Este texto es un capítulo del libro La poesía de los números, editado por Blackie Books.
A juzgar por lo que dejó escrito en su obra, pocas cosas fascinaban tanto a Shakespeare como la presencia de la ausencia: el vacío allí donde debería haber abundancia de voluntad, de juicio o de discernimiento. Es un elemento muy presente en la vida de muchos de sus personajes, y si es tan importante es, en parte, porque es universal. Ni siquiera los reyes escapan a ello.
Lear: ¿Qué dirás por un tercio aún más opulento que el de tus hermanas? Habla.
Cordelia: Nada, señor.
Lear: ¿Nada?
Cordelia: Nada.
Lear: De nada no sale nada. Habla otra vez.
La escena es uno de los momentos más tensos y de mayor suspense que podemos imaginar en un teatro, una fuerza extraordinaria concentrada en una sola palabra. Es la negación absoluta que el viejo rey y su hija van lanzándose, agravada y multiplicada por la repetición.
Evidentemente, los contemporáneos de Shakespeare conocían el concepto de la nada, pero no la nada como un número que pudiesen contar y manipular. En sus lecciones de aritmética, William pertenece a una de las primeras generaciones de escolares ingleses que aprendieron el uso de la cifra cero. Vale la pena reflexionar sobre las consecuencias de este temprano encuentro. ¿De qué modo pudo ese número nuevo y paradójico guiar sus pensamientos por unos senderos particulares?
La aritmética suponía un problema para muchos maestros de la época. Sus conocimientos de la materia eran, en muchos casos, sospechosos. Por ese motivo, lo más probable es que las lecciones fueran breves y a menudo se pospusiesen hasta última hora de la tarde. Metidas forzadamente tras largas fases de composición latina, listas de proverbios y recitación de plegarias, los cálculos y ejercicios provenían principalmente de un solo libro: The Ground of Arts, de Robert Recorde. Publicado en 1543 (y posteriormente, en una edición ampliada, en 1550), el libro de Recorde incluía los primeros textos sobre álgebra en lengua inglesa y enseñaba «el manejo y la práctica de la aritmética, tanto con números enteros como con fracciones, de una forma más sencilla y exacta que cualquiera de las expuestas hasta la fecha».
Shakespeare aprendió a contar y calcular siguiendo los métodos de Recorde. Aprendió que «en aritmética no se usan sino diez números, y que de esos diez, uno equivale a nada, se dibuja como una O, y recibe el nombre de cero». Aquellos números arábigos (así como el sistema decimal) pronto eclipsaron a los numerales romanos (llamados por los ingleses «números alemanes»), que a menudo resultaban demasiado incómodos para hacer los cálculos.
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¿Tres mil en números romanos es «CCC.M»? Creo que me voy a ahorrar los eurillos que cuesta el libro, gracias por publicar un extracto tan elocuente.
Y seiscientos como VI.C? Como fui enseñado seria DC y hasta ahora nunca me había encontrado con nada q no encajara con ese sistema de sumar hasta un máximo de tres a la derecha o restar dos a la izquierda respecto al principal…
Parece que mictter y Bob no han hecho una lectura comprensiva.