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Sinestesia en Nevada

    sinestesia en las vegas
    Fotografía: Roger Schultz.

    sinestesia

    2. f. Psicol. Imagen o sensación subjetiva, propia de un sentido, determinada por otra sensación que afecta a un sentido diferente.

    Vista

    Exceso.

    Es 26 de diciembre de 1946 y cien mil bombillas crepitan y chisporrotean por primera vez en los arcos y las hojas que dibujan una llamarada hecha con bulbos de fresa. Es un racimo de plumas. La parpadeante cola de un ave. Benjamin «Bugsy» Siegel acaba de inaugurar The Flamingo Hotel & Casino en el Strip, el primer casino de la ciudad. Le ha costado seis millones de dólares. Cada filamento incandescente del logotipo le trae un olor áspero y limpio. Cada brillo es un golpe alegre y seco en la cara.

    Toda esa luz le grita. Sonríe. Se felicita. Brinda. 

    Es hoy y cien mil millones de bombillas crepitan y chisporrotean en todo el Strip y la calle Fremont, en Flamingo Road y en la avenida Tropicana. Luxor. MGM Grand. Golden Nugget. Circus Circus. Caesars Palace. Mirage. Riviera. Es de noche. ¿Es de día? 

    Es de día, pero dentro es de noche.

    Dentro.

    Dentro hay cien mil millones de luces que giran y huelen y cantan y chillan y anticipan felicidad. Y generan frustración. Saben a cereza dulce y a limón ácido. Y el símbolo del dólar te acaricia templado como lo haría una mantis religiosa. Las paredes no tienen ventanas pero son del color del maquillaje y brillan como un perfume muy caro, uno que no puedes pagar. Miras como corretean mil tacones acalorados y mil diamantes fríos. Las paredes no tienen ventanas. No hay ventanas. El tiempo no existe dentro del casino y siempre es de noche y las luces giran y huelen y cantan.

    Dentro no hay ventanas pero hay cien mil ojos en cien mil cámaras que te husmean y te olfatean y te pasan la lengua por la cara. Te palpan cada movimiento, te cachean sin tocarte. Y no los ves pero están allí, a tu alrededor, en todas las máquinas tragaperras con sus cerezas y sus limones, en todas las barras de bar, en todos los mojitos y todos los whisky sour, en todas las mesas de Black Jack, en todos los techos y en todos los suelos y en todas las paredes. En todas esas paredes que no tienen ventanas. Es de día. ¿Es de noche?

    Es de noche, pero dentro es de día.

    En el lobby del Venetian Resort Hotel Casino siempre es de día. Y siempre es Venecia. Siempre hay un canal y un Puente de Rialto. Siempre hay una góndola y un gondoliere. Siempre estás en la plaza de San Marcos. En Nevada. En medio del desierto de Mojave. En Venecia. Encima de un techo que siempre es un cielo fresco y despejado hay cuatro mil cuarenta y nueve suites. Exceso. Desayunas a las dos de la madrugada porque el tiempo no existe dentro del Venetian y siempre es de día.

    Fuera.

    Fuera siempre es de noche y es de día. Cien mil millones de bombillas crepitan y chisporrotean. Toda esa luz te grita. Te sonríe. Te felicita. Brinda.

    Toda esa luz te grita.

    Oído

    Exceso.

    Silencio.

    El silencio blanco del desierto de Mojave; ciento veinticuatro mil kilómetros cuadrados de silencio rodeando el ruido multicolor de la ciudad. El silencio azul del lago Mead; treinta y dos mil kilómetros cúbicos de silencio junto al ruido anguloso y saltarín de la ciudad.  

    El estallido naranja del cañón de una carabina M1 y el silencio negro de las dos balas de calibre 30 que atraviesan el cráneo de Benjamin «Bugsy» Siegel. Es 20 de junio de 1947. No han pasado seis meses desde la inauguración del Flamingo. Apenas tres desde su reapertura. Le costó seis millones de dólares. Seis millones de dólares amasados a lo largo de cuarenta y un años de vida dedicada al crimen organizado. El FBI le había considerado «el gánster más infame y temido de su época». 

    En los años 20 se había unido a Meyer Lansky, Charlie «Lucky» Luciano y Frank Costello para formar Murder, Incorporated; pero en los 40 quería ser un hombre de negocios legítimo. Un hombre legal. Fue asesinado en Beverly Hills, pero Tim Powers dice que Lansky le cortó la cabeza, la guardó en una caja y arrojó la caja al fondo del lago Mead.

    Al silencio helado y viscoso del fondo del lago Mead. 

    Veinte minutos después de la muerte de Siegel, Meyer Lansky toma el control del Flamingo. Tim Powers es un escritor de novelas de fantasía, pero veinte minutos después de la muerte de Bugsy Siegel, Lansky tomó el control del Flamingo y terminó siendo una de las figuras más influyentes de la ciudad durante los siguientes veinte años.

    Es hoy. Lejos del racimo de plumas rosa y rojo y cantarín, detrás del nuevo hotel, donde una vez se irguió el antiguo Flamingo, hay una tímida placa de bronce en memoria de Benjamin «Bugsy» Siegel y el «Bugsy Building». Ahora hay un jardín, una pequeña piscina y una capilla nupcial.

    Es un lugar de silencio verde, fresco y suave detrás del ruido espeso y dulzón de la ciudad.

    Olfato

    Exceso.

    Es 1972 y dice Robert Venturi que hay que aprender de esta ciudad. Que esta ciudad ha comprendido la verdadera naturaleza de la arquitectura en un mundo hipermediatizado. Los edificios no son espacios, sino anuncios. Son espacios y son anuncios. Los edificios tienen cara y tienen espalda. Y la cara huele a ojos brillantes y a sonrisa resplandeciente. La cara quiere ser fragante y quiere oler a verde y a campanillas y al triángulo de una orquesta sinfónica. El Strip y la calle Fremont quieren oler a «tilín-tilín». Las fuentes del Bellagio quieren oler a relajado romance, la pirámide del Luxor quiere que respiremos su brillo y la montaña rusa del New York, New York nos recibe con la esencia limpia y resplandeciente del presente. Del único presente. 

    Pero, a veces, los aromas más intensos son el maquillaje que disfraza una tez blanca.

    Los edificios tienen cara y tienen espalda. Y la espalda huele a gris. La espalda huele a nada. La espalda huele a no-lugar, a asfalto rugoso, a líneas blancas y números pintados. A los mil kilómetros cuadrados de playas de aparcamiento que hay detrás de la fachada perfumada de ese espacio que es un anuncio. La espalda huele a dibujo de neumáticos. Huele a luz roja y a atascos de tráfico. 

    Es 1992 y dice Tim Powers, en La última partida, que en esta ciudad hay un mundo a la vista y hay otro mundo detrás de nuestros ojos. Un mundo que huele a rumores susurrados y a sangre y a hierro caliente, que es como huele la magia. Un mundo donde se compran y se venden vidas. Un mundo donde se juega al póker con barajas de tarot y se apuestan cuerpos. Se apuestan personas. Se apuestan hombres y mujeres.

    Tim Powers es un escritor de novelas de fantasía, pero en esta ciudad hay un mundo a la vista y hay otro mundo detrás de nuestros ojos. El mundo a la vista huele a campos de golf y a la sonrisa de Brad Pitt, que huele como huelen las sonrisas. Detrás de nuestros ojos hay cien millas de túneles donde viven más de doscientos cuerpos que huelen a esperanza y a desesperación, que es como huele la pobreza.

    Debajo del Strip y la calle Fremont, quince metros bajo los campos de golf y las fuentes del Bellagio y la pirámide del Luxor y la montaña rusa del New York, New York hay cien millas de túneles que se construyeron para drenar las lluvias torrenciales que, de tanto en vez, azotan el desierto con su olor a ozono.

    Debajo.

    Debajo huele a gris, pero huele a algo. Huele a lugar y a cien familias y a doscientos cuerpos. Huele a quince grados menos que arriba. Huele a carreras silenciosas y oscuras cuando las lluvias anegan el laberinto a treinta centímetros por minuto. Entonces los doscientos cuerpos se apresuran y dejan atrás sus pertenencias; sus cocinas y sus latas de comida, sus sábanas y sus mantas, sus pipas de crack, sus jeringuillas de heroína y sus bolsas de metanfetamina. Y deciden apostar por sus vidas. Apostar por ser hombres y mujeres. Apostar por oler como huelen las personas.

    Es hoy y yo digo que hay que oler a esta ciudad. Yo digo que hay que saborear esta ciudad.

    Gusto

    Exceso.

    Es hoy y los pezones de Elizabeth Berkley saben helados y rugosos. Berkley, a la que Paul Verhoeven no pudo salvar de la campana, sabe a jingle de anuncio y a fosfenos, a los fantasmas que se ven con los ojos cerrados.

    En la ciudad hay más de veinte restaurantes de alta cocina. Los mejores del mundo. Los más caros del mundo. Pero Brad Pitt se come quince sándwiches en Ocean’s Eleven, quince trozos de pan y huevo y pavo y lechuga y atún acariciando las papilas y atravesando la sonrisa de Brad Pitt, que sabe a lo que saben las sonrisas. Quién no querría ser esos sándwiches. Quién no querría saborear esa sonrisa. 

    Quién no querría saborear las piernas y los ojos de Sharon Stone, que dicen que sabe a Casino y a sexo, pero en realidad sabe a fanfarrias y a jazmín en primavera. Quién no querría saborear la camisa de Bradley Cooper, quitarle el Resacón a lametones y comprobar si de verdad sabe a destellos plateados y a lino y satén.

    Es ayer y quién no querría saborear las corbatas de Frank Sinatra y Dean Martin, que saben a barrica de roble y también a zapatos recién lustrados. Quién no querría saborear el tupé de Elvis Presley y admitir, al fin, que los muertos son más sabrosos que los vivos.

    Quién no querría pasarse la lengua por el labio superior y saborear todo lo que nos dijo Robert Venturi. Todo lo que está vivo y todo lo que está muerto. Saborear al vaquero luminoso del Pioneer, las palmeras del Oasis, los arcos de herradura del Aladdin y la torre Stratosphere de arriba a abajo.

    Es 15 de Abril de 1985 y Thomas Hearns se pasa la lengua por el labio superior. Y el labio superior le sabe duro y entumecido y le sabe a hierro caliente, que es a lo que sabe la magia.

    Que es a lo que sabe la sangre. 

    Tacto

    Exceso.

    Uno, dos, tres…

    BUM. Eso ha sido un crochet y Tommy Hearns no lo ha visto, pero ha impactado. Puede estar seguro de que ha impactado. Ha sido un golpe azul y borroso. Apenas acaba de empezar el combate y ya no hay ayer.

    BUM. Ahora ha llegado su directo de izquierda. Aun así, los setenta y dos kilos de Marvin «Marvelous» Hagler siguen repiqueteando delante de él como un zumo de frutas recién exprimido. Son una orquesta de mariposas en el ring del Caesars Palace. Una batería anticarro en el corazón de la ciudad.

    BUM. BUM. Esquiva. Recibe una combinación al abdomen, aunque ha evitado el haymaker de derecha. Quince mil personas gritan y cada grito le azota la nuca y le alborota el pelo. Ayer dijeron que se iba a ver una pelea tan igualada como la de Muhammad Ali contra Joe Frazier en el 71. Ayer. Suena la campana del primer asalto y ya no hay ayer.

    … cuatro, cinco, seis…

    BUM. Esquiva. BUM. BUM. Izquierda. Izquierda. Abajo. Dentro. BUM. Mañana dirán que el primer asalto fue como un ataque cardiaco. Mañana. Ahora es el segundo asalto y mañana nunca llega.

    BUM. Un gancho de derecha. Quizás un uppercut, pero ahora es un abrazo. La piel de Hagler tiene el tacto luminoso de un relámpago. Hearns la toca con sus brazos y su torso y la siente como un pizzicato

    BUM. Abajo. Abajo. Dentro. Esquiva. Izquierda. Derecha. BUM. BUM. Los golpes son dorados y azules. Son lejía y pomelo. Son vibráfonos y contrabajos. Mañana lo llamarán «guerra». Suena la campana del segundo asalto y mañana nunca llega.

    … siete, ocho, nueve…

    BUM. ¿Qué ha pasado? Las rodillas se le doblan y no recuerda bien. Se tambalea. Nota las cuerdas en la espalda. Las cuerdas le tocan con un perfume de anís y azafrán. Las cuerdas son una sopa caliente. Las cuerdas le acarician con el olor del cielo tras la tormenta y la hierba verde. Se tambalea. 

    BUM. No sabe de dónde ha venido. No sabe ni lo que ha sido, pero el golpe es amoniaco y almizcle. Es rojo en la cara y blanco dentro del cráneo. El ring gira. El Caesars Palace gira. La ciudad gira y la lona acoge a Hearns en su regazo. La lona le abriga y le arrulla como una sonrisa blanca. Como una canción de cuna al caer la noche. Como la colonia de un bebé en la mañana. Como un tazón de leche tibia y dulce. Como el cabello negro de su madre.

    Es hoy. Y para Tommy Hearns ya no hay ayer y mañana nunca llega.

    … diez. 

    Bienvenidos a la fabulosa Las Vegas, Nevada.

    sinestesia en las vegas
    Fotografía: Anna Oh.

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