Devs ex machina: ciencia ficción y midcult

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devs cultura ciencia ficción
Devs. Imagen: FX Productions.

La fragmentación o compartimentación de la cultura no solo se manifiesta, por así decirlo, horizontalmente (como en el caso de la tradicional división entre «ciencias» y «letras»), sino también en sentido vertical. En su polémico artículo de los años cincuenta del siglo pasado «Masscult and Midcult», el sociólogo estadounidense Dwight MacDonald distingue tres niveles culturales: highcult (alta cultura), midcult (cultura intermedia) y masscult (cultura de masas). El artículo es muy objetable en muchos aspectos (sobre todo, por su mitificación de una supuesta «alta cultura»), pero tiene el interés de introducir la noción de «cultura de masas» como contrapuesta a la cultura popular. En efecto, la actual cultura de masas es un desvitalizado sucedáneo de la genuina cultura popular (producida por el pueblo y para el pueblo), cuyo lugar y cuya función usurpa gracias a la fuerza bruta de los grandes medios de comunicación.

Pero la llamada «alta cultura» también está, en gran medida, manipulada —y por ende adulterada— por el mercado y sometida a la tiranía mediática. La desmedida cotización de las obras de arte, basada en el fetichismo de los coleccionistas y en los dictámenes de una élite de supuestos expertos, es un buen ejemplo de los extremos a los que puede llegar la mercantilización de los productos culturales.

¿Y la «cultura intermedia»? Según MacDonald, la midcult es la oportunista respuesta del mercado al esnobismo de una clase acomodada, pero poco cultivada, que quiere desmarcarse de la cultura de masas y no está capacitada para acceder a la «alta cultura» o para disfrutar de ella. Y así como la cultura popular y la alta cultura siempre mantuvieron buenas relaciones, la masscult y la midcult son parásitos perjudiciales para todas las manifestaciones y niveles de la cultura auténtica.

Pero ¿hasta qué punto es cierto que la población se divide en una élite cultivada, una masa adocenada y un montón de esnobs con pretensiones? ¿Es adecuado, o tan siquiera lícito, clasificar a los ciudadanos en cultos, incultos y seudocultos? La división de McDonald, como tantas otras, puede servir como primera aproximación, pero confunde más de lo que esclarece. Nuestra compleja cultura tiene tantos niveles como queramos (tantos como individuos, en última instancia), y distinguir lo genuino de lo falso —las voces de los ecos, como diría Machado— es cada vez más difícil («Solo la cultura nos hace libres», afirma José Martí, y puede que ahí esté la clave: solo la que nos hace más libres es cultura de la buena).

Hecha esta salvedad, hay ámbitos culturales en los que distintos niveles se perfilan con relativa claridad, y uno de ellos es el de la ciencia ficción. Desde sus orígenes, hace cien años (la ciencia ficción propiamente dicha surgió en los años veinte del siglo pasado), hay dos tipos de productos, tanto literarios como cinematográficos, contrapuestos y bien diferenciados: una ficción especulativa que utiliza la extrapolación científica como instrumento crítico, y una narrativa de evasión para la que los escenarios futuristas son el mero decorado de los planteamientos más tópicos y las historias más banales. Los Asimov, Clarke, Le Guin, Lem… representarían la «alta cultura» de la ciencia ficción, mientras que la space opera, los superhéroes de Marvel o DC y las antaño tan populares «novelas de quiosco» constituirían la masscult del género.

Entre estos dos extremos relativamente fáciles de distinguir (aunque no siempre), hay una amplia gama de productos intermedios que, si bien no utilizan los escenarios de la ciencia ficción como meros decorados exóticos, tampoco aprovechan su potencial especulativo. Algunos escritores de cierto prestigio, como Ray Bradbury o Cordwainer Smith (por ceñirnos a los «clásicos»), ponen sus historias futuristas al servicio de un conservadurismo nostálgico —cuando no decididamente reaccionario— del todo contrario a la vocación transformadora de la mejor ciencia ficción. Y cineastas como Christopher Nolan o Alex Garland (por ceñirnos a los más actuales) suelen recrearse en los aspectos formales de sus obras, en detrimento de las reflexiones que supuestamente abordan. Vaya por delante que reconozco los méritos de ambos (sobre todo del segundo) como narradores y realizadores, que en ocasiones rozan el virtuosismo; pero, en general, no tienen mucho que decir (sobre todo el primero) y pretenden hacernos creer lo contrario. Como alguien dijo de un compositor operístico de cuyo nombre no quiero acordarme: «En su obra hay cosas nuevas y cosas bellas; pero las nuevas no son bellas y las bellas no son nuevas».

¿Qué hace una alfombra como tú en una máquina como esta?

Dice Stendhal que el amor es como esas fondas españolas en las que uno come lo que él mismo lleva. Y algo similar se podría decir de algunos elaborados productos audiovisuales contemporáneos, cuajados de imágenes impactantes y sonidos sugerentes, que inducen al fascinado espectador a añadirles un sentido del que carecen y a confundir con espesor la falta de claridad (por eso hay tantas películas que no están a la altura de su tráiler).

No deja de ser significativo que los títulos de dos de las obras más recientes de Alex Garland, el largometraje Ex Machina y la miniserie Devs, al escribirlos de manera consecutiva compongan la frase Deus ex machina (la letra u es una forma evolucionada de la v latina), expresión que, de Aristóteles para acá, alude al abuso de recursos forzados y aparatosos para dar apariencia de solidez a una trama endeble. Nec deus intersit nisi dignus vindice nodus («No hagas intervenir a un dios sino cuando el nudo sea digno de ser desatado por él»), advierte Horacio en su Arte poética. Pero Garland no le hace caso, y en Devs lleva el socorrido Deus ex machina al extremo de la literalidad, pues directamente convierte a la máquina en Dios —un Dios con mayúscula, omnisciente y omnipotente— para deshacer un falso nudo que no es más que un ovillo enmarañado.

Devs es un sofisticado pastiche de El gran retrato de Buzzati y de Matrix, aderezado con una copiosa dosis de filosofía de almanaque y de física sensacionalista1; pero, justo es reconocerlo, muy bien realizado, ambientado e interpretado, con una excelente fotografía y una eficaz banda sonora, pese a algunas arbitrariedades y excesos, como adornar la máquina-Dios con una alfombra de Sierpinski (los fractales están de moda) o subrayar con música sacra algunas secuencias especialmente «divinas».

Eugenio D’Ors solía dictar sus grandilocuentes «glosas» a una secretaria a la que luego pedía que le explicara lo que había entendido, y si ella mostraba una aceptable comprensión del texto, el ilustre académico lo retocaba al grito de «oscurezcamos». Cuenta con muchos seguidores entre quienes tienen poco que decir. Enturbiar las aguas es la manera de que puedan parecer más profundas de lo que son.


Notas

(1) El uso arbitrario e impreciso de la relatividad, el principio de indeterminación, el multiverso, los agujeros negros, la materia oscura y otros conceptos de la física moderna se ha convertido en una verdadera plaga cultural, como denunciaron a finales del siglo pasado Alan Sokal y Jean Bricmont en su polémico libro Imposturas intelectuales. Sokal y Bricmont centran sus críticas en un selecto e influyente grupo de pensadores posmodernos, como Deleuze y Guattari, Lacan, Baudrillard, Kristeva o Virilio; pero no son menos intoxicantes, dada su gran difusión, las imposturas intelectuales de periodistas, escritores y cineastas.

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17 Comentarios

  1. Este artículo tendría que ir a sumarse a tu Tarzán y su mascota, como un agiornamiento. Eso creo. Lo que me lleva con tanta nostalgia a mi primer encuentro juvenil (diría casi infantil) con la literatura: la Enciclopedia Británica, y descubrir que sus agiornamientos estaban formando otra enciclopedia. En aquel momento también me vino una especie de “´vértigo” por los posibles resultados futuros. Dicho esto, provaré otra vez a agenciarme el libro del autor que de pasada comentas: Eugenio Dors, el oscurecedor. Tiene que ser un genio por tal ocurrencia. Veremos si no me defrauda. Hubo otros que también surgieron de tus artículos o de los comentarios: ese sobre la angustia de las influencias, que me gustó por la cantidad de noticias y reflexiones pero no por esa obsesión por el bardo victoriano. El otro era sobre Paulo Coelho. Fui a comprar su obra maestra pero ya estaba agotada, entonce me acontenté con su “Manuale del guerriero della luce”. Será el único y último. Me parece que es literatura para jóvenes aventurosos, medios extraviados pero optimistas. Y alejándome un poco del argumento, y apelándome a tu proverbial tolerancia, te diré que has vuelto a usar una técnica (o ardid) literaria que considero excelente por todas las posibilidades que desencadena. Maravilla de la magia de la escritura. Tiempo atrás habías usado, y también de pasada esa forma gramatical que consiste en anunciar que no tendrías que decir tal o cual cosa, pero ya lo estabas diciendo. Si mal no recuerdo tiene hasta un nombre científico en latín, o sea una especie de ambigüedad bastante oportunística que, como dije, despertó mi curiosidad, curiosidad que está a la base la escritura. La frase en cuestión, que en su formalismo es bastante parecida pero no igual a la anterior, es esa sibilina y quijotesca “como alguien dijo de un compositor operístico de cuyo nombre no quiero acordarme”. Vaya revoltijo bien armado. Súbito pensé en un compositor que tenia ¡cada ocurrencias para burlarse de sus adversarios!, pero luego, y leyéndola otra vez, también está la posibilidad de que no quieras acordarte de ese “alguien”. Por supuesto que yo jamás TE PREGUNTARÉ EL NOMBRE DE ESE de quien no querés acordarte si estoy en lo cierto. Por favor. Faltaba más. Soy curioso, pero no para tanto. Con esa nota a pie de página estoy completamente de acuerdo. A menudo, y viendo algunos de esos films, siento hasta una vergüenza ajena por el uso que hacen de esas manifestaciones físicas del cosmos. Con poco esfuerzo esquivan un agujero negro, o se hacen unos viajes a otras galaxias de ida y de vuelta, ridículas por lo imposible. No soy un entendedor de esas disciplinas científicas y supongo que tampoco lo serán los productores, aunque tengan más oportunidades de asosorarse, pero no tendrían que ser tan chabacanos. Siempre un gustazo leerte.

    • No quiero acordarme del nombre del compositor porque creo que no se merece ese maligno -aunque ingenioso- comentario, hecho por un rival envidioso de cuyo nombre tampoco quiero acordarme (creo que no es el mismo en el que pensaste). Y la figura retórica a la que te refieres es la paralipsis, una de las denominadas “figuras oblicuas”, muy utilizada por los políticos, los calumniadores y los chismosos en general. Curiosamente, “paralipsis” también es el nombre de un tipo de avispas parasitoides.
      El gusto es mío (otra trasnochada figura retórica).

    • No recuerdo haber escrito nada sobre Coelho, y si, directa o indirectamente, te he inducido a comprar un libro suyo, lo lamento de veras.

      • Se agradece la disculpa, no creo que usted lo haya hecho, pero inducir a comprar un libro de Coelho debe ser una carga de culpa tan pesada que sólo se aliviaría con un programa de redención sistemático y muy largo…no se lo deseo a nadie…

        • A veces se puede inducir indirectamente (por ejemplo, mediante un comentario irónico mal interpretado); por eso considero, en un caso como el que nos ocupa, que lo mejor es no mencionarlo siquiera (valga la paradoja/paralipsis, pues decir que no hay que mencionarlo es una forma de hacerlo).

  2. La ciencia ficción me gusta, pero la ciencia ficción que tiene miga… me fascina! Battlestar Galactica, por ejemplo, es una serie que vuelvo a ver cada cierto tiempo. De las últimas que vi rescato Electric Dreams (una adaptación que va a lo seguro) y Solos.
    Ex-machina me encantó, pero Aniquilación me pareció bastante malita, así que ahora no sé si ver Devs.
    Y de libros recomiendo La historia de tu vida de Ted Chiang. Lo descubrí gracias a la peli Arrival (aquí una filóloga esperando a que los aliens la contacten) y me pareció leer al Borges de la ciencia ficción (sí, estoy exagerando).
    Ahora, en qué categoría metemos eso que no es ciencia ficción o fantasía pero que claramente tiene ciencia ficción, fantasía y demases? Como la maravilla que es la última temporada de Twin Peaks o Nuevo sabor a cereza (<3). Yo lo llamo neofantástico, pero no sé si es una etiqueta que se usa en cine.

    • Hay productos que no encajan claramente en ningún apartado, y algunos pensamos que es bueno que sea así. Y si te gusta Chiang, te recomiendo la colección de relatos Exhalación. En cuanto a Devs, lamentaría que te la perdieras por culpa de mi artículo: vale la pena, a pesar de sus defectos (y excesos).

  3. Me parece que no es justo con Bradbury juzgarlo exclusivamente desde la perspectiva de la ciencia ficción, siendo Bradbury un “rara avis”. Yo he tenido la fortuna de poder leerlo en inglés, y puedo dar fe de que en su prosa hay más poesía que en la obra de muchos que se dicen poetas. Después de todo, ¿se supone realmente que la ciencia ficción deba ser de alguna manera en especial? Justo se da la coincidencia que he leído mucho de Bradbury y Lem. Lem es un extraordinario ejemplo de escritor “filósofo”, que es de
    lo que se trata la buena ciencia ficción. Lem para mí es “la flor y nata” del género. Pero ni siquiera de él se puede decir que siempre tenga una “visión transformadora” y que nunca caiga en el “conservadurismo nostálgico”. Creo que Solaris, incluida la magistral interpretación de Tarkovskii, es un buen ejemplo de eso, y también de que lo bueno de verdad es con frecuencia inclasificable.

    • Estoy de acuerdo con respecto a Lem; conozco a fondo su obra (fui su editor en castellano durante muchos años) y sé que “patina” a menudo; pero su aportación, en conjunto, es sumamente crítica y especulativa, flexibiliza la mente del lector. De Bradbury diría lo contrario: tiene páginas muy hermosas, pero, en conjunto, su obra es nostálgica y conservadora.

    • Te doy la razón en que no hay que valorarlo exclusivamente desde la perspectiva de la ciencia ficción; él mismo no se consideraba un escritor de ciencia ficción, sino de fantasía.

  4. Hola Carlo! Después de leerme tu artículo le he echado un ojo al tal Dwight MacDonald, pero no he encontrado ningún buen ejemplo de “Midcult”. La Alta Cultura y la Cultura de Masas son conceptos que quedan más claros, quizás por ser más extremos y evidentes. Pero, en tu opinión, ¿qué entraría dentro de esa midcult que riñe con la masscult? ¿Algún buen ejemplo?
    Un saludo!! (es genial volver a leerte tras las vacaciones :) )

  5. Casualmente (o no tanto), hace poco publiqué aquí mismo un artículo, “La reducción de Mairena”, en el que, sin calificarlos, hablo de lo que para mí son tres claros exponentes de midcult: “El viejo y el mar”, “El principito” y “Platero y yo”. Y, a otro nivel, la arquitectura faraónica y efectista, tan en boga, brinda numerosos ejemplos, como los engendros de Calatrava. Encantado de reencontrarte.

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