
Even the greatest stars discover themselves in the looking glass. («The Hall of Mirrors», Kraftwerk)
La canción «The Hall of Mirrors» reflexiona sobre cómo incluso las grandes estrellas cuando se enfrentan a ellos mismos rara vez encuentran agradable lo que ven. Lo interesante es que la herramienta que libera toda esta reflexión, que provoca el entendimiento de uno mismo y el enfrentamiento contra nuestros propios demonios, es un mero espejo. Un elemento que de entrada únicamente vale para reflejar imágenes. Sin embargo, los espejos, al igual que las neuronas que llevan como apellido su nombre, sirven para mucho más.
Es curioso que muchos descubrimientos científicos estén mediados por la casualidad: las neuronas espejo se descubrieron en parte gracias a que a un estudiante de doctorado le apetecía tomarse un helado. Este estudiante formaba parte del laboratorio de Giácomo Rizzolatti, un científico que a principios de los noventa estaba investigando las neuronas motoras (las neuronas relacionadas con el movimiento). En el laboratorio de Rizzolatti, en Parma, tenían colocados unos electrodos a varios macacos con el objetivo ver qué neuronas se activaban en sus cerebros cuando estos realizaban ciertas acciones. Curiosamente observaron que algunas de las neuronas motoras se activaban aunque el mono estuviera quieto. Eso sí, aunque quieto, esta activación también se producía cuando el macaco estaba observando a otro macaco o incluso a un humano (que también es un mono) comer cacahuetes. Como los humanos somos a veces un poco lentos en darnos cuenta de ciertas cosas, no se dio mucha importancia a la anécdota de los cacahuetes hasta que se volvió a repetir. Un caluroso día de verano, el estudiante sofocado y hambriento se fue a por un helado sin apagar los electrodos que registraban la actividad neuronal del macaco que estaba estudiando. Cuando volvió con el helado y se lo llevó a los labios, los aparatos registraron la activación en algunas neuronas motoras del cerebro del macaco, pese a que este estaba completamente quieto. Solo hacía una cosa: observar al doctorando y su helado.
Así fue como gracias a unos cacahuetes, un helado, un doctorando hambriento, un vasto conocimiento neurocientífico previo y muchas horas de trabajo se publicaron entre 1992 y 1996 los primeros artículos que describían a las neuronas espejo. Un modo general de definir a las neuronas con propiedades espejo (comúnmente llamadas neuronas espejo) sería como todas aquellas neuronas que se activan tanto si el sujeto realiza una acción como si observa a otros individuos realizando esa acción. Esto es importante porque no todas las neuronas que activamos al hacer una tarea se activan cuando vemos a alguien hacerla. Así que las neuronas con capacidades espejo son un grupo muy concreto y, además, de entrada resulta un poco extraño que, por ejemplo, unas neuronas que usamos al saltar puedan activarse también si estamos quietos. Parece un gasto de energía innecesario. Pero ahora sabemos que las neuronas espejo son muy importantes en nuestra vida, y están especialmente asociadas con la empatía, que en muchos casos se define como la capacidad de sentir lo que siente otra persona, de ponerte en su lugar, entenderla… Esto ha creado la idea de que estas neuronas lo que hacen es reflejar en nuestro cerebro la imagen emocional que observamos, pero por lo que sabemos esto es una simplificación: estas redes neuronales no se limitan a permitirnos descriptivamente percibir qué está haciendo una persona o como se siente. No, estas células también nos ayudan a entender por qué alguien está ejecutando una acción, cuáles son sus posibles objetivos e intenciones.
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¿Pero cómo va un neurocientífico a observar sus propias neuronas espejo con sus propias neuronas espejo? ¿Hemos perdido el sentido común a raíz de la pandemia o qué? ¿Acaso puede una espada cortarse a sí misma? Me voy a escuchar a Bach…
Desopilante la explosión de rebeldía musical-metalúrgica de birse. Bach, que como todo artista supongo poseía esas extrañas neuronas, con las suyas «leyó» o de reflejo captó las tuyas y las de tantos otros, ayer y hoy, y no me parece que en alguna parte del artículo se afirme lo que dices. Muy buena divulgación de algo sorprendente y que recién ha comenzado. Gracias a ambos.
«Sea como sea, es sorprendente que tengamos dentro de la cabeza un conjunto de células en las que una de sus funciones sea entender a los demás y a nosotros mismos». Eduardo, debería cobrarte por lo que te voy a escribir: algo chirría al entendernos a nosotros mismos (incluyendo a nuestras neuronas espejo) a través de nuestras neuronas espejo. Bach, pese a abrazar la disciplina musical, pese a vivir en una época en que la neurociencia no había nacido todavía, entendió (pseudoperfectamente) ese impasse, ese click, esa brecha cognitiva. Para él fue Dios. Para ti y para mí es incognoscibilidad. De nada.
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¿Pero era empatía lo que sentía el macaco o era envidia cochina? ¿se imaginaba comiendo así mismo el helado, sentía indignación doble tras el suceso de los cacahuetes o sentía dicha plena empática?