
Cuidado, lector, seas quien seas,
si quieres proseguir, no lo hagas sin haber comprendido cuán seria es esta obra;
si no, podrías reírte, y tal vez tu risa fuera necia e idiota.
(Jean-Pierre Brisset, La grammaire logique)
Hay pensadores tan radicalmente singulares que sus ideas no encajan en ninguna escuela de pensamiento conocida. Su obra, pese a haber sido publicada, tampoco goza del reconocimiento de otros intelectuales o científicos, entre otras cosas porque sus afirmaciones no pueden debatirse, y mucho menos refutarse: más que ideas son certezas, no admiten ningún género de duda. No han tenido maestros (son generalmente autodidactas), y menos aún discípulos. Aun así, sus hallazgos son dignos de figurar en una Enciclopedia de las ciencias inexactas. Así lo consideró el escritor Raymond Queneau, que durante años investigó en el fondo de la Biblioteca Nacional de Francia y rescató a unos cuantos de estos autores del olvido en un libro llamado En los confines de las tinieblas. Los locos literarios.
Decía Chesterton que los matemáticos, y los jugadores de ajedrez, son más susceptibles de volverse locos que los poetas. El libro de Queneau recoge varios ejemplos en este sentido, algunos de los cuales destacan por sus revolucionarios métodos. J. P. Lucas decía encontrar en sus sueños la solución a problemas matemáticos que se creían irresolubles. Hasta aquí no hay nada extraño (es cierto que su metodología recuerda a la del agente Cooper en Twin Peaks, pero también que el químico August Kekulé dio con la estructura de la molécula del benceno al soñar con una serpiente comiéndose su propia cola). Quizá lo más llamativo del caso es que sus descubrimientos se basaban en el grado en que unos números «simpatizaban» con otros, siguiendo un criterio totalmente arbitrario. N. J. de Sarrazin, por su parte, planteó una nueva trigonometría, llegando a contradecir al mismísimo teorema de Pitágoras (según él, «un absurdo que no tiene nombre y que es a la vez lo más abyecto de nuestras matemáticas y de la mente humana»).
Por supuesto, utilizar rutas de pensamiento alternativas a los cauces oficiales no es señal inequívoca de locura. Ahí tenemos a Joseph Lacomme, que tuvo que aprender por su cuenta el concepto de número y desarrollar su propio método de multiplicación y división porque no sabía leer ni escribir. En un primer momento le tomaron por loco y llegó a estar internado. Luego fue sistemáticamente ignorado por la Academia de las Ciencias francesa durante años, pero la Sociedad de las Ciencias y de las Artes de París acabó concediéndole un diploma que certificaba que había dado con la solución a la cuadratura del círculo (si bien, como señala Queneau, dicha solución era menos precisa que la que había propuesto Arquímedes veinte siglos antes).
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Creo que usted fue un iniciado al sumo conocimiento y, por su incapacidad, relegado; y ahora, en venganza solo se dedica a ridiculizarnos o menospreciarnos o a que los demás nos miren con compasión. Pero recuerde que todos aquellos que son letras y números tienen sus defensas (herméticos castillos), que usted seguirá sin entender. La Tierra es plana y el teorema de Pita es una abominación porque, además de que Pi es un número irracional, y cualquier resultado que lo implique lleva al error, no se considera que entre la infinidad de puntos que forman una recta siempre habrá lugar para otro punto, apunto el punto faltante. Y esta regla irrefutable se traslada en su estructura básica al lenguaje. Considere el vocablo que le calza al dedillo: exagerado. En él encontrará ese “ex” que evoca un tiempo pasado; “ager”: territorio, de agricultura y “ado” que no necesita explicación. Usted es una fábula de un territorio que ya no existe.
El criptólogo se quiebra el cráneo; está cabreado por la cutrez contra Crono, crímenes y críticos y pretende acribillar, cremar la costra de crustáceos y criptas y macros y Cresos, pero agradecer a crotos, crespos, y criminales regalando criques y kilos de crema con crep a criollos con crenchas y sin ellas, a las (AQUI ESTOY YO) que hacen croquis y crían críos entreteniéndolos con crótalos, cruasán o jugando al criquet, evitando crisis y lucros y lacras y cráteres sin hacer crujir el crampón. ¡Pero crisoles colmos de cromo cáustico y crocante sobre las crines de los crápulas y cribas y demacrados y crueles!
Recién me doy cuenta de su género. Pido las debidas disculpas por tal descuido, pero esta constatación cambia de manera radical los argumentos que expuse para defender mi condición privilegiada, comenzando con el hecho de que ustedes, mujeres, no pueden acceder al sumo conocimiento. Y la razón es simple: el idioma español es pródigo de señales inequivocables: la “O” es masculina y la “A” femenina. Conjeturamos que el primer ¡Oh! ¡Qué grandioso! solo pudo haber sido exclamado por él de frente a la maravilla de lo existente, a lo que correspondió un desganado ¿Ah, sí? por parte de ella, que encierra en pocas letras el desinterés por el milagro del entorno y las hace ineptas para el conocimiento. También quiero reparar otro error: tendría que haber escrito “… la tierra no es plana, pero tampoco esférica…” Lo demás son informaciones que pueden interesarle o no. El sentido semántico íntimo de “exagerada” queda como tal, y quizás más apropiado ya que ada es el hada sin hache. A manera de homenaje a su condición y reparo a mi error, me permita ofrecerle un drama de desencuentro cripto amoroso tan apreciados por ustedes.
No flaco es el flagelo, y flojo Florencio con su fluctuante flujo de efluvios que a Flora no le hacen… ni flu ni fla, ni menos las flores que el inflexible flirt hace desflorecer con tanta fluxión,
en la flema floral del flácido y flamante flechado que flota entre fliper y flopis y vuela sin flaps, en la floresta, con flases de flauta, afligido, en el medio del flúor, solo, sin fluido, sin flotador, con aflicción. Florencio flaquea pensando en su flaca que podría ser un flop pero no un flan.
Qué cansino eres, compañero… Imagino que ya habrás comentado el hilo de los goles de chilena, echando en falta a alguno de los tuyos, cómo no.
No hay mayor locura que vivir sin un solo delirio.
Gran artículo. Felicidades.
Lamento defraudarte co terraneo José M. Por inepto y maldestro para este deporte que amo te confieso que me tocaba siempre el arco, el más inútil para defender a los ponchazos la última meta. Siempre me tocó bailar con la más desgraciada. Hace rato que no escuchaba una picardía de mis pagos. Supongo. Gracias
¡Ay, Agustín Serrano Serrano! Esa máxima me la guardo. “No hay mayor locura que vivir sin un delirio”. Y agregaría “que solo con la escritura podemos darle forma, color y tersura”.