
La poesía se hace en la cama como el amor. (André Breton)
Tranquilos, tiene nombre, y cuando una enfermedad tiene nombre y no es pura ociosidad y pereza, uno descansa más tranquilo. Se llama clinofilia y es «un término utilizado en medicina (especialmente en psiquiatría y psicología) para designar la tendencia de un paciente a permanecer tumbado sin que exista una enfermedad orgánica que lo justifique». Exacto: permanecer tumbado sin ninguna enfermedad que lo justifique, es decir, sin excusas. Aprendí lo que es la clinofilia leyendo ¡Oh, soledad!, de Catherine Millot (Ned Ediciones).
Creía que leyéndolo profundizaría más en la soledad como opción, como mujer que elige, como mujer creadora que se procura la soledad. Y sí, por supuesto, pero di con otro tema que también me interesaba, como esos personajes secundarios de las novelas que uno desarrollaría más, le daría un papel protagonista. La clinofilia es propia de pacientes depresivos y esquizofrénicos, pero también de escritores.
El buen mal del escritor
Catherine Millot es clinofílica, y como buena clinofílica que no necesita excusarse, busca cómplices, y qué cómplices, ahí están Proust, Onetti o Aleixandre para servirle. Sí, desde luego, la enfermedad de estar tumbado afecta a pacientes depresivos y esquizofrénicos, y también a escritores —y todas las combinaciones de estos tres grupos de riesgo.
¿Y qué decir de aquéllos a quienes les gusta guardar cama? No hablemos de la tía Leoncia, hipocondríaca, levemente paranoica, atendida por Francisca, y modelo atávico del Narrador de La búsqueda. El propio Proust escribía en la cama, eximido por la enfermedad de la posición sentada o en pie. (Catherine Millot)
Así es como empiezo a ver que tengo un tema: el tema de la relación estrecha que hay entre la cama y la escritura. Así es, así es la clinofilia, no es que los escritores sean unos vagos. Porque, según Martín Gaite en El cuento de nunca acabar, en el texto de Las torres de marfil quebradas, hay cierta relación entre el que quiere dormir y el que necesita volcar sus pensamientos sobre papel: hay algo de espera y hay impaciencia y hay cierto desasosiego. Porque el insomnio y el bloqueo también tienen algo que ver, el sueño y la escritura están íntimamente ligados —y todo, por supuesto, velado por el instrumento importante que nos ocupa: la cama.
Pero una afinidad encuentro, sin embargo, entre la situación del individuo que desea con impaciente afán dormirse y la del que —acuciado por tantas cosas confusas e inexpresables— se consume por soltarlas de golpe garabateando un papel. En ambos casos estorba la impaciencia como obstáculo irreconciliable con el objetivo a alcanzar, y en eso reside el parecido de las situaciones. Es decir, se requiere una previa plataforma de sosiego, sin partir de la cual no conseguiremos, ni en un caso ni en otro, nada más que dejarnos engañar repetidamente por nuestro propio desordenado deseo. (Carmen Martín Gaite)
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Virginia Woolf: «La vida es sueño; el despertar es lo que nos mata».
Y añado yo: «Se sueña cuando se duerme. Adivina dónde se suele dormir».
Pues eso.
Muy buen artículo pero no entiendo que no se cite al ‘Oblómov’ de Goncharov y, sobre todo, a Juan Tallón, adalid patrio de la escritura abúlica.
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