Crónica de una suerte anunciada

Publicado por y Carlos Pena
Crónica de una suerte anunciada
The Elephant in the Room por #Banksy

El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se despertó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagada de pájaros.

Así comienza, como sin duda el avispado lector ha advertido, una de las obras maestras de García Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Un escritor mediocre (y muchos que no lo son tanto) jamás se atrevería a cargarse el suspense de una narración cuyo motivo central es, precisamente, la muerte del protagonista, anunciando su inevitabilidad no ya solo en el título, sino también en el primer párrafo. Pero el gran Gabo juega en otra liga que casi todo el resto de los mortales, y no tiene dificultad en crear una novela de suspense trepidante, a pesar de que sabemos desde el principio que el final está escrito. Y es por eso que la lectura de la novela, además de un placer, es todo un ejercicio de masoquismo. El autor no nos permite olvidar, en ningún momento, que Santiago Nasar va a morir. 

Leer la prensa nacional, estas últimas semanas, tiene poco de placentero, pero requiere dosis similares de masoquismo. Como en la novela, todos los elementos que conducen al asesinato final están claros. Sabemos que la variante delta de la covid-19 es mucho más contagiosa que la original; tanto que, en la práctica, la malhadada inmunidad de rebaño (que mejor llamaríamos protección de grupo) puede no alcanzarse hasta que se haya vacunado prácticamente a la totalidad de la población… y quizás ni por esas. Sabemos que la eficacia de las vacunas actuales baja con el tiempo, tanto para prever infecciones (algo que no es su fuerte) como, sobre todo, para evitar la enfermedad grave; y también que tras seis meses de completar la pauta esa eficacia baja considerablemente1. No ignoramos tampoco que hay un sector de población no vacunada: la enfermedad raramente es grave en los menores de doce años, pero ahora mismo la población infantil constituye un vector que propaga la enfermedad con relativamente pocos obstáculos. Por último, es evidente que, con el invierno a la puerta de la esquina, aumentan las ocasiones para juntar mucha gente en espacios cerrados. 

En la novela de García Márquez, los hermanos Vicario le van contando a todo el mundo que van a matar a Santiago. Y lo hacen porque en el fondo no quieren matarlo, están obligados por una regla de honor que a ellos mismos no los convence. Así que intentan ponerse el palo entre las ruedas de su propio asesinato. Y, de hecho, habría bastado con que cualquiera de los muchos que se enteran del crimen anunciado hubiera actuado, para evitar la tragedia.

Da la sensación de que estamos en una tesitura similar. Es archisabido que, una vez que la curva de contagios se alza, el aumento exponencial hace que la situación se vuelva ingobernable en cuestión de días: algo que ya está ocurriendo en muchos países de Europa central y oriental, con porcentajes de vacunación algo más bajos (pero no mucho más bajos) que el nuestro. Y, lo que es más preocupante: aunque las vacunas bajan considerablemente la mortalidad, estamos viendo que la combinación de niveles del 60-70 % de población vacunada y caída progresiva de la inmunidad adquirida bastan para dar lugar a cifras que empiezan a ser comparables a las de las olas del pasado invierno. Los datos de casos y muertes en la Unión Europea comienzan a ser aterradores, y, aunque España y su entorno inmediato (¿aún?) no están viviendo el drama ya presente en el centro del continente, la subida empieza a ser rotunda: la incidencia tocó fondo a finales de octubre y se ha duplicado en un par de semanas.

Crónica de una suerte anunciada
Número de casos detectados (arriba) y de muertes (abajo) por millón de habitantes en la Unión Europea, como función del tiempo. Se advierten: la escasa capacidad de detección durante la primera ola; el impacto, mucho mayor en mortalidad respecto a la primavera, de las olas del invierno 2020-21; y el impacto de las vacunas, en cuanto, con un número actual de casos similar al de hace un año, la mortalidad es menor por un factor 2. Si se consultan los datos detallados en la fuente es fácil ver que, además, la gran mayoría de la mortalidad reciente proviene de países del este de Europa con porcentajes de vacunación relativamente bajos, como, por ejemplo, Rumanía.
Crónica de una suerte anunciada
Número de casos por millón de habitantes en varios países de Europa central y occidental (tomado de aquí). Se observa la compleja superposición de olas del invierno 2021-22, la fortísima subida actual en Centroeuropa, y el inicio de una subida decidida, si bien a niveles aún considerablemente menores, en España, Francia e Italia.

Hemos vivido todo esto ya antes. También nos han contado antes que «esta vez no es como las otras» y que, aunque los contagios aumenten, la ocupación de camas en hospitales es baja o el número de fallecidos diarios no es grande. Excepto que, cada vez que nos cuentan eso, suelen olvidar que los casos graves y los fallecidos llevan retraso (a menudo de un mes o más) con respecto al alza de la incidencia. ¿Es preciso volver a esperar que haya cientos de muertes al día para elevar el nivel de las medidas? ¿Volvemos a la resistencia a tomar medidas contundentes del principio, jugando a que nuestro nivel de vacunación baste, como entonces nos la jugamos a que algún deus ex machina parara lo inevitable? ¿Llegaremos a las aglomeraciones navideñas a las puertas de otra tragedia?

Somos como el pueblo en el que los hermanos Vicario se pasean avisando que, si nadie lo impide, van a matar a Santiago Nasar. Si no ponemos los medios para evitarlo, Europa se enfrenta a un gigantesco experimento para determinar, con un coste tremendo en vidas, si la vacunación a medio gas y las restricciones leves bastan para evitar otra masacre. Y sabemos, de hecho, lo que hay que hacer.

Hay que administrar urgentemente una tercera dosis a toda la población, para empezar. Hasta ahora se está haciendo con los mayores de setenta, parece que se planea extender a mayores de sesenta y personal sanitario. ¿Nos arriesgamos a que baste con eso? El caso de Israel (62 % de población vacunada respecto a nuestro admirable 80 %) deja claro que para controlar su cuarta ola ha sido necesario añadir la tercera dosis.

Hay que considerar muy seriamente vacunar a los niños, reduciendo el espacio del virus para propagarse: varios países ya están en ello. Sabemos que exigir un certificado de vacunación (como se hace en muchos países de Europa) para entrar en bares, restaurantes, etc. puede acotar la propagación. Sabemos que hay que insistir con las desagradables mascarillas y con la protección de la población anciana, que hay que revertir el desmantelamiento de la atención primaria experimentado por los sistemas de salud de muchas comunidades autónomas, que hay que recuperar y reforzar los sistemas de pruebas y rastreo (uno de los pocos frentes en los que seguimos a la cola). Hay que seguir resistiendo. El terrible ejemplo austriaco, donde el gobierno y todos los Länder, salvo la ciudad de Viena, declararon la pandemia superada en verano y dieron paso a la relajación casi total de las medidas de salud pública, nos enseña cuál es el precio de la irresponsabilidad.

Como en la crónica de una muerte anunciada, posiblemente bastaría una sola acción decidida (¿la tercera dosis generalizada?) para evitar la tragedia. Y, sin embargo, los vecinos miran a otra parte cuando pasan los hermanos Vicario armados con sus cuchillos, igual que hacen nuestros administradores cuando el virus, tan letal como siempre, pasa por delante de sus narices.


Notas

(1) Baste ver, por ejemplo, esta tabla, compilada por Eric Topol, con menciones de los estudios de los que provienen los datos:

Crónica de una suerte anunciada

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