Indigencia y orfandad ideológica

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Indigencia y orfandad
Ilustración: Trinidad Ballester.

La ficción debe sujetarse a las reglas de la verosimilitud, la realidad no.

(Mark Twain)

Vivimos una época de orfandad discursiva y de indigencia ideológica que merece que nos paremos a analizarla. Esta reflexión me remite a distintas vías de pensamiento siempre provisionales.

Aportaciones del existencialismo de Sartre1, precursor del punk, que pretendía incluir en su discurso lo que el pensamiento positivo había descartado. El ser humano y la existencia puede ser hermosa, interesante y digna de ser vivida si la persona se anima a construir su propio sentido de la vida sin el apoyo de los marcos sociales e institucionales. También, por el contrario, puede ser lo peor que te puede ocurrir si quedas a merced de influencias sistémicas externas. Sartre ya nos propone en 1943 una orfandad elegida como la mejor manera de producir sentido.

Louis Ferdinand Celine explica cosas similares en su Viaje al fin de la noche2. Algunos artistas han creado su obra para salvar su orden mental del horror visto o vivido. Como es el caso de Tolkien, cronista en la Primera Guerra Mundial, cuando dice que diseñó el cosmos del Silmarillion y del Señor de los Anillos para crear una realidad más amable que la que vivió. A Goya le pasaría algo parecido en su época tenebrista.

En definitiva, todo sentido de la vida es construido, la existencia no lo aporta previamente. Vamos del caos al cosmos. Ya decía Marshall McLuhan3 que el lenguaje crea realidad.

El primer discurso de la ordenación del mundo fue jurídico, como nos enseñan los antropólogos de la escuela de Gregory Bateson4. Después vino el discurso político, después el científico, que va camino de convertirse en una religión, y en último lugar, el social. Este último siempre existió, pero le costó mucho ser reconocido.

Por su parte, la gramática transformacional de Chomsky5 apunta a que el discurso (estructura superficial) es producto de la información sensorial que tiene la persona del mundo (estructura profunda). Dicho en los términos de Aristóteles: nada puede llegar a pensarse si no ha pasado previamente por los sentidos.

Así que parece que vivimos un momento histórico en el que se prefiere influir y modificar lo imaginario y emocional en las personas, más que dialogar con ellas acerca de lo que ocurre. Un ejemplo de ello es el discurso político vigente, cada vez más parecido al modo de la prensa del corazón. Las plazas del cotilleo, de las habladurías y las autopistas del rumor desplazan el análisis de contenidos y procesos.

Freud comenzó su trabajo estudiando el impacto del lenguaje metafórico en la persona. La palabra «metáfora» viene del griego y significa «traslado». En el caso lingüístico se trata de palabras que portan otros significados. De ahí la pregunta favorita del psicoanalista cuando nos dice: «Y esto que me relata, ¿con qué más cree que tiene que ver?».

Las metáforas discursivas del mundo se están agotando. Las concreciones coyunturales de lo que fueron las viejas aspiraciones políticas utópicas nos han decepcionado. Los países que pusieron en marcha las propuestas progresistas no han llevado a la población a mayor bienestar ni a mayor libertad de expresión, a veces, incluso ha ocurrido lo contrario. Esto desliza una idea por debajo de la puerta a las nuevas generaciones: cuando el idealismo se concretiza pierde sentido, se hace instrumental para las instancias de poder, por lo tanto, el pensamiento no garantiza que la realidad mejore.

Por otro lado, y conectando con lo anterior, está la propuesta de Jesús Ibáñez, sociólogo brillante y vanguardista que afirmaba en su obra Más allá de la sociología6, que el peor artefacto lingüístico de la modernidad ha sido la cosificación, también llamada reificación o nominalización. Consiste en convertir procesos en cosas. La frase: «Tengo una depresión» haría referencia a ello. Ya que convierte un proceso biográfico, activo, cambiante, anclado a la realidad, en un asunto congelado, una cosa. Esto detiene el proceso de investigación de la persona y dificulta la capacidad de acción.

—Tiene usted el mal de Liberman.
—¿Y es grave doctor?
—Aún no lo sabemos señor Liberman.

(Bernardo Ortín)7

La cosificación ha contribuido a hiperdiagnosticar a la población. Aunque ya lo indiqué en un artículo anterior, mostraré un ejemplo sobre nuevas dolencias psíquicas que aparecen en modernos manuales de diagnóstico8, como la tanatofobia, miedo a la muerte. Y también el luculianismo: inclinación a beber bien.

En otro orden de cosas, todo texto se da en un contexto y no podemos entender algunos mensajes si no acudimos al escenario que lo alberga. Actualmente el discurso está muy despegado de los escenarios que lo producen. Me llama la atención alguna anécdota vista en televisión, en la que un periodista pregunta a un político sobre algo que él mismo dijo días atrás. El político lo niega y el periodista saca el ordenador portátil y le muestra una grabación en la que él dijo lo que ahora niega. La respuesta del político ante esta prueba irrefutable suele ser: «Bueno, esta grabación la han sacado de contexto». La palabra ya no hace referencia a la realidad.

Esta época ha logrado la hipertrofia de la palabra escenificada sobre la referencia lingüística a la realidad. Es más importante el plano emocional y sensorial, al que nos remite la palabra que la misma realidad que nombra9. Esto hace que lo ideológico acabe siendo superficial y demasiado polisémico. El éxito de este simulacro lingüístico reside en la capacidad que ha tenido la palabra para desconectarse de aquello que ella misma nombra.

Cuando la palabra se convierte en discurso sustituye a la acción y amputa su fuerza.

(Jesús Ibáñez)

Gregory Bateson es el primero que empieza a pensar desde una perspectiva sistémica en la modernidad. Inspirador de las actuales escuelas psicoterapéuticas. Escribió libros como Pasos hacia una ecología de la mente, o El Temor de los ángeles10. En ellos afirmó que prefería construir una teoría para cada caso, en lugar de buscar casos que se acoplaran a las teorías.

Referencia obligada es el concepto del efecto panóptico, descrito por Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar. Las personas exhiben su comportamiento más adaptado cuando se sienten observadas. El artefacto más antiguo es la torre de vigilancia de la cárcel, a veces con cristales tintados, para que el preso no sepa si en ese momento le están observando o no. En la actualidad, el panoptismo ahora lo detentan los medios de comunicación. Como inaugura la obra de 1984 de Orwell, en la que el Gran Hermano es la televisión que guía el comportamiento de todos los miembros de la comunidad.

El historiador Norbert Elías describe en su obra El proceso de la civilización11, el modo en el que se acometió el acortesanamiento de los guerreros en Europa desde el siglo XI hasta el XV. Operación de magnitudes colosales, ya que una gran parte de soldados quedaban desocupados por falta de conflictos bélicos y volcaban sus estrategias violentas sobre la población civil, lo que hacía la vida cotidiana muy peligrosa. Gran parte de este proceso fue psicolingüístico. Hubo que introducir algo de esperanza en la vida para pacificar la sociedad. En definitiva, implementar un discurso que permitiera que la población transitara de una vida más física a otra más psíquicamente elaborada. Fue la adscripción a códigos narrativos del mundo lo que hizo la existencia más tolerable. El concepto de satisfacción, desarrollo y felicidad suele ir por delante de la propia experimentación de estos mismos valores en la vida.

Finalmente, y como consecuencia de todo lo dicho, se puede observar que un amplio sector de nuestra actual juventud está abandonando las expectativas vitales con las que se formaron. Comienzan a quebrar los ideales referidos a seguir una profesión u oficio interesante y estable. Muchos jóvenes abandonan la idea de progresar y desean quedar en los márgenes del sistema. La vieja discusión sobre si una carrera tiene salida o no ha quedado obsoleta. La inserción laboral es cada vez más incierta y decepcionante. Un incierto número de jóvenes prefieren una vida con pocas necesidades económicas organizada con un estilo autogestionario, comunitario y de intercambio de bienes. La confianza en la vida actualmente instituida pierde cada vez más fuerza.

Hemos descuidado el bienestar de los que nos suceden, hemos dejado a muchos de ellos a su propia deriva y aún nos sorprende que no quieran progresar, o aceptar la vida que les proponemos, cuando en realidad, debemos reconocer que no somos capaces de garantizársela.

Quizá esta orfandad sea un vacío necesario para generar nuevos campos de significación de la existencia.

Los jóvenes habitan un mundo que los adultos no podrán visitar ni en sueños.

(Khalil Gibran)


Notas

(1) Jean Paul Sartre. El Ser y la Nada (1943). B. Aires: Losada. Es su primera obra filosófica.

(2) Louis Ferdinand Celine (2011): Viaje al fin de la noche. Barcelona: Edhasa.

(3) Marshall McLuhan (1962): The Gutenberg Galaxy: The Making of Typographic Man;1st Ed.: University of Toronto.

(4) Antropólogos como Bronislav Malinowsky y Margaret Mead entre otros. Consultar Bateson, G. (1998): Pasos hacia una ecología de la mente. B. Aires: Lolhé-Lumen.

(5) Chomsky, N. (1976). En Bandler, R. y Grinder, J. (1994). La estructura de la magia. Vols. I y II. Santiago Chile. Cuatrovientos.

(6) Ibáñez, J. (1986): Más allá de la sociología. Madrid: Siglo XXI.

(7) En Bernardo Ortín (2005): Cuentos que curan. Barcelona: Océano-Ámbar. Pág. 123.

(8) Mc Dermott, I. Y O´Connor, J. 1996: Ver pág. 157-158. También las Notas al capítulo 7. Págs: 282-283.

(9) Revisar la obra de Michel Foucault: Las palabras y las cosas: (1974). Madrid: Siglo XXI.

(10) Bateson, G. (2013). El temor de los ángeles. Hacia una epistemología de lo sagrado. Barcelona: Gedisa.

(11) lías, N. (1993): El proceso de civilización. Madrid: Fondo Cultura Económica.

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3 Comentarios

  1. El final me ha dejado aturdido. ¿Autogestionarios los jóvenes de hoy en día? Si se cayó wasap unas horas y no sabían qué hacer.

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