Ocho días encerrado en Venezuela - Jot Down Cultural Magazine

Ocho días encerrado en Venezuela

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Carretera que lleva a Caracas desde el aeropuerto Simón Bolívar. Foto:Jorge Silva / Cordon.

17 de octubre, lunes

El vuelo UX071 a Caracas va casi lleno. A mi lado, en la fila 15, se sienta Beto. Es portugués y vive en Euskadi. Nos presentamos. Le pregunto si ha ido muchas veces a Venezuela. Hace un gesto con los dedos de la mano derecha, uniendo y separando las puntas, y dice que «un montón». Cuando admito que en mi caso es la primera, considera que me será de provecho saber que la corrupción empieza en el aeropuerto, con la policía. «En mi primer viaje, me pusieron la maleta patas arriba. Tomaban la ropa, o los enseres, y meneaban la cabeza, o chasqueaban la lengua, como si aquí las camisas a cuadros o el desodorante estuviesen prohibidos. Me dejé treinta dólares en mordidas». Se quedó un rato pensando, colgado de la última frase, hasta que me tocó un brazo y añadió con gravedad: «No salgas mucho del hotel».

Me pregunta qué voy «a pintar» yo a Venezuela. «A trabajar», digo, por decir algo. «¿A qué te dedicas?». Lo pienso un poco, y al final confieso que soy escritor, y que me han invitado a la Feria del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). «¿Escritor? ¿Escribes libros?». Asiento con escasa convicción. «¿Y qué clase de libros?». No lo sé. No escribo una clase de libros. Explicarlo me llevaría tiempo, así que prefiero mentir y suelto que escribo novela de terror; qué más da. Cuando estoy a punto de precisar —lanzando otra mentira— que también cultivo la poesía, se vuelve hacia mí, no muy serio, pero tampoco muy en broma, y afirma: «Yo no soy mucho de leer, ¿sabes?». Asiento otra vez.

Para no enredar la conversación, después le pregunto a qué se dedica él. «Al petróleo», dice engordando la voz. Me quedo en silencio, adivinando si será un magnate, un químico, un geólogo, un sismólogo, un ingeniero, un economista o tal vez uno de esos trabajadores de las plataformas petrolíferas, destinados al área de servicios, como un panadero o un lavandero. Lo miro de reojo, por si pudiese obtener alguna pista a partir de su aspecto.

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Después de una hora de vuelo, se queja amargamente de que no haya pantallas en el avión para ver alguna película. «Si las quitan, se ahorran muchos kilos de cable, y al ahorrar peso, en aviación se ahorra mucho combustible. Esto es un negocio», explica. Su razonamiento recibe un espaldarazo cuando la tripulación empieza a ofrecer iPad a diez euros, cargados con una amplia videoteca. «¿Ves lo que te decía? Un asqueroso negocio». A los dos minutos, cuando el carrito con la tablet pasa a nuestro lado, Beto le toca un codo a una azafata: «¿Me da una, por favor?». Se pone los auriculares y se aísla. Yo aprovecho para empezar a leer Las chicas, de Emma Cline.

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Un par de filas más adelante se sienta un joven con un ordenador encima de las piernas. Trabaja con un programa musical. De regreso del baño, un señor gordo, de bigote, con la cremallera del pantalón abierta, siente curiosidad, y se detiene ante él. Le pregunta qué hace. «Edito música». «Oh, excelente. Yo soy trompetista en una pequeña orquesta. En mis tiempos no existía nada de esto», asegura, como si estos ya no fuesen sus tiempos. El joven le explica que el programa que emplea dispone de herramientas para editar trabajos ya terminados y mezclados en una sola pista de audio, así como también recortar sonidos, limpiar grabaciones, hacer la masterización final de las producciones… El trompetista lo mira con cara de pena. Me fijo en que tiene algo de caspa, y me cae simpático. La caspa es uno de esos vagos defectos en franca decadencia, lo que los vuelve casi una virtud.

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Aterrizamos en Caracas sin apenas retraso. Tardo una hora y cuarto en recuperar mi maleta. Ya intuyo que los acontecimientos en Venezuela están empujados por la parsimonia. Al traspasar la aduana me abordan varios hombres, que me ofrecen taxis, teléfonos, bolívares… Cuando localizo al conductor de la Embajada de España, que sostiene un cartel con el escudo nacional, nos dirigimos al aparcamiento. Son las ocho de la tarde y el calor desprende un olor salvaje. Apenas hay alumbrado. Me acomodo en el asiento trasero. La noche es hostil y, desde el interior del coche, gélida. Me sorprende la cantidad de coches que circulan sin luces, y cómo los motoristas hablan entre sí, de moto a moto. En los arcenes de la autopista se acumulan los vehículos averiados, que aparecen de repente, de la nada, sin señalización.

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Al llegar al hotel pregunto por Manuel Vilas, que también está alojado en el Pestana. Quedamos para cenar. Él regresa a Estados Unidos a la mañana siguiente, temprano; no podrá trasnochar. Manuel, Gabi Martínez y yo somos los tres autores españoles invitados a la FILUC. Me parece entender que Gabi se fue ya hace un par de días. Después de participar en la feria, se adentró en el corazón del país en busca de un mamífero llamado danta. Dice Vilas que no lo avistó. Es la primera vez que oigo hablar de una danta. Cuando la busco en Google, su aspecto me recuerda al jabalí, pero también al oso hormiguero. Leo que la danta andina, propia de Venezuela, es un mamífero «posiblemente extinto», lo que convierte el empeño de Gabi en más titánico todavía.

Vilas siempre transmite calma y felicidad, y es afilado en sus juicios. Me da tres consejos: báñate en la piscina que hay en la azotea, prueba el postre Tres leches, bebe zumos, son buenísimos. Hablamos de Venezuela, de su inseguridad, de los problemas de abastecimiento, de la inflación, pero también de su poesía. Este es un país de poetas, fundamentalmente. Primero los poetas, después los cuentistas y a continuación los novelistas. Comentamos la decisión de la Academia sueca de premiar con el Nobel de Literatura a Bob Dylan. Está encantado. Aunque es sabido que Vilas es de Lou Reed. Su nuevo libro tratará su figura. Recién llegado a Venezuela, se subió a un taxi que puso la radio y escuchó que Dylan era el nuevo premio Nobel. «Me alegra todo lo que sea quitar solemnidad a la literatura». Cree que, en el fondo, «Dylan es el autor de la gran novela americana», pero sin necesidad de llenar mil páginas.

Después de cenar nos despedimos. No tomamos ni una copa. Estamos fuera de forma. Al día siguiente, él se levanta a las cuatro de la mañana, rumbo a Iowa (EE. UU.), donde pasa varias temporadas al año, y la vida es tan tranquila que casi se pueden escuchar las palpitaciones del tiempo.

18 de octubre, martes

Me despierto a las dos de la madrugada y no vuelvo a pegar ojo. Al principio, cuando consulto el teléfono, creo que he dormido hasta las ocho de la mañana, y me siento feliz. Pero simplemente me olvidé de atrasarlo seis horas, según el huso horario de Venezuela. Mi felicidad y la mañana se esfuman de golpe, sin un chasquido. El jet lag me va a durar varios días. Hago tiempo escuchando podcasts, leyendo, e imitando a alguien que intenta dormir, aunque sabe que es imposible. A las siete bajo a desayunar. Lo hago a lo bestia, por si acaso. No sé cuál es el «acaso». Digamos que por si acaso el acaso. Subo a la azotea, en el piso 18, a cumplir con el consejo de Vilas. Las vistas son espectaculares. Se ve el cerro Ávila. Días atrás busqué información sobre el Pestana, y leí que en mayo los trabajadores del hotel localizaron el cadáver de un hombre de cuarenta y tres años que trabajaba para la filial gasística de Petróleos de Venezuela S. A. «Estaba amordazado y tenía una herida punzocortante», decía el diario El Nacional. Al leerlo, pensé que las recomendaciones de no salir del hotel que me hacía todo el mundo se quedaban cortas.

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Permanezco toda la mañana en la habitación, escribiendo una columna con un ladrillo en la cabeza, y espiando cada poco por la ventana. Justo enfrente hay un centro comercial. A primera hora se forman largas colas para entrar.  

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A media tarde me recogen para conducirme al Centro Cultural Chacao. Llama la atención que haya tantos coches con los cristales oscuros. Cada moto pasando a toda velocidad entre los coches es un grito en la oscuridad que solo oigo yo. El tráfico de Caracas es lento y anárquico. No entiendo por qué no se registran colisiones a todas horas, con decenas de heridos. «Aquí vamos temiéndonos todo el tiempo lo peor de los otros conductores, por eso hay pocos accidentes; estamos siempre alerta», dice mi conductor, que me mira con una gran sonrisa a través del retrovisor, mientras se salta un semáforo en rojo y, en efecto, no sucede absolutamente nada.

Me presentan a Óscar Marcano. Vamos a dialogar sobre las dificultades de un escritor para ser simplemente un escritor, y de cómo a veces su trabajo consiste en no escribir en absoluto, y observar el mundo con las manos en los bolsillos. Marcano es autor de dos libros que en Venezuela son dos instituciones. Uno es Solo quiero que amanezca, conjunto de relatos que recibieron en su día el Premio Jorge Luis Borges, y otro la novela Puntos de sutura. De ambos me regala un ejemplar dedicado.

En un momento de su intervención confiesa que de niño, y sin referentes, «mi verdadera vocación era ser un homeless». Algo inexplicable lo atraía a esa vida. «Quería convertirme, de mayor, en uno de esos menesterosos, sin nada a cuestas, que veía deambular por las calles. Cuando nos reuníamos de chicos y alguno decía que quería ser astronauta, médico, aviador o lo que fuese, pocas veces tuve la valentía de revelar mi verdadera vocación». El fin de esta historia se lo dio Borges en El libro de los seres imaginarios (1967): «Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro, acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros salvadores y no lo saben».

Marcano es también un destacado periodista. Nos cuenta que en una de las últimas reuniones de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo a la que acudió, en Colombia, Jon Lee Anderson le relató que en uno de sus viajes por África, para documentar un reportaje para The New Yorker, había sido testigo de algunas experiencias que finalmente no pudo incluir en el texto. Eran experiencias muy ilustrativas, que hacían el reportaje más revelador y terrible. Pero no pasaban el fact checking de la revista. «No era posible contrastarlas por alguien ajeno al propio Lee Anderson». 

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Esta noche ceno con el consejero cultural de la embajada española, Bernabé Aguilar, y dos de sus colaboradoras, Melba y Patricia. Me hablan de la carestía que sufre Venezuela. Hay escasez de ciertos alimentos, que el país tiene que importar, y que resultan demasiado caros. En su caso, hacen grandes pedidos a El Corte Inglés que llegan por barco cada dos o tres meses.

Los relatos sobre la vida en Caracas remiten siempre a una modalidad de violencia, física o moral. Los tres han pasado por la experiencia de ser atracados en la calle. En un momento de la cena me refieren una historia estremecedora. Se trata de una leyenda urbana referida en varias crónicas, cuentos y alguna novela. Lo cual no quiere decir que no tenga un sustrato verídico o altamente verosímil. Arranca con una mujer de mediana edad subiéndose a un mototaxi. En una ciudad con tantos atascos la moto es una buena alternativa para sortearlos. A mitad de trayecto, se detienen ante un semáforo, y el taxista saca una pistola de la cintura, y con la punta golpea en la ventanilla del coche que tienen a su derecha. El conductor, que tal vez ya ha pasado por esto en otras ocasiones, baja el cristal y le entrega el teléfono móvil. Entonces, el semáforo se pone verde y el mototaxi reanuda la marcha. La pasajera saltaría de la moto, pero el miedo la paraliza. Está completamente aterrada. Se pregunta en qué momento el taxista la desvalijará a ella. Tal vez la mate. Y sin embargo la lleva a su destino. Cuando llega, y se baja, le tiemblan las piernas. El taxista se da cuenta, y la tranquiliza. «No se preocupe, señora. Son negocios diferentes».

Hace algunas semanas, el propio consejero cultural iba en un taxi, en el asiento trasero, cuando dos malandros detuvieron su moto a la par que el coche. «A uno de ellos le asomaba una tremenda pistola de la cintura del pantalón. Creo que quería que la viésemos». Le tocaron la ventanilla. Mantuvo la calma y bajó lentamente el cristal. Por dentro, se moría de miedo. Iba a entregarle su teléfono, y la cartera si era necesario, cuando el conductor de la moto le advirtió: «Señor, lleva la puerta mal cerrada».

Foto: Jorge Silva / Cordon.

19 de octubre, miércoles 

A las cuatro de la madrugada estoy en pie. La simple idea de intentar dormir me desespera. Leo Solo quiero que amanezca, de Óscar Marcano, de una sentada. Hay que tener cuidado por dónde sostienes los relatos porque cortan: sus personajes habitan en el fondo, y el lenguaje carece del mínimo aderezo, comparece desnudo. Por debajo, se adivinan Venezuela y sus males periódicos, cuando no hay nada en lo que creer. A las seis de la mañana, amanece.

Bajo a desayunar fuerte, otra vez por si acaso. El ascensor se detiene en todas las plantas, y se van incorporando más y más huéspedes. Algunos portan una acreditación al cuello. Hablan entre ellos, con camaradería. Uno joven calvo, con traje azul brillante, presume de que se acostó a las cinco y media de la mañana. Estas conversaciones siempre resultan familiares. Deduzco que hay un congreso en el hotel. Al salir al lobby, se confirma: hay un gran bullicio. Los participantes están recogiendo la documentación. Me fijo en un gran cartel, en el que se lee «I Congreso de Ventilación, Aire Acondicionado y Refrigeración». Husmeo en el dosier a disposición de los congresistas. El programa incluye dos días de trabajo con dieciséis ponencias técnicas, del tipo Análisis de Sistema Primario-Secundario para Aire Acondicionado por Agua Helada. Nuevas Tendencias; Eficiencia Energética en Supermercados con Controles Inteligentes; Situación Actual y Tendencias en Refrigerantes de Uso Habitual en Refrigeración Industrial y Comercial. Enfoque global; Fabricación de Hielo: Tipos de Equipos, Máquinas Industriales, Máquinas Autónomas, Tipos de Hielo, Refrigerantes; Presente y Futuro de los Refrigerantes. Momento para la Toma de Decisiones. Me abruma el uso de las mayúsculas. Es como mirar al sol directamente. Tienes que retirar la vista, o te quedas ciego.

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A las diez de la mañana me recoge un conductor de la Universidad de Carabobo que debe llevarme a Valencia, a la Feria del Libro. En el asiento del acompañante viaja un misterioso anciano de pelo blanco, con un largo mechón recogido en una trenza. Parece un sabio con chaqueta y bigote que ha tenido la suerte de no quedarse calvo. Intuyo que le gusta viajar a lo grande porque lleva el asiento atrás del todo. Apenas tengo espacio para mis piernas. No abre la boca en todo el trayecto. Mejor, me digo. «¿No funcionan los cinturones de seguridad?», pregunto algo nervioso, después de probar el de un lado y el de otro. El conductor se vuelve fugazmente. «Ah, no», responde con indolencia, y antes de que yo tenga tiempo a preocuparme, añade: «Pero no creo que sean necesarios». El trayecto dura dos horas y media.

La experiencia de una autopista venezolana no se olvida. Resulta altamente recomendable si eres intrépido y crees que después de la muerte hay más vidas. Entre carriles, sobre la pintura, se sitúan los buhoneros, esperando a que se produzca un atasco y poder venderte algunos de sus dulces típicos. «¿Pero esta gente no muere atropellada de vez en cuando?», pregunto. El conductor hace un gesto con la mano, como indicando que son fantasmas, y que en realidad ya están muertos. No tardamos en caer en el primer atasco, y en el segundo, y así sucesivamente. Mi conductor saca un viejo Nokia y se entretiene jugando al Snake. Cuando reemprendemos la marcha, aprovecha para escribir un SMS. De vez en cuando, mira a la carretera. Yo espío el cuentakilómetros cada poco. Por si no estuviese ya bastante torturado, pone una música horrible. «Mejor así, ¿verdad?». Asiento. No hay color.

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Parte de la autopista transcurre paralela a la línea de ferrocarril que iba a cruzar el país, y que nunca se terminó de construir. Se levantaron viaductos y gruesos pilares para los puentes, pero todo está abandonado. No hay vías, solo hormigón, y en las grietas del hormigón crecen los hierbajos.

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Al llegar a Valencia me dejan directamente en las instalaciones de la feria con maleta y todo. Como es hora del almuerzo, me acompañan al comedor de invitados, y me sientan junto a Carlos Sandoval y Jonathan Bustamante. Sandoval es cronista, ensayista, profesor de Literatura en la Universidad Central de Venezuela, crítico literario, editor y onettiano. Bustamante es administrador en la editorial Madera Fina, en la que publican a Gonçalo M. Tavares, Santiago Gamboa o Rodrigo Blanco Calderón, entre otros autores.

«¿Qué tal el viaje?», pregunta Sandoval. «Emocionante». Deduce que eso equivale a «bien», y para que me haga una idea de qué sería mal, me cuenta que hace unos días se estrelló un camión en la autopista Francisco Fajardo, la arteria principal de Caracas. «Iba cargado con carne, y los conductores y pasajeros empezaron a pararse y a cargar la mercancía en sus carros, para aprovisionar sus neveras. Nadie se asomó a ver cómo se encontraba el camionero. Murió a las pocas horas dentro de la cabina. Este hecho sirve para hacerse una idea de cómo está hoy Venezuela».

La comida es frugal. Hablamos de literatura, de política, e incluso de un asunto absolutamente mundano, que mantiene a la organización de la feria en vilo, preocupada por uno de los poetas invitados, que desde que llegó el sábado todavía no ha visitado al cuarto de baño. «Son muchos días». Los cuento con los dedos de la mano, para asegurar, y coincido. «Muchos, sí». Se entiende la preocupación. Hacemos algunas bromas, no obstante.

Me presentan a Rosa María Tovar, la directora de la feria. Su afabilidad es proverbial. Casi la totalidad de los responsables de la feria son mujeres. Se desviven por los autores, que a su vez nos desvivimos por nosotros mismos.

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Hago mi primer recorrido por el recinto de la feria, donde puedes ojear libros, pero también asistir a un programa de radio en directo, o comer algún plato típico de la zona. La gente es afable, muy cariñosa. No paramos de darnos besos. Es una buena pedagogía contra la violencia que se agolpa en el exterior, en las calles, fuera de la burbuja en la que vivo.

Apenas hay títulos extranjeros, salvo algunos enviados por Planeta o Alfaguara, y aquellos que consigas encontrar en los stands de libros usados. Un editor me explica que hace tiempo que la situación económica de Venezuela, y la debilidad de la moneda nacional, hacen casi imposible la entrada de literatura española. «El año pasado acudió Javier Cercas, que promocionaba El impostor, y el libro se vendía aquí a veinte mil bolívares, que es más del sueldo medio de los venezolanos. Naturalmente, el propio Cercas, con mucha sensatez, recomendaba que no comprásemos su libro».

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Puesto que hoy no participo en ningún acto, pregunto si hay alguien que me lleve al hotel. Me instalan en la habitación 326. La wifi funciona estupendamente. Fuera de eso, en la habitación se registra toda una sinfonía de ruidos desesperantes, como el de la cisterna, que pierde agua continuamente, o el de la nevera, que ronronea sin fin. Cierro la llave de paso y desconecto el electrodoméstico, que solo contiene dos botellas de agua. Un escritor no necesita más. En parte, me alegro. Me acuerdo de Los autonautas de la cosmopista, de Julio Cortázar, donde cuenta que él y Carol Dunlop se detienen en uno de los hoteles de la autopista entre París y Marsella, y deciden darse un homenaje sacando dos botellitas de whisky del minibar. Cuando Julio bebe la suya, sabe que ha caído en una vieja trampa: un huésped anterior bebió el alcohol y rellenó la botella con orina.

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A la hora de la cena me reencuentro con Sandoval y Bustamante. Me presentan a un veterano profesor de literatura francesa y a su mujer, poeta, que poco después sabré que es una antigua alumna. Cuando se van, Sandoval me explica que el profesor, especialista en Proust, después de jubilarse, escribió una novela titulada El viaje inefable. «Lo inefable es la propia novela». Sandoval es probablemente la persona que más sabe de literatura venezolana, y un crítico que no compadrea con nadie. Él también fue alumno del viejo profesor. Después de negarle su voto en el Premio de la Crítica a la mejor novela por Memorias de la esperanza, el autor estuvo dos años sin dirigirle la palabra. «Era una novela, claro, también inefable».

Sandoval y Bustamante cultivan el deprimente hábito de tomarse un café con leche después de cenar, muy despacio. Yo no puedo. Por la noche el café con leche me pone triste. Coincidimos en lo mal iluminado que está el hotel. No hay apenas luces que cuelguen del techo. En las habitaciones solo hay lámparas de pie o de mesa.

Hablamos de libros. No hay nada que se me ocurra mencionar que no haya leído Sandoval. Conversar con él es una delicia. Su sentido del humor —y esto es todavía más placentero— se encuentra a la altura de su cultura.

20 de octubre, jueves

Foto: Cordon.

Venezuela tiene la inflación más alta del mundo, la violencia campa por todas partes, y se registran grandes dificultades para adquirir bienes esenciales para la dieta. ¿Cómo lo sé, si vivo encerrado en una burbuja, y mis horas transcurren lentamente en el hotel, o en el recinto de la feria, o en el coche con los cristales tintados que me traslada? Lo sé porque todos los venezolanos con los que trato me cuentan lo mismo, y porque en el Guaparo Inn, en el que me alojo, el buffet del desayuno no oferta leche ni azúcar: hay que reclamárselos al personal, que tarda lo suficiente en traerlos como para quitarte las ganas de repetir. La mermelada está caducada desde hace dos meses. Me alerta un huésped cuando ve que la extiendo con entusiasmo en una tostada. «Señor, está vencida». Maldición. Me había hecho a la idea de darme otro homenaje. Por si acaso solo estuviese caducada la suya, espío el anverso. Sí, está caducada. Si el huésped no me estuviese observando, creo que la comería, pese a todo. ¿Quién se muere por tomar una mermelada caducada? Pero no me quita ojo. Me da vergüenza despreciar su advertencia. 

Enseguida aparecen Sanvodal y Bustamante, que comparten habitación para reducir gastos. Lo primero que hago es interesarme por el poeta. «¿Sabemos si ha ido ya al baño?». El profesor niega con la cabeza. Todo sigue igual. Lo peor es que su situación es vox populi. En la feria se habla de poesía, de cuentos, y de las dificultades del poeta. Para quitar dramatismo al caso, bromeo con un episodio de Los Soprano en el que uno de los capitanes fallece en el váter del Satriale’s, mientras hace esfuerzos ímprobos por cagar, después de una semana en el dique seco. S y J coinciden en que la anécdota es vagamente tranquilizadora.

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Después del desayuno me siento a leer cerca de la piscina, pero no demasiado cerca. Cuando me doy cuenta me están devorando los mosquitos. Regreso precipitadamente a la habitación, donde dedico dos horas a reescribir la novela. A continuación, resumo en algunas notas lo que pretendo exponer en mi primera charla, dedicada a los lectores como protagonistas de las bibliotecas. Hablaré de un usuario de la biblioteca pública de Ourense que todos los días llega a la misma hora, atraviesa la sala de lectura, y extrae de una estantería el primer volumen de La riqueza de las naciones, de Adam Smith, en edición facsimilar. Toma asiento donde haya un hueco libre, y lee como un pervertido, oscuramente, durante tres minutos. Tres minutos. Solo tres minutos. Ni uno más ni uno menos. Tres minutos, digamos, de los breves. Y después se va. Así todos los días, las semanas, los meses.

El foro empieza a las tres. Son las tres y veinte y no hay nadie en el salón Yves Bonnefoy. Ni siquiera los ponentes. Gustavo Fernández, dicen, está tirado en la autopista, con el coche averiado. Hasta cierto punto, me parece normal: el parque móvil de Venezuela es una ruina. Hablaremos Virginia Riquelme, editora y profesora de la Universidad Central, donde en su día fue alumna de Sandoval, y yo. Antes de empezar, hablamos de literatura, pero enseguida de luz eléctrica y de cortes de agua. Virginia vive en una zona de Caracas especialmente antichavista, donde se suceden las interrupciones de la corriente eléctrica y los cortes en el suministro agua. Casi no sabe qué es ducharse bajo una alcachofa. La escasez la obliga a almacenar el agua en barriles. «El almacenamiento de agua, durante días o semanas, está detrás de enfermedades que ya creíamos erradicadas en Venezuela», cuenta Jonathan, que recuerda que también hay problemas serios para acceder a los medicamentos, por escasos y caros. «Yo tengo un niño de tres años y a veces no consigo pañales».

Al final se reúnen quince asistentes y damos comienzo a la charla. Riquelme relata que en 2008 visitó la casa del poeta José Emilio Pacheco en Ciudad de México. «Conocer su departamento cuenta como conocer su biblioteca, pues esta se desplegaba a lo alto y ancho de todas sus paredes; cada uno de los rincones de aquella morada amplia había sido adecuado para los libros de la biblioteca personal más imponente que he visto. A los lados de las escaleras y en cada pasillo había libros; el salón de estar era una gran biblioteca, una de sus habitaciones también (con libros en estanterías que cubrían sus paredes que atravesaban el espacio de punta a punta como si de una sala de biblioteca pública se tratara) y la promesa creíble y confesa de que en el propio cuarto donde dormían el poeta y su esposa había mucho más».

Revela que la biblioteca de su padre la componen dos estanterías que hacen esquina y forman una fortaleza. Con el tiempo aprendió que su padre tenía los libros organizados por países, es decir, según el origen del autor de cada volumen. «Entonces la fortaleza era también un mapamundi, coordenadas explícitas para saltar de una frontera a la otra con tan solo deslizar mi dedo por los lomos». La biblioteca dejó de ser, desde ese momento y para siempre, un lugar donde colocar libros. «La biblioteca es lugar de afectos, de memoria, pero sobre todo de orden, un orden arbitrario pero personal, sobre todo personal».

En el turno de preguntas y reflexiones ocurre algo verdaderamente pintoresco, cuando se levanta una señora de edad avanzada, cargada de collares, y dice que después de escucharme —justo acaba de decidirlo, anuncia— va a empezar a escribir un libro. Le aplaudo. Sandoval, que está presente, y la oye, me comenta al salir que la gente, por lo que se ve, ya no necesita leer libros para escribirlos. Eso exige mucho tiempo. «Tal vez un día, cuando sea una escritora de éxito, o una escritora a secas, le pregunten “¿Y usted qué ha leído, cuáles son sus referencias?”, y esa sonreirá y responderá: “Yo no leo. Yo escuché una vez una conferencia de Tallón y me bastó”».

Como empezamos con retraso, acabamos tarde, lo que me hace llegar impuntual a mi siguiente acto, una mesa redonda, en el salón Teresa de la Parra, sobre autores españoles. Formamos parte de ella José Napoleón Oropeza, Orlando Chirinos y yo. Cuando entro, advierto con alegría y preocupación, porque no he preparado nada, que la sala está llena. También advierto que Orlando Chirinos no se ha presentado. Nadie precisa la razón, así que adivino que su coche está destartalado y también se ha averiado. «¿Quién empieza?», pregunto. La moderadora, Jenifer Monsalvo, señala con el dedo hacia mí. «El señor Napoleón desea cerrar el acto», explica. Me parece bien, pues como no tengo gran cosa que decir, da igual en qué momento la diga.

Estudio a Napoleón, que acaricia un montón de folios grapados que bien podrían ser su intervención. Me pregunto si su apellido lo ha ayudado o lo ha perjudicado a lo largo de su vida. En las antípodas de su exhaustividad, saco una hojita que había rellenado con nombres de algunos escritores españoles, y me pongo a hablar de ellos. Son Josep Pla, Juan Marsé, Quim Monzó, Vila-Matas, Belén Gopegui, Lolita Bosch, Gabriel Tizón, Manuel Longares y Martín Gaite. Cuando me doy cuenta, han pasado veinte minutos y se me caen los mocos de lo alto que está el aire acondicionado.

Me muero de ganas por escuchar a Napoleón Oropesa, que además de poeta, novelista, ensayista, gestor cultural y profesor universitario, es «individuo de número de la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española», según el programa de mano de la FILUC. Lamentablemente, mi temor a que aquellos folios (¿quince, veinte?) fuesen su intervención, se confirman. Los recita con gran pasión. Su discurso, alrededor de san Juan de la Cruz y Federico García Lorca, se nos hace corto, y la vida larguísima. Habla de sí mismo en tercera persona. «José Napoleón Oropesa», dice cada poco, en referencia a alguien que conoce de saludarlo. No me da pena que acabe, sin embargo. Al finalizar, me reclama algún ejemplar de mis libros, pero no he traído. «¿Sabe dónde puedo comprar yo algún libro de José Napoleón Oropesa?», estoy a punto de preguntar, dejándome llevar también por la tercera persona.

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Nadie me pregunta por España. Supongo que carecer de Gobierno no es preocupante al lado de carecer de democracia.

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Las dificultades por las que atraviesa el país no impiden que en los recintos cerrados, como el de la feria, o en los hoteles, hagan ostentación de aire acondicionado. En las salas donde se celebran los coloquios es habitual ver a la gente con chaqueta. Fuera, la temperatura ronda los treinta grados, según el momento del día. A la que puedo, busco quien me lleve al hotel. De camino, Lorena me confiesa que unos meses se irá de Venezuela. Aquí da clases de educación en la Universidad de Carabobo, y en Denver (Estados Unidos), donde ya residen su madre y sus dos hermanos, tiene una oferta de trabajo en una escuela pública. Pasará de ganar cuarenta euros al mes, a ganar unos sesenta y siete mil al año. «No quiero irme; me gusta mi país, aquí están mis dos hijos, que estudian Medicina, mi marido, mis amigos. Pero tengo que irme. Podré enviarles dinero todos los meses, que les permitirá vivir con desahogo, y más tarde también ellos podrán venir conmigo», me cuenta. «La vida aquí es terrible». Hace algunos meses secuestraron a su hijo mayor, de veinte años. «Estaba acompañado por un amigo, sacando una bebida de una máquina. No era en una zona peligrosa, aunque aquí ya todas la son, y tampoco era de noche. Pero apareció un carro con tres hombres y los metieron dentro a punta de pistola. Les preguntaron dónde vivían, y qué medidas de seguridad había en su comunidad. Les pareció más fácil asaltar la casa del amigo de mi hijo, y allí se presentaron, amordazaron a su mamá y a sus hermanos, y saquearon todo lo que tenían de valor». A su hijo y a su amigo también se los llevaron, y los dejaron abandonados en un suburbio.

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En el hotel leo, reescribo y tengo un poco de hambre. Descubro que el servicio de limpieza ha conectado de nuevo la nevera. La desenchufo, y el silencio se pone en vertical, qué placer.

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A la hora de la cena, me reencuentro con Sandoval y Jonathan, y algunos autores. Ya se sabe que esta tarde el poder judicial ha paralizado el revocatorio contra Maduro. «Esto empieza a parecerse demasiado a una dictadura». El país está roto en dos partes, que ahora mismo parecen irreconciliables. Se odian. La grieta ha provocado enemistades entre familiares, amigos de toda la vida, compañeros de trabajo… El chavismo, minoría ya según todas las encuestas, abusa del control de las instituciones para atrasar la consulta que podría echar a Maduro del poder. Si consiguen frenarla varias semanas más, ya no tendrá como consecuencia, si triunfa, la convocatoria inmediata de nuevas elecciones.

Hablamos de libros y escritores.

21 de octubre, viernes

He soñado que morían todos los poetas y narradores hospedados en el hotel menos yo, que el día anterior tuve la precaución de no comer la mermelada caducada. Esta mañana, sin embargo, no sé privarme de ella. Estoy despierto desde las cinco, leyendo y reescribiendo, y bajo hambriento a desayunar.

En lo que es ya una enraizada tradición de varios días, me beso con autoras y organizadoras y estrecho manos con profesores, editores y poetas. Alguien dice que el día anterior el recital de Gabriela Rosas, que se sabe toda su poesía de memoria, dejó boquiabierto a todo el mundo. Yo la conocí en el ascensor del hotel, cuando nos retirábamos a dormir, o a jugar a dormir.

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El wifi no funciona desde la noche anterior. En recepción lo atribuyen a un fallo del servidor. Un poeta proporciona una interpretación más sutil. «El Gobierno no quiere que las redes sociales se incendien después de que los jueces afines al régimen suspendiesen el revocatorio a Maduro», dice.

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Sandoval me cuenta que hace algunos años vivió en Madrid, en la calle Doctor Esquerdo 71, mientras desarrollaba una investigación becado por la Universidad Central de Venezuela. En realidad, se mantenían con el sueldo de su mujer. La beca no daba para nada. «Me encantaba bajar al metro de Madrid a leer. Ahora lo hago en el de Caracas los días que viene la chica a limpiar el apartamento». Elige un libro de relatos que pueda leer durante dos horas, el tiempo que a ella le lleva arreglar la casa, y se va en dirección al metro. Toma una línea y la sigue hasta el final. Cuando regresa han transcurrido dos horas. Después vuelve a casa, y como la asistenta ya se ha ido, sigue leyendo. No tiene hijos y su mujer también es profesora en la universidad, lo que favorece mucho la lectura.

Todos los poetas y narradores de Venezuela conocen a Sandoval. En su faceta de crítico los ha reseñado a todos. Algunos dejan de hablarle durante un par de años, cuando la crítica es negativa, pero después vuelven a ser amigos. «Un novelista me ofreció una vez unos golpes. Fue una situación muy incómoda. Durante una época me tenía que esconder de él. Sin embargo, un día que yo iba caminando por Caracas, él detuvo su coche a mi altura, bajó la ventanilla, y me gritó: Sandoval. Y nos pusimos a hablar de libros, como si nada».

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Ana Teresa Torres diserta sobre su biblioteca personal. Proyecta y comenta fotos de sus rincones. Aquí, va diciendo, están los escritores norteamericanos, aquí los venezolanos, aquí la poesía, en aquella otra estantería los libros de lenguas extranjeras, en el otro lado los diccionarios… La casa es preciosa. En el turno de intervenciones levanto la mano y pregunto si hay un lugar específico para los libros que todavía no ha leído, y que tal vez nunca lea, y de los que no se deshace, por si acaso. «Por supuesto. Están en el pasillo de la muerte».

Al finalizar su charla, comienza la mía. Hoy me toca hablar de Libros peligrosos. Se supone que presenta el acto la periodista Aymara Lorenzo, pero no aparece. La organización elige a Sandoval para sustituirla. Al acabar me doy otra vuelta por la feria. En conversación con algunos editores, me entero de que en Caracas hay una cadena de farmacias que vende libros. Se llama Locatel. «Es la única que lo hace, vender libros en medio de pomadas, aparatos ortopédicos, botiquines de emergencia…». Este es un país fascinante. Por muchas razones. Esta es una.

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Me acerco al stand de Madera Fina y le pregunto a Jonathan si nuestro poeta ha ido al váter. Se ríe, y afirma con la cabeza. Todo el mundo en la feria está muy contento por él. «En realidad, ha sido toda una aventura». Después de siete días de espera, a media mañana lo atacaron unos horribles retortijones. Era una buena señal, y a la vez alarmante. Pero estaba en la feria, y con solo imaginar el estado lamentable en el que se encontraría los baños, usados por centenares de personas, sintió escalofríos. Decidió tomar un taxi y acercarse al hotel, a solo cinco minutos. «Al Guaparo, por favor», le indicó al taxista. Pasados quince minutos, el poeta sospechó que tardaban demasiado en llegar. Y necesitaba ir al lavabo urgentemente. Ur-gen-te-men-te. «¿Acaso vamos por el camino largo?», preguntó, irritado. No conocía muy bien la ciudad de Valencia, pero… «No, señor, aquí está el Guaparo», y señaló el hotel. El poeta miró por la ventanilla. No sabía cuánto más podría aguantar antes de cagarse. «Pero este no es el Guaparo», dijo contrariado. «Sí lo es, señor. Fíjese: Guaparo Suites», y señaló al cartel. «¡Yo estoy alojado en el Guaparo Inn!». Aquello era el fin. «Ah, ¿al Guaparo Inn quería ir usted? No me especificó», le reprochó el conductor, mientras arrancaba de nuevo. Sería un milagro si el poeta llegaba entero al hotel. Transcurrieron otros quince minutos. Cuando al fin el poeta se bajó del coche, y corrió a su habitación, comprobó con horror que la puerta no abría. La tarjeta se había desconfigurado, y tuvo que bajar a recepción. En esos minutos agónicos, experimentó la sensación de estar bordeando las fronteras del ser humano.

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Me presentan a la rectora de la Universidad de Carabobo y al embajador de Líbano, que será el país invitado de la FILUC el año próximo. 

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Un profesor de literatura invitado a la feria me cuenta que hace años, mientras documentaba El general en su laberinto, Gabriel García Márquez visitó Venezuela de incógnito en varias ocasiones. Quería pasar desapercibido y se alojaba con un nombre falso en un hotel de Caracas. La primera vez telefoneó al historiador Vinicio Romero, gran especialista en Simón Bolívar. Gabo necesitaba conocer algunos pormenores de la vida del libertador, expresiones de la época, personas a las que conoció, incluso qué frutas se comían en aquellos tiempos, y si entonces había mangos en Venezuela. El autor colombiano era escrupuloso hasta esos extremos. «Cuando Vinicio descolgó el teléfono, y su interlocutor se presentó como García Márquez, supuso que se trataba de una broma y colgó». A partir de ese día hablaron a menudo. Romero era una autoridad sobre el personaje que protagonizaba la novela de Gabo. Finalizada la novela, este le preguntó cuáles eran sus honorarios. Había hecho contribuciones fundamentales a su libro, y eso debía pagarse. «Dime qué necesitas». Pero el historiador no quiso oírlo; haberle ayudado a documentar El general en su laberinto era bastante recompensa. García Márquez insistió durante meses hasta que se salió con la suya. «Cuando supo que Vinicio y su mujer se hallaban en medio de una negociación para adquirir la quinta Sinfonía, en el barrio La California, de Caracas, y que les faltaba plata, mucha plata (algo así como diez mil dólares de la época), Gabo terminó comprándoles la vivienda».

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En Venezuela dicen «visión de conjunto» continuamente. En su amabilidad extrema, también responden a menudo con un «a la orden». 

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Hablamos de libros y autores y editores.

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Veo las primeras imágenes de las hordas chavistas asaltando la Asamblea Nacional. Empiezan a convocarse manifestaciones contra el Gobierno después de que se haya suspendido el revocatorio. En seis días, no he tenido contacto con ningún chavista. No cayeron del lado de la cultura, supongo.

22 de octubre, sábado

Foto: Henry Romero / Cordon.

Me paso toda la mañana y parte de la tarde encerrado en la habitación del hotel. A veces enciendo la tele y conecto el Canal 8, que resulta delirante. La propaganda chavista es tan grosera que te hace reír. El canal está fuera de la realidad, va a la deriva, como esa chatarra cósmica que vaga por el sistema solar. Entro en internet y leo que el viernes, la tripulación de un Boeing 787 de Avianca que cubría la ruta Madrid-Bogotá alertó a la torre de control en la capital colombiana de la presencia de un avión militar venezolano que se interponía en su ruta cuando sobrevolaba el espacio aéreo de ese país.

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En el hotel se inaugura una exposición sobre artículos para bodas, que incluye una exhibición de coches de época, en el exterior. Me llama la atención —otra vez— el lindo abuso de las mayúsculas en el cartel que han puesto junto a los vehículos: «Alquiler de Automóviles Clásicos Para Eventos Especiales». Justo encima, aparece el nombre del propietario del negocio: «Carlos Sandoval». Le hago una foto para después enseñársela al otro Carlos Sandoval.

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A media tarde participo en un diálogo sobre columnismo con Alonso Moleiro, un joven periodista venezolano. La conversación es divertida, casi aburrida, hasta que entran dos operarios en la sala empujando una mesa con ruedas, sobre la que transportan un ordenador y un proyector, que se ponen a conectar. Supongo que no nos ven. Moleiro y yo nos miramos y nos encogemos de hombros. Yo empiezo a hablar bajito para no molestarlos con lo que sea que estén haciendo.

Veinte minutos después, cuando todo acaba, y abandonamos la sala, se me acerca un señor de unos sesenta años. Lo reconozco, pues se encontraba entre los asistentes al diálogo. Se presenta como César Peña, ingeniero y experto en programación de sistemas. Al principio hablamos de columnismo, pero enseguida saltamos a un tema mucho más apasionante, como son los «insuficientes incompletos». Me cuesta seguirlo. Se refiere a la importancia «de tener siempre presente que nunca podremos completar un modelo, pero sí nos veremos obligados a usar dicho modelo como suficiente ante la realidad siempre definitoria». Al parecer, según él, no hemos dejado de hablar en ningún momento de columnismo. Los «insuficientes incompletos son muy útiles para escribir columnas», asegura. Me recomienda que lea Antifrágil, de Nassim Nicholas Taleb. Tomo nota y esa tarde le escribo un e-mail a mi librero para que me lo consiga.

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Sigo sin saber quién es el pasajero de pelo blanco que no abrió la boca en todo el viaje entre Caracas y Valencia. Empiezo a dudar que ese señor exista. «A ver si te lo inventaste», me dice un novelista.

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Camino del hotel, un crítico literario cuenta que en Maracaibo les gusta poner nombres estrafalarios a los niños recién nacidos. Lorena, que conduce, asiente: «Ah, es verdad». «Nombres estrafalarios de qué tipo, para que me haga una idea», pregunto. Y el crítico me dicta de carrerilla: «Hermócrates, Esdras, Pragedes, Betulio, Radegunda; ¿te llegan?». 

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Me entero, después de cuatro días, que no estamos en Valencia, sino en un sitio llamado Naguanagua. Me quedo de piedra. Estoy completamente fuera de la realidad, demasiado encerrado.

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En la cena, vuelve a salir el tema de la mala iluminación del hotel. Al poco, alguien menciona el «Caracazo» de 1989, que la narrativa venezolana recoge ampliamente. Para ponerme en antecedentes, me cuentan que, después de ganar las elecciones, el Gobierno de Carlos Andrés Pérez subió el precio de los combustibles, y como consecuencia inmediata se incrementó en un 50 % el billete del autobús. Las protestas empezaron en las afueras de Caracas, en Guarenas, una ciudad dormitorio a veinte minutos en coche de la capital. De pronto, alguien propuso quemar un autobús. Enseguida ardió otro, y otro y otro, y al instante comenzaron los saqueos de tiendas. Al día siguiente el caos saltó al centro de la ciudad. Salió el ejército a la calle. Se saqueó sin descanso, se disparó contra la población. «Yo vi como un militar mataba a un niño de siete años que cruzaba la calle», dice Sandoval. En las semanas siguientes, con centenares de muertos, «ningún negocio quedó indemne. Todos sin excepción fueron saqueados, salvo uno. ¿Sabes cuál?». Me encojo de hombros. «Las librerías; ni las tocaron». 

En la habitación, mientras tomo notas para el diario, me acuerdo del «Bogotazo» del 9 de abril de 1948, cuando unos jóvenes Álvaro Mutis y Carlos Patiño escribieron el poemario La balanza, y la edición, de doscientos ejemplares, se agotó en veinticinco minutos. Fueron a recoger la tirada a la imprenta y la repartieron por todas las librerías de Bogotá. Entonces, estalló el «Bogotazo», revuelta popular en contra del asesinato del líder político Jorge Eliécer Gaitán. Los disturbios se extendieron a lo largo de toda la ciudad, en la que se prendieron multitud de hogueras. Casi todas las librerías ardieron, y con ellas La balanza.

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Ya en la madrugada escribo una columna sobre fútbol, que cuando acabo, y la envío al periódico, descubro que no trata demasiado de fútbol.

23 de octubre, domingo 

Foto: Kathleen (CC).

Me despierto a las cinco de la mañana, como siempre. Acabo de leer Rey de picas, de Joyce Carol Oates. La luz se va y se viene todos los días. Algunos no estoy en el hotel para ser testigo, pero cuando regreso el reloj de la radio-despertador parpadea.  

Bajo a desayunar como un animal desbocado, pensando en la mermelada. Le regalo a Sandoval Las chicas, de Emma Cline, y Rey de picas, de Carol Oates. Me intereso por cómo es posible que haya leído tanta literatura extranjera, si esta no llega a Venezuela. Confiesa que el único modo de hacerlo es acudir a internet y leerla en formato electrónico, en ediciones pirateadas. «Ni hay donde comprar esos libros, ni tenemos dinero para hacerlo, ¿qué vamos hacer? ¿Resignarnos a la ignorancia y no leer?». Me convence.

Le enseño la fotografía con el cartel de los Autos Clásicos, en el que aparece su nombre. Nos reímos, pero ni la mitad de lo que lo hacemos con la revista mexicana Merca 2.0. Al parecer, el mundo está lleno de personas con ese nombre, Carlos Sandoval, y hace algún tiempo Merca 2.0 hizo una entrevista a una de ellas. En esa ocasión se trató del director ejecutivo de Blim, una plataforma de vídeo bajo demanda por suscripción, impulsada por Televisa para competir contra Netflix. Algún genio, necesitado de una fotografía de Sandoval, buscó en internet y robó la primera que encontró. Pero robó mal, y Merca 2.0 salió a los quioscos con una entrevista al director ejecutivo de Blim, ilustrada con una fotografía de un profesor de literatura de la Universidad Central de Venezuela.

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Finalizada mi participación en la feria, me acerco con ánimo aventurero, dispuesto a comprar libros de escritores venezolanos que llevarme a España. Pero enseguida me sale al paso César Peña. Ha estado preguntando por mí, dice. Hablamos de su oficio, que no consigo comprender en su totalidad, y desaparece. A los cinco minutos regresa. «Esto es para ti», y me regala un libro de Isabel Allende titulado La isla bajo el mar. «Es magnífico», asevera. En ese instante yo sé que posiblemente no lo voy a leer nunca. Lo colocaré en el pasillo de la muerte. Me mortifica un poco cargar con él sabiendo eso, hacerle cruzar el océano, vivir en una casa nueva, con otros libros…

Cuando Peña se va a dar una vuelta por los stands, Sandoval acude a mi rescate. «¿Quieres que me haga cargo del libro?». Se lo entrego sin dilaciones. Sabrá qué hacer con él mejor que yo. En su pregón, el día inaugural, había contado que a dos cuadras de su apartamento, en Caracas, un indigente sobrevivía con las limosnas que los conductores ponían en su mano luego de que el hombre limpiase los parabrisas de sus coches con agua turbia. Combinaba el servicio de limpieza con el de dalero, que consiste «en dirigir las maniobras de los choferes que se arriman al lugar diciendo “dale, dale, dale”». El caso era que cuando no estaba haciendo una cosa o la otra, el indigente se pasaba el tiempo leyendo. «La otra tarde utilizaba una lupa para recorrer los mínimos párrafos de la Odisea en la legendaria colección crisol de Aguilar». Sandoval me propone que regalemos la novela de Allende al indigente. En una página de cortesía del ejemplar escribimos: «Este libro se lo regaló César Peña a Juan Tallón en la FILUC 2016. Tallón se lo pasó a Sandoval para que lo dejara al hombre de la calle, lector compulsivo del barrio La Candelaria en Caracas».

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En el salón Yves Bonnefoy, Rafael Arráiz Lucca presenta El petróleo en Venezuela. Una historia global. No sé por qué, acabo en ese preciso salón, escuchando al autor, que dice que a Venezuela le estaba faltando un libro así, que ofrezca «una visión de conjunto» sobre el impacto del petróleo en su sociedad. «Lo escribí porque me gusta prestar servicios a mi país», afirma. «Los franceses tienen que saber de quesos y vinos; los escoceses tienen que saber de whisky. Nosotros tenemos que saber de petróleo», añade, y el público, que abarrota la sala, deja escapar los primeros aplausos. Arráiz defiende que a medida que el petróleo pierda peso frente a otras energías, y Venezuela dependa menos de él, ese cambio de paradigma beneficiará a los venezolanos porque significará que sin petróleo el Estado tendrá menos recursos de los que aprovecharse, y deberá contar más con la gente para desarrollar la economía.

El petróleo, me explica un editor presente en la sala, ha forjado uno de los grandes mitos contemporáneos de Venezuela. «¿Cuál?», pregunto. «El de que gracias a él somos un país rico. Nos lo creímos. Todo mentira».

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Me llevo libros de poesía, relatos y novelas de Cecilia Ortiz, Harry Almela, Elisa Lerner, Eugenio Montejo, Rodrigo Blanco, Rubi Guerra, Fedosy Santaella, Juan Carlos Méndez Guédez, Daniel Centeno, Lucas García y Camilo Pino.

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A las cinco de la tarde, concluye la FILUC.

24 de octubre, lunes

Al dejar la habitación, para hacer el check out, coincido con Bustamante, que sale de la suya arrastrando la maleta y un pesado extintor. «¿Y eso?», digo señalando el utensilio. Me explica que la organización de la feria obligaba a cada stand a disponer de uno, para caso de incendio. Pero como comprarlo no estaba a su alcance, Sandoval se ofreció a sacar uno de la universidad en la que trabaja por la puerta de atrás, y que ahora devolverán.  

La organización nos citó a las nueve de la mañana para trasladarnos a Caracas. Pero no aparece nadie. A las diez nos anuncian que el conductor de la camioneta ha ido a lavarla, con tan mala suerte que ha mojado el motor y ahora no arranca. «Pero ya viene otro carro en camino», avisan. Viene, pero todavía no. Hay un atasco monumental en Naguanagua. A las once, marcha por delante del hotel una gran manifestación de estudiantes universitarios, que reclaman al Gobierno comida y medicamentos, y puestos a pedir, un poco de democracia. Me acuerdo de que en mi maleta guardo un arsenal de medicinas, que saco y reparto entre Sandoval y Bustamante.

Volvemos a hablar de libros y de violencia, para matar el tiempo en el hall del hotel, mientras no aparece un conductor. Un editor cuenta que hace unos meses su mujer iba por la calle con un bolso del que sobresalía una novela. De la nada, aparecieron dos malandros armados que gritaban: «Dame la tablet, dame la tablet». La mujer no entendía nada. «Pero ¿qué tablet?», preguntó. «Esta», dijo un asaltante, que echó mano al bolso y tiró de la novela. Al advertir que solo era un libro, y no una tablet, lo arrojó al suelo y se fueron.

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Al fin averiguo que el pasajero misterioso, que casi me había inventado, es el poeta, pintor y crítico de arte Juan Calzadilla. «Está afiliado al Gobierno, pero se trata de un buen poeta, sea el caso decirlo. Y agudo en muchas notas de arte. Parece que, además, está sordo. Acaso por eso no te habló durante el viaje», me dice un narrador.

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Nos presentamos en el aeropuerto de Maiquetía con seis horas de antelación. Las compañías aéreas recomiendan hacerlo con cuatro, por lo menos. Y sin embargo ya hay cola. Cuento nueve perros en nuestro vuelo. Sandoval se ofrece a acompañarme hasta que pase la aduana. Nos despedimos. Cruzo la aduana. Escucho a un alemán decir «policía corrupta». Me reconcilia con Venezuela que en este aeropuerto los pasajeros no corran a formar cola en la puerta de embarque una hora antes de que llamen a embarcar. La civilización también se revela en estos detalles.

10 comentarios

  1. Pingback: Ocho días encerrado en Venezuela – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Un placer su lectura…
    Saludos,

  3. Cada día escribes mejor.

  4. ¡Que cómico lo del poeta y el guaparo inn!… eso de «visión de conjunto» ¿en serio esta de moda? Que buena crónica.

  5. Gracias por la “visión de conjunto” sobre cómo es mi país -lamentablemente-. Gracias por arriesgarse a visitarlo y gracias a Dios que ha podido volver para contarlo. Soy Una Venezolana Viviendo Desde Hace 4 Años en Madrid.

  6. La verdad, excelente crónica; me llevaste de nuevo a mi pais.

  7. Me encantó la lectura, quedé atrapado. Aunque, ahora que lo pienso y siendo un residente del país al cual visitaste, atrapado estoy desde hace un tiempo ya.

    Espero que en algún momento puedas volver.

    Saludos.

  8. ¡ Buen día, señor Thallon ! Me he conseguido la nota en esta magnífica revista, Venezuela es un país con riquezas naturales, pero que el gobierno actual y la sociedad han hecho un gran daño. Ese daño no es solo económico y político, también es cultural.

    En la ciudad en la que vivo, San Cristóbal, han cerrado casi todas las librerías, de dos cadenas importantes ( Nacho y Tecniciencias ), sobreviven solo dos, y hay que reunir bastante para poder comprar un libro. Desde hace un año he dejado de comprar libros, ahora busco por Internet lo que se pueda conseguir, o algún libro usado en los trueques de libros que hacen cada mes en mi ciudad.

    Gracias señor Thallon, por revivir en sus letras la realidad de mi país, he disfrutado la nota. Ojalá pueda volver cuando la situación tanto cultural como social y económica se encuentren de la mejor manera, no solo por el gobierno, también el aporte que tengamos que hacer como ciudadanos.

  9. Magnífica crónica. Muchas gracias.

  10. Pingback: Ocho días encerrado en Venezuela

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