En los años correspondientes al advenimiento de Zack Morris emergió el héroe de acción definitivo en forma de un saco de esteroides de nombre muy loco. El austriaco Arnold Schwarzenegger con una constitución física que sería la envidia de cualquier croissant se convirtió en el molde para el action-hero definitivo: Salvaba al mundo, salvaba a marte y a sus mujeres de tres tetas, pateaba culos, soltaba oneliners cada nanosegundo y cuidaba de tus hijos en la guardería. Acometía tales empresas con tan solo tres registros conocidos, cara de “aquí huele raro”, cara de “que enfadado estoy” y cara de “qué embarazado estoy”. Y todo tenía mucha gracia.
Pero el brillo se fue apagando, Arnie una vez superados los noventa se despidió de sus años legendarios: Protagonizó películas a la sombra de sus mejores éxitos, defendió el uso de esteroides en todo desayuno nutritivo, rondó por un puticlub llamado Batman y Robin, fue votado gobernador de California, vetó a los matrimonios homosexuales 1, pilló la costumbre de firmar penas de muerte, trató de prohibir los videojuegos violentos, puso en marcha (junto a Stan Lee) una serie de dibujos protagonizada por sí mismo en el papel de gobernador-vengador vestido de traje a lo Crysis y decidió finiquitar su matrimonio como todo hombre respetable: inseminando a la antigua usanza a su chacha guatemalteca. Y la cosa ya no tenía tanta gracia.
De forma paralela en esos primeros noventa se presentó en el ocio digital un alter ego del austriaco bajo un nombre ideal para encabezar una excursión de espartanos -Duke Nukem, ahí es nada- personaje de discreto pelo pollo, visión adelantada sobre la nobleza de las camisetas sin mangas y ganas de cosechar fama y gloria en una serie de videojuegos que llegaron a alcanzar su cima a mediados de la década con el salto al FPS de Duke Nukem 3D. El nuevo icono lo tenía todo: Pateaba culos alienígenas, alardeaba de un escroto chapado en titanio, salvaba al mundo y a sus strippers de vida alegre, hacía gala de un humor tan refinado como eructar arpegios durante un funeral y soltaba oneliners antes de despachar al enemigo. Y todo era muy divertido.
Pero tras el enorme éxito cultivado la estrella se acomodó, publicó spin-offs y expansiones a la sombra de su mejor entrega, el desarrollo de una prometida secuela (Duke Nukem Forever) se retrasó durante más de una docena de años convirtiéndose en el chiste más recurrente de la escena del videojuego, el estudio original que se encargaba del proyecto quebró, los derechos de la franquicia saltaron de un pantalón a otro y finalmente tras un rosario de retrasos y locuras judiciales la publicación en 2011 de dicho título inseminó a la antigua usanza a todos aquellos que tenían una preorder del juego desde el siglo pasado. Y la cosa ya no era tan divertida.
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