez años más tarde, George Lucas arrasa con la saga de Star Wars, que no es otra cosa que un wéstern con naves espaciales en lugar de carromatos. ¿Qué ha ocurrido?

Siguiendo con tu ejemplo de arriesgar hipótesis. Durante las dos o tres décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, la ciencia adquirió un prestigio enorme en los Estados Unidos (que emergió como potencia victoriosa gracias a su tecnología superior y que inventó la bomba atómica) y por ende en el resto del mundo. Hay que recordar que 2001: Una odisea del espacio se estrena un año antes de que Neil Armstrong pise la superficie de la luna. En la década de los sesenta, la sociedad norteamericana está convencida de que la ciencia puede conseguirlo todo. Es la época en la que se cree que la fisión nuclear puede producir energía ilimitada y que la fusión está a la vuelta de la esquina. La época en que se cree que la exploración de Marte es inminente y que el coche volador será una realidad pasado mañana. Los científicos atómicos en Estados Unidos y otros países avanzados (entre los que, desgraciadamente, no está incluida España) manejan presupuestos enormes. El CERN está en pleno auge, la física de partículas elementales (mi propio campo) o la NASA prosperan, apoyadas por la fe incondicional tanto de los políticos como del público general. 

Pero a finales de los setenta las cosas han cambiado. La sucesivas crisis del petróleo (1973 y 1979) han hecho más que patente que el mundo no funciona gracias a la energía atómica sino gracias al petróleo, cuya producción está en manos de un cartel. El accidente de Three Miles Island, en 1979, sirve como detonador del movimiento antinuclear, que a su vez supone un cambio de actitud en una parte de la población. La ciencia ya no es la panacea universal y comienza a mirarse con desconfianza. El libro La primavera silenciosa de Rachel Carson se ha divulgado ampliamente y el movimiento ecologista toma fuerza, oponiéndose al uso de pesticidas, a la energía nuclear y a lo que se percibe como abusos de la ciencia y/o de la tecnología, en aras de los intereses económicos de las elites.

Para cuando llegan los años ochenta, la ciencia ha perdido su glamur y la tecnología, aunque sigue avanzando y mejorando la vida del ciudadano de a pie, ha perdido su promesa de redención. El programa Apolo termina en 1975 y ya nadie piensa en llegar a Marte en lo que queda de siglo. La ciencia básica se refugia en su torre de marfil, tolerada por los políticos y por el gran público, pero ya no es admirada. El Super Conducting Super Collider, que debía haberse adelantado al LHC del CERN en una década, es cancelado en 1993, en lo que supone un claro bofetón a la hasta entonces sacrosanta física de partículas en los Estados Unidos. Los títulos de ciencia ficción que nos encontramos en los ochenta incluyen la saga de Superman, Heavy Metal, Blade Runner, La zona muerta, El guerrero del mundo perdido, la saga de Star Trek y, cómo no, Terminator.

Los noventa no andan mucho mejor y en 2001 llega El Señor de los Anillos. El público nunca deja de interesarse por aspectos exóticos de la física (como los viajes en el tiempo y las contradicciones asociadas a los bucles temporales), pero la ciencia se ridiculiza (Viaje al futuro), se ignora (Superman y en general todas las sagas de superhéroes que, por cierto, siguen gozando de buena salud) o incluso se sospecha de ella (Terminator es uno de los muchos ejemplos en los que los robots son los malos de la película, en fuerte contraste con los androides de Isaac Asimov). 

Gravity. Imagen Warner Bros. Pictures.

Gravity. Imagen Warner Bros. Pictures.

Entre tanto, los científicos profesionales se dedican a lo suyo. Hasta primeros de siglo había poca divulgación científica y la que había solía ser rigurosa y más bien pensada para un público bastante selecto. Es muy notable que uno de los mayores pioneros de la popularización de la ciencia, el gran Carl Sagan, fuera atacado con bastante saña por sus colegas, precisamente por dedicarse a la divulgación (y por el gran éxito que tuvo, me temo). Sin embargo, Sagan se estaba anticipando al fenómeno que tú comentas.

A día de hoy, hay toda una escuela de divulgadores de gran éxito, muchos de los cuales son o han sido también científicos de primera línea. El fenómeno viene acompañado de otros que le hacen eco. Las universidades empiezan a invertir mucho más dinero en divulgación y los científicos profesionales se encuentran con que se espera de ellos que dediquen una parte de su tiempo a popularizar su ciencia. Recientemente, Emiliano Bruner ha descrito en un artículo muy lúcido las luces y sombras de esta nueva moda.

En cierto modo, creo que nos encontramos con un nuevo cambio de viento. La ciencia vuelve a ser percibida como algo esencial por el ciudadano. En parte por su enorme impacto en áreas como la salud (estoy pensando en la imagen médica, los tratamientos contra el cáncer o la casi total victoria sobre el sida) y en parte porque cada vez se es más consciente de que nuestro estilo de vida está fundamentado en (y depende de) la ciencia y la tecnología. Seguimos funcionando a base de quemar gasolina, pero todo el mundo entiende que el cambio climático es una realidad con la que va a haber que lidiar. Y para ese viaje se precisan las alforjas de la ciencia. 

Y es en ese contexto donde podemos leer el resurgir de las películas de ciencia ficción dura. Interstellar retoma un viejo tema, el de la humanidad arruinada por culpa suya (el cambio climático). Una humanidad que, al renegar de la ciencia, se condena a una extinción de la que solo la ciencia puede salvarla. Y Marte es, en muchos aspectos, un panfleto de la NASA recordándonos que seguimos teniendo pendiente un viaje tripulado a Marte. 

Por fin, respondo a tu pregunta. ¿Cómo ven los científicos la popularización de la ciencia ? Yo creo que bien. Todos comprendemos que es una necesidad (hace falta convencer a los políticos para que nos financien), una obligación (el ciudadano cuyos impuestos pagan mi trabajo tiene todo el derecho del mundo a que le explique lo que hago, por qué y para qué) y, para gente como yo, un placer y una oportunidad.

Hace unos años, el divulgador científico tendía a ser arrogante y a aproximarse al público en plan lección magistral. Hoy, más de uno peca de lo contrario. Se llega a veces a la payasada y el esperpento. Pero se están descubriendo muchas fórmulas interesantes. Por ejemplo, la gente de Naukas monta cada año en España auténticas ferias de la ciencia donde lo mismo te encuentras a un científico de prestigio desgañitándose para explicar lo que hace, que a Natalia Ruiz Zelmanovitch mezclando ciencia con teatro, vodevil y poesía. El Donostia International Physics Center (DIPC) dedica una parte de su presupuesto al proyecto Mestizajes, en el que colaboro y donde se buscan (e incluso se inventan) territorios comunes a la ciencia, la música y la literatura. Emiliano Bruner mantiene un blog de música y antropología y el biólogo teórico Diego Rasskin mantiene en Jot Down un blog, Metáforas de ajedrez, donde conecta diferentes aspectos de la ciencia y la literatura con las sesenta y cuatro casillas. Y estos son solo algunos ejemplos. El país realmente cuenta con una cantidad creciente de excelentes divulgadores, algo casi inexistente hace un lustro.

Volviendo al cine, estoy convencido de que el mercado responde precisamente a ese espectador que quiere saber más de lo que es real (de Marte por ejemplo) y que está un poco harto de rayos láser y batallas galácticas. Por otra parte, me preocupa un poco una tendencia que detecto en los tres filmes, y es que en ellos la ciencia y/o los científicos acaban por operar milagros. El caso de Interstellar es el más claro. En ella asistimos a una salvación en toda regla de la humanidad. Pero también vemos a la protagonista de Gravity y al de Marte salvarse gracias al poder de la ciencia. Creo que las películas responden a un convencimiento por parte del ciudadano de que la ciencia y la tecnología lo pueden todo. Y eso es peligroso. Por poner un ejemplo obvio, todo el mundo está muy contento con unos acuerdos de mínimos para combatir el cambio climático, pero si echas las cuentas verás que el problema está muy lejos de poder resolverse. De hecho, no está claro en absoluto que sepamos cómo resolverlo. Me preocupa esta fe ciega en la ciencia que parece resurgir en estas películas. ¿Tú cómo lo ves?

C. C.: Me parece que la fe ciega en la ciencia (suponiendo que exista algo parecido a la «fe ciega en la ciencia») es preferible a la fe ciega en cualquier tipo de superstición o, aún peor, en todas esas pamemas que pretenden pasar por ciencia alternativa. El propio nombre es absurdo. ¿Alternativa a qué? ¿A la ley de la flotabilidad de Arquímedes? ¿A la de los fluidos dinámicos de Bernoulli? ¿A la de las presiones parciales de Dalton? Si sus defensores demuestran que esa ciencia alternativa refuta alguna de esas leyes recibirán el Nobel. ¿A qué están esperando?

Cada vez que he escrito sobre este tema se ha liado una batalla campal en los comentarios que ríete tú de la II Guerra Mundial. La acusación más frecuente es la de que la ciencia se ha convertido en una religión más. Y en una religión especialmente deshumanizada y falta de empatía. Supongo que lo que se quiere decir en realidad es que la ciencia ha adquirido algunos de los rasgos distintivos de la fe. A mí eso no me preocupa. Creo que lo interesante no es tanto que la ciencia haya ocupado una parte del espacio que antes ocupaban las religiones como el horizonte moral que eso representa: al menos ahora hemos depositado nuestra fe en algo «real».

Lo verdaderamente grave es lo que está haciendo el periodismo con la ciencia. El diario La Vanguardia, por ejemplo, tiene una sección, La Contra, en la que se da cabida a todo tipo de locos, chalados y conspiranoicos. Uno que dice que te puedes alimentar exclusivamente de luz solar, otro que dice que el cáncer es un estado de ánimo, otro que dice que las vacunas matan… El cinismo con el que el periodismo le da voz a estos tipos es nauseabundo. Por supuesto, La Vanguardia es una empresa privada y puede volcar en sus páginas todas las tonterías que le dé la gana. Yo, por mi parte, soy libre para decir que peor que el analfabeto que defiende memeces es el cínico que le da un altavoz para que las esparza a los cuatro vientos. Si se están riendo de esos pobres locos, malo. Y si creen que la opinión de esos locos merece ser escuchada, peor. Y digo peor 1) porque al periodismo se llega alfabetizado de casa, y 2) porque el periodismo se sustenta sobre una única columna: el pacto con el lector de que lo que se dice en las páginas del diario es verdad. Si dinamitas esa columna, que ya está lo suficientemente carcomida por todo tipo de intereses confesos y no tan confesos, ¿quién me dice que lo que se publica en el resto de páginas del diario es cierto? ¿Para qué necesito yo un diario, entonces?

Y por eso, y puesto en la tesitura de escoger entre dos males (el analfabetismo científico y la fe ciega en los hipotéticos milagros de la ciencia), me quedo sin dudarlo con el segundo. En esto hay que ser un poco maquiavélico porque el otro bando tiene a todos los crédulos del mundo a su favor. Y los crédulos suelen tener una fuerza de voluntad a prueba de bomba.

Ahora te lanzo yo una pregunta. ¿Cuáles son las investigaciones científicas en curso con más potencial «peliculero»? Es decir aquellas que convenientemente exageradas y simplificadas podrían sostener el argumento de una película de ciencia ficción. Los aficionados a la ciencia ficción ya estamos cansados de viajes en el tiempo y agujeros negros. ¿Dónde está la ciencia de vanguardia que ha de alimentar la ciencia ficción del siglo XXI?

Marte. Imagen: Twentieth Century Fox.

Marte. Imagen: Twentieth Century Fox.

J. J. G. C.: Estoy esencialmente de acuerdo contigo, aunque, precisamente por mi formación como científico, me cuesta tener fe ciega en nada. Pero creo que la ciencia nos proporciona una buena forma de entender el mundo, incluyéndonos a nosotros mismos. 

En cuanto al periodismo y la ciencia, aquí habría mucho que hablar y nos arriesgamos a llevarnos algunos capones. De entrada, suscribo al 100% lo que cuentas y me parece de una irresponsabilidad criminal que periódicos y revistas promocionen terapias y tratamientos alternativos (¿alternativos a qué?, como bien dices tú) que no son otra cosa que el viejo timo del crecepelo, el ansiado bálsamo de Fierabrás o, para decirlo en plata, burdos timos. El fenómeno de las seudociencias y la indulgencia en el pensamiento mágico va en aumento. De hecho, mi último artículo en Jot Down toca el tema de lleno y acabo de firmar, junto con otros cincuenta científicos, una carta que ha publicado El País.

El problema es grave. Para empezar, porque cuesta vidas, tal como cuento en «Requiem por Mario». Y, para seguir, porque contribuye al estado general de complaciente desinformación en la que parece que nos encanta sumir al ciudadano. La sociedad en la que vivimos no se concibe sin la ciencia. Empezando por la medicina (desde la vacuna a la imagen médica, pasando por el tratamiento contra enfermedades antaño mortales y hoy ya crónicas, como el sida o la diabetes) y siguiendo por las comunicaciones (desde el móvil a san Google) y el transporte (desde el AVE hasta el avión barato pasando por el automóvil que tenemos). Desde la alimentación de calidad (que sería inconcebible sin los avances de los últimos cien años) hasta el acceso a la educación, somos lo que somos gracias a la ciencia y la tecnología que se basa en esta. Pero los políticos cicatean su financiación, determinados grupos ecologistas se oponen de manera irracional a no pocos avances científicos (por poner un ejemplo, la oposición al arroz dorado me parece delictiva) y los periódicos y revistas promocionan el pensamiento mágico y la brujería new age

En España hay que añadir el hecho de que los periodistas tienen una formación muy deficiente en ciencia. Es algo que está empezando a cambiar, pero todavía estamos muy atrás comparado con los países anglosajones. Supongo que esa deficiencia, en el fondo, es parte del analfabetismo científico en España. En los Estados Unidos se publican cada año (y se venden bien) docenas de títulos sobre ciencia. Libros recientes, de excelente nivel y para todos los públicos, que abarcan desde las matemáticas a la robótica, pasando por la física de partículas o la biología molecular. Como los libros se venden aceptablemente bien, no es infrecuente que buenos científicos dediquen una parte de su actividad a escribirlos. Además, hay toda una generación de periodistas-científicos (e incluso de científicos-periodistas) que pueden vivir aceptablemente de divulgar la ciencia. España es un auténtico desierto, te lo digo por experiencia como autor de ficción y de ensayo y como científico profesional. 

En cuanto a la ciencia y sus temas peliculeros. Coincido contigo en que los agujeros negros ya están bastante explotados, pero creo que los viajes espaciales y los encuentros con ET seguirán dando de sí. No podemos evitarlo, nos come la curiosidad, el ansia de viajar y también el miedo a estar solos en la galaxia.

Otro clásico que creo que aún podemos explotar (y la bola ya está rodando) es el de los robots y la inteligencia artificial. Los avances en ese campo están acelerando. Ya hemos visto filmes bastante potables, como el reciente Ex Machina (donde se manejan buenas ideas, aunque a mí me cabreó enormemente el desenlace), por no hablar del clásico de Spielberg I.A. Inteligencia artificial

Otro tema que puede dar de sí en el cine y que ya ha sido bastante bien tratado en la novela es el de la nanotecnología. No me sorprendería ver pronto, por ejemplo, una adaptación de La era del diamante de Neal Stephenson. En general, creo que el cyberpunk y el postcyberpunk son filones de la ciencia ficción escrita que el cine ha explotado poco. 

En el campo de la biología hay muchos otros filones, también tratados en la literatura y menos en el cine. Desde la manipulación genética (ahí tenemos excelentes filmes, como Gattaca) hasta el hombre híbrido, mitad humano, mitad cíborg. Muchos de estos temas han sido tratados por el cine, pero a menudo de manera bastante infantil. Creo que hay bastante espacio para revisitarlos en esta nueva oleada de ciencia ficción seria.

A mí me interesa preguntarte por un tema análogo. La ciencia ficción también ha tenido siempre una componente de avances y retrocesos sociales: las utopías y las distopías. Ahí tenemos desde trabajos tan esenciales como Un mundo feliz de Huxley (que no sé si ha tenido una buena versión cinematográfica) hasta el rudimentario pero taquillero Mad Max, pasando por Blade Runner y tantos otros. Mi última novela (Spartana, publicada por Espasa) es, de hecho, una distopía en la que identifico la ciencia como la única redención posible para una humanidad cada vez más ignorante, pobre y sometida al capricho de las élites. ¿Qué opinas al respecto? ¿Crees que el cine de ciencia ficción seria se atreverá a revisar este terreno? ¿O nos quedan aún muchos Juegos del hambre que sufrir?

Ex Machina. Imagen: DNA Films.

Ex Machina. Imagen: DNA Films.

C. C.: A las utopías hay que cogerlas con pinzas últimamente porque vienen cargadas de ideología. A mí me sorprendió ver cómo a mucha gente le pasaba desapercibida la distopía que plantea Interstellar, que es la de un mundo dominado por el discurso anticientífico y consparanoico. Una buena parte del público se quedó únicamente con la distopía ecologista de las cosechas arrasadas. Pero no captó la distopía ideológica porque para ellos ese mundo, esa distopía, es aceptable. El Roto, el dibujante de El País, tiene por ejemplo decenas de chistes en los que arremete contra las farmacéuticas, las vacunas y la ciencia en general. Intuyo que su utopía es un mundo sin ciencia. Así que lo que para mí es una distopía, para El Roto y otros como él es una utopía: un mundo controlado ideológicamente por los antivacunas, los homeópatas y una burocracia ideológica y no racionalista. Un mundo que se ha rebelado contra las luces de la razón. 

De hecho, esa burocracia ya la tenemos aquí. Es el caso de algunos partidos políticos cuya relación con la ciencia y el racionalismo es conflictiva, por no decir inviable. Unos por prejuicios religiosos y otros por prejuicios redentoristas y magufos. Así que cuando hablamos de utopías y distopías hay que definir primero de qué hablamos. Gattaca, por ejemplo, es ciencia ficción política. No mucha gente lo ve así. Aunque entiendo por qué ese es un terreno tan poco explorado en el cine. Lo entiendo porque, desde el punto de vista del director, no suele salir gratis rebelarte contra la irracionalidad de la masa. Yo a veces digo, medio en serio medio por tocar los cojones, que la ciencia es de derechas. Es una boutade, pero creo que cualquiera con más de dos libros a cuestas puede entender qué quiero decir con esa frase. La realidad suele ser profundamente de derechas. 

J. J. G. C.: A tenor de este diálogo decidí revisitar Her y creo que podría incluirla en esa lista de buenas películas de ciencia ficción que sin embargo no renuncian a ser atractivas comercialmente, junto a Marte, Gravity o Interstellar (aunque creo que Interstellar, sinceramente, juega en otra liga).

Her plantea uno de los problemas asociados a la singularidad: el momento en el que la inteligencia artificial —o el OS, como se le llama en la película— se vuelve tanto más inteligente que su creador que dejamos de interesarle. Pero el enfoque me parece muy inteligente: Samantha no deja de amar a Theodore, incluso cuando tiene que dejarlo atrás. También me interesa la sugerencia final, la posibilidad de que ambos puedan volver a amarse cuando Theodore gets there, es decir cuando los hombres consigan superar sus propias limitaciones y volverse tan inteligentes como sus inteligencias artificiales (de hecho, fundirse con ellas). Todo eso es standard lore transhumanista, pero encuentro el tratamiento en la película muy afortunado.

Otro detalle que me parece realmente bueno es la interpretación de Scarlett Johansson como Samantha. Su maravillosa voz consigue crear un personaje adorable y sugerente, sensual y amigable a pesar de que (o quizás debido a que) no la vemos nunca. Menos afortunado (pero pasable) es la concesión a la galería con los «polvos mentales» entre Samantha y Theodore. En resumen, una película que me parece afortunada, aunque como bien dices, esquiva distopías complejas. 

Respecto a tu comentario de que hay que llevarse cuidado con las distopías, me llevé una gran sorpresa cuando propuse a mi traductora (Cristina) la traducción de Spartana al italiano. Materia Extraña, mi anterior novela, se tradujo y vendió bien. Pero en el caso de Spartana (que considero una obra más interesante) el hecho de tratarse de una distopía bastante crítica la hizo imposible de colocar, según me aseguraba Cristina.

Si te fijas, el cine actual nos vende pocas películas realmente inquietantes. Ciertamente, la serie de Los juegos del hambre es inocua, así como el resto de productos similares: Divergente, El corredor del laberinto, etcétera. Son fórmulas enlatadas que en el fondo (y no hay que profundizar mucho) participan de la misma posición que en Avatar se ve magníficamente. Los buenos son los «indios» (ecologistas, unidos a la Tierra, conectados al Todo, jinetes de dragones y medio telépatas) y los malos son los «tecnovaqueros», con sus máquinas y sus robocops. Para colmo, en Avatar los científicos son un cliché formidable, unos simples que no se enteran de nada. La fórmula con variantes se repite una y otra vez en las varias distopías y series pretendidamente ciencia ficción que en el fondo se diría que son anticiencia ficción.

C. C.Respecto a Her, aprovecho para preguntarte a ti, que eres el experto. ¿Es posible para un sistema cualquiera, pongamos una inteligencia artificial, comprender nada que sea más complejo que él mismo? O mejor dicho: ¿Puede un sistema cualquiera comprender una realidad superior de la que él mismo forma parte?

Aquí habría que aclarar qué entendemos por «comprender» y por «complejidad», pero vamos a un ejemplo extremo. ¿Puede un ordenador «comprender» el universo cuando ese mismo ordenador es «universo»? ¿Y no es eso exactamente lo que ocurre con la inteligencia artificial? A fin de cuentas, el concepto de inteligencia es una construcción humana. No hay nada de inteligente en un quark o en un electrón, solo fuerzas físicas y pura abstracción matemática. Inteligencia es solo la palabra con la que definimos una serie de interacciones determinadas en detrimento de otras a partir de cierto nivel de complejidad física. Así que, ¿qué queremos decir cuando especulamos con ese momento en el que la inteligencia artificial será más inteligente que aquellos seres que han inventado no solo el concepto de inteligencia artificial sino el mismo concepto de inteligencia? ¿No es eso ontológicamente imposible? ¿Y no debería ser ese el tema por excelencia de la ciencia ficción dura del futuro?

J. J. G. C.: Sobre Her, la pregunta que me planteas es muy interesante. Pero, si te fijas, no necesitas una inteligencia artificial para plantearla, se puede aplicar perfectamente a la inteligencia humana. El cerebro humano (la máquina más compleja del universo conocido) es parte del universo que intenta describir y la noción no es en absoluto baladí.

Para empezar, el universo que percibimos (y del que formamos parte) solo nos es accesible a través de nuestros sentidos y comprensible a través de nuestra maquinaria intelectual. El hecho, en sí mismo, implica un sesgo importante. Los humanos vemos el rojo, pero no el ultravioleta, así que el mundo que percibimos tiene un espectro de colores diferente al de otros animales (u otros posibles seres inteligentes). Nuestro sentido del olfato es relativamente pobre. Comparado con el de un perro somos medio ciegos al mundo de los olores. Todo eso afecta a nuestra forma de percibir el mundo y de describirlo. Somos animales bípedos y terrestres, con manos capaces de sujetar objetos, y nuestra tecnología (que mediatiza nuestra visión del mundo) responde a esos patrones, al igual que nuestra ciencia.

Uno podría preguntarse si los delfines no han evolucionado hacia una inteligencia tecnológica debido a su condición de mamíferos acuáticos. Disponen de un cerebro comparable al nuestro pero no de nuestras extremidades. Desarrollar el fuego (y a partir de ahí la metalurgia) no es fácil en un medio acuático e incluso no resulta obvio interesarse por ciclos y patrones celestiales, que son útiles para la agricultura y que, con el tiempo, darán lugar a la astronomía. En resumen: nuestra inteligencia no es un observador externo de un universo ajeno a ella, sino parte de este. 

En ese sentido, por supuesto, uno tiene que tomarse la palabra «inteligencia» con un grano de sal. Por un lado, nuestra capacidad de reaccionar frente a situaciones inesperadas y manipular el entorno que nos rodea no tiene nada de relativo. Hay un elemento absoluto muy claro en la inteligencia, aunque las mismas modas seudopostmodernas que tanto se complacen en imaginar que tíos de tres metros subidos a un dragón le pueden dar para el pelo a un ejército de mercenarios armados con bombas atómicas también venden el relativismo en la inteligencia. No es infrecuente encontrarte con la opinión de que un tío como Einstein era inteligente solo a su manera pero que cualquier vecino podría superarle en otros aspectos (tales como la célebre inteligencia emocional).

Sin negar en absoluto que lo que llamamos inteligencia describe un conjunto muy amplio de aptitudes y que no es extraño encontrar individuos que sobresalgan en ciertos aspectos y sean deficitarios en otros, hay que llevarse ojo con la tabla rasa. Einstein nos daba sopa con ondas a la mayoría. Los humanos somos más inteligentes que los gorilas, que son más inteligentes que los perros, que son más inteligentes que las ranas, que superan en inteligencia a las moscas. Al final, hay una base física: cuántas neuronas empaquetas en tu cerebro y cuán bien conectadas están. Eso sí: cuando nos comparamos con otras especies dotadas de grandes cerebros, como los cetáceos, aparecen cuestiones más misteriosas, como la que se pregunta si basta con un gran e hiperconectado cerebro (el caso de los delfines o de las orcas) o hace falta algo más para desarrollar los aspectos más sobresalientes de la inteligencia humana, como su capacidad (y su necesidad) de interpretar el mundo e interpretarse a sí misma. 

Y no te digo ya cuando mencionamos la conciencia, ese misterioso sentido del yo que nos hace vernos como entidades autónomas, separadas del resto del universo, como observadores de nuestra propia película. De nuevo, sin duda, hay una cierta gradación que depende de la complejidad. Una mosca es menos consciente que un perro, sin duda. ¿Pero estamos seguros de que un perro es menos consciente que un gorila y este menos que un delfín? ¿Y un delfín menos que un hombre? Yo he tenido muchos perros de pequeño y estoy seguro de que son conscientes. He visitado a los gorilas en Zaire y no me cabe duda de que también lo son. ¿Más o menos que nosotros? ¿Se puede cuantificar? 

Quizás la gran diferencia con todos ellos es nuestro complejo lenguaje. Y de nuevo aparece la paradoja del huevo y la gallina. ¿Es nuestra consciencia y nuestra complejidad emocional la razón por la que desarrollamos el lenguaje (para representar nuestro universo interno) o, por el contrario, son una consecuencia del hecho de que desarrolláramos el lenguaje (quizás un accidente más de la máquina evolutiva)?

Y ya que esto es una conversación sobre cine (y por lo tanto sobre literatura), vale extender la pregunta a los sentimientos. El amor, por ejemplo. ¿Por qué Romeo y Julieta y sus miles de variantes a lo largo de la historia de la literatura y el cine nos emocionan tanto? ¿Porque capta nuestra capacidad para amar o porque Shakespeare, en ese momento, «inventa» un concepto de amor que tiene éxito y que a partir de ahí nos condiciona?

Otro ejemplo que me encanta es la noción del valor, en particular el valor del héroe. Cuando Héctor de Troya (sin duda el mayor valiente de la historia de la literatura) se enfrenta a Aquiles, hay un momento en que le entra el miedo y echa a correr, da vueltas y vueltas en torno a la muralla de Troya, perseguido por Aquiles. Homero no tiene ningún problema en mostrarnos a Héctor muerto de miedo porque en ese momento la noción del héroe que siempre da la cara y nunca huye todavía no ha tomado la forma que tomará después (y a la que contribuye de manera decisiva un personaje como Héctor, que podríamos decir que inventa el héroe, igual que Romeo y Julieta inventan el amor y Otelo inventa los celos).

El lenguaje condiciona nuestros sentimientos igual que nuestras ideas y de ahí la importancia que tiene hablar de cine, por baladí que parezca a veces. Porque hoy en día el cine, la televisión y los espectáculos visuales son la gran máquina de conformar sentimientos e ideas (en plata, de manipular). 

Her. Imagen: Sony Pictures.

Her. Imagen: Sony Pictures.

En cuanto a tu pregunta, para entender una inteligencia artificial deberíamos entender la nuestra, cosa que no es el caso. Esa es la razón por la que la inteligencia artificial juega un poco con fuego, una idea que va calando en los últimos años. Me explico. En las últimas décadas, la explosión tecnológica nos está permitiendo construir ordenadores cada vez más potentes y creo que es factible que en unas pocas décadas podamos construir cerebros artificiales (basados en chips neuronales, de los cuales ya tenemos un ejemplo: el True North de IBM) con cientos o miles de millones de neuronas (True North ya tiene un millón), cada una de las cuales esté conectada a cientos o miles de otras neuronas. Esas neuronas, además, se activan más rápido que las nuestras, así que no es impensable que antes de final de siglo tengamos un cerebro artificial con una capacidad de cálculo en el rango de los exaflops y una paralelización masiva, similar o superior a la nuestra.

Y entonces, ¿qué? La respuesta no está ni mucho menos clara porque hay muchas cosas que ignoramos. ¿Aprenderemos a programar ese cerebro para que haga lo que queremos nosotros o le daremos las herramientas para que se programe a sí mismo? Y, en este último caso, ¿cómo lo controlamos? ¿Surgirá una conciencia en él como fenómeno emergente (el resultado de billones de procesos e interacciones) o hay algo en el cerebro humano que no sabemos captar en un ordenador y sin el cual la conciencia es imposible? ¿Y el lenguaje? ¿Será esa inteligencia emergente plástica como la nuestra y por tanto capaz de adaptarse al lenguaje o simplemente lo manejará sin inmutarse? Es decir, ¿desarrollará sentimientos o le serán ajenos? ¿Empatía? Y todo un largo etcétera. 

El punto clave es el siguiente. Partimos de la hipótesis de que en algún momento (pronto) podremos construir un cerebro artificial con capacidades superiores a las del cerebro humano. Y postulamos que ese cerebro desarrollará una inteligencia superior a la nuestra. No está nada claro ni lo uno ni lo otro. Para empezar, podría ser que nuestra tecnología necesite mucho más tiempo del que creemos para construir una máquina comparable en complejidad a un cerebro humano. Y si eso ocurre, todavía estaremos bastante perdidos. No sabemos exactamente los mecanismos que resultan en eso que llamamos inteligencia (aunque cada día sabemos más) y no sabemos cómo conectar la complejidad cerebral con las vivencias internas, las emociones, la representación del mundo que se hará esa inteligencia artificial, si es que llega a emerger.

Es todo un misterio y la aventura no está exenta de riesgo. No es obvio como comunicarnos con una inteligencia artificial si es que llegamos a construirla ni es obvio cuál será su agenda ni su representación del mundo. En ese sentido, Her toca alguno de los temas, pero siempre mantiene una visión bastante humanizada de la inteligencia artificial, en eso Samantha no se diferencia mucho de Hal, aunque una sea «buena» y el otro «malo». Pero quizás lo más interesante (y lo que más miedo da) de una inteligencia artificial es que su conciencia, si emerge, sea como un alien para la nuestra. 

En todo caso, y para concluir (me da la impresión de que esto se ha alargado ya bastante), creo que explorar la naturaleza de inteligencias diferentes a las nuestras, sea inteligencia artificial o extraterrestre, es un campo fértil y posiblemente el más interesante para la ciencia ficción en este momento. Lo malo es que es más sencillo y vende más Terminator que Her, pero no está todo perdido. Sin ir más lejos, en Battlestar Galactica, a pesar de todas las muchas imperfecciones y bobadas de la serie, hay algunos elementos muy interesantes relacionados con los Cylons e incluso con el futuro híbrido cylon-humano.

En resumen, ¡larga vida a la ciencia y a la (buena) ciencia ficción!

37 comentarios

  1. Enhorabuena por el debate. Lo he disfrutado mucho.
    Entrando en vuestro debate, yo pienso que también está habiendo una tendencia a hacer una ciencia-ficción seria, pero no sé hasta qué punto eso es bueno desde el punto de vista de la obra de arte. En Interestelar o Marte el conocimiento científico gana demasiada importancia y obliga a realizar ajustes dentro de la película que resultan tremendamente extraños y dificultan la narración. Por ejemplo, esas explicaciones del agujero negro en la primera o los monólogos interminables de Matt Damon (que acaba haciendo un Iron Man “tipo WTF?” inexplicable al final de la peli). En resumen, estas superproducciones se acercan en muchos compases al peligroso momento de romper el pacto de credulidad con el espectador (en Marte, conmigo lo consiguieron). ¿No sería mejor construir y considerar una película como obra de arte y dejando el conocimiento científico en un segundo plano? Creo que ninguno tras ver 2001 piensa en cómo se crea la gravedad artificial dentro de la nave o los seis minutos que tarda en llegar la señal a la Tierra.

    PD: ¿nadie considera Un mundo feliz como una utopía? A mí siempre me ha parecido evidente, más allá que como novela deja mucho que desear.

    • Os falta hablar de “The Expanse”, la primera serie que lleva la hard SF a la televisión.

      Los productores se han esforzado por ser exactos científicamente incluso más que en las películas que citáis. Cuando sale un asteroide, podéis estar seguros de que su forma y aspecto se corresponden con las fotos de la NASA. La gravedad solo existe cuando la nave gira o está bajo empuje. Son tan puntillosos que, cuando alguien se sirve un whisky en una estación espacial rotatoria, el chorro se desvía debido al efecto Coriolis (aunque se pasaron un poco, en la realidad el efecto es más ligero). Cuando empiezan a ocurrir cosas raras, por muy raras que sean, siempre se aplican las leyes de conservación de la masa y la energía, gracias al cielo. Muchas de estas cosas no se explican en la serie, y se dan casos en que el espectador, acostumbrado a la ciencia ficción que se pasa por el forro las leyes físicas, puede quedar confundido.

      Sin embargo tampoco es una serie “procientífica” en el sentido de las películas que citáis. Ninguno de los héroes es científico (aunque sí hay una ingeniera) y (atención, posible ESPOILER de ahora en adelante) los científicos que salen son psicópatas, literalmente. También los millonarios son psicópatas (esto puede ser más real). No se puede tener todo.

      • Interesante! Esa serie se me pasó. Me la apunto y gracias!

      • Y eso, Epicúreo, ¿favorece o mejora la trama? Yo veo el rigor como un punto loable pero que claramente debe ser secundario. Lo que diferencia a esta a 2001 de Intelestellar es que una es una maravilla que puede tener mil y una respuestas mientras que la otra es una peli entretenida. Le falta convertirse en obra de arte. Yo creo que a veces se abusa de las leyes físicas para mal.

        • Para mí el rigor no es secundario, pero es porque yo he estudiado física. Cuando veo que en una escena de la película Gravity se pasan las leyes de Newton por el forro, para mí es como si en una de romanos sale un tío con reloj de pulsera. No me basta que sea por “motivos dramáticos”, si querían hacer una de fantasía, tenían que ponerlo en contexto.

          En 2001, por cierto, son mucho más cuidadosos con las leyes físicas que en Interstellar. El final de 2001 aplica la máxima de Clarke, “cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. Pero en el resto, cuando la tecnología es humana, todo es verosímil.

    • Muy interesantes tus puntos. De hecho, en mis dos novelas, Materia Extraña (Espasa, 2008) y Spartana (Espasa, 2014) me acerco al problema que planteas (como ser serios con la ciencia sin interrumpir el hilo narrativo) con aproximaciones diferentes. En ME trato de dar explicaciones “a lo Marte”. Creo que me quedan razonablemente bien (dramatizando todo lo que puedo), pero en Spartana reduzco las explicaciones al mínimo, “muestro” más que explico la ciencia y estoy más contento del resultado. El como tratar la ciencia rigurosamente pero sin aburrir no es un problema nada baladí!

      En cuanto a un mundo feliz yo lo considero en realidad una distopía! No me gustaría vivir en ese mundo… :)!

      • Yo lo digo por el final, que no deja de ser feliz. Si no recuerdo mal, van a Islandia todos los que piensan diferente (no importa su letra) y consiguen que siga avanzando la humanidad. El resto se encuentra feliz con su droga, su sexo y su consumismo a cargo del Estado. Y son felices. ¿Es distopía? Yo no lo tengo tan claro. Por otro lado, cada vez que se habla de la Renta Universal, no puedo quitarme de la cabeza Un mundo feliz: la sociedad avanzando a través unos pocos übertrabajadores y übercompañías y el resto feliz.

  2. Un privilegio leerles. Comparto pieza a ver también nutren las mañanas de domingo de otros!

  3. Buscando abonar a lo aquí dicho (y quizá generar más diálogo), comparto aquí una reflexión sobre la construcción de la inteligencia artificial desde el cine, que parece anclada al problema del dualismo. Saludos
    http://cultura.nexos.com.mx/?p=9153

  4. Pingback: Diálogos de ciencia y ficción

  5. “Interstellar (es una) película solvente científica y narrativamente”. Al llegar ahí dejé de leer; cualquier otra consideración de quienes hacen tales afirmaciones sólo merece de mi tiempo que escriba este comentario.

  6. Y después se quejan de que se representa a los científicos como “simples”!… Si en este debate (saboteado por las impertinencias de Campos) adolecen de lo mismo. Cabe la pregunta de siempre, si la ciencia parte del método científico y si este es ciencia. La obsesión por lo alternativo será su perdición en verdad OS digo, se pone de ejemplo a los charlatanes de la medicina alternativa, y se mete en el mismo saco a todos, cabría preguntarse como se las arreglaron los médicos de las dinastías chinas a través de los siglos para tal caso. Y valga introducir en el debate si es meritorio tratar de culturizar a las audiencias mediante películas de ciencia ficción, hasta donde se sabe, es mero entretenimiento. Salpicado de especulaciones.

  7. La campaña “Nuclear, no gracias” empezó bastante antes del accidente de Three mile island y se les ha olvidado mencionar que estuvo ampliamente financiada por la extinta URSS y sus satélites.

  8. Pues en mi opinión Gravity no es una película de ciencia ficción. Es una película ambientada en el espacio, pero solo este hecho no la convierte automáticamente en una película de ciencia ficción.

  9. Me ha gustado mucho el diálogo.

    El análisis de la inteligencia y la consciencia ha sido interesante.

    Podrían hacerlo en vídeo. Eso mejoraria su difusión.

  10. Las tres películas son muy buenas pero por ejemplo, interstellar me hubiera gustado descubrirlo en una novela; aunque sabemos que se basa en el trabajo del físico teórico Kip Thorneque, esta historia de ciencia nos puede inspirar a muchos.

    Interstellar es la película que necesitaba el niño que todos llevamos dentro y que se conforma con mirar a las estrellas. El triunfo de la tecnología sobre el egoísmo del hombre. La respuesta a la eterna pregunta sobre la coexistencia de la ciencia y la ficción en el cine. La mejor película de Christopher Nolan hasta la fecha, y posiblemente, la mejor película sobre viajes espaciales de la historia.

  11. Pingback: El debut – transalcalantico

  12. El gran problema de la ciencia es que se toma demasiado en serio a si misma. Yo creo ciegamente en ella, pero me parece que a veces hay que relajarse. Como por ejemplo cuando en el artículo se dice que “Regreso al futuro” ridiculiza la ciencia… al final os la acabaréis cogiendo con papel de grafeno.

    • Coincido totalmente con este comentario.
      Hay puntos muy interesantes en este artículo, pero también creo que hay alguno desafortunado. Como por ejemplo, lo que se comenta de Avatar. Los malos no son los científicos señor Juan José, sino los marines movidos por la codicia, no la ciencia. Precisamente la única persona que parece tener un poco de cordura es la única científica que hay en toda la película. A veces se ven ataques donde no lo hay, coincido en que hay que relajarse. Y eso que Avatar me parece una película bastante mediocre, pero definitivamente no es por ese motivo.

  13. Magnifico dialogo. De un tiempo a esta parte la ciencia se a convertido en el nuevo Dios (sin connotacion positiva ni negativa) del arte, hace poco en una exposicion de pintura me sorprendio ver cuadros con titulos como “Entrelazamiento” “El fermion perdido” y otros, incluso en la letra de canciones muy populares “Que en libro de ciencia he podido extudiar que somos microbios venidos a mas” Extremo, y otras de calle 13 o Antonia Font. incluso en la poesia (se empieza a intuir con Walt Whitman).
    Por otro lado creo que los aficionados diferenciamos bien entre las peliculas cientificas y los “westerns espaciales” valorando trascendentalmente las primeras y disfrutando las segundas como mero entretenimiento.
    Una ultima cosa, por fin veo a alguien opinar lo mismo que yo sobre “el Roto” sinceramente me parece lo peor, LO PEOR.
    Gracias a jotdown

    • Hombre,Cristian Campos alude a El Roto para señalar una discrepancia concreta en su ideario. Usted rezuma un odio ponzoñoso para con el sujeto que más bien parece fruto de un desarreglo mental por su parte…

    • Hola Wukong, reconozco que tanto tú como Lucky Starr tenéis puesto punto de razón. Es verdad que la ciencia se toma demasiado en serio a sí misma a veces (y también nos pasa a los científicos). Tan cierto como que Regreso al Futuro es una divertidísima película, aunque el cliché del científico loco está un poco manido y tan cierto como que en Avatar el malo es la codicia no la ciencia (aunque la parte new age es bastante discutible). Gracias por la lectura y los comentarios!

  14. Enhorabuena y muchas gracias por vuestro interesantísimo artículo conjunto! Me gustaría hacer un par de pequeños apuntes que me venían a la cabeza al leeros:

    ¿De dónde sacar nuevas temáticas científicas más allá de agujeros negros y viajes espaciales (los cuales, como bien decís, sin duda seguirán teniendo tirón)? No podía evitar pensar en algunas obras clásicas del género que (hasta donde sé) no se han llevado al cine, como Fundación, de Asimov (con todo su componente de utopía (Términus) y distopía (Trantor). Pero sobre todo Pórtico (Gateway) de Fred Pohl, con esa extraordinaria fuente de imágenes y metáforas que son las naves alienígenas abandonadas cuyos controles no comprendemos, por lo que jugamos a la ruleta rusa al tripularlas, esa llamativa ausencia de sexismo, avanzadísima para su época, esa IA que se dedica a la psicoterapia… ese impactante final…

    Habláis de la posibilidad de consciencia en una IA. Una de las mejores obras que conozco sobre el tema (aunque aparentemente no trata sobre él) es el relato “El fantasma de Kansas”, de John Varley. Creo que daría para una magnífica película incluso en el sentido taquillero, pero sobre todo en los otros. Lo más curioso de la consciencia es que no podemos explicarla científicamente porque (de momento) ni siquiera sabemos cómo describirla! Y la descripción de algo siempre es lógicamente anterior a su explicación (no digamos a la predicción o al control).

    Por último (está feo que un comentario sea más largo que el artículo a que se refiere :) no me he quedado del todo a gusto con vuestro tratamiento de la “fe en la ciencia”. De acuerdo, es mejor que la gente crea ciegamente en la ciencia que en otras “alternativas” (que resultan invariablemente pueriles, en el mejor de los casos), pero la ciencia es (como dice uno de vosotros) antitética a la fe. El creyente siempre sabe de antemano a qué conclusión “tiene” que llegar, y es perfectamente capaz de distorsionar la razón y negar la evidencia cuanto sea necesario para no desviarse de ese objetivo. El científico (no sólo el profesional, me refiero a la persona con mentalidad científica) está abierto a cualquier conclusión que pueda seguirse racionalmente de la evidencia disponible, y está dispuesto a cambiara esa conclusión en cualquier momento, con la única condición de que dicha evidencia, a la luz de la razón, así lo aconseje. Esta diferencia es abismal, tan inmensa como pueda ser la diferencia entre cualesquiera dos sistemas de pensamiento, porque afecta a la manera en que establecemos nuestras creencias, que es mucho más esencial que el contenido particular de las creencias mismas.

    Ah, a mí también me gustó mucho Ex Machina, y supongo que ese (ciertamente cabreante) final es sustancialmente una concesión a la taquilla.

  15. Me resulta increíble que en este debate no se haya abordado una de las mejores e infravaloradas películas de ciencia ficción de los últimos 15 años, la estupenda Coherence (2013), que sin presupuesto exorbitante ni alharacas es una maravilla sobre la paradoja del gato de Schrödinger

    • Hola Pablo, gracias por la lectura los comentarios y las acertadas críticas. Tomo nota de tus sugerencias, en particular voy a leer “El fantasma de Kansas” que no conocía. Un muy cordial saludo!

    • Hola Dani, la idea era tratar películas que fueran a la vez “importantes” (en el sentido que explicamos en el artículo) y “taquilleras” (por las razones que exponemos también en el artículo). Coherence cae en el magnífico grupo de películas que incluye “Another Earth” y varias otras, que, a pesar de sus méritos, pasan desapercibidas para el gran público (una pena, desde luego). Un cordial saludo, J

  16. Pues sí que habéis echado carne a la parrilla … hay temas para elegir … ¡qué difícil! Pues elijo entonces la importancia del cerebro: posiblemente, demasiada.

    Os recuerdo que nuestras más pobres computadoras hacen cálculos increíbles, pero ni siquiera las más poderosas saben … andar! Uno de los retos más inquietos para los cibernéticos no es crear una máquina capaz de calcular o relacionar informaciones, sino crear una máquina capaz de sentir, aprender, y evaluar con su propio cuerpo. Y con pasear de forma decente ya valdría. Nadie está quitando importancia al cerebro, pero nuestra cultura (como perfectamente representado en los temas recurrentes de la ciencia ficción) sigue siendo a lo mejor demasiado cerebrocéntrica.

    Cabe la (seria) posibilidad de que el cuerpo tenga un papel fundamental en la cognición, y en este caso lo que no hemos ni empezado a entender es esta integración entre cerebro y cuerpo. A los delfines, como habéis bien recordado, le faltan brazos y manos, ¡y no es poco! Sin interfaz para engancharte al medio te quedan solo unas cuantas neuronas, lo cual no está mal pero probablemente no es suficiente para dar un paso más. El cerebro cabe en mil y poco centímetros cúbicos, la mente puede que no.

    Digito, ergo sum …
    http://www.investigacionyciencia.es/blogs/medicina-y-biologia/80/posts/em-digito-ergo-sum-em-13377

    ¿Hay pelis de ciencia ficción donde se trata el tema de la importancia del cuerpo en el proceso cognitivo?

  17. ¿Pero qué coj…?

    O sea, en serio. ¿Ciencia en la ciencia ficción? ¿Qué es esto, 1954? ¿Saben ustedes que en literatura este debate quedó zanjado en los años 60, con New Worlds?

    LA CREDIBILIDAD CIENTÍFICA NO ES UNA VIRTUD EN LA CIENCIA FICCION, POR EL AMOR DE DIOS.

    La CF hard, que es de largo la versión menos adulta de la CF, tiende a ser poco más que una paja ingenieril sobre nuestro infinito potencial para dominar el universo y poder evadirnos de esas grandes incomodidades no computables como la política.

    ¿La singularidad? La überpaja, el deseo irreprimible de escaparse de lo no computable (o sea, de la vida real) a velocidad absurda.

    Ahí está Interstellar, donde se consigue privar de todo misterio, toda imaginación y toda gracia al hecho de trascender el tiempo, el espacio y la materia.

    Cuando todos los científicos le dicen a un autor de CF que está diciendo algo absurdo, es cuando ese autor lo está haciendo bien. Pero claro, eso lo ha dicho un autor furiosamente literato (M. John Harrison).

    • Lo que quicir con esta energumenez: que en general en JotDown, cuando se habla de ciencia ficción, se muestra una visión muy limitada y limitante del género. El tipo de visión que los Ballard, Aldiss, Disch, Delany y demás grandes de los 70 intentaron superar. Credibilidad científica, género de ideas… y otras ideas francamente discutibles.

    • Hola Emiliano, ahí va una respuesta:

      http://www.nextdoorpublishers.com/2016/02/el-dilema-turing-primera-parte/

      hay segunda parte y tercera (en marcha) donde se toca mucho de lo que apuntas

      • Hola David, el caso es que es un diálogo muy interesante (ahora que se te ha bajado un poco el mosqueo y calculo que no me darás con la tea de quemar herejes). Para empezar, estoy de acuerdo en las limitaciones de la Hard-SCiFI, pero también creo que si un pone la palabra ciencia a su género, no puede darle todas las concesiones a “ficción”. Tengo mi propia experiencia, de hecho en mis propias incursiones literarias. En mi primera novela (Materia Extraña, Espasa, 2008) me muevo en líneas mucho más hard que en la segunda (Spartana, Espasa, 2014) y de hecho estoy más contento con la segunda que con la primera.

        Aldiss es un buen ejemplo de escritor que intenta ir más allá de la hard SF sin abandonar completamente la idea de que la “Science” de SF debe contar (estoy pensando en su prodigiosa Heliconia). En cambio KS Robinson, en los 90, consigue una auténtica obra maestra con la trilogía de Marte, regresando a lineas muy hard… al final también hay una componente personal. Un gran autor puede con todo, quizás, más allá de ideologías!

        Un cordial saludo!
        J

  18. Buena conversacion. Un articulos muy interesante, aunque en mi opinión el asunto de la fe en la ciencia (que CC ha reducido a la infalibilidad de las leyes científicas) ha quedado bastante cojo.

  19. Si Los juegos de hambre es inocua, creo que es más porque estamos aborregados y anestesiados que por lo que se narra en su última parte: el horror de la guerra, unos “buenos” igual de malos que el “malo” al que quieren derrocar…

    Ahora bien, con Divergente sí podríais haber hecho sangre, más que con Avatar: es un relato en el que los buenos son los “atletas” y los intelectuales los malos de la función.

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