Testigos del exterminio: cuando escribir es un acto de guerra (y II)

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Policía judía del gueto de Varsovia. Foto: DP.
Policía judía del gueto de Varsovia. Foto: DP.

(Viene de la primera parte)

3. La zona gris

Además del controvertido dictum de la «banalidad del mal», Hanna Arendt despliega en Eichmann en Jerusalem su no menos polémico estudio del colaboracionismo de los consejos y la policía judía (a cargo de las listas de deportados, la búsqueda de individuos fugados e incluso la elaboración de informes sobre los bienes que poseían), a los que imputa un protagonismo clave en el aparato de deportación. Según Harendt, alrededor de la mitad de las víctimas judías podrían haberse salvado de no ser por estos órganos. Desde su perspectiva, el colapso moral, más que un asunto que divida a ejecutores de ejecutados, surge como un problema, primero, de lenguaje, y luego de actitudes adoptadas entre quienes se incorporaron al aparato de excepción lingüística y legal del nazismo y asumieron, aun en los extremos de la balanza, su aniquilación simbólica. Arendt realiza así una dura petición de responsabilidades (y posiblemente injusta, si atendemos a la relación de poder que separaba a unos de otros) sobre unas víctimas que, en muchos casos, acudieron a las puertas de su propia ejecución tan ajenas a sus actos como los verdugos, confiadas en las señales de un lenguaje de poder que siempre demandó su colaboración activa. El lager, y esto se repite en cada uno de los testimonios, se erige también en teatro de la indiferenciación entre víctimas y verdugos, como el lugar que incita a una perversa complicidad: podrás sobrevivir, es el mensaje implícito, en la medida en que participes del crimen colectivo. Antelme:

Lucien está instalado en su refugio. Comprendió que, para sobrevivir, no hay que trabajar, sino hacer trabajar a los demás, hacer que les peguen y comer raciones. Como consecuencia, Lucien comenzó a engordar. No se separa del kapo. Lo adula y lo hace reír. Ya forma parte de esa categoría de detenidos a la cual llamarán la «aristocracia» del kommando. […] Comerán, fumarán, tendrán sobretodos, zapatos verdaderos. Gritarán si estamos sucios, cuando hay una canilla para quinientos y ellos se lavan con agua caliente y se cambian de ropa interior.

El pan extra que comen, la margarina, el salchichón, los litros y litros de sopa, son nuestros, nos los han robado. Los papeles están repartidos; para que ellos vivan y engorden, los demás deben trabajar, morirse de hambre y ser golpeados.

El sistema se sofisticó hasta el grado de que las operaciones del lager se gestionaban, básicamente, con el ejército de reserva formado por los propios presos, que podían pasar semanas, como recuerda Levi o Ketesz, sin tener contacto con los SS. Nos internamos en la «zona gris« en la que abundan los escritos del italiano, ese territorio donde, a partir del contagio del lenguaje del opresor, se hace imposible distinguir a aliados de enemigos. Antelme cuenta cómo al ingresar en Buchenwald tuvo la impresión de llegar a «un pueblo de sub-SS, de SS inferiores, de cabeza rapada o no, pero perfectos imitadores de sus amos, que hablaban el lenguaje que estos les habían inculcado», mientras Vasily Grossman ofrece una de las descripciones más poderosas de esta inesperada relación:

Uno podría pensar que para controlar a aquella enorme masa de prisioneros se necesitaría un ejército de vigilantes igual de enorme, millones de guardianes. Pero no era así. Durante semanas no se veía en los barracones un solo uniforme de las SS. En las ciudades-Lager eran los propios prisioneros los que habían asumido el deber de la vigilancia policial. Eran ellos los que velaban por que se respetara el reglamento interno de los barracones, los que cuidaban de que a sus ollas solo fueran a parar las patatas podridas y heladas, mientras que las buenas y sanas se destinaban al aprovisionamiento del ejército.

Los propios prisioneros eran los médicos en los hospitales, los bacteriólogos en los laboratorios del Lager, los porteros que barrían las aceras de los campos. Eran incluso los ingenieros que procuraban la luz y el calor en los barracones y que suministran las piezas para la maquinaria. […] Los prisioneros participaban del trabajo más confidencial del Estado del campo, incluso en la redacción de las listas de «selección» y en las medidas aplicadas a los prisioneros en las Dunkelkammer, las celdas oscuras de hormigón. Daba la impresión de que, aunque las autoridades desaparecieran, los prisioneros mantendrían la corriente de alta tensión de los alambres, que no se desbandarían ni interrumpirían el trabajo.

¿Cómo cifrar la responsabilidad de la víctima? ¿Desde qué lugar atreverse a postular un comportamiento moral? La mayoría de testimonios, enfrentados en otros aspectos de esta pregunta, concuerdan sin embargo en una afirmación: no ceder en la batalla por el lenguaje, reclamar la oposición entre víctima y verdugo a partir de su posibilidad de testimonio. Giorgio Agamben se interna en esta dialéctica a través de un claro señalamiento: mientras la víctima «no puede no recordar», pues el trauma de la experiencia se torna recurrente, el verdugo se piensa, contrariamente, como actor desubjetivado, mano ejecutora de un mecanismo de poder que podría situar a cualquier otro en su lugar. El verdugo no tiene relato.

Ficha fotográfica de uno de los internos de Auschwitz, Jozef Pater. Abril de 1942. Office for Information on Former Prisoners, The State Museum Auschwitz-Birkenau (DP)
Ficha fotográfica de uno de los internos de Auschwitz, Jozef Pater. Abril de 1942. Foto: Office for Information on Former Prisoners, The State Museum Auschwitz-Birkenau (DP)

4. Reconstruir la palabra

Con el avance de las tropas aliadas y la inminente pérdida de los enclaves concentracionarios, la retirada de la Wehrmacht se acompañó de una política de tierra quemada que intentaba eliminar todo signo del exterminio. Como consecuencia, se agilizó la destrucción de ingentes ficheros administrativos (solo el complejo de Auschwitz comprendía cuarenta y ocho campos y concentraba a unos treinta mil presos) y la nutrida documentación fotográfica (en este lager operaron dos laboratorios), se implosionaron algunas cámaras de gas o se emprendió el asesinato selectivo de los miembros del Sonderkommando. El cometido era claro, no dejar testimonio, mantener en el dominio del secreto la memoria del Lager. Simon Wiesenthal recupera las palabras de algunos soldados alemanes conscientes de estar también librando una batalla por la memoria: «De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero si incluso alguno lograra escapar el mundo no lo creería. […] La gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada».

Una advertencia que, de hecho, se cumplirá durante los primeros años de posguerra, en que prácticamente se desconocen los sucesos de los campos de concentración. Como corrobora la historia editorial de los testimonios aquí mencionados, hasta los años setenta y con la excepción del premio Goncourt concedido a André Schwarz-Bart por Le Dernier de justes en 1959 o la atención que despierta el juicio a Adolf Eichmann en 1961, el silencio y la invisibilidad se interponían en el relato del exterminio. Tanto más en la medida en que el mundo intelectual no se sintió interpelado por este episodio y dejó que el recuento de lo ocurrido se abriera paso, con evidentes dificultades, a través de la voz de los supervivientes directos. Durante los años posteriores a la victoria aliada los campos de exterminio señalaban, como afirma Enzo Traverso, un suceso más dentro de una sacudida aún difícil de calibrar y cuyo primer relato estuvo dominado por las nuevas mitologías nacionales al servicio del triunfo sobre el nazismo.

La recuperación de la memoria también ha debido enfrentarse al debate suscitado en torno a la legitimidad de imaginar la Shoá, que para críticos como Claude Lanzmann (director de Shoá) o Gérard Wajcman (El objeto del siglo), siempre estará mediada por testigos inadecuados y representaciones fallidas, unas reservas que el propio Levi: «Sobrevivían los peores, es decir, los más aptos; los mejores han muerto todos», o Jorge Semprún: «Jamás habría supervivientes de las cámaras de gas nazis. Nadie jamás podrá decir: yo estuve allí […] De ahí la angustia de no resultar creíble, porque no se está muerto, porque se ha sobrevivido», sitúan en el centro de sus cuestionamientos. Desde esta posición, el musulmán, como se conocía al preso al borde de la muerte y ya sin lenguaje, se eleva como un paradójico «testigo integral», dirá Agamben, que frente a quienes sobrevivieron y «como pseudotestigos, hablan en su lugar», cifra su integridad en el mutismo. La verdadera experiencia de los campos, vendrían a decir, es inenarrable.

Fotograma de la controvertida secuencia de la cámara de gas de La lista de Schindler.Imagen: Universal Pictures / Amblin Entertainment.
Fotograma de la controvertida secuencia de la cámara de gas de La lista de Schindler.Imagen: Universal Pictures / Amblin Entertainment.

Un argumento que no solo se debilita porque la condición de todo testimonio sea la supervivencia de quien lo realiza (entonces, ¿solo sería posible el relato del «pseudotestigo»?), sino por unas memorias tan en el límite de la vida que sus experiencias en nada difieren de la del musulmán, salvo en el hecho, completamente azaroso dadas las circunstancias, de no haber muerto. Pero, además, ¿es que acaso la noción misma de escritura no señala la tentativa incesante de abrazar lo que no puede ser dicho?, ¿no es esa la circunstancia que la preserva del cliché, de la verdad incuestionable que engrasa el lenguaje del nazismo? Es posible que, en último extremo, Auschwitz sea innombrable, pero es imaginable o, como afirma Didi-Huberman, ya solo puede ser imaginado. El compromiso consiste entonces en negarse a aceptar el fundido en negro que pretendía el ejecutor y a cambio recomponer, a pesar de todas las insuficiencias, una experiencia en la lengua que restaure la historia de quienes emprendieron esa tarea en medio de intolerables dificultades. Antelme lo expresa con una particular clarividencia:

No hay que gritar, ni rebelarse o tratar de huir. […] En realidad, después de la sopa el hambre relevará al frío, luego comenzará de nuevo el frío y envolverá al hambre, más tarde, los piojos envolverán al frío y al hambre, luego la rabia de los golpes envolverá piojos, frío y hambre; luego la guerra que no termina envolverá rabia, piojos, frío y hambre, y vendrá el día en que el rostro, en el espejo, volverá a gritar «Estoy aquí»; y todos los momentos en que su lenguaje, que no cesa nunca, encerrará piojos, muerte, hambre, rostro.

Terminemos: tras la liberación, los testimonios suelen detenerse en el momento en que, al recuperar el lenguaje, el testigo siente la irrefrenable necesidad de mostrar y, con ello, mostrarse como adelantado de un universo que debe elevarse sobre la incomprensión y el olvido colectivo. La primera misión que este se asigna es la de hacer ver a quien permaneció ciego o prefirió no mirar: liberación es poder contar, sentirse en posesión de una palabra que recorre, sin cesar, el paisaje en ruinas que se extiende ante lo vivido. La mayoría de las voces detallan con especial cuidado ese primer contacto con el universo exterior, y en muchos casos resulta inevitable una profunda decepción, cuando las expectativas cultivadas durante el tiempo de cautiverio se enfrentan con la obstinada realidad de una recomposición personal imposible, o con aquellos que se resisten a recuperar una memoria dolorosa. Sin embargo, es en esa nueva negociación donde reside la identidad previamente destruida, en ese espacio de diferencia que se abre ante ellos y deben (y pueden) conquistar por medio de sus palabras. El tiempo les ha dado la razón.

Referencias:

Agamben, Giorgio. Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III.

Améry, Jean. At the Mind’s Limits. Contemplations by a Survivor on Auschwitz and its Realities.

Antelme, Robert. La especie humana.

Arendt, Hannah. Eichmann en Jerusalem. Un estudio sobre la banalidad del mal.

Didi-Huberman, Georges. Imágenes pese a todo. Memoria visual del holocausto.

Frankl, Viktor E. El hombre en busca de destino.

Grossman, Vasily. Vida y destino.

Kertész, Imre. Sin destino.

Levi, Primo. Si esto es un hombre.

Levi, Primo. Los hundidos y los salvados.

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4 comentarios

  1. Pingback: Testigos del exterminio: cuando escribir es un acto de guerra (I)

  2. Thälmann

    Instructivo. Muchas gracias, tomo nota de algunas recomedaciones.
    Yo, humildemente, recomiendo Nueve maletas, de Bela Zsolt, imbuído en su particular Shoá.

  3. Pep Inus

    Otro interesantísimo artículo de esta serie dedicada al universo de la represión nazi.
    La colaboración de parte de los oprimidos con los opresores seguirá siendo objeto de estudio y de polémicas, tanto como la esquizofrenia, por decir. La “zona gris” se compone, a su vez, de múltiples subzonas grises, en las que caben el “Kapo bueno” y el criminal; el preso desnaturalizado, asesino de sus compatriotas (no sólo en el ámbito de las víctimas judías, baste ver el Kapo asesino español Indalecio González, en Gusen) y el “Prominent” salvador de los suyos (Juan de Diego, en Mauthausen); El loco Haim Rumkowski, en el ghetto de Lodz y el meritorio Mulmerstein de Terezin (entrevistado por Lanzmann en Le dernier des injustes).
    Más allá de cualquier consideración moral, difícilmente aplicable en un universo de absolutos (evoco la marginación social en las comunidades judías, tras la liberación, de quienes trabajaron en los Sondekommandos) la “autogestión” de los campos fue tan dañina como, al final, salvadora.
    Si en un principio los campos de concentración se dejaron en manos de la aristocracia de presos comunes – algún político había, cito a Eugen Kogon en Buchenwald – perfectos asesinos canallas, poco a poco, con el devenir de la guerra, muchos puestos prominentes fueron copados por políticos: Los comunistas controlaron Buchenwald en dos períodos del campo, impidieron la construcción de la cámara de gas, manejaron las listas de afectación a según qué Kommandos exteriores y promovieron la revuelta final. En Mauthausen, lo mismo, los españoles fueron copando los puestos de Prominent, de Schwung de los SS y ello permitió orillar en parte a la mafia de presos comunes y salvar muchas vidas. Era muy difícil estar en esa “linea ambigua”. Esa zona gris aparece enjuiciable desde una mirada exterior al Ghetto o al Lager (Primo Levi lo señala muy bien en Los hundidos y los salvados) pero desde dentro no es tan evidente criticar las motivaciones de cada cual. Los presos políticos, dotados de un bagaje ideológico, lo tuvieron mucho más fácil (es un decir) que los presos “raciales”, masa heretogénea exterminable por etapas y desprovista en su mayoría de un capital político o ideológico que fuese la base, tanto de una resistencia política como de un código de conducta moral “intra muros”.
    No estoy de acuerdo con el “murieron los mejores” de Levi (en tiendo que surge de su “culpa del superviviente”) porque se establecen categorías morales con un peligroso tufillo cristiano: El muerto, es santo y mártir, cordero de Dios; en cuanto al superviviente, le queda la mirada torva del “Algo malo habrás hecho para sobrevivir”. Lo decía Ella Lingens- Reiner: “Cómo sobreviví a Auschwitz ? Pues muy sencilo, primero yo, luego yo y después yo, luego todavía yo, luego los demás y después otra vez yo”.
    La colaboración de la víctima con el verdugo no se puede leer (en el ghetto)sino a través del buscar una racionalidad, un sistema paliativo en una época en que no pensaban los judíos que fuesen a asesinarlos a todos; luego, impostada en el “salvemos al menos a unos pocos, para que el mundo sepa lo que pasó” (la mayor coartada al final de la guerra, como si un superviviente tuviese necesidad de una coartada en un mundo que sólo se mueve por parámetros morales que evidencian una incapacidad para entender lo que fueron aquellos infiernos: Sobevivir al reproche y a la incomprehensión del mundo exterior se convertía así en un segundo martirio); al final, ya en el Lager, ante el espectáculo de la muerte permanente, la “colaboración” se convirtió tanto en una manera desesperada de sobrevivir individualmente como en el último resquicio para aplicar una forma cualquiera de resistencia. Los presos judíos que organizaron la existosa revuelta de Sobibor, campo de exterminio puro, eran o Kapos o recién llegados con experiencia militar (Petcherski) o en evasiones (Yehuda Lerner). En el caso de los primeros, su pertenencia a la zona gris les daba una alimentación y movilidad que fueron vitales para la revuelta. No subestimemos su heroísmo, pues de no haber sido “colaboradores”, no hubieran podido estar ahí para hacerlo… O es acaso heroico el no poder ser otra cosa más que un héroe? Y en ese caso, la épica sigue siendo una palabra desprovista de sentido, otro término del “mundo exterior”, sin significado real en los “infiernos geométricos”. La “zona gris” es una categoría acuñada por el mundo exterior, libre. No tiene sentido dentro del zoológico “asemántico” del Lager, donde no cabe un “Warum”, sólo una mera dinámica de máquina célibe.

  4. Los intentos de describir los momentos de destrucción solo nos traen una muestra de un desquiciado mundo, manejado por gente de misa e himnario, devotos hombre como el zar nazi un hombre de fe plena en la providencia, pero el silencio del mundo le dio la llave al triunfo del derroche de vidas.

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