La desigualdad inevitable: una mirada a través de la ciencia ficción

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1984. Imagen: MGM.
1984. Imagen: MGM.

Uno de los temas predilectos de las discusiones en las clases de Antropología de la universidad (sobre todo cuando son impartidas a no antropólogos, profundos ignorantes en la materia, como quien esto escribe) es la existencia o no de «universales culturales». Es decir: aspectos comunes a toda sociedad. Es una manera como otra cualquiera, torpe también, como todas las demás, de buscar la esencia de lo humano. Que es en lo que gastamos las horas los estudiantes de ciencias sociales, sí. Yo siempre pensé que si había algo que cumplía las características necesarias para ser un universal de estos era la desigualdad. Cualquier grupo social del que haya oído hablar en mi vida, pensaba yo como joven estudiante de sociología, presenta alguna forma de desigualdad. Es ineludible. Es permanente. Nos define.

Por supuesto, defender que existe en todos los grupos sociales posibles es algo muy distinto. Uno necesita una razón teórica para exponer por qué la desigualdad es y será constante. Para ello debe identificar las circunstancias, los condicionantes que la generan. Y, la verdad, jamás encontré un instrumento tan bueno para detectar posibilidades que no se me habían ocurrido pero que sin embargo eran plausibles como consumir libros y películas de ciencia ficción. La ciencia ficción es imaginación conscientemente restringida a los límites de lo que podría ser. Sus autores crean mundos enteros que están sometidos a una serie de restricciones idénticas a las del nuestro, mientras que otras son eliminadas, normalmente basadas en una hipótesis razonable, a una especulación que al menos tiene visos de realidad.

Para mí, la condición primigenia que está en el origen de la desigualdad es la imposibilidad de abarcar el infinito. En el instituto nos enseñaban que la economía era la ciencia que estudiaba cómo los seres humanos gestionan unos recursos limitados para cubrir unas necesidades ilimitadas. En ese desfase reside la desigualdad. La acumulación asimétrica de recursos necesita del valor asignado a los mismos, que obviamente depende de su escasez o abundancia. Si cualquiera de ellos existiese de manera ilimitada y todos nosotros pudiésemos manejar esa infinitud, la desigualdad no tendría razón de ser. Es cierto que se trata de una condición necesaria mas no suficiente, puesto que en teoría hasta los recursos limitados pueden ser distribuidos de manera totalmente igualitaria. Sin embargo, para que esto tenga lugar dos factores adicionales son necesarios: una igualdad total en la distribución del poder (para asegurar que nadie se apropie por la fuerza de todos o parte de los recursos que no le corresponden) y la seguridad absoluta de que el statu quo se va a mantener en el futuro. Y aquí es donde la imaginación informada de la ciencia ficción nos ayuda a comprender un poco mejor la desigualdad.

La mayoría de distopías se basan total o parcialmente en la desigualdad en el acceso al poder. 1984 es el epítome, claro. Una minoría fuertemente organizada se mantiene al frente de una sociedad jerárquica y ejerce de manera inmisericorde un control constante sobre las actividades de la mayoría de los individuos. Winston Smith está vigilado constantemente por una televisión que es al mismo tiempo aparato emisor y receptor, instalada en su mísero apartamento, que es mísero precisamente por y para que la élite pueda mantener su nivel de vida. Se trata de la idea más clásica de desigualdad extrema, con un fuerte componente político. Pero nos equivocaríamos si pensásemos que la limitación de recursos disponibles y su distribución se circunscribe a lo material y a lo militar.

Normalmente, la antítesis del universo orwelliano por excelencia suele dibujarse como una bonita anarquía organizada o una suerte de democracia popular donde todos tengamos el mismo poder. Sin embargo, resulta mucho más realista la imagen de sortear el poder. Sencillamente porque otra de nuestras limitaciones esenciales es la imposibilidad de abarcar todos los posibles trabajos necesarios en todo momento: el don de la ubicuidad no nos ha sido concedido, así que la especialización es una buena idea, aunque comporte un coste en términos de desigualdad. Así lo entendieron en la antigua Grecia, donde una parte nada despreciable de los puestos de representación pública se obtenían a través del azar. Y así lo entendió también Phillip K. Dick en la (absurda, cabe admitir) Lotería solar. Aparentemente, el poder en el mundo de esta novela reside en las manos de quien es escogido presidente por sorteo. Sin embargo, el poder real depende de quien marca las normas para que dicho sorteo tenga lugar. Es un poco como lo de las primarias en los partidos: qué más da que existan o no si las cúpulas de los partidos continúan reteniendo el poder sobre sus reglas.

Por otro lado, jamás entendí por qué a la gente le gustaba comparar 1984 con Un mundo feliz, cuando es obvio que ambas historias surgen de premisas muy distintas con respecto a la desigualdad de partida. La obra de Huxley habla de otro recurso que también es limitado: el acceso a una buena mezcla genética. La desigualdad de partida más pura de cuantas existen. En este mundo, (una parte de) la humanidad es capaz de ejercer cierto control y monitorización sobre el resultado genético, de manera que es esta la herencia que importa, y no la material. Una sociedad de clases sin familia que es, en realidad, imposible en su estado puro: por lo que podemos saber, el interés de acumulación frente a la escasez que tiene cada individuo suele extenderse hacia aquellos que aprecia, rompiendo la correlación entre talento y recompensa que tanto gusta a los meritócratas. Sospecho que esta idea hubiese reconfortado al, para mí, más bien conservador Huxley.

Fahrenheit 451. Imagen: Anglo Enterprises.
Fahrenheit 451. Imagen: Anglo Enterprises.

Siguiendo en la línea de restricciones de partida que permiten la desigualdad y que van más allá de recursos materiales y poder político, otro clásico elemento en la ciencia ficción es el acceso a la información. Aquí la cita a Fahrenheit 451 es obligatoria, aunque sospecho que Bradbury estaba más preocupado por la supresión de la belleza que por el conocimiento en sí mismo y sus consecuencias sociales (al fin y al cabo, lo bello es el único elemento común en su muy variada obra). Prefiero citar un pasaje mucho más específico de la que, lo confesaré, es mi obra predilecta: cuando Términus se está alzando en una periferia del desmoronado Imperio Galáctico según el plan de Hari Seldon, un componente fundamental de su progreso es lo que los miembros de la Fundación disfrazan de religión, pero es en realidad ciencia. Ya saben: la tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De ello se vale el naciente núcleo de progreso para someter a sus vecinos hundidos en la ignorancia, rodeando todo lo que tiene que ver con lo nuclear de un halo sagrado para mantener el control sobre el conocimiento que da acceso a la que es, en realidad, la fuente última de desigualdad: la energía.

Al fin y al cabo, imaginemos un mundo sin restricciones energéticas. Prácticamente todo sería posible porque la energía en cantidades suficientes (y con la tecnología adecuada) puede ser transformada en cualquier forma de materia. Es por ello que la inmensa mayoría de obras de ciencia ficción se cuidan de mantener algún tipo de restricción sobre las fuentes energéticas. Aquellas que no lo hacen demasiado lo convierten en una parte necesaria de su hilo argumental (la capacidad del Enterprise de llegar a cualquier lugar, casi instantáneamente) o en una excusa para el absurdo (la Energía de la Improbabilidad Infinita de la Guía del autoestopista galáctico). Y es por ello también que los avances en eficiencia energética son tan importantes para el futuro de la sociedad. Cada vez que logramos dar un paso significativo en este ámbito nuestra capacidad para hacer cosas, cualquier cosa, se multiplica por mil. Y, asumiendo que mantenemos algún tipo de sistema de reparto de poder relativamente equitativo (la democracia es el mejor que hemos encontrado, de momento), también nos aseguramos que la distribución de esa capacidad adquirida no sea demasiado desigual entre los miembros de la sociedad.

Dije que la energía era la fuente última de desigualdad, pero en realidad esto no es del todo cierto. Sabemos que, en teoría, aún podemos avanzar muchísimo en un uso más eficiente de la energía que hay a nuestro alrededor. Sin embargo, no lo sabemos con respecto al tiempo. En El fin de la eternidad, los Eternos son capaces de existir más allá del continuo espacio-tiempo y con ello escapan a la mayor restricción para el ser humano. Con todo el tiempo disponible, la energía infinita también puede ser aprovechada. Sin embargo, en tanto que solo una parte de la población dispone de esta capacidad el tiempo sigue existiendo, y con el acceso al mismo, también la desigualdad. Posiblemente en su forma más extrema posible, pues el ser Eterno también representa la omnipresencia y la omnisciencia. Asimov resuelve esta situación de la única manera posible (atención, SPOILER hasta cambio de párrafo): haciendo que los Eternos se autodestruyan y dejando a la sociedad bregando con las formas más habituales de desigualdad.

Poder político, suerte, genes, energía y tiempo. Cinco fuentes de inequidad que se entremezclan con el mero acceso a recursos materiales para mostrarnos que, efectivamente, muestran que ser desiguales es consustancial a la condición social del ser humano. Por el momento: al igual que la ciencia ficción, la forma en que la humanidad se organiza está siempre en el terreno de la especulación. No sabemos qué nos deparará el mañana, porque (mientras no controlemos el viaje en el tiempo) «el mañana» es allá donde ningún ser humano ha estado antes.

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12 comentarios

  1. Aldo Ferradás

    Existe, tal vez, una forma de desigualdad «beneficiosa» para todas las partes (si es posible hablar de beneficio en una situación desigual inevitable), y es la que se plantea en la obra de H.G. Wells «The Time Machine», donde una sociedad de Elois vive sin preocupaciones disfrutando de una existencia hedonista a cambio de convertirse -eventualmente- en el alimento de los Morlock, más inteligentes, fuertes y tecnificados.
    O no.

  2. Pingback: La desigualdad inevitable: una mirada a través de la ciencia ficción

  3. Vigasito

    Eso díselo a las vacas y a los cerdos de las granjas a punto de ser sacrificados…

  4. Eva Carrasco

    Recomiendo una película distópica reciente sobre el control de los recursos y de la población: «Snowpiercer» (2013), de Bong Joon Ho.

    • Isobel Pantoha

      Sí, buenísima. Nos la han puesto aquí en el talego este viernes pasao y aquí la basca alunizó!!

    • Juan Miguel

      La película es interesante en su concepcion pero el desarrollo de SNOWPIERCER es tedioso y pesado, y a la postre en absoluto novedoso.

      Me resulta mas simpático y original SOYLENT GREEN o incluso MAD MAX si te pones.

  5. Entonces, ¿en base a libros de ciencia ficción concluimos que la sociedad es estúpida?
    Interesante, pero yo siempre pensé que esos libros eran advertencias, no sentencias (aunque el de los eternos no lo he leído).

    Por cierto: «a recursos materiales para mostrarnos que, efectivamente, muestran que ser desiguales».

  6. Roberto

    Dos más: Los desposeídos, de Ursula Le Guin, una sociedad anarquista en una luna pobre en recursos, con todos haciendo de todo por turnos. Y claro, Dune y su especia.

    Saludos.

  7. Carlos S

    Una sin restricciones de energia, ni de «inteligencia». La saga de la Cultura de Ian Banks.
    La sociedad utopica también tiene problemas, sobre todo en sus contactos con el resto dee sociedades

  8. Borsalino

    El artículo estaría bastante bien si no fuese por esos dos párrafos que lo abren y que me han producido vergüenza ajena. ¿Cómo nos va a definir la desigualdad como especie? Me esperaba algo como esos miedos, ambiciones, preocupaciones que han quedado registradas en los arquetipos del mito y el cuento popular, algo relacionado con el inconsciente colectivo, ¿pero esto? El universo ya es injusto y desigual por naturaleza, el que más masa tiene, manda, el que desarrolla antes garras y colmillos, se posiciona en los escalones superiores de la cadena trófica, el más pillo, sabe engañar a los demás y conseguir un beneficio para él y los suyos; no hay más.

  9. Efectivamente, tanto el ser humano como las sociedades que construye tienden a organizarse en un esquema desigual. No obstante, las tendencias también se pueden modificar, del mismo modo que aceptamos códigos de conducta puramente artificiales que en otros muchos aspectos también nos acaban definiendo. La desigualdad tuvo, tiene y tendrá un enorme peso en el marco de las relaciones humanas, pero no es un fin inevitable y tampoco aceptable. Sin ir más lejos, me pregunto dónde estaríamos muchos de nosotros (autor, comentaristas, lectores, etc) si nuestros antecesores hubiesen considerado la desigualdad como un principio intalterable: los derechos conseguidos (que no son pocos si los analizamos con perspectiva histórica) brillarían por su ausencia.
    Como es lógico, siempre existirán personas o grupos que se otorgan a sí mismos el derecho de pernada. La cuestión es qué respuesta se van a encontrar al otro lado: si un conformismo complaciente o una oposición digna. Como decía mi abuela, ante el vicio e pedir está la virtud de no dar.

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