La edad de alpaca: cuatro comparaciones y un ruego

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edad de la alpaca

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Las estrategias mediante las cuales las distintas especies consiguen perpetuarse varían entre dos extremos: generar muchos descendientes y cuidarlos poco o nada, o generar muy pocos y cuidarlos mucho. Una mosca hembra es capaz de poner miles de huevos en una semana, y un esporangio puede contener hasta un millón de esporas. En el extremo opuesto, una elefanta tarda veintidós meses en gestar a una cría, a la que amamantará hasta los dos años de edad y de la que cuidará, con la colaboración de toda la manada, durante varios años más.

Algo parecido ocurre con las ideas. Como dijo Goebbels y saben todos los publicistas, una mentira repetida mil veces se convierte, a efectos prácticos, en una verdad. Es la estrategia de la mosca: pon mil huevos y alguno saldrá adelante. Pero también se puede apuntalar una idea con la estrategia de la elefanta, dedicando mucho tiempo y esfuerzo a darle una forma poderosa.

En el terreno biológico, las estrategias extremas son mutuamente excluyentes; pero en el de las ideas pueden y suelen ser complementarias. Por eso casi todas las religiones levantan templos elefantinos a la vez que institucionalizan oraciones repetitivas y zumbonas como insectos, salmodias y melopeas (no en vano «melopea» es también un sinónimo de «embriaguez», dicho sea de paso). Rezar el rosario en una catedral es una fórmula de probada eficacia.

2

¿Qué tienen en común la franquicia Star Wars, las pirámides de Egipto y la Capilla Sixtina? Son obras ciclópeas —gigantescas y monoculares— en las que ingentes recursos materiales y humanos —físicos, intelectuales, artísticos— son puestos al servicio de relatos míticos que pretenden imponer una determinada ideología. A pesar de sus grandes diferencias de todo tipo, los tres ejemplos citados coinciden tanto en su desmesura como en su función básica: vendernos una concepción del mundo jerárquica y maniquea.

La historia central —o axial, más bien— de la saga Star Wars y todas sus ramificaciones no podrían ser más tópicas, y sus personajes son meros estereotipos; y lo mismo se puede decir de otras grandes sagas cinematográficas y de la mayoría de las series televisivas al uso. Y sin embargo tienen millones de seguidores, no todos descerebrados. ¿Por qué? Porque son las epopeyas de nuestro tiempo, nuestras pueriles odiseas vicarias, que, como la de Ulises, empiezan y terminan en casa —a ser posible en un confortable sofá— tras recorrer, previamente banalizados, los mitos, temores e ilusiones de nuestra sociedad neurótica. Y las epopeyas, al igual que los spots publicitarios, nos hacen creer que formamos parte de un proyecto ganador.

3

Decía Gio Ponti que la arquitectura es construir para el hombre en unas determinadas condiciones de espacio y tiempo, todo ello informado por una sensibilidad. Parece una definición propositiva, pero es meramente descriptiva, pues cualquier teoría o praxis arquitectónica puede encajar en ella. Construir para el hombre (¿el ser humano, el macho dominante?) en unas determinadas (¿por qué o quién?) condiciones de espacio (¿el congestionado espacio urbano de la especulación inmobiliaria?) y tiempo (¿el tiempo cautivo del trabajo enajenado?), todo ello informado por una sensibilidad (¿la del arquitecto, la del urbanista, la del cliente?).

La directísima relación de la arquitectura con el poder y el dinero la convierte en una manifestación especialmente ostensible —y ostentosa— del clima sociocultural en el que surge. Tras el vivificante racionalismo arquitectónico de la primera mitad del siglo XX (Wright, Gropius y la Bauhaus, Le Corbusier, Aalto, Ponti, Niemeyer…), el fútil monumentalismo de Santiago Calatrava, el epatante esculturalismo de algunas obras de Frank Gerhy o la desquiciada carrera de los constructores de rascacielos son signos de una regresión que va más allá de lo meramente arquitectónico (regresión a duras penas contrarrestada por la prometedora, pero aún minoritaria, corriente de la denominada «arquitectura sostenible»).   

La carrera vertical de las grandes empresas y de las grandes potencias (con China a la cabeza en cuanto a número de rascacielos) parece la versión actual de las competiciones medievales por levantar las torres más altas, como las enconadas pugnas nobiliarias que las hicieron proliferar de forma desmedida en algunas ciudades italianas (en Bolonia llegó a haber más de cien torres, de las que quedan en pie una veintena). Este paralelismo (nunca mejor dicho, puesto que se trata de estructuras verticales) es uno de los indicios que han llevado a algunos a hablar del advenimiento de una nueva Edad Media1; aunque, puestos a sugerir comparaciones abusivas —la historia no se repite, como creen los simplificadores y quisieran los inmovilistas— tal vez sería más adecuado hablar de una nueva Edad de Plata, que es un concepto más abierto y múltiple, y que tiene que ver con la decadencia y la imitación. 

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La historia no se repite, pero la histeria sí (de hecho, es pura repetición compulsiva). En lo que concierne a la desquiciada cultura dominante (lo que los angloparlantes denominan mainstream), vivimos una falsa Edad de Plata, la falsificación de una imitación, la adulteración de un sucedáneo: una Edad de Alpaca dominada por el pastiche y el exceso, por la proliferación muscaria y el gigantismo elefantino, por las repeticiones en serie y las series repetitivas, por la estafa mediática y el fraude cultural (no en vano «malhechor» es uno de los nombres de la alpaca). Podría ser el preludio de una emergencia de manifestaciones socioculturales descentralizadas y populares, como lo fue la Edad de Plata de la literatura latina, pero con el riesgo permanente de una regresión medievalizante. Es demasiado tarde para el diagnóstico y demasiado pronto para el pronóstico, necesariamente reservado. Luchemos para que no sea el principio del fin, sino el fin del principio.


Notas

En los años setenta del siglo pasado aparecieron varios libros sobre la supuesta medievalización de la sociedad actual que alcanzaron gran difusión e iniciaron una polémica que aún no se ha extinguido del todo, como La nueva Edad Media, de Umberto Eco, La próxima Edad Media, de Roberto Vacca, o La sociedad anárquica, de Hedley Bull.

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10 Comentarios

  1. Mal rollo para los padres recientes (y supongo que para los veteranos también).
    Pensar que mis hijos van a vivir una época peor que la mía me desazona. Por otro lado pienso que una vida plena puede vivirse en cualquier sitio.

    • Mal rollo, sin duda; no hay más que ver el alarmante incremento de los problemas de salud mental entre los adolescentes. Pero también es una época de grandes cambios, de la que la humanidad podría salir fortalecida. Por eso es tan importante seguir luchando y abrir nuevos frentes; muchos jóvenes así lo han entendido, y eso es esperanzador.

  2. Dos comentarios y una queja:
    Interesante su texto, Carlo, como siempre haciéndonos pensar… ¿medievalización de la sociedad actual? No sé, hay tantos ejemplos por ahí: un cura oficiando misa con sus feligreses para que el volcán de la Palma cese con la lava; los QAnon reunidos por cientos esperando ver al hijo de Kennedy resucitar, la censura en internet como una nueva inquisición, esa cultura woke que tiene ese tufillo de lavador de conciencias de la white people…en fin.
    Siempre me llamo la atención esa estética medieval de Juego de Tronos (no sé si me equivoco, pero transcurre en un universo paralelo al nuestro), que en cierto sentido tiene una explicación: el escritor solo tuvo que leer la historia de Escocia y Europa medieval para inspirarse en sus seres miserables…Pero ver en Duna esa estética de arquitectura medieval, vestimenta, comportamientos, ideología (una civilización milenios más avanzada que la nuestra usando pergaminos y sellos de cera en sus acuerdos oficiales) mezclada con una altísima tecnología resulta desconcertante…o según su texto, podría ser una premonición de lo que nos espera (o que estamos empezando a vivir): todas las potencias con reyezuelos tipo Trump o Putin, con mucho poder y pocos escrúpulos para matar y nadie que se lo impida o tontos como Boris y, una sociedad totalmente sumisa y avasallada, todo sazonado con viajes a Júpiter y colisionadores de hadrones más potentes, metaversos…
    La queja es que me ha puesto a buscar los libros que menciona al final de su texto… ¡afortunadamente los encontré!

    • Esperemos que esa fascinación por la Edad Media (muy idealizada, por cierto) que acertadamente señalas no vaya acompañada de una regresión oscurantista. Los libros, aunque no estoy de acuerdo con sus tesis (en su día debatí con Vacca y con Eco al respecto), son muy interesantes; espero que tus quejas no se recrudezcan después de leerlos.

  3. Estas torres de cristal junto a las naves cruceros y otros objetos como en las bienales, además de estupor me causan una especie de desconfianza o rechazo. El gigantismo jamás estuvo ausente en nuestra cultura de acuerdo a la memoria que dejaron, entonces no tendría que experimentar aquello, la inconsciente desconfianza o el rechazo sobretodo. Supongo que la sensibilidad -y subsiguiente decisión para afrontar el mundo de nuestros antepasados- se hizo presente a partir de la observación desde afuera de aquellos objetos, salvo el tiempo restringido de sus presencias en los templos, pero ahora se diría que estamos adentro continuamente y que fraguan una nueva sensibilidad. La uniformidad de las costumbres, ética y gustos es también algo que me crea desconcierto.
    Cómo justificar lo enorme si nuestro hogar primigenio fue restringido, líquido más que nada y supongo que incómodo compartiendo lo poco necesario de nuestra pobreza maternal original sin la certeza del cosmos de afuera, un trauma por cierto. Mereceríamos perdón por confundir lo grande con lo pequeño, la sospecha eterna de la razón. El problema es no saber lo que nos espera. Gracias, Tano, por las reflexiones forzadas.

    • “El gigantismo jamás estuvo ausente en nuestra cultura de acuerdo a la memoria que dejaron, entonces no tendría que experimentar aquello, la inconsciente desconfianza o el rechazo”. Creo que el principal motivo para experimentar “aquello” es el hecho de que la absurda tendencia perviva en una época de supuesto racionalismo en que deberíamos haberla superado. A los vegetarianos nos ocurre lo mismo con respecto al canibalismo: entendemos que nuestros antepasados comieran carne (incluida la humana), pero nos parece aberrante que muchos -muchísimos- sigan haciéndolo, alentados por una industria alimentaria criminal. Gracias, gallego, por las reflexiones prolongadas.

  4. Creo, como en otros casos, que detrás de la desmesura, ya sea la medieval con sus catedrales llenas de muertos en la construcción, ya sea la actual con los rascacielos capitalistas horribles de Qatar, EEUU, Emiratos Árabes o las obras del campo del R.Madrid… está la muerte. O sea, como decía Castoriadis: la no aceptación de la muerte, de la finitud, embarca a los seres humanos en todo tipo de aventuras grandilocuentes y absurdas: la creación del imperio de los mil años, del superhombre, de la sociedad del futuro, del imperio donde no se pone el sol, etc., etc… Y lo mismo pasa con el consumismo desenfrenado: una manera de olvidar el sinsentido de desperdiciar las vidas trabajando tantas horas. La finitud es una herida narcisística que hace al ser humano meterse en delirios como buscar que mi equipo haga gestas que queden en la memoria, o crear una nación eterna… o construir el rascacielos más alto.

    • Muy cierto. Y si los que deliran tienen dinero y poder, los resultados pueden ser terribles. Ya lo dijo Castoriadis, a quien tan oportunamente citas: socialismo o barbarie.

  5. ”la historia no se repite, como creen los simplificadores y quisieran los inmovilistas”
    Pero si retrocede. La historia humana se mueve en ciclos. Inmanuel Wallerstein dice que todo sistema (desde la astronomía hasta los átomos)se desarrolla en ciclos pero hasta ahí yo no he llegado. Especialmente se mueve en ciclos la historia económica de la que si se algo. Con fases de progreso y de retroceso (llamarlas reaccionarias y regresivas no es nada exagerado a la vista de los Vox, Lepen, Trump, Bolsonaro, etc).Tenemos encima una fase regresiva económica dese los años 80 en todo el Sistema-Mundo. Que esa regresión de la estructura económica le afecta a TODA la sociedad (Política, cultura, ciencia, ideología, etc..) incluida la arquitectura, es algo que no le explicare si esta al tanto de lo que dice el materialismo histórico socialista, que creo que si lo esta, sobre el poderío y efecto de la estructura económica sobre el resto de actividades humanas. No regresaremos, con seguridad, a la Edad Media pero al siglo XIX en materia de indices de desigualdad económica ya hemos llegado. Si, socialismo o barbarie.
    Otro día le traeré el listado prometido de autores que refutan el Patriarcado de F. Engels. Le advierto que no siendo yo un experto en el conflicto socialismo-feminismo sin embargo en una búsqueda mínima han aparecido bastantes autores. Y no de los pequeños precisamente: Marx,Lenin, etc.. El mismo Engels, en otros textos, no veía tan clara la necesidad del feminismo.
    Excelente texto suyo. Saludos

    • Lo del avance y el retroceso es un tema muy complejo, que solo se puede plantear con claridad referido a aspectos parciales (recesión económica, merma de las libertades y derechos fundamentales, etc.). Lo que sí está claro es que la sociedad se transforma continuamente, y cada etapa es distinta de las anteriores e irrepetible, para bien o para mal. Para bien en algunos aspectos, para mal en otros. Y ahora estamos en un momento en que, más aún que socialismo o barbarie, cabría decir socialismo o muerte.

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