ἆρ᾽ ἐν παννυχίοις χοροῖς
θήσω ποτὲ λευκὸν
πόδ᾽ ἀναβακχεύουσα
en danzas que duran toda la noche
pondré mi blanco
pie poseída por Baco
Con estos tres versos se desencadena el coro de mujeres presas del furor dionisíaco en el estásimo tercero de la obra póstuma de Eurípides, Las Bacantes. Es sorprendente que el más moderno de los poetas trágicos griegos, así considerado no por llevar gafas de pasta sino por haber insuflado una cierta profundidad psicológica a los generalmente pétreos personajes del género y por haber reflejado en sus diálogos los artificios retóricos propiciados por las tensiones políticas que se respiraban en la Atenas de su tiempo, culminara su vida y su obra con semejante desparrame telúrico. Pues lo que anuncian estos versos es la caza y descuartizamiento de Penteo, rey de Tebas, a manos de una turba de ménades enloquecidas y cegadas por el dios entre las cuales está su mismísima madre, Ágave. Y este desenlace no es ni más ni menos que el relato de un sacrificio propio del culto dionisíaco —la caza de la víctima tras desenfrenada carrera por el monte y el despedazamiento e ingestión de su carne cruda, lo que los griegos llamaban σπαραγμός y ὠμοφαγία—, pero siendo en este caso la víctima un rey que ha intentado impedir el culto en su ciudad, que es precisamente la ciudad natal del dios. Este acto de impiedad ha provocado lo que cierto significativo sector de nuestros lectores no dudaría en llamar una perturbación en la Fuerza, pues Dioniso y sus bacantes no son más que la manifestación y celebración de la fuerza desencadenada de Cibeles, la Madre Tierra, de cuyos embates solo la sensatez, la prudencia, la discreción, en fin, la σωφροσύνη, puede proteger a los frágiles y efímeros seres humanos. Σωφροσύνη es precisamente de lo que carece Penteo, que, empecinado en su error y cegado por la divinidad, se dirige a su perdición, perdición que no por anticipada a lo largo del desarrollo de la obra resulta menos sobrecogedora para el lector o espectador.
ἴτε θοαὶ Λύσσας κύνες ἴτ᾽ εἰς ὄρος,
id, veloces perras de la Rabia, id al monte,
Nadie sabe por qué Eurípides, que anteriormente había puesto en cuestión las convenciones del género y que según algunas fuentes había sido incluso acusado de impiedad, escribió una obra de tan primigenia religiosidad. Sabemos que la compuso ya lejos de Atenas; incomprendido por sus conciudadanos, blanco del pitorreo de Aristófanes y asqueado de la degradación política de su polis, consecuencia de la interminable guerra del Peloponeso, acabó sus días retirado en la corte del rey Arquelao I de Macedonia, que era muy bruto pero a la vez ilustrado. Es muy posible que allí asistiera a rituales báquicos más primitivos y arrebatados que los de Atenas, que habían adquirido ya unos tintes casi funcionariales, y que esto lo moviera a escribir la más catártica y sobre todo la más esencial de las tragedias conservadas. Más allá de estos datos, lasciate ogni speranza; solo encontraréis una batalla campal de filólogos de distintas corrientes de pensamiento enfrentadas entre sí, asegurando los unos que Las Bacantes es una alegoría crítica de la derrota de la razón a manos del oscurantismo religioso, proclamando los otros que es la confesión del arrepentimiento tardío del viejo poeta que experimenta una revelación mística tras una vida de escepticismo e impiedad, y así hasta la náusea. Yo optaría por dejar a los sabios atrincherados en sus cátedras escupiéndose con voz campanuda sus tesis contrapuestas y disfrutar del texto en bruto, porque Las Bacantes es una de esas raras obras que remueve los más profundos estratos del subconsciente y abre las trampillas de esos sótanos de mortecina luz violácea que sabemos que están abajo a la izquierda de nuestro cráneo y que solo intuimos, antes de que se desvanezcan de nuestra memoria, durante esos segundos de transición entre el sueño y la vigilia en los que podemos sentir la recomposición del propio Yo. Representa un estado de conciencia más allá de su estructura argumental y vocación didáctica y resulta a la vez una contundente introducción al relato de los infortunios de la casa real de Tebas; no olvidemos que entre la descendencia de Penteo encontraremos a Edipo, Yocasta, Creonte, Eteocles, Polinices y Antígona, los protagonistas directos o indirectos de algunas de las más canónicas piezas del teatro griego y que ponen el broche de oro al que posiblemente sea el más enrevesado árbol genealógico de toda la mitología ya desde el accidentado episodio de la unión de Zeus con Sémele —mencionado en la obra que nos ocupa— y que implica, entre otras cosas, a unas cuñadas envidiosas, un embarazo interrumpido por los rayos divinos y una ulterior gestación secreta del feto superviviente en el muslo de Zeus, y a propósito del cual, varios siglos después, el irreverente Luciano de Samosata puso en boca de Poseidón, en respuesta a Hermes, que no le permite el paso a las habitaciones de Zeus por estar éste reponiéndose tras haber dado a luz, con la frase
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Las Bacaciones no sólo es mi libro preferido, sino que lo releo todos los meses cada dos años, tanto por su fuerza que no decae como por su actualidad, que nunca deja de tenerla, a pesar de que es bastante antiguo (hace exactamente más de doscientos cincuenta años de su primera publicación).