Arte y Letras Historia

Los veintisiete de Arabel

Los veintisiete de Arabel
Un bombardero sobrevuela Londres en 1940. Fotografía: Imperial War Museums.

Uno era sobrecargo en un vuelo semanal entre Londres y Lisboa. ARABEL lo conoció en junio de 1941, cuando tomó ese mismo avión para instalarse en la capital británica. Le dijo que era un republicano catalán exiliado en Gran Bretaña y que necesitaba su ayuda para enviar cartas a España. Eran los peores días de la Segunda Guerra Mundial. El trapicheo era frecuente entre el personal de las aerolíneas. Sobre todo, de relojes de pulsera. Los compraban en Portugal y los revendían en Inglaterra. Ellos no tenían que someterse a un registro a la hora de cruzar la aduana. El sobrecargo se mostró reticente, pero ARABEL le ofreció una medida de garantía: que las cartas fueran abiertas. Se las daría en Londres en mano y él solo tendría que llevarlas encima hasta Portugal. Podría leer su contenido, si quería, y asegurarse de que no tenía nada de especial. Quería tener a su familia al tanto de que seguía bien y con vida, nada más que eso. Luego, cuando aterrizase en Lisboa, el sobrecargo solo tendría que acudir a cierta sucursal del banco Espírito Santo y dejar las cartas en una caja de depósitos determinada. Más tarde, un amigo suyo las recogería de aquel lugar y las haría llegar a España. El sobrecargo aceptó. Mejor dicho: picó. Sin saberlo, se había convertido en el primero de los veintisiete y en el más importante de todos: el correo. 

Otro era un piloto de la misma compañía aérea, la holandesa KLM. También trabajaba en el vuelo regular entre Londres y Lisboa. ARABEL le convenció con los mismos argumentos: los nazis ya tenían media Francia conquistada y España era un país fascista. ¿Cómo iban a llegar sus cartas desde Londres hasta Barcelona? El piloto accedió y se repartió la tarea con el sobrecargo. Cuando uno faltaba en el vuelo, el otro se ocupaba de llevar los sobres a Lisboa y depositarlos en la caja. Al cabo de un tiempo, los destinatarios de ARABEL comenzaron a responderle y la correspondencia se emprendió también en sentido contrario: de Lisboa a Londres. El piloto nunca llegó a descubrir el engaño. Los verdaderos mensajes iban escritos con tinta invisible entre los renglones de las cartas. Un empleado de la embajada alemana en Lisboa los recogía de la sucursal y los remitía a la embajada alemana en Madrid por valija diplomática. Allí se traducía su contenido, se codificaba urgentemente y se enviaba por radio a Berlín. ARABEL era un espía al servicio de la Abwehr, la agencia de inteligencia nazi. 

Otro era un funcionario del Ministerio de Información británico. Tenía un cargo de cierta responsabilidad en una sección dedicada a España. Se conocieron cuando ARABEL ya llevaba unos meses instalado en Londres. En el ministerio preguntaron por españoles diestros con el inglés y alguien dio su nombre, el de verdad. El funcionario le encargó unas tareas de traducción de poca monta. ARABEL le cayó en gracia. Tenía treinta años recién cumplidos y una fe inquebrantable en la democracia. España no estaba perdida, decía. Los Aliados la reconquistarían después de vencer al Eje. La República volvería. O los reyes, quién sabe. Una monarquía parlamentaria, como en Inglaterra. Al funcionario le conmovían sus puntos de vista. Empezaron a verse con frecuencia y a comentar las noticias que venían del frente. También hablaban sobre los próximos pasos que daría el Reino Unido en la guerra. Si ARABEL se mostró curioso o inquisitivo, al otro debió parecerle normal. ¿Quién no lo sería en la situación de aquel pobre muchacho? El funcionario no estaba al corriente de tácticas y secretos de Estado, lógicamente, pero quería alimentar las esperanzas de ARABEL con los pocos detalles que conocía y regaba la información con sus propias conjeturas. Con el tiempo, muchas suposiciones suyas se hicieron realidad. La inteligencia alemana empezó a conceder tanto valor a su intuición como a los propios datos que manejaba. El funcionario nunca sospechó nada. Todo lo que le contó a ARABEL, todo, acabó cumplidamente en manos de la Abwehr y en la oficina del alto mando de las fuerzas armadas nazis.

A los venezolanos no tuvo que mentirles: ellos deseaban la victoria de Alemania. Eran dos y eran hermanos. Uno vivía en Aberdeen y el otro vivía en Glasgow. Jóvenes, caraqueños, con dinero. Llevaban ya unos cuantos años en Gran Bretaña. Conocían el país y su inglés era impecable. Eran justo lo que ARABEL necesitaba. Todavía no tenía ojos en el norte. Las instrucciones de los alemanes habían sido precisas: cobertura territorial, esa era la prioridad. Y se estaban impacientando. Era diciembre de 1941. La operación Seelöwe, el plan de los nazis para conquistar las islas británicas, había fracasado. Y Estados Unidos acababa de entrar en la guerra. Los estrategas de Berlín tenían claro qué vendría a continuación: un intento de desembarco en Europa. Los Aliados pretenderían reconquistar el continente a las bravas. Cuándo, pronto; dónde, eso no lo sabían. Lo más probable era Bretaña, Normandía, Picardía, Pas-de-Calais o Bélgica: las riberas del continente más cercanas a Inglaterra. Pero tampoco descartaban un desembarco en el Mediterráneo o en Escandinavia. Para repeler el ataque, era imprescindible anticipar el lugar. Y, para anticiparlo, la Abwehr necesitaba tanta información como ARABEL pudiera enviar: en qué lugares de Inglaterra se concentran los efectivos militares aliados, cuántos toman parte en cada movilización, qué clase de maniobras emprenden… Los hermanos caraqueños se mostraron encantados de ayudar. Los nazis les pusieron un sueldo, los invistieron como espías del Reich y les dieron un nombre en clave, como a ARABEL. Ellos serán BENEDICT y MOONBEAM. 

CHAMILLUS entró en la red poco después de aquello. Era gibraltareño. Acababa de sufrir la misma suerte que la mayoría de los civiles del Peñón: la evacuación forzosa. Trece mil quinientas personas repartidas por Marruecos, Madeira, Jamaica y el Reino Unido. A él le había tocado Kent, al sureste de Inglaterra. Trabajaba para la NAAFI (Navy, Army and Air Force Institutes), la compañía dependiente de las fuerzas armadas británicas que regenta los comedores, las tiendas de comestibles y las tascas que operan en los cuarteles, los aeródromos y en otras instalaciones militares. Dicho con sencillez: era mesero en las cantinas del ejército. Al llegar a Gran Bretaña le habían asignado un trabajo en las famosas cuevas de Chislehurst, que entonces servían como refugio antiaéreo para cerca de quince mil personas, entre civiles y militares. Imaginemos su estado de ánimo: del soleado Peñón de Gibraltar, donde el conflicto no se sentía, a vivir bajo tierra en el tramo más intenso del Blitz. Fue otro golpe de suerte para ARABEL. Conoció al gibraltareño a través de amigos comunes de la colonia española en Londres y se dio cuenta de que solo tenía una ideología: un odio feroz hacia los ingleses. Su ubicación no podía ser mejor: Kent era el condado del país que cae más cerca de Francia. ARABEL se las arregló para mantener una conversación muy franca con él y convencerle de que se uniera a su red de espías. Si Alemania ganaba la guerra, el Peñón sería español. Si Alemania ganaba la guerra, se pondría fin a la diáspora. Con eso fue suficiente. El muchacho se puso al servicio de ARABEL, se buscó a sus propios informadores y se dedicó a recabar datos sobre los movimientos militares que tenían lugar en el sureste de Inglaterra. Los alemanes acogieron su enrolamiento con entusiasmo. 

Los veintisiete de Arabel
Un grupo de vecinos londinenses se refugia de los bombardeos alemanes en la estación de metro de Aldwych, 1940. Fotografía: Imperial War Museum.

A partir de entonces, la red echó a andar por sí sola. BENEDICT, el venezolano, resultó ser un espía de primera categoría. Los alemanes incluso le hicieron llegar códigos de cifrado y varios botes de tinta invisible para que emprendiera la comunicación directamente con ellos. MOONBEAM, su hermano, se trasladó a Ottawa, Canadá, y reclutó a un primo suyo que, a su vez, se instaló en Buffalo, Estados Unidos. Juntos se convirtieron en los ojos de ARABEL en el continente americano. CHAMILLUS, el gibraltareño, hizo una conquista logística verdaderamente espectacular: incorporó a la red a un técnico de radio que tenía su propio equipo de largo alcance. Se trataba de un veterano inglés de las Brigadas Internacionales que se había dedicado a conducir ambulancias durante la guerra civil española. CHAMILLUS logró convencerle de que actuaban en nombre de la Segunda República en el exilio y de su presidente, el mismísimo Juan Negrín. Su trabajo consistiría en intercambiar mensajes, siempre cifrados, con unas supuestas células republicanas que persistían en Madrid. El infeliz veterano, que recibió el alias de ALMURA, no llegó a sospechar jamás que se estaba comunicando con agentes secretos del Reich destinados en la capital de España. 

También estaba engañado FRED, un comunista griego que había desertado de la marina mercante y trabajaba en barcos de pesca por todo el norte de Escocia. A él le hicieron pensar que estaba ingresando en una red de espías soviéticos. Había un sudafricano, DICK, que hablaba varias lenguas y se desenvolvía con cierta soltura en las altas esferas. Fue enviado a Argelia, que acababa de ser conquistada por los Aliados, para espiar a la administración colonial francesa. ARABEL, por último, se preocupó de cubrir Gales, la única región de Gran Bretaña que no tenía controlada. A finales de 1942 reclutó a DAGOBERT, un nacionalista galés que militaba en un movimiento germanófilo secreto, los Hermanos del Orden Mundial Ario. El galés, a su vez, reclutó a varios espías más y los distribuyó por todo el sur del Reino Unido: Dover, Brighton, Harwich, Southampton, Exeter… Ni la Abweh ni ARABEL confiaban verdaderamente en el intelecto de aquellos hombres, pero su devoción fanática por el Führer los convertía en espías incorruptibles. Los Hermanos del Orden Mundial Ario se dejarían ahorcar antes que soltar prenda. 

En total, la red llegó a reunir veintisiete miembros operativos. La mayoría no se conocían y ninguno, excepto ARABEL, estaba al corriente de la existencia de todos los demás. Algunos, como FRED y ALMURA, ni siquiera sabían que estaban trabajando para los nazis; otros, como el funcionario inglés, ejercían como informadores de forma totalmente inconsciente. Tampoco estuvieron activos todos ellos a la vez. El sudafricano sufrió un accidente mortal poco después de instalarse en Argel. También causó baja el piloto del vuelo Londres-Lisboa, que perdió la salud y acabó muriendo, seguramente de cáncer, a finales de 1943. Aquel infortunio resultó oportuno para la organización, ya que su viuda se enroló poco después y se especializó en el cifrado y el descifrado de los mensajes de radio. Fue la única mujer en el núcleo de la red. El machismo inclemente de la época hizo que no le pusieran un alias, no uno de verdad. Los alemanes se referían a ella como «la viuda» o con un nombre en clave que, torpemente, era el mismo que su apellido real: GERBERS. El giro más llamativo lo protagonizó el sobrecargo, el primero de los veintisiete. Descubrió que había estado transportando cartas con mensajes secretos y amenazó con denunciar a ARABEL. Por suerte, la Abwehr reaccionó rápido y le pagó dos mil libras a cambio de su silencio. Dos mil libras. De la época. Una auténtica fortuna.

En enero de 1944, la Abwehr se puso en contacto con ARABEL y le confirmó que los Aliados planeaban acometer el tan anticipado desembarco en Europa. Para entonces, los nazis ya habían levantado una red de fortificaciones que se extendía desde Laponia, en el norte de Noruega, hasta Aquitania, en el sur de Francia. El Atlantikwall era infranqueable, eso decía la propaganda del Reich. ARABEL sabía que la propaganda es eso mismo, propaganda. Los técnicos de la Abwehr le comunicaron que la red debía olvidarse de las tareas secundarias y concentrarse en un solo objetivo: detectar en qué partes del Reino Unido se estaban concentrando las fuerzas militares aliadas destinadas al desembarco y averiguar todo lo que pudieran sobre ellas. Dónde había barcos y dónde aviones, dónde estaban los tanques y la infantería; qué acento tenían los soldados en cada lugar, si británico, estadounidense, canadiense o australiano, y qué insignias lucían; qué clase de munición se guardaba en sus polvorines; qué clase de comida se almacenaba en sus despensas. Por nimio que fuese el detalle, podría servir para anticipar el lugar del ataque aliado sobre Europa.

ARABEL instruyó a la red en este sentido y la información no tardó en fluir, pero lo hizo desde un lugar un tanto inesperado: Escocia. El 11 de mayo de 1944, un mes antes de que tuviera lugar el desembarco, BENEDICT, el estudiante venezolano, vio con sus propios ojos cómo un gran contingente naval de asalto maniobraba en las riberas de Loch Fyne, cerca de las Hébridas, y ensayaba una invasión anfibia con carros blindados e infantería. Los soldados lucían camuflaje ártico. BENEDICT lo tenía claro: los Aliados iban a desembarcar en Noruega. El trasiego que tenía lugar en el sureste de Inglaterra, tan poco disimulado, era un señuelo desplegado precisamente para ellos, los espías al servicio del Reich. Querían hacerles creer que iban a desembarcar en Francia cuando, en realidad, lo iban a hacer en Noruega. ARABEL transmitió la tesis inmediatamente, pero no la apoyó. Hoy sabemos que la Abwehr también acogió la información con escepticismo. 

ARABEL presiente que la cosa debe ser justo al revés: que Noruega es el señuelo y Francia, el objetivo verdadero. Presiente que el desembarco será en Pas-de-Calais, la región del continente más cercana a Inglaterra. Es el punto más predecible, sí, pero él ya ha combatido en una guerra, la de España, y sabe que esa no es siempre una buena razón para descartar un campo de batalla. Aquella iba a ser una lucha de desgaste. El factor sorpresa no sería determinante. Sí lo serían, por el contrario, la longitud y la seguridad de las líneas de abastecimiento. Y entre Dover y Calais solo hay treinta y cuatro kilómetros de mar. ¿Por qué irían a elegir los Aliados un terreno menos ventajoso para ellos, disponiendo de aquel? ARABEL sabe que la suya no es una tesis disparatada, sino la más popular en el Reich. Los agentes de Abwehr, los tácticos del alto mando y hasta el mismísimo Hitler piensan igual que él. Por eso, precisamente, se priva de expresar su opinión abiertamente, como ha hecho BENEDICT, y opta por esperar a tener más pruebas que la sustenten. En una situación como aquella, cuando el ataque es ya inminente, ARABEL elige hacer lo que haría un militar experimentado: esperar un poco más. Y acierta.

Los indicios se precipitaron unos cuantos días más tarde. CHAMILLUS, el gibraltareño, descubrió que el ejército aliado estacionado al sur de Inglaterra se estaba abasteciendo de chalecos salvavidas, bolsas para vomitar y raciones frías. Poco después, los dos miembros españoles de la red, CHAMILLUS y ARABEL, lograron recabar información de un militar estadounidense con el que venían cultivando una relación particularmente estrecha. Era un sargento indiscreto y un tanto descerebrado que repetía las tesis de Randolph Hearst y se declaraba admirador de Franco. El pobre tonto les confesó que esperaban la llegada inminente de varios cuerpos americanos de élite que se iban a acuartelar en el sureste de Inglaterra y que luego emprenderían una ofensiva de suma importancia. Era una operación, dijo, diseñada por el general Eisenhower.

El 29 de mayo, una semana antes de que tuviera lugar el desembarco, DONNIE, uno de los supremacistas arios, vio con sus propios ojos cómo sesenta y seis escuadrones aéreos hacían maniobras en Dover, la ciudad inglesa ubicada frente a las costas de Calais, y tentaban su suerte con timidez contra las defensas antiaéreas del Atlantikwall. Eran cientos de aviones, incluyendo cazas y bombarderos, reconociendo el terreno y sobrevolando ya el Canal de la Mancha. Cuando ARABEL informó de aquello a Berlín, también lo había hecho la Luftwaffe. Todo concordaba. Aquel sería el lugar.

El 5 de junio de 1944, horas antes del Día D, ARABEL transmitió un mensaje con sus últimas averiguaciones. La 3.ª División canadiense acababa de embarcar en Hampshire, al sur de Inglaterra, y se había hecho a la mar. El contingente se proponía trabar batalla, ya que había sufrido deserciones hasta el momento de soltar amarras, y lo haría en las costas francesas más cercanas, en la Alta o la Baja Normandía, ya que la expedición solo se había provisto de raciones para dos días. El Primer Ejército estadounidense y las demás unidades de élite, sin embargo, no habían subido a ningún barco. Permanecían acuarteladas al sureste de Inglaterra. Entre ellas estaban varias divisiones aerotransportadas y la FUSAG (First United States Army Group), un cuerpo militar especial creado exclusivamente para la invasión de Europa. Lo lideraba el general Patton, el mayor genio militar del bando aliado, y seguía estacionado en Dover, frente a las costas mismas de Calais. Aquella información hablaba por sí misma: los Aliados iban a atacar Normandía, pero aquello no era más que una maniobra de distracción. Pretendían atraer hasta allí a las unidades de élite alemanas y que el Reich dejase desprotegido el lugar del ataque verdadero, que tendría lugar dos o tres días más tarde. Que la pantomima tuviera lugar en Normandía y no en Escandinavia o en el Mediterráneo probaba definitivamente que el ataque sería en Calais. Calais solo estaba a doscientos y pico kilómetros de Normandía. Si el Reich mordía el cebo y desviaba recursos hasta Normandía, Calais sería el primero en aportarlos y en quedar desprotegido.

Los veintisiete de Arabel
Into the Jaws of Death, de Robert F. Sargent., tomada durante el Desembarco de Normandía. Fotografía: The National Archives and Records Administration

Horas después, cuando las primeras naves aliadas tocaron tierra en Normandía, el pronóstico debió saber a victoria en las oficinas de la Abwehr. Habían cumplido su misión. Habían logrado anticipar el lugar del desembarco. Lograrían repelerlo y devolver a los Aliados al mar. El único tramo del Atlantikwall donde se había levantado una verdadera sucesión de barreras físicas continuas era el que protegía Calais. Y, gracias a la inteligencia suministrada por ARABEL el día anterior, se había impartido la orden de no desviar efectivos a Normandía. En particular, las dieciocho divisiones del 15.º Ejército alemán ni el grueso de tanques blindados Panzer, los más efectivos contra una invasión de aquella naturaleza.

La inquietud debió cundir unos cuantos días después, cuando la pregonada invasión de Calais no había ocurrido todavía y la escaramuza en Normandía, mientras tanto, sumaba miles de bajas alemanas y había llevado a la penetración de los soldados aliados en Europa. Cuando los últimos miembros del generalato se tuvieron que rendir ante la evidencia, era tarde. El desembarco (mejor dicho, el Desembarco) ya había ocurrido y había ocurrido en Normandía. Los agentes de la Abwehr todavía tardaron más tiempo en descubrir que ARABEL no les había dicho ni una sola verdad en los tres años y medio que llevaba al servicio del Reich. Y que los veintisiete miembros de su red de espías e informadores, la más solvente que tenían los nazis sobre el suelo británico, no existían. Todos, del primero al último, se los había inventado él.

Los veintisiete de Garbo

Juan llamó a la puerta de la embajada británica en Madrid en enero de 1941, tres años y medio antes del Desembarco de Normandía. No dijo lo que quería, solo que debía tratarlo con alguien de cierto rango. Como poco, un agregado diplomático. Iba a ofrecerse como espía. Planeaba convertirse en un agente secreto del Reich y actuar, en realidad, al servicio de los Aliados. Aquel día aprendió su primera lección: los espías no llaman a las puertas. Los funcionarios de la embajada le tomaron por un lunático y le pidieron que se fuera. Al final, Juan se tuvo que dar por vencido. Dijo cuatro tonterías y se marchó sin dar guerra. Nadie llamó a la guardia civil. En la España de 1941, mejor ser un loco que un rojo. 

Poco después, Juan contactó con la embajada alemana en Madrid y consiguió, allí sí, que alguien le prestara oídos. El escrutinio duró un mes, pero los alemanes se convencieron: era un devoto del Führer, un verdadero amigo del III Reich. Había cerca de noventa agentes de la Abwehr destinados en Madrid. Juan aprendió los rudimentos del oficio. Le entregaron códigos de cifrado y tinta invisible y le enseñaron algunas técnicas básicas para confeccionar mensajes secretos. También le pusieron un nombre en clave: ALARIC ARABEL. Después de su instrucción, Juan cogió un tren y puso rumbo a Portugal. Todo su patrimonio era una cadena de oro que llevaba cosida en el reverso del cinturón. Eso y tres mil dólares que le habían dado los nazis, completamente inservibles hasta que no consiguiera llegar a Inglaterra y convertirlos en libras esterlinas. Los llevaba enrollados dentro de un tubo de pasta de dientes falso. 

Juan se instala en Estoril, deja pasar un tiempo prudencial y comienza a enviar cartas a los agentes de la Abwehr. Les dice que ya está en Londres. Que ha ido en avión. Que ha corrompido al sobrecargo del vuelo para que transporte sus cartas hasta una caja de depósitos de una sucursal bancaria de Lisboa. Que por eso no tienen sello ni aparecen franqueadas. Que las cartas irán abiertas para que el sobrecargo no sospeche. Luego, vierte información sobre maniobras, desplazamientos de convoyes y otras operaciones militares que tienen lugar en Inglaterra. Todo se lo inventa. Inventa, también, algunos personajes más: un piloto, un estudiante venezolano, el hermano de aquel… Viaja a Lisboa cada cierto tiempo y deja una carta en la caja de depósitos, donde luego la recoge un empleado de la embajada alemana en Lisboa. La Abwehr se convence de que Juan ha diseñado un canal de comunicación seguro y empieza a dejar allí sus propias cartas con instrucciones.

Cuando sabe con seguridad que tiene a los alemanes en el bolsillo, Juan vuelve a la embajada británica. Esta vez, la de Portugal. El resultado es el mismo que en España: puerta. Pero sí consigue, finalmente, entrevistarse con un diplomático del consulado estadounidense en Lisboa. El hombre no cree ni una palabra de lo que dice. Juan habla poco portugués y el inglés solamente lo chapurrea. Nunca ha estado en Inglaterra. Dice documentarse con almanaques, guías de ferrocarril, revistas de lecturas y noticieros cinematográficos. ¿Cómo va a tener engañada a una división entera de la Abwehr? Juan no necesita que dé su palabra por buena: tiene pruebas. Tiene tinta invisible, códigos de cifrado y hasta las cartas con instrucciones que le han remitido a él. El diplomático se excusa y desaparece unos minutos. Un teléfono suena en Washington, otro lo hace en Londres. Tres días más tarde, un agente del MI6, el servicio de inteligencia exterior británico, se persona en Estoril y le dice a Juan que haga las maletas inmediatamente. Se va a vivir a Gran Bretaña.

Al llegar, Juan descubre que es toda una celebridad entre los espías del Reino Unido. Él no; ARABEL. Los británicos llevan un tiempo interceptando las comunicaciones inalámbricas entre Madrid y Berlín. Entre otras cosas, habían descubierto que los nazis tenían un espía español en suelo inglés, un tal ARABEL, entrenado directamente por agentes de la Abwehr. Lo habían buscado, pero no lo habían encontrado. Tampoco a ninguno de sus colaboradores e informadores, y eso que cada día eran más. En el MI5, el servicio de inteligencia interior, la noticia de que ARABEL es un agente doble sienta como maná caído del cielo. Alguien pregunta que quién es el mejor actor del mundo. Alguien responde que Greta Garbo. Juan ingresa en el servicio y recibe ese nombre en clave: GARBO. Solo después desvela otro secreto, el último que le queda: que tiene mujer, Araceli, y un hijo pequeño. Los ha mantenido ocultos para garantizar su seguridad. Con esta revelación, los miembros más cautos de la inteligencia británica se convencen, al fin, de que Juan conoce la lealtad y de que la suya está con el Reino Unido. Los ingleses ponen un avión a la mujer y al niño y reúnen a la familia en Londres.

El MI5 tiene un plan para suministrar desinformación a los alemanes. Lo llaman Operación Fortitude. El objetivo es hacerles creer que el desembarco de los Aliados tendrá lugar en un punto distinto de Normandía. Hay dos escenarios principales: Noruega y Pas-de-Calais, en Francia. El de Noruega hace ver que la coalición se lo jugará todo al factor sorpresa; el de Pas-de-Calais, que optará por el campo de batalla más predecible y apostará meramente por un despliegue de fuerza. Juan comienza a enrolar personajes imaginarios y los coloca en el norte y el sureste de Inglaterra, donde todo parece indicar, según ellos, que se están preparando el desembarco. El camarero gibraltareño, el comunista griego, los fanáticos galeses… Un agente especial de la compañía de correos británica, la Royal Mail, viaja a Lisboa regularmente y deposita sus cartas en la caja, pero el MI5 se impacienta por la lentitud del correo y opta por algo arriesgado: empezar a transmitir por radio. Juan se inventa entonces al veterano de las Brigadas Internacionales con su propio equipo de largo alcance y jubila a los personajes de la aerolínea. El piloto muere de cáncer; el sobrecargo lo traiciona y amenaza con denunciarlo. En parte, Juan escribe aquellos giros para poner a prueba la confianza de los alemanes. Es un éxito: la Abwehr le envía un dineral para que solucione el chantaje del sobrecargo e incluso le ponen una retribución a la viuda del piloto. 

Juan es un espía dotado, pero el mérito no es solo suyo. El MI5 le indica qué debe decir ARABEL y luego se ocupa de dotarlo de credibilidad. Se lanzan brigadas de maniquíes en paracaídas y se despliegan batallones enteros de tanques de mentira. Incluso se llegan a hacer maniobras con efectivos reales solo para que Juan pueda informar sobre ellas a los alemanes sin que otras fuentes le contradigan. Berlín tiene más ojos en Inglaterra que los veintisiete pares de ARABEL. Los propios pilotos de la Luftwaffe hacen vuelos de reconocimiento con frecuencia. El MI5 no deja ni un cabo suelto. Cuando murió el supuesto piloto del vuelo Londres-Lisboa, incluso se publicó un breve obituario en el periódico de aquel día. La Abwehr no llega a cuestionar nunca la verdadera lealtad de ARABEL. Le avalan los hechos y algo, quizá, más importante todavía: la suma imperfección de los agentes de su red. Quitando a dos o tres, todos están engañados o son unos fanáticos o son unos pobres tontos. Juan se aplica tanto ilustrando la mediocridad de ellos y la suya propia que uno de los personajes, BENEDICT, acaba por aventajarlo a ojos de los alemanes. ¿Acaso hay prueba mayor de la honestidad del cabecilla que dejarse eclipsar, sin saberlo, por uno de sus subalternos? 

Los veintisiete de Arabel
The Garbo Network, un esquema que representa la red de espías puesta en marcha por Garbo. Imagen: The National Archives.

El Desembarco de Normandía empieza al amanecer del 6 de junio de 1944. Como prueba del éxito de la Operación Fortitude, un detalle: Erwin Rommel, el mariscal de campo responsable de la defensa de Normandía, ni siquiera está allí aquel día. Está de permiso en Ulm, a ochocientos kilómetros de distancia, celebrando el cumpleaños de su esposa. En Berlín, Hitler tampoco reacciona: ha dado instrucciones de que no se le despierte. Se levanta a las once de la mañana, desayuna con tranquilidad y luego ordena que nadie abandone la defensa de Calais para plantar batalla en Normandía. Los nazis tardarán horas en enviar los primeros refuerzos a la zona y días en convencerse de que aquel es el objetivo real de los Aliados. Se limitan a defender las playas y no emprenden un contraataque verdadero, que se reservan para la supuesta invasión de Calais. A aquello, una vez más, Juan contribuye de forma decisiva. Los espías de ARABEL se reúnen de urgencia el día después del desembarco y transmiten urgentemente las averiguaciones que han hecho al respecto. ARABEL envía un mensaje inequívoco a la Abwehr: el ataque aliado es una maniobra de distracción. Tiene como objetivo movilizar los efectivos del ejército alemán hacia Normandía y dejar desprotegido el lugar de la verdadera ofensiva, que será Pas-de-Calais. El mensaje cundió. Berlín se refrenó tanto en los primeros compases de la refriega que algunos de sus efectivos estuvieron retenidos hasta julio. También sabemos que Juan recibió la Cruz de Hierro del III Reich. El mensaje decía que el Führer se la había concedido por sus «méritos extraordinarios» y que aquella medalla solo se entregaba, «sin excepción», a los combatientes de primera línea. Fue el 29 de julio de 1944, casi dos meses después del Desembarco de Normandía. Faltaba menos de un año para que Alemania perdiera la guerra.

Juan tuvo dos vidas. La primera fue esta. La segunda empezó en 1948, cuando tenía treinta y seis años. Nuevo país, nueva identidad, nueva familia. El epílogo llegó en 1984, cuando un historiador militar y expolítico británico, Rupert Allason, acabó dando con él. Entonces, el mundo ya era otro. Juan se vio con Allason en Nueva Orleans y accedió a escribir un libro con él. Ingresó en la Orden del Imperio Británico y se convirtió, de esta forma, en la única persona condecorada por los dos bandos de la Segunda Guerra Mundial. También participó en las conmemoraciones del cuarenta aniversario del Desembarco de Normandía. Muy delicado de salud, murió cuatro años después, en 1988. Desde entonces, se han escrito un sinfín de libros, películas y documentales sobre su caso. 

Unas anotaciones necesarias sobre la veracidad de esta historia

Hubo decenas de agentes dobles durante la Segunda Guerra Mundial. Formaban parte de una operación puesta en marcha por el MI5 para captar espías alemanes en suelo británico y convertirlos en agentes al servicio de Gran Bretaña. La mayoría de los espías del Double-Cross System, como acabó conociéndose el operativo, actuaron igual que Juan Pujol García: hicieron creer a la Abwehr que seguían a las órdenes de Alemania y obraron, en realidad, al servicio de los Aliados. Una parte importante de estos espías no tuvieron que ser detectados por los británicos. Desmotivados o destinados a la fuerza, sencillamente se entregaron al MI5 por su propia iniciativa. 

Toda la información de esta pieza procede de Operation Garbo: The Personal Story of the Most Successful Spy of World War II. Es el libro que escribieron el propio Juan Pujol García y Nigel West, pseudónimo de Rupert Allason, en 1985. También de la sección dedicada al espía en la página web del MI5, en la de The National Archives y de la propia web dedicada específicamente a su figura, puesta en marcha por su familia. En la mayoría de reseñas que se hacen de la historia de Juan Pujol García no se pone en duda que su lealtad fuese con los Aliados desde el primer momento, como él relata en su libro, o que actuase en todo punto movido por convicciones políticas pacifistas. 

Esta es la historia de una mentira monumental contada en todo punto por el propio mentiroso. Es una historia que encierra una contradicción. Quienes la creen al cien por cien, pensando que su protagonista les está diciendo la verdad, le están negando, en realidad, la habilidad que dicen reconocerle: la de engañar con eficacia. Quienes la ponen en duda, creyendo que el protagonista está mintiendo, son, paradójicamente, quienes atribuyen al personaje los rasgos que este demuestra tener en la propia historia. Este dilema tiene nombre: paradoja de Epiménides. Es tan viejo como el mundo.

Nosotros, aquí, no podemos ofrecerle una solución. Nuestro consejo para usted, que lee estas líneas, es que acuda al libro. Es una lectura cautivadora y un trabajo de redacción impecable en fondo y forma. Si tiene suerte, al terminarlo, se convencerá de que la historia que cuenta es verdad o de que la historia que cuenta es mentira. Y, si tiene más suerte todavía, seguirá dudando después de acabarlo y acometerá la hazaña verdadera: conformarse con no saber quién habla, si Garbo o Arabel. Es lo verdaderamente fascinante que tiene la historia de Juan Pujol García.

Los veintisiete de Arabel
Juan Pujol García vestido con normalidad y de incógnito. Fotografías: The National Archives.

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Un comentario

  1. José Luis

    Aunque ya conocía someramente la historia de Garbo, es realmente fascinante, y este artículo tan bien escrito no hace sino aumentar las ganas de ahondar en la vida de este personaje que, salvando las distancias, no deja de ser un pícaro español trasladado a las vicisitudes de la primera mitad del S.XX.

    Un saludo!

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