
Erróneamente, se suele esperar de algunos profesionales, como, por ejemplo, de los psicólogos, que seamos capaces de leer la mente de nuestros interlocutores, de predecir el comportamiento de una persona o de imaginar cómo evolucionará una relación de pareja. En ocasiones se nos atribuyen unas cualidades casi mágicas totalmente alejadas de la realidad. Sin embargo, en esta ocasión, apoyados en lo que la sexología nos cuenta de la evolución social, cultural, ética, legal, etc., de algo tan complejo como la sexualidad humana se puede intentar imaginar cómo será, en un futuro próximo, eso: el sexo.
Nos animamos a fantasear con un futuro porque, de alguna manera, asumimos que existirá uno en el que el sexo siga presente, no solo como proceso aún necesario para la procreación y perpetuación de la especie, sino también como fuente de conocimiento, placer y disfrute tanto individual como compartido.
El futuro es un tema recurrente en novelas, ensayos, películas, congresos científicos, publicaciones, etc. Pero ¿qué emociones despierta en el ser humano? ¿Interés? ¿Curiosidad? ¿Fascinación? Seguramente, también incertidumbre. ¿Preocupación? ¿Ansiedad? Desde hace décadas, uno de los principales motivos de consulta en los gabinetes psicológicos es la ansiedad, que no es ni más ni menos que el miedo al futuro. Ese temor difuso hacia lo que podría acontecer y que sospechamos que no podremos controlar. ¿Hemos de tenerle miedo? Veamos.
Cuando pensamos en el futuro es casi inevitable que nuestros sesgos tiñan de tecnología el entorno en el que imaginamos que nos relacionaremos, moveremos, aprenderemos, en el que, en resumidas cuentas, viviremos. De hecho, ya está pasando. En el presente aprendemos, nos informamos, nos comunicamos, nos relacionamos a través de dispositivos capaces de trasmitir pensamientos y emociones a cientos de kilómetros en décimas de segundo. Existe un almacén virtual de ingente información codificada en ceros y unos que solo los artilugios con características similares a los ordenadores, móviles o tablets pueden convertir en información sensible a nuestros humanos sentidos. ¿Será también así para el sexo y las emociones que lo rodean?
Sexo y futuro. Futuro y sexo. Es casi inevitable que estas ideas se asocien con conceptos tales como el sexo virtual, los robots sexuales, la juguetería erótica o las aplicaciones para ligar mejor, para tener un mejor sexo, y con mejor no nos referimos solo a eficacia y habilidad, sino también a la consecución de una de las mayores aspiraciones del ser humano: sufrir menos.
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El sexo cada vez tiene menos futuro. No recuerdo quién dijo por ahí que en el pasado nos prometieron trajes espaciales y nos terminaron trayendo Facebook e Instagram. El placer, en el futuro, lo tiene jodido
Siempre he imaginado en un futuro de ciencia ficción una realidad frívola en cuanto al sexo, pues podíamos clonar a cualquier persona que nos resultara atractiva a través de algún tipo de artefacto que captara su ADN para luego reproducirlo en casa con nuestra impresora 3d de tejidos humanos, aunque con un cerebro muy limitado y dócil (para que no dé problemas).
Incluso podríamos hacerlo sin que él o ella lo notarán, además de no ser necesario pedirles permiso.
Todo un invento para frikis, violadores, inadaptados o simplemente comodones que buscan sexo sin tener que cortejar ni empatizar.
Luego el artefacto enviaba los datos de las personas más clonadas a una red social donde se elaboraba un ranking de atractivo sexual en el que alimentar nuestros egos y autocomplacencias. Incluso se adjudicaban puntos que podríamos transformar en dinero, fama y otros anhelos sociales/materiales.
Alguien me dijo que era la versión sexual de la serie Black Mirror. No lo sé pues casi no he visto series desde que Falconetti mató al «hombre rico», hecho que me dejó un tanto marcado de niño.
La verdad es que es una paja mental en toda regla.
Para despedirme dejaré una de las frases sobre el sexo de Woody Allen:
“El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero de todas las experiencias vacías que existen, hay que reconocer que es una de las mejores.”
Porque son un gremio necesitado de ayuda, no en vano muchos de los que se dedican profesionalmente a esta disciplina dan palos de ciego, intentando hacerse un hueco en la sociedad (pagar el alquiler y la comida), por ese motivo, repito, les daré un consejo a los psicólogos de este país y, por extensión, a los del resto del mundo: «Hay una sola cosa cierta en torno a las predicciones que hace el ser humano: que no sabemos predecir el futuro».
Si el hombre es ese animal privilegiado y trascendente (no elegido, y munido de manifestaciones que nos hacen únicos), tendría que comenzar a considerar el sexo como una carga posible de superar. Si no lo es, podemos esperar de todo. No es muy elegante comprobar que compartimos los mismos mecanismos de reproducción de los animales con todo lo que conlleva. La vieja filosofía hablaba y habla aún hoy de la emancipación del hombre, de su liberación, tanto de sus instintos biológicos más antiguos como los de su ánimo, y la ciencia nos hace entrever, confusamente por ahora, un futuro hombre fisiológicamente distinto, como así mismo el arte: toda la fantasía de la ciencia ficción nos muestran a alienígenos asexuados. Es inevitable el cambio antropológico. Ninguna entidad que aspire a la perfección puede esperar resultados a partir de una organización con mandos anímicamente bipolares. Y es evidente cual de los dos sexos comienza a presentarse como prescindible. Además, como decía Sheldon Cooper, el sexo es todo confusión y poco higiénico. Pobre muchacho. Gracias por la lectura.
Eduardo Roberto, ante tu narcisa necesidad de añadir posts con escritura florida, y ante esa idea de superación del sexo en ese supuesto camino de trascendencia y perfección del ser humano que defiendes: hay terapeutas y psicólogos a quien podrías acudir. Te vendrían bien