Sociedad

Los miserables

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Bud y William Fields, Hale County, Alabama, 1936. Fotografía: Walker Evans / Library of Congress (DP).

«A continuación voy a contarles un cuentecillo feo, una historia que me enferma y avergüenza de todo corazón; por suerte, tiene lugar en un país del que la mayoría de nosotros no hemos oído hablar nunca y, además, las partes más tristes son todas de oídas, “sin pruebas irrefutables”; de modo que bien podríamos fingir que no son ciertas»: así empieza William T. Vollmann uno de los capítulos de Los pobres. El cuento que les voy a contar yo ahora me enferma y entristece tanto como a Vollmann el suyo; a diferencia de este, no tiene lugar en Kazajistán o Yemen, sino aquí, y como todos conocemos a los protagonistas de estas historias aunque sea «de vista», difícilmente podríamos fingir que no son ciertas.

Aunque los vemos a diario, de los pobres no sabemos casi nada. Quien haya leído Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee y el fotógrafo Walker Evans, sabrá más de la vida diaria de los aparceros de la Alabama de los años treinta que de los sintecho que duermen en nuestras calles. Es cierto que la de los Tingle, los Fields y los Burroughs —así se llamaban las familias que Agee y Evans retrataron— es una pobreza circunscrita, la miseria propia de una época, diferente en muchos aspectos a la de nuestro tiempo. Un muestrario más amplio de la pobreza puede encontrarse precisamente en el monumental, en todos los sentidos, libro de Vollmann. En Los pobres, Vollmann amplía el campo de batalla desde Estados Unidos a Rusia, sin eludir Afganistán, Vietnam o Colombia. En sus páginas encontramos a Sunee, una tailandesa alcohólica que no atina a contar su historia a derechas, a Wan, una mendiga que cree que es rica, o a Natalia, una rusa epiléptica que cree que la culpa de su situación la tiene el destino, en forma de picadura de garrapata: «Nací en un mal momento. Hay mucho veneno de garrapata en otoño». A Vollmann le pareció sorprendente la concepción del destino que tenía aquella mujer fruto de la era comunista, pero más le sorprendió que las respuestas de estas personas a la pregunta «¿Por qué eres pobre?» fuesen tan parecidas. Pese a las diferencias culturales, a la hora de explicar su situación aquellos hombres y mujeres apelaban de alguna forma al destino: unos invocaban a Alá («Alá así lo ha querido»), otros al karma («Porque fui malo en mi vida anterior»). En la mayoría de los casos, tendían a culparse y, lo que es peor, a resignarse: no se puede hacer nada para salir de la pobreza.

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3 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Artículo repleto de mundos…tanto conocidos, como por descubrir.

    Excelente.

  2. Gran artículo. Muy necesario para una sociedad donde cada vez se está quedando más gente excluida socialmente por la imposibilidad de encontrar trabajo porque, sin una fuente de ingresos ni apoyo, cada vez es más difícil no acabar en la indigencia. Es el gran elefante en la habitación de una sociedad que sigue mirando a otro lado. Tenemos un mercado laboral con un desempleo estructural crónico desde hace décadas, al que ahora se añaden los precarios, esas personas que trabajan y siguen sin llegar a fin de mes.

    A la élite española esto no le ha preocupado nunca lo más mínimo y al trabajador estable (con derechos laborales y un sueldo que permite vivir), tampoco. Hasta que les toca, claro, porque como te echen del trabajo más vale que tengas un buen colchón de apoyo porque vas a empezar a formar parte de ese círculo de desempleo y precariedad que padecen los que no tuvieron la suerte de incorporarse al mercado laboral hace una o dos décadas. Y la línea de separación es muy fina.

  3. Un hermoso artículo. Aunque parece que la miseria es un enemigo infinitamente más fuerte que la razón, que el esfuerzo, que la justicia, que la solidaridad, y que siempre nos deja en la cuneta de la liberación, es decir, de la libertad, y que es una maldición sin talismanes, una desesperanza desesperada y una putada infinita, se agradece que alguien sepa que todas esas personas no son una mancha para la civilización, sino sus víctimas y nuestros compañeros, y que detrás de esos odios y comportamientos esquizoides hay un montón de sueños perdidos, de humillaciones encajadas, de terrores vividos, y un infatigable cansancio que todavía, sin pretenderlo, espera algo mejor.

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