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Tempora mutantur: los tiempos están cambiados y nosotros cambiamos con ellos

El tiempo en sus manos The Time Machine Imagen MGM
El tiempo en sus manos (The Time Machine). Imagen: MGM.

Les parecerá extraño, pero mi padre todavía no ha pisado el siglo XXI y, sinceramente, dudo mucho que lo vaya a pisar jamás. 

Su vida cotidiana, siempre metódica y distante, ha girado desde que tengo memoria en torno a la lectura y la escritura —dos mundos a los que accede a través de un viejo par de gafas bifocales anclado al borde de su nariz y una antigua máquina de escribir Olympia Traveller de Luxe que durante muchos años ha hecho en nuestra casa las veces de despertador familiar—, y nunca se ha visto tentada por modernidades tales como la telefonía móvil o la informática, cuya ajenidad es proporcional a la cantidad de tomos enciclopédicos y diccionarios que habitualmente pueblan su escritorio.

Un buen día, hace ya bastante tiempo, me preguntó qué era internet. Por supuesto, y aunque tibiamente, conocía sus usos y funciones. Sabía de su papel fundamental en esa utopía que llamamos sociedad de la información. Su pregunta no venía acompañada, por lo tanto, de la natural curiosidad y desorientación de quien se acerca por primera vez a un concepto desconocido. Más bien al contrario, su intención era terminar de entenderlo, y de ahí el irritante tufillo ontológico de sus palabras. Quería saber qué era internet exactamente. Qué lo dotaba de entidad propia. Dónde estaban esos millones y millones de páginas y portales interconectados que conformaban el hiperespacio. En su lado de la realidad, refugiado tras ese par de gafas bifocales y esa muralla de libros, la existencia de internet —como de tantas otras cosas— se le antojaba imposible… 

Comprendí aquel día que mi padre y yo ya no estábamos viviendo el mismo presente. El mío coincidía con el calendario, pero él había detenido el suyo años atrás, quizá a mediados o finales de la década de los 90. El universo que lo ha rodeado desde entonces, sin tocarlo, felizmente ajenos el uno al otro, pertenece desde su posición a un tiempo cada vez más posterior.

Para mi padre, que tiene ya muchos años, así como para aquellos de sus amigos y familiares con los que comparte quinta, internet forma parte del futuro. De su propio futuro. No niegan su utilidad y es inevitable que necesiten acudir a él —directa o indirectamente— con mayor o menor frecuencia, pero es un adelanto tecnológico que no se corresponde con la etapa histórica que les ha tocado vivir, sino con la siguiente. Su invención, tanto en su juventud como en su madurez, era sencillamente impensable. Ninguno de ellos podía imaginar entonces que en su futuro, en el que ahora mismo viven, llegaría a existir algo semejante.

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3 comentarios

  1. Diego Guerra

    Muy grato artículo, y muy buen analisis y comparación de Verne y Wells. No obstante, añadiría que Wells en 1938 escribió el guión de la película «Things to come» donde predijo con una veracidad absoluta la segunda guerra mundial del año siguiente, al menos por esa vez vaticinó un futuro cercano y plausible… y acertó.

  2. Muy buen artículo.

  3. Extraordinario artículo. Muchas gracias. Cuando hablabas de predecir el futuro, pensé en Harari, cuando dice que no se puede visionar algo que no se conoce. Al menos no a un nivel extraordinario como pensamos que resultaría. Luego me vinieron a la mente ambos: Wells & Verne. Entonces los mencionante.
    Sin lugar a dudas no debe uno resistirse a los cambios, hay que dejar que llegue todo aquello nuevo que, ya forma parte de nosotros y nos mejora. Resistirse es no avanzar. Y claro, se puede leer en papel, escribir en máquinas; es incluso mejor para el desarrollo del cerebro el leer libros tangibles. No obstante, tu padre igual se pierde de otros mundos que ni idea…
    «Porque nadie puede imaginar con exactitud lo que nunca ha sucedido…»

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