Una copa de vino para dominar la televisión

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Escena de The good wife. Imagen: CBS.
Escena de The good wife. Imagen: CBS.

Jot Down Magazine para Vivanco

Una de las leyes no escritas de internet es (o debería ser) que nada existe realmente hasta que tiene su parodia. No hay obligación implícita de que deba ser buena o hilarante, aunque siempre es conveniente recordar el precepto básico de George Carlin de que un buen chiste requiere una gran exageración. Por ejemplo, la copa de vino del tamaño de un trolebús a la que se amorra la cómica Amy Schumer —nombre que conviene tener a mano por si aparece algún émulo de Christopher Hitchens a disertar sobre la incapacidad humorística femenina— en uno de los recientes sketch de su programa en Comedy Central. Aunque, con todo el sentido del mundo, el copón pasó prácticamente inadvertido tras la emisión del episodio, que parodiando a la serie Friday Night Lights hacía algo tan arriesgado como satirizar la cultura de la violación. Aparquemos el análisis del polvorín levantado con la punzante caricatura y también el papel de la comedia como vehículo de denuncia y no solo de carcajada —vivimos un momento en el que algo tan sucio como el «asunto Bill Cosby» estalló gracias a un monólogo de Hannibal Buress— para detenernos un momento en Amy y su copa de vino.

Durante la parodia, la cómica interpreta el papel de la mujer del entrenador, que observa los denonados intentos de su marido por convencer a los jóvenes deportistas de que no hay excusa probable para el abuso. Mientras él se retuerce con arengas de vestuario muy del Día de San Crispín, ella observa el percal con una copa de vino. Distante, pero comprensiva con la cruzada emprendida por su marido. Conforme aumenta la desesperación de él ante el fracaso de su misión, lo hace también el tamaño de la copa de ella, hasta que alcanza una dimensión completamente alocada. Una exageración que además de un buen chiste y una metáfora incómoda sobre el tema principal del sketch, pone en primer plano algo más. Schumer y su copón subrayan dos realidades paralelas y ya omnipresentes en la televisión actual, que como toda tendencia a perdurar se ha asentado sin aspavientos: los personajes femeninos, oh sorpresa, no son accesorios narrativos y también beben. Y no necesariamente de un modo destructivo ni instrumental como era habitual encontrar en las ficciones de hace no tanto, sino también de forma recreativa e incluso simbólica. Del mismo modo que las series en boga ya no racanean protagonismo a las mujeres, también es frecuente verlas en pantalla junto a una copa, hasta tal punto que muchos detectan un paralelismo con el sempiterno vaso de whisky que tradicionalmente ha acompañado a los machos alfa televisivos.

¿Se ha convertido la copa de vino, como sostienen algunos entendidos del asunto, en un símbolo de poder para las mujeres de la pantalla pequeña? A juzgar por la presencia que este ha adquirido podría decirse que si no lo es aún, los tiros van por ahí, ya que los caldos han pasado a integrarse en esa llamada «cultura pop» de Estados Unidos en las últimas dos décadas. Sus ventas aumentan imparables y con ello ha variado también el patrón de consumo y del consumidor del vino, cada vez más presente en otro tipo de ambientes no tan usuales para ellas. El reflejo en la televisión como expresión cultural da buena cuenta de que esa no escrita «ley seca femenina» ha terminado. Así que, por qué no, usemos el vino como ancla entre las diversas expresiones de la cultura, tanto clásicas como modernas, centradas en torno a las que empuñan el porrón.

Olivia Pope (Scandal) o beber como una gladiadora

Si hay una serie que utiliza el vino como definición de carácter esa es Scandal, el tipo de producción que solo los muy desprejuiciados reconocen ver sin sonrojo y apenas tres despistados persisten en tomarse en serio. Porque sí, mucho cachondeo con el feminismo erótico festivo de bata de felpa, muchos giros locos de guion, muchas conversaciones demenciales, pero su creadora, Shonda Rimes, es una de las mujeres más influyentes de la televisión actual. Y si ella decide que su protagonista y arquetipo aspiracional, Olivia Pope (Kerry Washington) aparezca en todos sus capítulos sosteniendo una copa de vino con sofisticación inaudita, es de todo menos gratuito. Pope —a la postre, «evitadora de escándalos» y amante del presidente de Estados Unidos— utiliza el vino como un rasgo de personalidad que ya es icónico: lo frecuente es contemplarla al final del día disfrutando de una copa de vino ataviada con seda blanca en un apartamento con esa iluminación tostada tan típica de los apartamentos de Washington y de la Toscana. Y nunca, nunca derrama nada. Sus jefes, amantes y colegas acostumbran a agasajarla con botellas de importación, y si alguna vez osa colgar una sonrisa de sus comisuras, Olivia lo hará escoltada por un buen caldo, solo así. Hay mucho que sobrellevar cuando tu madre es una terrorista internacional, tu padre un espía asesino bastante chapucero y el amor de tu vida el líder del mundo libre con una primera dama que no eres tú. Un flashback intercalado en algún punto aclara que la uva no cae lejos de la vid y la afición de Olivia es herencia de su padre, quien le desvela una de esas verdades que no por cuñadas son menos fundamentales: «Si no te gusta el vino es porque nunca has bebido buen vino», le ilustra.

Y aunque la presencia del vino como recurso narrativo en Scandal ha generado un impresionante fenómeno fan —once mil de las menciones a la serie en redes sociales incluyen la palabra «vino»— lo que verdaderamente confirma su importancia en la serie es otra cosa: Olivia Pope cabrea, y mucho, a los enólogos más quisquillosos. Que lo tome acompañado con palomitas, coja la copa inadecuadamente y que las escasas denominaciones que menciona sean directamente inventadas (nadie nunca tuvo noticia del du Bellay del 94 ni del Château Antoine del 91), ha provocado chirríos de dientes que han llegado hasta las tribunas del New York Times. Un juicio sumarísimo para quien juzgan violadora de la heterodoxia del ritual, porque —y esta es la mejor de las críticas— Olivia Pope no hace remolinos y olfatea, cumpliendo con la liturgia que los no bebedores encuentran divertida, afectada o molesta. «Lo trata como si fuera una cerveza. Da tragos en lugar de sorbos. Bebe como los gladiadores», critican. Una gladiadora para la que el vino es su religión.

Hathor o la patrona de la borrachera

Vaso con la diosa hathor. Cerámica egipcia XXII Dinastía, 945-715 a.C. (DP)
Vaso con la diosa hathor. Cerámica egipcia XXII Dinastía, 945-715 a.C. En el Museo Vivanco. Briones, La Rioja.

El resultado de maridar religión, vinos y cultura clásica es una excepcional mezcla de banquetes, orgías, ninfas, centauros y bacantes. No es de extrañar que las deidades históricamente más veneradas sean precisamente aquellas relacionadas con el cultivo y especialmente el deguste del caldo, como Dioniso en la Grecia clásica (Baco, en la romana) u Osiris en el país del Nilo. Pero el trono del «dios del vino» no es exclusivamente masculino y las mujeres son representadas como algo más que ménades dionisíacas. También había diosas que, eones antes que Olivia Pope, obsequiaban a los mortales con pasaportes al éxtasis a través del vino, dando lugar a innumerables mitos y leyendas.

Ejemplos de ello son la diosas sumerias Gestín (bajo la advocación de «madre cepa»), Nin-kasi («dama del fruto embriagador») y Siduri (a quien se referencia custodiando las viñas en el Poema de Gilgamesh). Pero la cultura se ha detenido especialmente en la figura de la diosa Hathor, de las más fascinantes del Antiguo Egipto, cuya divinidad parece no tener límites a tenor de los más de doscientos epítetos que ha reunido a lo largo de la historia: «Eres la Señora de la alegría, la Reina de la danza, la Maestra de la música, la Reina de la tañedora del arpa, la Dama de la danza coral, la Reina de la tejedora de guirnaldas, la señora del éxtasis sin fin», reza un viejo himno. Además, otra antigua leyenda le otorga el título de «Señora de la Vulva» y de «La Mano de dios» (en referencia a la masturbación) debido a que en cierta ocasión consiguió sacar al dios Ra de su depresión, gracias a una danza en la que exponía celestialmente la entrepierna.

Pero, por encima de todo, Hathor era sinónimo de embriaguez, música, alegría y sí: vino. La adoración a la diosa se traducía en ceremonias concebidas para el gozo y placer de sus participantes, en las que el consumo de vino estaba relacionado con la fertilidad y cuyos ritos se estiman predecesores de las fiestas dionisíacas. La llamada «patrona de la borrachera» ha sido ampliamente representada artísticamente, a veces con orejas o cuernos de vaca y otras tantas como mujer sensual con collares de menat; pero con la omnipresente referencia al vino, obsequio de los dioses.

Alicia Florrick (The Good Wife) o la bebedora entendida

En el hábitat de The Good Wife el vino también tiene un papel relevante aunque con poco que ver con las scandaladas anteriores. Su protagonista, Alicia Florrick (Julianna Margulies) también es una abonada a terminar la jornada en la soledad incompleta de una copa de vino, pero con un glamur más asentado en la realidad y menos en la erótico-festividad. Para ser pija hay que saber serlo y es difícil ver a Florrick pasándose de esnob en lo que a caldos se refiere. Ya saben aquello de que si tienes que andar recordándole a la gente que eres una dama, es que no lo eres (por mucho que nos duela la cita).

Florrick bebe vino —mucho, muchísimo— porque le cae a mano el bar que por ley todos los despachos jurídicos han de tener en los aledaños; bebe vino por lo que tiene que sobrellevar —mucho— y porque a ratitos también le aúpa la felicidad —menos—, bebe porque entiende de vinos y por eso puede beber sin entender, para embalsamar. Pero sobre todo, como se ha popularizado en internet, bebe sabiendo «que el vino no son Pringles». Es decir, que hay un stop. Por eso es refinada en sus elecciones y se inclina por los tintos, generalmente franceses o españoles. Además de lograr que los entendidos no se lancen a su cuello y de reforzar la dimensionalidad de su personaje, The Good Wife se apunta un tanto más: demuestra que tanto la televisión como el vino son capaces de abarcar todos los géneros posibles sin perder la compostura. Y con ellas (Alicia y la copa) siempre en primer plano.

La bebedora virginal y el racimo

Izquierda: Virgen con el niño. Madera policromada Escuela Castellana Castilla, España Siglo XVI. Derecha: La Sagrada Familia óleo sobre tabla Jan Van Scorel (Schorel, 1495 - Utrecht, 1562) Países Bajos 1512-1562 (DP)
Izquierda: Virgen con el niño. Madera policromada Escuela Castellana Castilla, España Siglo XVI. Derecha: La Sagrada Familia óleo sobre tabla Jan Van Scorel (Schorel, 1495 – Utrecht, 1562) Países Bajos 1512-1562. En el Museo Vivanco. Briones, La Rioja.

Y si hablamos de representaciones del vino que ahondan más en el simbolismo y la mesura, la figura de la Virgen es casi ineludible. No en vano, la llamada «Virgen de las viñas» es una de las advocaciones marianas que muchos enclaves han tomado como patronazgo, y en regiones vinícolas de toda Europa continúan celebrándose ofrendas con los primeros frutos de la vendimia.

Desde Pierre Mignard a Lucas Cranach, en la historia del arte abundan las representaciones en las que la madre de Dios aparece sosteniendo un racimo de uvas en actitud de obsequio, siempre en compañía de un niño Jesús que lo toma entre sus manos o está camino de ello. Un objeto que aquí, a diferencia de otros contextos en los que el racimo es alegoría de tantas cosas (el otoño, el paso del tiempo…) tiene un significado unívoco: la uva simboliza la transformación de Dios en hombre. Como también lo era de Dionisos, el vino es el símbolo de la sangre de Jesús, por eso la Virgen le ofrece a su hijo —y a toda la humanidad— el fruto original del caldo, para alcanzar la redención. Y, sin entrar en el terreno de la transustanciación y otros cuentos, según los historiadores el racimo representa también otro mandato: «Amaos los unos a los otros». Divino o no, pero mucho más realizable.

Carrie Mathison (Homeland) o así no

¿Por qué escoger a la actriz improbable, a la serie olvidable, al despropósito argumental revestido de hype para hablar de vino y mujeres? ¿Por qué mencionar Homeland y la ínclita Carrie Mathison (Claire Danes) cuando hay otras féminas poderosas y valedoras del vino en la pantalla pequeña, como la Cersei Lannister de Juego de Tronos, la Claire Underwood de House of Cards, o incluso la Courteney Cox de Cougar Town? Porque así podemos parafrasear impunemente a Baudelaire en aquello de que el vino se parece al hombre porque nunca se sabe cuántos actos sublimes o crímenes monstruosos es capaz de realizar. Y en Homeland nunca supimos —porque ya acabó, ¿verdad?— cómo podía usarse peor el néctar que como se empeñaba en hacerlo Carrie Mathison.

Escena de Homeland. Imagen: Showtime.
Escena de Homeland. Imagen: Showtime.

Lo frecuente era contemplarla, toda ella hecha temblor y sobredosis, vaciando copas para deglutir ansiolítocos al ritmo de caramelos; regando de jugo la moqueta y de nerviosismo al espectador. La exagente de la CIA no era lo que se dice una bebedora entendida, una persona en sus cabales y si me apuras, tampoco una actriz solvente. El uso del vino (blanco, generalmente) por parte de la protagonista también jugaba un papel de refuerzo narrativo de su loco personaje, que echaba mano de la copa para tratar de ajustarle las tuercas a su paranoia. Cosa que, obviamente, no conseguía. Sirva esta referencia para quienes sostienen que «la televisión tiene un problema con el alcohol» que trivializa las consecuencias del abuso, escamoteando partes de la realidad. En Homeland halla su peor reflejo.

Sí, yo también bebo

Otoño o septiembre. Óleo sobre lienzo Seguidor de los Bassano ¿España? Finales del siglo XVI - primera mitad del XVII. (DP)
Otoño o septiembre. Óleo sobre lienzo Seguidor de los Bassano ¿España? Finales del siglo XVI – primera mitad del XVII. En el Museo Vivanco. Briones, La Rioja.

¿No falta algo? Hablando de mujeres, vino y arte, no podría concluirse sin alguna representación que no las relacione con el caldo como deidades ni entes virginales. ¿Es que no beben, ellas? Aunque bien es cierto que es más complejo dar con obras clásicas que inmortalicen a féminas copa o porrón en mano, existen ejemplos de algunos artistas que no seguían los dictados de ilustrados como Jacob Cats, que preconizaban la prohibición del vino para las mujeres porque las empujaba a prostituirse. Los pinceles de Gerard Terburg o Vermeer de Delft retrataron a damas que no por paladear el vino perdían su condición, y se entregaban a ese placer solas o en compañía. En otras ocasiones, la querencia desbocada al estilo Carrie Mathison se plasmaba de forma colateral, como el óleo sobre lienzo que pintó un seguidor de los Bassano, en el que una de las vendimiadoras se inclina directamente sobre el lagar para calmar la sed, las penas o solazar, simplemente, el disfrute.

Que el vino continúa siendo un motivo de influencia decisiva en las manifestaciones artísticas de todas las épocas es una de esas verdades de perogrullo que no necesitan constatación. Basta, como con el vino, con entregarse al disfrute, que va más allá del paladar. El Museo Vivanco es una buena oportunidad para ello, un espacio de nueve mil metros cuadrados donde el caldo es también leído, contado y soñado; a través de una fusión del arte pasado y presente, la gastronomía y el sabor. Su exposición «Inspirados por el vino» reúne estas y otras muchas obras clásicas relacionadas con el universo vinícola, piezas inéditas de creadores de la talla de Picasso a Andy Warhol, evidenciando que el universo enológico es y ha sido fuente de una inspiración cultural que aún permanece y encuentra nuevas vías de expresión. Entonces con grabados y ahora a través de la televisión, pero siempre presente y al quite de los tiempos, en los que ya no hace falta ser un tipo duro que tintinea su whiskey on the rocks para granjearse respetos. A veces basta con un copón y una (buena) exageración para constatar que algunas cosas están cambiando. Y acabar, por qué no, dominando la televisión.

Sala de tinos de roble francés en las bodegas Vivancos.
Sala de tinos de roble francés en las bodegas Vivanco. Briones, La Rioja.

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12 comentarios

  1. Las Percas

    Estoy absolutamente convencido de que en el planeta es mayoría la gente que no soporta el sabor del vino ni de ningún tipo de bebida espirituosa con alcohol. Hay que hacer caso a los bebés que si les das a probar vino, cerveza y ya no digamos cosas de mayor graduación, apartan la boca asqueados. Es luego, cuando en nombre de una supuesta «cultura» y»adultez» se intenta que nos droguemos con estos tóxicos insidiosos. En casa, tengo algunas botellas de tinto de 30 euros (me niego a pagar más) que se hacen viejas esperando que algún chiflado o chiflada de los que alguna vez comen o cenan en mi casa, crea que no se puede degustar la espaldita de cabrito al horno con patatitas (fabulosa) sin echarse al coleto ese líquido tan sobrevalorado que llaman vino.

    • Antuán Labei

      ¿Has probado el vino con metal alemán? Parece que no. Pues pruébalo y ya me dirás si cambias de opinión.

      • Las Percas

        ¿Con vil metal fundido, alemán? Sí, pero está peor aún, Antuán con tilde.

      • Obi Biul Kenbi

        ¿Le ha dado a probar espaldita de cordero con patitas (fabulosa pasada por el chino) a un bebé? En la Guía MIchelín ya están temblando ante la competencia desleal de las guarderías.

    • luchino

      El planteamiento del comentariasta Las Percas es, cuanto menos, curioso.
      Si lo he entendido bien, propones que volvamos a un estado de inocencia primigenio, sin influencias ni contaminaciones de la cultura. Obrar en todo momento espontáneamente, hacer lo primero que se te ocurra sin pensar en nada más.
      Muy discutible, obviamente.
      Algunas obras artísticas requieren un cierto aprendizaje, una costumbre para poder degustarlas, pensemos en la música clásica o el jazz, cualquier joven te dirá que son rollos, aburridas o lentas, pero si haces el esfuerzo de intentar entenderlas y entrar en ellas, te aseguro que dicho esfuerzo merece la pena.
      Item, aunque en otro orden de cosas, con los estudios. ¿ Tienes estudios ? ¿ Verdad que merece la pena hacerlos ? Sin embargo, al principio a nadie le gusta ponerse a estudiar, cuesta y hay que hacer un trabajo de voluntad para empezar, y no digamos ya para terminar una carrera, aunque en principio es mas fácil tumbarse a la bartola.
      Y por cierto, ¿ de bebé ya te gustaba el cabrito al horno ? no lo creo, ya que es una comida bastante contundente.
      PD.- invitame a comer, me encantaría degustar ese cabrito regado con un vino de 30 €.

    • PorComentar

      Lo peor de ser un ignorante no es el hecho de serlo…sino hacer alarde de ello

      • Las Percas

        «Borrachuzos S.A.» siempre encuentra motivos culturales para empinar el codo…

        • luchino

          Me parece bastante injusta tu réplica. Yo, y me dá igual lo creas o no, bebo vino – otras cosas no – los domingos, como mucho, como un extra.
          En fin, cuando no se tienen argumentos, sólo queda el insulto.

  2. Ángel

    Buen artículo!. Me he acordado también de Penny en Big Bang Theory. Siempre copa de vino en mano mientras Sheldon y cia escupen poesía con la ciencia.

  3. ¡Bonito y estupendo artículo! Hablando de mujeres de series que beben para demostrar el poder que otros les niegan, escribí esto (ft. Cersei Lannister, Betty Francis Draper y Skyler White) http://hyperbole.es/2014/07/las-alegres-comadres-de-lannister/
    Gracias por las referencias clásicas y artísticas.

  4. Y la gran olvidada: Cougar Town

  5. Menesteo

    Mi opinión es que la industria de el vino, muy poderosa en USA como casi todas las industrias alli pagan a las cadenas para que los personajes beban vino. ¿que tienen que ver Alica Florick y Penny? nada, pero sus personajes se vuelven muy interesantes y sofisticados con un copazo de tinto californiano en la mano.

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