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Portada de Donde viven los monstruos. Imagen: Harper & Row.

En una ocasión, un niño llamado Jim garabateó un dibujo en una carta y se la remitió al hombre que firmaba sus cuentos favoritos, Maurice Sendak, autor de Donde viven los monstruos. Días más tarde, el chico recibió de vuelta una postal adornada con un monstruo dibujado por el mismísimo artista. A Jim aquella carta le gustó tanto que decidió comérsela.

Y ahora que vuestra atención está distraída con la anécdota divertida, lo mejor será empezar por el principio, que está repleto de desgracias.

Maurice Sendak no tuvo exactamente una infancia de cuento. Hijo de una pareja de inmigrantes judíos polacos, y nacido en Brooklyn justo antes de que los Estados Unidos se despeñasen por el foso de la Gran Depresión, Sendak sufría de una salud delicada que le condenó a vivir la niñez encamado, batallando non-stop contra el sarampión, la neumonía y la fiebre escarlata. El chaval mataba aquellas dolorosas jornadas entre libros, observando por la ventana cómo jugaban otros niños más sanotes, imaginando mundos para evadirse de una realidad desoladora y tallando con todo ello una personalidad asocial y temerosa.

El hecho de tener por progenitores a dos seres disfuncionales y psicópatas tampoco ayudó mucho a la hora de mantener bien amueblada la cabeza de aquella criatura. Porque fueron sus padres quienes le confesaron que él era la consecuencia de un embarazo no deseado, uno que trataron de interrumpir a base de golpear y rellenar a su madre con pastillas. Y cada vez que el pequeño Sendak caía enfermo, papá y mamá gustaban también de recordarle que, por culpa de su fragilidad física, no tendría muchas probabilidades de salir de la cama por su propio pie, haciendo algo tan osado como respirar. El chico acabó estableciendo una relación de terror hacía la muerte, avivada por descubrir que la Parca rondaba sus alrededores con frecuencia: gran parte de los familiares de Sendak serían aniquilados durante el Holocausto, una noticia que la familia recibió mientras celebraba el bar mitzvah del chico. Y uno de sus amigos infantes moriría de manera repentina al no superar las complicaciones derivadas de una operación. La niñez y puericia del artista se convirtieron en terrenos oscuros, «La infancia es un asunto complicado. Lo más normal es que en ella haya algo que salga mal», apuntaba el hombre, «Puedes morir cuando eres un niño. Eso es lo que yo tenía claro».

Al alcanzar la edad adulta, Sendak se convirtió en ilustrador de literatura infantil, colaborando con sus trazos en más de un centenar de obras ajenas, como la popular serie Osito de Else Holmelund, y dibujando una veintena de fábulas propias. Para sorpresa de nadie (excepto quizá de Arturo Pérez-Reverte), las historias que ideaba no mostraban la infancia como una etapa cándida e inofensiva, sino como una arriesgada y temible porque el hombre iba de cara: «Me niego a mentir a los niños, no pienso alimentar toda esa gilipollez de la inocencia». En sus cuentos, las chiquillas y chiquillos eran seres problemáticos que utilizaban la imaginación como un túnel para huir del mundo real, aventurándose hacia terrenos fantásticos repletos de peligros. Se trataba de un planteamiento arriesgado para la literatura infantil, pero aquello no acojonó a sus lectores, sino que los enganchó aún más a las páginas. Mientras los padres se quejaban de lo grotesco de las criaturas dibujadas, sus hijos las abrazaban y mimaban1 convirtiéndolas en parte de la memoria infante norteamericana.

El legado del ilustrador en la cultura es enorme, sus estampas han sido convertidas en objeto de museo, existen varias escuelas bautizadas con su nombre y su cuento «Al otro lado» es culpable de haber inspirado la película Dentro del laberinto de Jim Henson. Pero lo más fascinante es el caso de Donde viven los monstruos, el libro más famoso del autor. Un relato de diez frases y treinta y siete páginas ilustradas que se ha convertido en un clásico de culto incontestable: es la historia que Chris lee a los oyentes de su programa en un episodio de Doctor en Alaska, la obra que Gene Deitch tardó cinco años en convertir en una aventura animada, el cuento para niños que inspiró tanto una ópera como el temazo «Breezeblocks» de Alt+J, y el humilde libro infantil que Spike Jonze adaptó al cine como una producción de cien millones de dólares, con un reparto de monstruos doblados por estrellas de Hollywood como James Gandolfini o Forest Whitaker, repleta de FX y con una banda sonora firmada por Karen O.

El éxito provocó que sobre el buzón de Sendak lloviesen montones de cartas de lectores infantes, misivas que el hombre contestaba personalmente, en ocasiones acompañando dichas respuestas con dibujos originales de sus monstruitos. Lo bonito es que Sendak se topaba a menudo con mensajes maravillosos entre la correspondencia recibida. Como el de un chico de siete años y alma libre que lanzaba una urgentísima cuestión de cara a la temporada estival: «¿Cuánto cuesta llegar a donde viven los monstruos? Si no es demasiado caro a mi hermana y a mí nos gustaría pasar el verano allí. Por favor conteste rápido». O la carta firmada por una niña hater del dibujante que resultaba entrañable por la infantil candidez con la que remataba su mala hostia: «Odio tu libro. Espero que mueras pronto. Saludos cordiales».

Entre tanto correo estupendo, destacó de manera indiscutible el intercambio de cartas con un zagal llamado Jim. Aquel muchacho remitió al artista una postal muy cuca en la que había esbozado un dibujillo más tierno que mañoso. Sendak quedó encandilado con la obra del pequeño artista y en agradecimiento le remitió de vuelta un detallado dibujo de uno de sus monstruos, acompañado del texto «Querido Jim: me ha encantado tu carta». Poco después, el autor recibió una nueva carta, firmada por la madre de Jim, que rezaba lo siguiente: «A Jim le ha gustado tanto tu carta que se la ha comido». Y aquel ejemplo de comunión literaria y literal fue interpretado por Sendak como el mejor de los halagos posibles: «Ese fue uno de los mayores cumplidos que he recibido. Al chico no le importaba que fuese una ilustración original de Maurice Sendak ni nada parecido. Lo vio, le encantó, se lo comió».

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Carta tuneada remitida por Sendak a la ilustradora Nonny Hogrogian. Imagen: (DP)

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El correo clásico está muerto. En la era de WhatsApp, Gmail, Zoom, FaceTime, Instagram y Twitter, la gente anda demasiado ocupada eliminando las fotopollas no deseadas de sus bandejas virtuales como para molestarse en redactar engorrosas cartas físicas. Hoy en día, los sobres solo se deslizan bajo mesas de políticos y los sellos solo sirven para que Correos pueda marcarse una desatinada campaña antirracista que parece un chiste de Padre de familia. La correspondencia artesanal ha sido atropellada por la inmediatez del doble check azul. Y ya no parece tan romántico tirar de pergamino, pluma de ganso y bote de tinta china para redactar sonetos anhelando arrumacos a la querida, porque cualquier móvil hace exactamente mismo con cuatro emojis de vegetales. Nadie escribe una carta hoy en día, pero a lo largo de la historia las tripas de los buzones se han alimentado con millones de escritos, y un buen montón de ellos son documentos extraordinarios.

Fan mail

Sendak no fue el único creador que se carteó con sus admiradores, pero lo cierto es que el fenómeno del correo fan es una bestia difícil de domesticar. Cuando Johnny Depp hacía latir corazoncitos (y otros órganos) adolescentes, ante su puerta aterrizaban una media de diez mil cartas a la semana. Ringo Starr anunció hace años que arrojaría todo el fan mail al cubo de papel-cartón porque tenía mejores cosas que hacer en la vida. Y en 2013, alguien se asomó al contenedor de basura de Taylor Swift para descubrir que estaba habitado por cientos de coloridas cartas, embadurnadas con purpurinas y sin abrir, de sus admiradores. Ese pasotismo ante los fans no es algo que ocurra con todos los famosos: el escritor Chuck Palahniuk tiene fama de intentar contestar personalmente el correo que recibe, con tanta dedicación como para enviar a sus seguidores cajas llenas de regalos curiosos como libros, pollos de goma, lamparitas con la forma de la Virgen María o cacas de perro de broma.

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Chuck Palahniuk tiene un corazón enorme y también, por lo visto, un montón de cacas de broma. Foto: Rodrigo Fernández (CC)

Algunas estrellas lidiaron con esa correspondencia con gracia y/o estilo. Un caballero llamado Matthew se atrevió a escribir a John Cleese y obtuvo como respuesta una carta mecanografiada donde se leía lo siguiente: «Me temo que soy demasiado importante para escribir a gente como tú. Por favor, recuerda que soy muy muy muy muy muy muy importante. De todos modos (y a pesar de mi importancia) no existe un club de fans de John Cleese, porque todos sus miembros fueron asesinados en 1983 por el club de fans de Michael Palin. Te remito una fotografía autografiada mía para que recuerdes lo importante que soy. Atentamente: John Cleese». Graham Chapman, otro ilustre Monty Pyhton, respondió con elegancia a las proposiciones sexuales de una despistada fan, que no parecía estar al tanto de que el cómico prefería la compañía de varones, con el siguiente escrito: «Querida Vick. Gracias por tu amable ofrecimiento, pero no me gustan las mujeres con tetas grandes. Indiferentemente: Graham Chapman». Un texto que a la chica le llegaría rematado con un gigantesco garabato en forma de señorita de busto generoso, y la siguiente frase en el margen inferior «COPIA PARA HUGH HEFNER».

Conan O’Brien también tuvo que pararle los pies a una admiradora adolescente que utilizó el servicio postal para solicitarle que fuese su pareja oficial durante la fiesta de graduación de su instituto. O’Brien regateó aquella proposición con un «Desgraciadamente, me he casado hace poco y mi mujer ya no me deja ir a fiestas de graduación con chicas guapas de dieciséis años» junto a un alegre dibujo de su flequillo. Steve Martin, cómico y dentista psicópata, ideó una simpática carta plantilla para contestar a sus admiradores rellenando los espacios en blanco a conveniencia: «Una carta personal de Steve Martin. Querida [Nombre de la persona], ha sido un placer recibir tu carta. A pesar de que tengo una agenda muy ocupada he decidido sacar un poco de tiempo para contestarte personalmente. Muy a menudo los artistas pierden el contacto con su público y lo dan todo por sentado, pero no creo que eso me vaya a pasar a mí ¿No te parece, [Nombre de la persona]? No sé cuándo actuaré cerca de dónde vives, pero guárdame esa litera extra que tienes en caso de que pase por [Nombre de la ciudad]. Atentamente: Steve Martin. PS: Siempre recordaré aquella tarde que pasamos juntos en Rio, caminando por la playa y mirando las [Nombre de objeto]». A mediados de los dosmiles, un caza autógrafos llamado Daniel escribió al actor Rik Mayall, famoso por la serie de culto The Young Ones, solicitándole una rúbrica para su colección. Mayall contestó a la demanda con una carta bipolar escrita a mano donde los tachones eran parte de la jugada: «Aquí tienes, tacaño y especulador capullo galés ¿Dónde cojones está el sobre para enviarla de vuelta, so amorfo? Aquí tienes Daniel, muchas gracias por escribir. Espero que te guste la foto. Mis mejores deseos, querido amigo».

Allá por 1953, una desencantada lectora remitió una misiva a la novelista Shirley Jackson informándole sobre lo mucho que le disgustaba su producción literaria. Una revelación que Jackson tuvo a bien contestar con la fabulosa frase «Querida Sra. White: si no le gustan mis melocotones, no sacuda mi árbol». En 1976, un mandamás del Ku Klux Klan envió una carta a Bill Baxley, fiscal general de Alabama por aquel entonces, deseándole la muerte y etiquetándolo como «BLANCO NEGRATA» así tal cual, con esas mayúsculas dramáticas. Baxley replicó a los párrafos amenazantes de la manera más impecable posible, firmando un exquisito «Estimado “Dr.” Fields. Mi respuesta a su carta con fecha de 19 de febrero de 1976 es: bésame el culo».

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Shirley Jackson, no juegues con su melocotonero. (DP)

En 1990, un hombre llamado Jeff Trexler buceaba entre documentación de lo más variada, mientras preparaba un doctorado en Historia de la Religión, cuando se tropezó con unos panfletos de cierta iglesia en donde se representaba a Bart Simpson como un pecador y a Homer como un Dios enojado (no se especifica, pero probablemente las octavillas utilizasen una imagen parecida a esta). A Trexler el descubrimiento le hizo bastante gracia, y decidió enviar el folleto a Matt Groening, comentándole con guasa como había llegado a la conclusión de que, teniendo en cuenta que un cristiano no robaría la propiedad intelectual de otra persona, estaba claro que el dibujante había plagiado los Simpson de la iconografía de aquella iglesia. Trexler recibió respuesta a su chascarrillo, en forma de carta del mismísimo Groening: «Sí, los Simpson se los robamos a la Iglesia de Liberación de la Corriente Sanadora. Y no, Homer no es Dios, Krusty el payaso es Dios. Espero que esta información te otorgue paz de espíritu».

Correo ilustre

A Benjamin Franklin la gente le tiene bastante cariño por ser uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, por adornar con su jeta los billetes de cien dólares y también porque hace tres siglos revolucionó el mundo de la ciencia al convertir una cometa en un pararrayos con el que ayudó a Bernard, Laverne y Hoagie a salvar el mundo durante el famoso Day of the Tentacle. Pero toda concepción de Franklin como una figura respetable y honorable se derrumba tras leer su Advice to a Friend on Choosing a Mistress, una carta escrita en 1745, y ocultada al público durante cientos de años, donde el político animaba a un amigo incel a casarse o, en su defecto, a encamarse con prostitutas MILF. El texto original es en realidad una colección de siete argumentos, cada cual más ofensivo que el anterior, por los que, según Franklin, a la hora de echar polvetes son preferibles las mujeres entradas en años antes que las jovencitas. Una ristra de loquísimas razones donde destacan «porque cuando las mujeres comienzan a dejar de ser atractivas, estudian para ser buenas. Para mantener su influencia sobre los hombres, compensan esa disminución de la belleza por un aumento de la utilidad», «porque el pecado es menor, ya que desflorar a una virgen podría hacerla infeliz y convertir su vida una ruina», «porque no hay peligro de tener niños, quienes, en caso de ser producidos irregularmente, pueden causar muchos inconvenientes», o la espectacularmente casposa «porque en todos los animales que caminan erguidos la deficiencia de los fluidos que llenan los músculos aparece primero en la parte más alta: la piel de la cara crecerá lacia y arrugada, seguida de la del cuello, la del pecho y la de los brazos. En cambio, las partes inferiores del cuerpo seguirán tan rechonchas como siempre. De modo que si cubriésemos todo la anterior con una cesta, y observásemos tan solo lo que asoma por debajo del corsé, nos sería imposible distinguir a una mujer joven de una mujer vieja». Bien ahí, puto Benjamin Frankin.

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Benjamin Franklin, si viviese hoy en día nadie querría asomarse al historial de navegación de su navegador sin llevar puestos unos guantes. Imagen: retrato de 1778 de Joseph Siffred Duplessis.

Ernest Hemingway (El viejo y el mar, Por quién doblan las campanas) y F. Scott Fitzgerald (El gran Gatsby, A este lado del paraíso) gustaban de cartearse para debatir sobre el arte de juntar letras y compartir trucos con los que hacer de sus plumas objetos más afilados. Entre todos aquellos argumentos literarios que se intercambiaron por correo destaca un hermoso consejo remitido por Hemingway a su veleidoso colega de oficio: «Por el amor de Dios, escribe y no te preocupes de lo que dirán los demás sobre ello, ni por si será una obra maestra o cualquier otra cosa. Yo escribo una página que considero una obra maestra por cada noventa y una páginas de mierda. Trato de tirar las de mierda a la papelera».

En 1961, Audrey Hepburn asistió a la proyección de Desayuno con diamantes, la cinta que había estado rodando durante los meses anteriores. A pesar de que la actriz ya había visto un montaje previo de la película, en esta ocasión estaba a punto de encontrarse con algo muy diferente, porque sería la primera vez que contemplaría la historia engalanada con la banda sonora que había escrito el compositor Henry Mancini. Hepburn, para quien el propio Mancini había ideado a medida el famoso tema «Moon River» del film, salió de aquel pase flotando de alegría, e inmediatamente escribió una carta al músico que demuestra que esa mujer destilaba elegancia a chorros: «Querido Henry. Acabo de ver nuestra película —Desayuno con diamantes— pero en esta ocasión con tu banda sonora. Una película sin música se parece un poco a un avión sin combustible, por muy bien hecho que esté el trabajo, seguimos en tierra y en el mundo real. Tu música nos ha hecho despegar y ha logrado que nos elevemos. Has expresado por nosotros todo lo que no podemos decir con las palabras o con nuestras acciones, y lo has hecho de la manera más imaginativa, divertida y bella. Eres el más flamante de los gatos y el más inteligente de los compositores. Gracias, querido Hank. Mucho amor, Audrey». La actriz no se equivocaba con tanta loa, porque cuando se ofició la gala de los Óscar del 61, Mancini fue reclamado sobre el escenario para recoger dos estatuillas: la de mejor canción original por «Moon River» y la de mejor banda sonora original por Desayuno con diamantes.

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Desayuno con diamantes. Imagen: Paramount Pictures.

En ese mismo 1961 de diamantes y gatos flamantes, el escritor T. S. Eliot remitió una carta con alma fanboy a Groucho Marx, un cómico al que admiraba, solicitando una foto firmada del actor. Marx le lanzó de vuelta una instantánea de su jeta, una que no convenció al literato porque en ella el artista parecía trolearle al no aparecer caracterizado, con su bigote y cejas pintadas, como en las películas. Dos años más tarde, Eliot volvió a escribir al Marx con un tonito de agonías: «Su retrato está enmarcado en la repisa de la chimenea de mi oficina. Pero siempre tengo que explicar a las visitas de quién se trata, porque nadie es capaz de reconocerle sin su puro y sin esa expresión de los ojos en blanco». Aquel drama le resultó tan tierno al comediante como para ceder y enviarle otra foto, una con las pintas que le hicieron famoso. Durante cierto tiempo, Marx y Eliot mantuvieron contacto por correo, algo curioso teniendo en cuenta que el primero era judío y el segundo tenían un ramalazo antisemita muy marcado y público. Pero sobre todo, aquello fue un intercambio que se convirtió en un torneo de ping-pong de pullas cabronas entre dos colegas que disfrutaban remitiéndose insultos velados. Marx firmó una de sus cartas con un «Recuerdos a su esposa, quienquiera que sea ella», y el escritor contestó en otra carta con un «Mi encantadora esposa se une a mí enviándote recuerdos, aunque ella no ha dicho “Quienquiera que sea él” porque ya te conoce. Fui yo quien la introdujo a las películas de los hermanos Marx (porque no tenía ni idea de quién eras) y ahora es una fan tan entusiasta como yo. No hace mucho vimos una reposición de Los hermanos Marx en el Oeste (una de tus peores películas), una obra que no había visto antes (a pesar de que tiene más de veinte años). Ciertamente valió la pena (ciertamente no valió la pena)». En la airada carta de respuesta, Marx le apuntó a Eliot que quizás aquel no debería ocultar su nombre real, Tom, bajo las iniciales «T. S.» porque «[…] el nombre Tom encaja en muchas cosas. Existió un famoso actor judío llamado Thomashevsky (un actor como tú, farsante anglosajón antijudíos). Y todos los gatos macho se llaman Tom cuando nadie le pone remedio (ya me entiendes)». Groucho se despidió alegremente con un «Recuerdos a usted y a la señorita Tom».

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Groucho Marx pensando en T. S. Eliot. Imagen: MGM.

Jack Lemmon es otra gran estrella del cine con una correspondencia repleta de documentos excepcionales. Básicamente, porque el actor demostraba un gracejo descacharrante al cartearse con sus colegas. En el 78, Lemmon le remitió a Burt Reynolds el siguiente mensaje: «Querida persona: he tenido la intención de comunicarme con usted durante días, pero soy muy importante en Broadway y tengo poco tiempo para aconsejar a los aspirantes más jóvenes. Sin embargo, toda la ciudad de Nueva York me ha informado de que, gracias a un increíble golpe de suerte, asistirá al pase del jueves de la obra Tribute (que será genial). Y solo quería preguntarle si le gustaría disfrutar de la emoción añadida de cenar con la estrella de la función tras el pase. No quiero agobiarle, pero si usted dijese que no, eso podría joderme toda la actuación. También me gustaría informarle de que el verdadero motivo por el que estoy realizando esta invitación es la dama que traerá a la cena, alguien que es mucho más atractiva que usted. Preparadamente: John Uhler Lemmon III».

No sería la única coña manuscrita de Lemmon que aterrizaría en la puerta de Reynolds, porque el actor de El apartamento volvería a escribir al intérprete de Rompehuesos cuatro años más tarde para agradecerle un donativo, pero a su manera: «Querida persona: he descubierto que ha enviado diez mil dólares al Jack Lemmon Burn Center del Hospital infantil de Búfalo. Solo quería decirle que lamento que no pueda usted ser capaz de realizar una contribución considerable pero Dios sabe que, después de tanto tiempo, conozco tan bien como cualquiera todos los altibajos de este loco negocio. Algunos años son buenos, algunos son malos y, aunque es obvio que usted está en la lista de los mierdas, realmente aprecio que haya hecho algún tipo de esfuerzo, por escaso que sea». Michael Douglas tampoco se libró de una ración de Lemmon en forma de ¿halagos? tras interpretar a Gordon Gecko en Wall Street: «Querida persona: […] Nadie podía haber interpretado ese papel del modo en el que lo ha hecho usted sin, básicamente, ser un podrido, despiadado y apestoso capullo insensible. Voy a correr la voz sobre esto personalmente, y no quiero volver a verle nunca más. Felicitaciones, estuvo absolutamente brillante». 

Si el lector ha estado atento, habrá observado que la guasa en las cartas remitidas por Lemmon normalmente arrancaba con un «Querida persona» bastante ofensivo. Existía una excepción a esto, su gran amigo Walter Matthau, con quien el intercambio de cartas alcanzaba unos niveles de cachondeo delirantes. Y para muestra, este botón: «Querido Waltz: sé que siempre estás buscando oportunidades de negocio […] Un grupo de personas estamos planeando invertir en un gran rancho de gatos cerca de Hermosillo, México. La idea es empezar a pequeña escala, con algo así como un millón de gatos. Cada gato da a luz a unos doce gatitos al año, y sus  pieles pueden venderse a veinte centavos las blancas y hasta por cuarenta centavos las negras. Eso nos da doce millones de pieles de gato al año para vender a una media de treinta y dos centavos, ofreciendo unos beneficios de tres millones al año. [..] Un pelador de gatos mexicano puede despellejar una media de cincuenta gatos al día por un salario diario de tres dólares y medio. Solo nos harían falta seiscientos sesenta y tres hombres para encargarse del rancho, con lo que el margen de beneficios sería de más de ocho mil doscientos dólares diarios. [..] Eso sí, los gatos se alimentarían exclusivamente de ratas. Y las ratas se multiplican cuatro veces más rápido que los gatos. Montaríamos un rancho de ratas al lado de nuestra granja de gatos. Si empezamos con un millón de ratas, tendremos cuatro ratas por gato al día. Las ratas se alimentarían con los cadáveres de los gatos que desollemos, y esto le daría a cada rata un cuarto de gato. Como puedes, ver este negocio es una operación totalmente limpia, autosuficiente y realmente automática. Los gatos se comerán a las ratas, las ratas se comerán a los gatos y nosotros tendremos las pieles […] Mi esperanza a la larga es cruzar a los gatos con serpientes, así ellos mismos mudarían la piel dos veces al año. Esto ahorraría los costes de despellejarlos, además de poder sacarme así dos pieles por cada gato […] Creo que darte la oportunidad de participar en esto es el mejor regalo de Navidad posible».

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Jack «Querida Persona» Lemmon. Imagen: United Artists.

Bertha Brewster es un caso excepcional en todo esto por tratarse de una desconocida cuyo nombre ha pasado a la historia justamente por escribir una carta. Brewster fue una sufragista de Birmingham, aquella que en febrero de 1913 remitió un escrito al periódico The Daily Telegraph con la solución al conflicto por el que daba la cara: «Todo el mundo parece estar de acuerdo en la necesidad de poner fin a las revueltas sufragistas, pero nadie parece tener claro cómo hacerlo. Existen dos, y solo dos, formas de lograrlo. Y ambas serían muy efectivas: 1) Matar a todas las mujeres del Reino Unido. 2) Dar el voto a las mujeres».

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En realidad el correo no ha desaparecido de nuestras vidas, tan solo ha mutado adoptando otras formas y transitando nuevos caminos por los que escurrirse hasta su destinatario. De entre todos ellos, el email es el método que conserva una mayor similitud con la correspondencia primigenia, a base de sustituir sellos por arrobas y buzones por bandejas de entrada. La inmediatez de ese correo electrónico ha propiciado que los mensajes ahora vuelen en mayor abundancia, y de manera mucho más despreocupada. Porque, evidentemente, enviar unas líneas resulta mucho más fácil cuando solo hay que pulsar un par de botones y eso no requiere hacer demasiado ejercicio físico, ni pasar la lengua por un sobre que vete tú a saber dónde ha estado antes. Gracias a ello, las celebridades no solo no se han librado del fanmail, sino que han visto como este aumentaba hasta cantidades colosales. En cierto momento, la Casa Blanca reveló que Barack Obama recibía una media de diez mil mensajes al día. Correos de todo tipo que cincuenta miembros del equipo del presidente, junto a treinta internos y trescientos voluntarios, leían religiosamente para seleccionar una decena de ellos, los que finalmente leería Obama cuando tuviese un ratillo libre.

Entre tanta tormenta de letras electrónicas, a un pequeño estudio de videojuegos llamado Popcannibal y formado únicamente por dos personas, Ziba Scott y Luigi Guatieri, se le ocurrió resucitar el correo clásico dentro de los mundos virtuales. Aquel equipo fue el responsable de idear y publicar Kind Words (lo fi chill beats to write to) en 2019, un programa que se disfrazaba de juego para proponer una idea fantástica: enviar cartas amables a desconocidos para hacer de sus vidas algo un poquito mejor. Al ejecutar Kind Words el usuario era recibido por Ella, una cierva cartera que se mostraba nerviosa por lo importante de su trabajo y animaba a la persona al otro lado del teclado a redactar cartas contando sus preocupaciones. A continuación, el jugador era acomodado en una habitación, dominada por un relajante hilo musical de chillhop firmado por Clark Aboud, desde la que podía escribir cartas anónimas, contestar a las cartas de otras personas reales, o enviar volando un pequeño mensaje en forma de avión de papel. El objetivo de todo esto era crear una comunidad cordial en donde fuera posible compartir miedos y alegrías con extraños, para recibir ánimos y felicitaciones de dichos desconocidos. O simplemente para leer las frases inspiradoras y las pequeñas divagaciones que sobrevolaban la pantalla en el interior de los avioncitos de papel. Sorprendentemente, la audiencia respondió con elegancia y los trolls no dieron apenas guerra, convirtiendo a Kind Words en un pequeño rincón virtual al que miles de personas se acercaron para leer palabras amables. Era un no-juego que podría haberse convertido en un auténtico fracaso, al depender por completo del comportamiento de sus usuarios. Pero, en lugar de eso, demostró que todavía existe muchísima gente que entiende el valor que tiene escribir, aunque fuese a una persona desconocida, una carta con cariño. Una de esas que cuando las lees dan ganas de comérselas.

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Kind Words. Nos hemos tirado una semana en este juego, y hemos encontrado mucho amor anónimo y ningún mal rollo. Imagen: Popcannibal.

Notas

(1) La mayoría de los niños adoraban las criaturas de Sendak. Pero en un momento dado, una madre se acercó al autor para comentarle que había leído una decena de veces Donde viven los monstruos a su hija, y que la pequeña había gritado en cada una de ellas. Cuando Sendak le preguntó por qué coño se empeñaba en leerle a su niña un libro que le producía tanta angustia, la mujer le respondió airada «¡Porque es un libro premiado con la Medalla Caldecott! ¡Se supone que tiene que gustarle!».

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3 Comentarios

  1. Excelente artículo. Tal vez podrías haber añadido algo (o escribir una segunda parte) sobre el género epistolar propiamente dicho.

  2. Genial, estimado señor. Me permita el desvario siguiente.
    estimado senior La enie no la encuentro porque este coso me lo regalo una seniora que junto a un montón de otras llego a lomo de burro asta las montanias en donde vivo i se fue enceguida con los burros detras mui asustada por los chuscos que cuidan las obejas y cavras Yo le escrivo pues vi que otro como yo escrivió sobre sonbis y tanques de guerra no ace tanto en la rebista jot daun que recibo una vez al año tanvien a lomo de burro i puedo conetarme con jd de ves en cuando cuando no hai tormentas o nubes con relampagos truenos y granisada osea casi nunca porque siempre hai tormetas y relampagos truenos i granisada en estos lugares Le escrivo pa decirle que no es verda que las gentes no escrivan por correo Yo escriví a mafalda miguelito a susanita no porque es mui engrupida patoruzu donia chacha el ombre arania, superman i todavia estoi esperando pero no aflojo i una ves al mes voi con mi burro detras caminando asta el correo que queda mui lejos i a lomo subiendo i me a ponido muy contento saver que ai tantos gurises como yo que le escriven a esos que cuentan istorias Mui bonito lo que a contado me a echo desombligar de la risa senior cuevas Aquí ai muchas como esas a las cuales no me animo porque estan llena de vichos un grande abraso y grasias

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