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Bruguera y el cementerio de los autores olvidados

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Hasta que nos marchamos de Galicia, allá por 1970, el botín de los domingos consistía en un tebeo del Capitán Trueno y un ejemplar de Historias Selección, la colección de Bruguera que hizo de mí un ávido lector. Eran pequeños volúmenes de tapas amarillas, que intercalaban una página de dibujos cada tres o cuatro de texto. Las viñetas resumían la historia y me las tragaba en un santiamén. Después devoraba el relato completo, ya sabiendo el argumento. El tebeo del Capitán lo leía cinco veces a lo largo de la semana y al llegar el sábado también había dado cuenta del libro. El siguiente domingo, se repetía la historia.

Cuando nos mudamos al delta del Ebro, cambié las Historias Selección por las de aventuras. Parte del surtido venía directamente de mi padre, que encargaba a su club de lectura (el entrañable Círculo de Lectores), todo lo que veía de Verne y de Salgari. Otra parte la compraba yo, o más bien la mercaba, ya que en el quiosco del pueblo se podía cambiar la novela de la semana anterior por una nueva, pagando un duro por el trueque.

Allá por 1973, descubrí una nueva colección de Bruguera. Se llamaba La conquista del espacio y salía un título nuevo cada viernes. Cierto es que los ejemplares que llegaban a mis manos estaban a menudo en las últimas, las tapas de cartón medio rotas y el papel ceniciento, sobadísimo de tanto cambiar de dueño. Pero todas esas cosas me traían sin cuidado. Lo que contaba eran las historias.

¡Y qué historias! Aquellas primeras novelas de ciencia ficción me permitían evadirme de una realidad nada halagüeña para el chico regordete y empollón, —víctima propiciatoria perfecta para el bullying escolar cuando la palabra todavía no se había inventado— hijo de emigrantes, recién llegado a un pueblo donde nunca tuve muchos amigos. Mis novelas no eran un entretenimiento, eran un salvavidas que me permitían escapar de los matones del colegio a bordo de navíos interestelares, enamorarme de princesas marcianas en un tiempo en que las chicas miraban a través de mí sin verme, imaginar planetas exóticos e imperios galácticos en un país en el que hasta el dictador que nos regía era pequeño y vulgar. Todo estaba allí, a mi alcance, los cohetes y las razas exóticas, los monstruos alienígenas y las chicas rubias en pijama de látex, dibujadas en trazos brillantes sobre las tapas negras de mis libros de alquiler.

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10 comentarios

  1. Ja, ja, qué bueno. Conforme iba leyendo estaba pensando «¿de dónde ha salido este tío, que no sabe que todas las ‘novelas de a duro’ fueron escritas por españoles con seudónimo?», hasta que he llegado al final. :-D

    Muy bueno el momento de tensión emocional.

  2. Una delicia de artículo. Me lleva a mi distante infancia entre la ciudad de Mendoza y Santiago de Chile donde vivia mi abuela y mis tíos que me introdujeron en ese mismo mundo mágico y antesala de la «gran literatura». Sacando el tebeo (por estos andurriales los llamamos historietas) de el Capitán Trueno, las mismas derivas de lectura. Es un placer poder seguir estas notas desde los suburbios del mundo que se ha transformado nuestro país.

  3. Broccoli is finished

    Alex Simmons era entre otros, el seudónimo más conocido de Enrique Sánchez Pascual, padre de Enrique Sánchez Abulí, guionista de «Torpedo» y que ahora sobrevive a duras penas con traducciones tal que tuvo que hacer su padre. Una pena…

  4. Y no olvidemos al que quizás fuera el mejor de todos: Francisco González Ledesma, por mucho que en su tumba ponga «Silver Kane». El hombre que » escribió centenares de novelas del Oeste… ¡Y todas son interesantes por un concepto u otro».

  5. Enhorabuena por el artículo. Puedo decir que he leído al 99% de los autores que citas. A.C.Clarke y Pohl al 100%. Me ha venido a la memoria, por aquello de nombres españoles, la novela radiofónica (y posteriores tiras) de Diego Valor. ¡Cuánto tiempo…!

  6. Gran artículo. Felicidades.
    La editorial Bruguera era bastante negrera, pero publicaban tiradas casi de cualquiera. Y si el volumen de ventas les convenía, te contrataban a la baja y te seguían publicando. Hoy en día, aparte que faltan lectores, los autores pueden terminar en una vía muerta a la menor. Yo llevo sólo a un par de autores (de ensayo) y las condiciones que les plantean los editores mayoristas son caninas, impensables para cualquier autor que empiece. Y cuando un autor se deja seducir por el canto de las sirenas y firma con alguno de los «grandes», termina con un contrato de risa y una obra que ni siquiera publican. Simplemente la sacan del mercado, porque no quieren nada que ensombrezca a las firmas que ellos apoyan y por las que, imagino que les subvencionan.

  7. Un artículo tan emotivo como falso. Que me perdone Alminar, pero la editorial Bruguera no publicaba tiradas casi de cualquiera. En realidad, sobre-explotaba a un pequeño grupo de aspirantes a literatos, ilustradores y pintores, que se plegaron a sus exigencias estajanovistas pretendiendo otra vida. Al zamorano de adopción Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz), probablemente el más talentoso del grupillo, le publicaron más de dos mil títulos. Llegaba a escribir una al día con las máquinas petroleras aquellas. ¿Su problema? El mismo que posee Boixcar. Lees una y has leído su producción por completo. Porque puede cambiar de nombres y escenarios, pero sigue estereotipos. Es Corin Tellado sólo que en clave de terror o de SciFi.

    • Por favor, que hablamos de novela popular. O «pulp» si lo prefieres. En esa clase de publicaciones, o te basas en unos pocos argumentos con ligeras variaciones o literalmente te matas, como K. Dick. Si podemos calificar de genio a Lovecraft es porque, en esas condiciones, lograra poner en pie una obra tan original.
      Ello es así porque el ritmo de publicación es infernal y el editor generalmente no paga bien. Más aún: desprecia la inteligencia del público. En los mismos USA, el hoy tan denostado John W. Campbell Jr supuso una revolución porque se preocupó de que sus autores cobraran una cantidad razonable a cambio de buenas historias. Ello dio a gente como Asimov, Heinlein y otros autores un mínimo de tiempo y márgenes para pensar nuevos argumentos. Ni en España ni en ningún otro sitio ocurrió, que yo sepa.
      Y lo peor es que fue en vano. Campbell soñaba, probablemente, en elevar el género hasta la gran literatura. Pero a pesar de todo su esfuerzo, hoy vemos que no sirvió de nada.

  8. Tamberlick

    Hablando de Historias Selección, yo leí de niño la biografía de Julio César firmada por Enrico Farinacci, al pasar los años pensé con una mezcla de fascinación y horror que era obra del famoso fascista, pero en realidad era de Enrique Martínez Fariñas, otro rey de los pseudónimos de Bruguera.

  9. kin mejia ospina

    Buen artículo, con un poco de humor, creo que los he leído todos, y faltan algunos, ellos fueron los que me enseñaron el amor a la lectura, gracias por traer a mi mente estos gratos recuerdos,
    .

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