Donald Worst: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

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ἆρ᾽ ἐν παννυχίοις χοροῖς
θήσω ποτὲ λευκὸν
πόδ᾽ ἀναβακχεύουσα

en danzas que duran toda la noche
pondré mi blanco
pie poseída por Baco

Con estos tres versos se desencadena el coro de mujeres presas del furor dionisíaco en el estásimo tercero de la obra póstuma de Eurípides, Las Bacantes. Es sorprendente que el más moderno de los poetas trágicos griegos, así considerado no por llevar gafas de pasta sino por haber insuflado una cierta profundidad psicológica a los generalmente pétreos personajes del género y por haber reflejado en sus diálogos los artificios retóricos propiciados por las tensiones políticas que se respiraban en la Atenas de su tiempo, culminara su vida y su obra con semejante desparrame telúrico. Pues lo que anuncian estos versos es la caza y descuartizamiento de Penteo, rey de Tebas, a manos de una turba de ménades enloquecidas y cegadas por el dios entre las cuales está su mismísima madre, Ágave. Y este desenlace no es ni más ni menos que el relato de un sacrificio propio del culto dionisíaco —la caza de la víctima tras desenfrenada carrera por el monte y el despedazamiento e ingestión de su carne cruda, lo que los griegos llamaban σπαραγμός y ὠμοφαγία—, pero siendo en este caso la víctima un rey que ha intentado impedir el culto en su ciudad, que es precisamente la ciudad natal del dios. Este acto de impiedad ha provocado lo que cierto significativo sector de nuestros lectores no dudaría en llamar una perturbación en la Fuerza, pues Dioniso y sus bacantes no son más que la manifestación y celebración de la fuerza desencadenada de Cibeles, la Madre Tierra, de cuyos embates solo la sensatez, la prudencia, la discreción, en fin, la σωφροσύνη, puede proteger a los frágiles y efímeros seres humanos. Σωφροσύνη es precisamente de lo que carece Penteo, que, empecinado en su error y cegado por la divinidad, se dirige a su perdición, perdición que no por anticipada a lo largo del desarrollo de la obra resulta menos sobrecogedora para el lector o espectador.

 ἴτε θοαὶ Λύσσας κύνες ἴτ᾽ εἰς ὄρος,

id, veloces perras de la Rabia, id al monte,

Nadie sabe por qué Eurípides, que anteriormente había puesto en cuestión las convenciones del género y que según algunas fuentes había sido incluso acusado de impiedad, escribió una obra de tan primigenia religiosidad. Sabemos que la compuso ya lejos de Atenas; incomprendido por sus conciudadanos, blanco del pitorreo de Aristófanes y asqueado de la degradación política de su polis, consecuencia de la interminable guerra del Peloponeso, acabó sus días retirado en la corte del rey Arquelao I de Macedonia, que era muy bruto pero a la vez ilustrado. Es muy posible que allí asistiera a rituales báquicos más primitivos y arrebatados que los de Atenas, que habían adquirido ya unos tintes casi funcionariales, y que esto lo moviera a escribir la más catártica y sobre todo la más esencial de las tragedias conservadas. Más allá de estos datos, lasciate ogni speranza; solo encontraréis una batalla campal de filólogos de distintas corrientes de pensamiento enfrentadas entre sí, asegurando los unos que Las Bacantes es una alegoría crítica de la derrota de la razón a manos del oscurantismo religioso, proclamando los otros que es la confesión del arrepentimiento tardío del viejo poeta que experimenta una revelación mística tras una vida de escepticismo e impiedad, y así hasta la náusea. Yo optaría por dejar a los sabios atrincherados en sus cátedras escupiéndose con voz campanuda sus tesis contrapuestas y disfrutar del texto en bruto, porque Las Bacantes es una de esas raras obras que remueve los más profundos estratos del subconsciente y abre las trampillas de esos sótanos de mortecina luz violácea que sabemos que están abajo a la izquierda de nuestro cráneo y que solo intuimos, antes de que se desvanezcan de nuestra memoria, durante esos segundos de transición entre el sueño y la vigilia en los que podemos sentir la recomposición del propio Yo. Representa un estado de conciencia más allá de su estructura argumental y vocación didáctica y resulta a la vez una contundente introducción al relato de los infortunios de la casa real de Tebas; no olvidemos que entre la descendencia de Penteo encontraremos a Edipo, Yocasta, Creonte, Eteocles, Polinices y Antígona, los protagonistas directos o indirectos de algunas de las más canónicas piezas del teatro griego y que ponen el broche de oro al que posiblemente sea el más enrevesado árbol genealógico de toda la mitología ya desde el accidentado episodio de la unión de Zeus con Sémele mencionado en la obra que nos ocupa y que implica, entre otras cosas, a unas cuñadas envidiosas, un embarazo interrumpido por los rayos divinos y una ulterior gestación secreta del feto superviviente en el muslo de Zeus, y a propósito del cual, varios siglos después, el irreverente Luciano de Samosata puso en boca de Poseidón, en respuesta a Hermes, que no le permite el paso a las habitaciones de Zeus por estar éste reponiéndose tras haber dado a luz, con la frase

οὐκοῦν ἀμφότερα τοῦ Διονύσου τούτου καὶ μήτηρ καὶ πατὴρ ὁ ἀδελφός ἐστιν;

Entonces, ¿mi hermano es al mismo tiempo madre y padre de ese Dioniso?

 “Ese Dioniso” fue sin duda una presencia muy familiar para otro ilustre e irreverente descreído del siglo XX, Luis Buñuel. Porque Luis Buñuel, más allá de su papel como pilar del cine del siglo XX e icono de la vanguardia surrealista, era básicamente una Fuerza de la Naturaleza: un señor de Aragón que en su niñez se había dejado la piel de las manos tocando el tambor en Calanda, que tomaba cada día a la misma hora un Dry Martini en lo que posiblemente fuera su más sagrado ritual y que por extrañas carambolas del azar acabó ostentando la nacionalidad de uno de los países en cuyo día a día más fácilmente se puede respirar la religiosidad en sus más paganas manifestaciones, México.

La Ilusión Viaja en Tranvía no es ni la más famosa ni la mejor considerada ni la más vanguardista de sus películas, pero si algo la hace ideal para ser proyectada durante la lectura de Las Bacantes es la pasmosa facilidad con la que, bajo la apariencia de una comedia amable y por medio de un mosaico de personajes arquetípicos, nos da un paseo sobre raíles, bajo los chispazos de la catenaria y con el traqueteo de un tranvía de madera como música de fondo —mi particular magdalena de Proust, como probablemente algunos de ustedes ya sepan— por los comportamientos colectivos y rituales de nuestra especie. La película, de perfecta composición circular, transcurre en 24 horas y en ella asistimos al robo de un tranvía —uno de mis más turbadores sueños húmedos— por parte de dos empleados de la compañía borrachos que acaban de representar a Dios y al Diablo en una pastorela de barrio.

Los que no hemos estado en México es muy posible que confundamos simples detalles de la vida cotidiana expuestos al natural con genialidades surrealistas del director, pero la acumulación de escenas delirantes que Buñuel nos regala es como para despegar del suelo. Maño hasta decir basta, era muy poco amigo de hacer interpretaciones de los elementos más absurdos y paradójicos de sus películas, así que yo me lo imagino trabajando con los guionistas como en un frenesí creativo, cada vez más desatado, y colocando, uno detrás de otro, cada uno de los elementos que hacen de La Ilusión Viaja en Tranvía un catálogo de la imaginería buñueliana. El demonio que caza al Espíritu Santo a tiros en la pastorela inicial, la imagen de Cristo flagelado sobre el regazo de dos señoras beatas que se persignan al temer ser violadas por la turba de trabajadores del matadero de Ciudad de México que han llenado el tranvía de cabezas de cerdos y vacas que cuelgan de los asideros, estos mismos trabajadores que regalan a los protagonistas sesos y vísceras en agradecimiento por no haberles querido cobrar el viaje, la sombra del vehículo proyectada contra vallas y edificios de remotos suburbios durante su viaje nocturno —tal vez el tranvía mejor fotografiado de la historia del cine—, los desoladores parajes en tierra baldía en los que los raíles incrustados en el suelo representan el único vínculo con la civilización, el avance de Lupita hacia el tranvía, con espléndido taconeo de maggiorata, mientras sortea un rebaño de borregos, son solo algunos ejemplos de por qué esta película es necesaria e imprescindible. La abre y la cierra una voz en off, de la misma manera que en el teatro griego un prólogo narrativo ponía en antecedentes al espectador y un epílogo resumía la enseñanza o conclusión de la obra. Qué más puedo decir.

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1 comentario

  1. lectriz

    Las Bacaciones no sólo es mi libro preferido, sino que lo releo todos los meses cada dos años, tanto por su fuerza que no decae como por su actualidad, que nunca deja de tenerla, a pesar de que es bastante antiguo (hace exactamente más de doscientos cincuenta años de su primera publicación).

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