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Vamos todos al Congreso Nacional de Moralidad en Playas, Piscinas y Márgenes de Ríos

Congreso Nacional de Moralidad
Benidorm (Alicante), 1960. Fotógrafo: E. de la Vega / Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública Universidad de Zaragoza (CC).

Se ha dicho que el veraneo es el invierno de las almas. Es tiempo, ciertamente en que el mundo, el demonio y la carne hacen mayor estrago en las almas. (…) El veraneo, fuera de los lugares habituales de residencia, no será peligroso si pensamos que Dios está en todas partes, que nos ve, y que sus mandamientos obligan siempre y en todo lugar (…) peligro ofrecen para la moralidad los baños públicos en playas, piscinas y orillas de río (…) que entrañan casi siempre ocasión próxima de pecado y de escándalo, por muchas precauciones que se tomen, y más, si cabe, en las piscinas, donde lo reducido del espacio y la aglomeración de personas hacen más próximo el peligro (…) [en el río] a los inconvenientes del baño público en general hay que añadir los que provienen de la frivolidad, ligereza y excesiva libertad de un día de excursión.

(Normas de decencia cristiana; Capítulo XIII ‘El veraneo’. Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad del Episcopado Español, 1958).

Contaban José María Martín, Carme Molinero y Pere Ysàs en su Historia política de España (1939-2000) que, en 1942, se publicaron en Ecclesia unas declaraciones del obispo de Madrid, Leopoldo Eijo y Garay, que decían: «España no volverá a tener una ocasión más propicia que la que tiene ahora para que el catolicismo arraigue». Se acababa de producir la victoria de los sublevados y habían logrado aglutinar a su alrededor a la inmensa mayoría de la Iglesia y partidos u organizaciones que hacían una defensa de un catolicismo integrista. A la hora de cobrarse cada uno lo suyo, las palabras de este prelado demostraban cuáles eran las intenciones y los planes de la Iglesia: moldear a su gusto a la sociedad española.

Esas políticas tuvieron consecuencias en muchos aspectos de la vida de aquellas generaciones, particularmente en el sexo sobre el que se generó una verdadera neurosis. Sin embargo, el poder social de la Iglesia chocó de frente contra un fenómeno del que, llegado el momento, el régimen no pudo prescindir: el turismo. Si la forma de vestir en la playa llevaba siendo un litigio de consideración en la opinión pública española desde el siglo XIX, en los años 60 este alcanzó todo su apogeo.

En principio, para imponer los valores cristianos la Iglesia se sirvió sobre todo de la educación. En una orden de 1938 de la Inspección General de Primera Enseñanza ya se decía: «El restablecimiento del crucifijo en las escuelas […] no significa tan solo que a la Escuela laica del régimen soviético sustituya nominalmente el entusiasmo de la Escuela nacional. Es preciso que en las lecturas comentadas, en la enseñanza de las Ciencias, de la Historia, de la Geografía, se aproveche cualquier tema para deducir consecuencias morales y religiosas». El partido político en el que Franco unificó a la fuerza a todos sus aliados, la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, a su vez, proclamaba: «Es misión esencial del Estado mediante una disciplina rigurosa de la educación, conseguir un espíritu nacional fuerte y unido e instalar en el alma de las futuras generaciones la alegría y el orgullo de la patria» y, según los citados académicos, la condición sine qua non para llevar a cabo ese propósito era que esos chavales fueran «profundamente católicos». 

Cabe recordar que, como explica el historiador Julio Gil Pecharromán, durante el breve gobierno del Frente Popular, Casares Quiroga aprobó un decreto que establecía patronatos provinciales para sustituir rápidamente a los docentes religiosos por personal interino laico. Ese mismo mes, se decretó el cierre provisional de los colegios de la Iglesia y se habilitó un presupuesto para la creación de 5300 plazas de maestros del Estado. En la dictadura surgida de la guerra los cambios necesarios para la imposición de sus principios estaban claros: «Una modificación profunda en este grado de enseñanza es el instrumento más eficaz para, rápidamente, influir en una transformación de una sociedad y en la formación intelectual y moral de sus futuras clases directoras».

Como es conocido, el régimen convirtió los libros de texto escolares en manuales de nacionalismo exacerbado en los que se hacía una continua identificación entre España y la catolicidad. De ahí el simpático lema de «España, martillo de herejes, luz de Occidente». El reflejo político de todo esto sería identificar España con los Reyes Católicos y la Contrarreforma y a la anti-España con las ideologías «disolventes», tales como liberalismo, es decir, la democracia.

Curiosamente, la paradoja es que la historia volvió a repetirse. Si en la República el Frente Popular quiso que las instituciones y estructuras elementales del Estado fuesen laicas y por eso se enfrentó a la Iglesia desde el primer día, en el franquismo también se produjo una disputa entre los falangistas y los religiosos. En los años 40, fue la Iglesia la que consiguió la preeminencia educativa. El régimen ni podía enfrentarse a la religión o tener disidencias dentro de la Iglesia —como le ocurriría en los años 60 con los movimientos de los curas obreros y otras organizaciones de cristianos de base— ni tampoco podía realizar inversiones como para establecer su propio sistema educativo. Les dio lo que pedían. Así, los centros educativos del Estado controlados por Falange se mantuvieron en un número estable durante décadas, mientras que los religiosos no hicieron más que aumentar.

El paso dos fue la «regeneración moral» del conjunto de la sociedad. Además de la laicidad, en los años 30 se habían visto en España fenómenos como el nudismo y ahora había que «sanear» a todos los ciudadanos. Una «recristianización». Todo se convirtió en pecado. «En un marco social en el que las únicas diversiones posibles eran el baile, el cine y, cuando llegaba el buen tiempo, el baño en el río si lo había y el ocio en las playas en las zonas costeras, la Iglesia consiguió una regulación implacable de esas actividades lúdicas», seguían explicando estos académicos.

Para explicare el caso del baile, destacaban la actuación del obispo de Pamplona —Navarra fue la única región de España donde el golpe del 18 de julio tuvo amplio apoyo civil activo— que en la pastoral de Pentecostés de 1941, decía: «Si somos sinceros, si hemos ido a la guerra a revalorizar el contenido de las ideas religión y patria; si hemos salido a ella por Dios y por España; hay que volver a lo que Dios y España piden; hay que volver a la moral sincera, hay que enlazar las manos con la España que dejamos (…) hay que barrer la basura que importamos, necios, de otros pueblos de la Europa salvaje. Hay que desterrar el baile agarrado (…) si no son españoles esos bailes, si no son morales, si son un sarcasmo al espíritu de la Cruzada ¿No sentís el grito de ¡Traidor! lanzado a vuestra espalda? Vosotros sois los que no tenéis derecho a bailar el agarrado; los de izquierda, sí; los rojos, sí; vosotros, no».

Poco después, en 1951, el cardenal Segura publicó una admonición pastoral que decía: «Episodio desolador de esta lucha entre la carne y el espíritu es el que estamos contemplando con la irrupción de inmoralidad que inunda todo el mundo y que se va extendiendo también por nuestra Patria. Y ese episodio se realiza principalmente en los pueblos, por medio de los bailes impúdicos y deshonestos». Según cuenta Rafael Abella en La España falangista: Un país en blanco y negro, se pegaron carteles por la calle en los que aparecía un demonio bailando y la advertencia: «¡Joven, diviértete de otra manera!». La admonición del cardenal Segura remataba con una condena del siglo XVIII del jesuita padre Calatayud, que explicaba: «El baile es gavilla de demonios, estrago de la inocencia, solemnidad del infierno, tiniebla de varones, infamia de doncellas, alegría del diablo y tristeza de los ángeles…». No tardó en prohibirse el carnaval considerándolo «una ordinaria plebeyez». Esos bailes eran la única oportunidad que tenían los jóvenes de la posguerra de tener algo de intimidad y contacto con el sexo contrario, pero también se introdujo en los que se celebraban la figura del bastonero, una profesión que ya había caído en el olvido y se tuvo que reinstaurar, explica Rosario Mariblanca en Bailar en Madrid. Su función consistía en vigilar a las parejas que bailaban y tenía que castigar o expulsar a los que mostrasen un comportamiento indecente.

En el caso de los veraneantes, como la mayoría de los turistas que traía esta serie de males entraba por Catalunya, fue el obispo de Barcelona, padre Gregorio Modrego, el primero en tomar cartas en el asunto: «Ante la aparición de modas exóticas e inmorales traídas por extranjeros, que no osamos describir porque no hallaríamos forma de hacerlo sin ofender vuestra modestia, vuestro prelado se ve en la obligación de poner a los feligreses en guardia frente a personas cuya conducta es, doquiera, gravemente pecaminosa a juicio de cualquier moralista por laxo que sea y, entre nosotros, además pecado de escándalo y ofensa e insulto al pudor cristiano de nuestro pueblo». El problema, en 1950 ya habían pasado por España 600 000 turistas extranjeros. En 1951 fue un millón y en 1952, millón y medio.

Por este motivo, se celebró el asunto que nos ocupa: El I Congreso Nacional de Moralidad en Playas, Piscinas y Márgenes de Ríos. Tuvo lugar en València y organizaba la Comisión Episcopal de Moralidad y Ortodoxia en España. El objetivo: «Poner coto a la invasión paganizante y desnudista de extranjeros que vilipendian el honor de España y el sentimiento católico de nuestra Patria». En el programa, varias misas y conferencias como «La playa y los baños, preocupación angustiosa de las Vocalías de Moralidad» o «¡Cómo se pierden!», de la directora del Reformatorio de Godella, en València.

De este encuentro, al que Daniel Blanco Parra le dedicó una novela hace unos años, Los pecados del verano, circula e incluso se vende en páginas de segunda mano un díptico que se publicó para difundir las conclusiones. Los primeros cuatro puntos eran de agradecimiento al generalísimo y autoridades varias por su interés en el congreso. Había que llegar al quinto para encontrar propuestas claras. «El Congreso cree muy oportuna la organización, por la jerarquía, de una gran campaña nacional de DECENCIA». Las mayúsculas venían tal cual en el original.

Lo mejor era el punto séptimo, cuando hacía un crossover con los bailes: «Es indispensable que se prohíban los bailes en las playas y piscinas, y mucho más en traje de baño, abuso gravísimo, que se va extendiendo y no puede tolerarse». También solicitaba a las autoridades «facultades» para que los «seglares católicos» pudieran realizar funciones «como auxiliares de la policía». Suplicaba que se legislara la extensión del baño tanto para señoras como para caballeros y se publicara un catecismo sobre moralidad en playas, piscinas y márgenes de ríos. Daniel Blanco asegura que se pasaron la mañana discutiendo el papel de todas las partes del cuerpo. Cuando llegaron a las clavículas, por ejemplo, no se llegaron a poner de acuerdo sobre si era una parte decente o indecente, porque existía el riesgo de que fueran dos flechas que apuntan peligrosamente hacia el escote.

Unas palabras del periodista, director de La Vanguardia y procurador en Cortes Luis de Galinsoga, expresan la sintonía que hubo con el Congreso en algunos sectores del franquismo: «Sean bienvenidos los que nos visitan y que Dios les bendiga el lucro que con gomia le exprimen a las eventualidades monetarias. Si vienen correctamente y nos tratan con la debida educación, aquí encontrarán la hidalguía española, siempre en guardia para rendirles los honores. Pero si vienen como muchos, desastrados de indumentaria y de espíritu, en este caso no esperen encontrar aquí ni papanatas ni cipayos. Aquí está la vieja España, orgullosa y socarrona con su inmensa capacidad de altivez, dispensadora de emociones a quienes las merezcan pero inexorable en el desprecio a quienes se lo ganen. Aquí está España y los españoles, de vuelta de muchas cosas, altaneros y dignos, hospitalarios para quienes nos visitan con buen ánimo. En una palabra: hidalgos pero no estúpidos».

El segundo encuentro se celebró en Santander un año después, organizado esta vez por el obispo de la ciudad, el natural de Azkoitia, José Eguino y Trecu. El Congreso se situó después del verano y se pretendía poder repasar todo lo que había sucedido después de las indicaciones que habían dado en la reunión anterior de València. Una de sus conclusiones era, de nuevo, lapidaria: «Supuesto que creemos que España es la esperanza de la salvación del mundo, no debe consentirse claudicación alguna en este orden de la moral, fundamento y esencia de nuestra Patria».

El discurso de apertura del obispo era realmente precioso:

No faltarán, es verdad, quienes desprecien y hasta quienes se burlen de éste nuestro intento. A más de uno hemos oído decir que querer, en esos tiempos, salvar la honestidad de las costumbres, que antiguamente aparecían revestidas con el manto de las más puras esencias cristianas, es pretensión vana y ridícula. Pero no importa: digan lo que quieran los seguidores de las modernas corrientes paganas, nosotros no abandonaremos el santo empeño de celebrar el proyectado Congreso. Queremos que triunfen los principios morales y que la blanca bandera de la pureza sea izada en todas las partes del mundo. No importa nos tilden de soñadores y ridículos (…) aunque nos tilden de anticuados e inoportunos. No os asusten las críticas, porque, aunque fracasemos, nadie nos quitará la gloria de haber pretendido llevar a cabo una hazaña de la más noble ejemplaridad. Todos los hombres de bien, todos los que aprecian en algo el pudor, bello ornato de la dignidad humana, nos alabarán y bendecirán nuestros nombres. Y no temáis el fracaso. La tormenta que nos amenaza es, ciertamente, horrenda; a las gigantescas olas que quieren sumirnos en el mar profundo de las liviandades hay que añadir las acechanzas de las crueles y provocadoras sirenas, semejantes a aquellas de las que tuvieron que huir Ulises y sus remeros al pasar delante de las playas de la Costa Azul.

Llegados a las conclusiones, se exigió al gobierno que unificase toda la autoridad relacionada con playas y piscinas en un solo organismo y que se permitiera que organizaciones como Acción Católica o la Liga de la decencia y las Asociaciones de Padres de Familia pudieran trabajar sobre el terreno para asegurar que se cumplieran las normas. Exigía también escalar los actos contra las buenas costumbres y el pudor de faltas, como se las consideraba en el artículo 567 del Código Penal, a delitos contra la honestidad y escándalo público. También se incidía en la separación de los sexos. Los niños pequeños podían bañarse juntos, pero solo hasta que tuvieran uso de razón. Ahí había que separarlos inmediatamente.

Al terminar, los asistentes acudieron al balneario de La Concha, en San Sebastián, a visitar las instalaciones y tomar una merienda que ofrecía Acción Católica. Al día siguiente, tras hacerse públicas las conclusiones, los representantes de Madrid presentaron una moción. Esta, de nuevo, tiene frases y construcciones espectaculares. Ahí va una: «este tema de Playas y Piscinas solo debe ser considerado como una faceta del diamantino brillante de nuestra tradicional moralidad». Al final, pedían la creación del catecismo bañista que se dilató unos años hasta aparecer en 1958. En el encabezado de este artículo tienen una muestra de su nivel.

Sin embargo, y esta es la paradoja, el régimen no veló realmente por el cumplimiento de estas solicitudes ni normativas sugeridas. Hubo vigilancia en las playas, pero rápidamente todo se volvió bastante permisivo. En este aspecto, cabe destacar una vez más el incidente que contaba Gregorio Morán que protagonizó un joven Adolfo Suárez en Peñíscola diez años más tarde de esos congresos. Resumido en palabras del periodista César Coca:

Durante tres años, hace de secretario de unos cursos de Administración local que se imparten cada verano en Peñíscola. Quienes necesitaban aún una prueba del poder de convicción del joven abulense la encuentran allí, a la sombra del castillo del Papa Luna. Un día Suárez camina por el paseo de la playa cuando ve, a pocos metros, a una muchacha extranjera que toma el sol en bikini. Ni corto ni perezoso, se dirige a ella y comienza a hablarle. Ninguno de los testigos del hecho alcanza a oír nada de la conversación, pero un rato después ven cómo la chica se cubre y en un castellano muy primario anuncia su intención… de convertirse al catolicismo.

El problema para estas capas tan reaccionarias fue que la dictadura tuvo como prioridad las divisas, por supuesto, pero también mostrar al exterior una imagen de modernidad, y hacia dentro, presumir de que si venían tantos extranjeros a España sería que el país no estaba tan mal como se quejaban los disidentes. Con estos mismos objetivos, poco después se llegó a potenciar incluso el arte experimental y de vanguardia.

Además, tampoco puede decirse que la dictadura llegara a sentirse realmente amenazada por los turistas. Los jóvenes que se concentraban en la Costa Brava o la Costa del Sol no realizaban actividades subversivas y el negocio del turismo tiró de todos los demás sectores económicos, sobre todo, como es de sobra conocido, del inmobiliario, del que se lucraron en actuaciones no precisamente moralmente impolutas grandes jerarcas del régimen. Uno muy significativo, José Antonio Girón de Velasco, junto a su socio, el exdiplomático nazi, Hans Hoffmann. Ocupación que llevó a cabo antes de convertirse en presidente de la Confederación Nacional de Excombatientes, el llamado búnker, que tanto se empeñó en denunciar la desintegración y desmantelamiento de la dictadura en la segunda mitad de los 70.

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8 Comentarios

  1. Sebastián

    Me ha encantado tanto el artículo como las referencias bibliográficas. Tan sólo una pregunta al margen: ¿cuál es el criterio para escribir reiteradamente «València», en catalán, o, en otras lenguas peninsulares «A Coruña», «Bizkaia»…etc cuando existen denominaciones en español, idioma en que se escribe todo el resto del texto, y, sobre todo, no se hace extensivo a topónimos extranjeros? De este modo, cabría decir «United Kingdom», «France», «Deutchland» etc etc

    • Pues hombre, ya todos sabemos el motivo por el que se hace eso, Sebastià. Por cierto, ¿sabe usted que tiene nombre de playa?

    • LeonWerth

      El autor ha hecho lo correcto al escribir A Coruña y València (desconozco si es igual en los demás topónimos), pues son los únicos nombres oficiales aprobados, guste o no guste. En el caso de la ciudad del Turia se da la particularidad, un tanto confusa, de defender su nombre en catalán mientras la provincia, Valencia, lo hace en castellano. Cuestiones políticas o no, son los topónimos oficiales, y el autor no ha errado al escribirlos.

      • Pasava por aqui

        Además, el catalán, el gallego o el vasco (así como el bable o el aranés) son lenguas tan españolas como el castellano (articulo 3 de la constitución), però a los nacionalistas españoles/castellanos se les olvida. Perdieron su oportunidad de ser una estado nacion monolingüe en el siglo xix (lo mismo que a los catalanes y vascos) y en vez de alegrarse de ser un estado compuesto solo ven la paja en ojo ajeno.

        • Supongo que cuando volvéis de un viaje y os preguntan dónde habéis estado diréis que en New York, en London, en Krakow o en Firenze. Y que la satisfacción por llamar a la ciudad por su nombre oficial será mayor que el hecho de que vuestro interlocutor crea que sois unos cretinos.

  2. Ah, la Iglesia Católica. Esa maravillosa cofradía de huelebraguetas. Y luego se extrañan de estar quedándose sin clientela….

  3. Veo que el personal sigue confundiendo hablar o escribir en un idioma (si español, La Coruña) con las exigencias jurídicas o administrativas cuando corresponda (en este caso, A Coruña).

    Esto tiene tanto de nacionalismo español como usar la lógica y ser coherente, o sea, en principio, nada.

    Por enésima: ¿en catalán dicen Zaragoza porque ese es el nombre oficial o dicen Saragossa? Pues eso.

  4. Que grande! Desconocía que había tenido lugar ese maravilloso congreso, casi me gustaría viajar en el tiempo para asistir a las sesiones surrealistas en que esos prebostes católicos pondrían a las máximas revoluciones sus mentes enfermas, alucinadas por el fanatismo y la borrachera de poder, en busca de nuevas ideas para reprimir y moralizar a la ingrata, inmadura y pecaminosa población. Entre sesión y sesión, pausa para unos carajillos, puro, comilona a cargo del erario público y unos empujones a alguna meretriz, chapero o crío, según el gusto del prelado. ¡Aquellos buenos tiempos!

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