
En cierta mañana del año 415 a. C., después de una noche sin luna que tuvo lugar en los últimos días de primavera, los vecinos de Atenas se encontraron con cientos de orejas, narices y penes de piedra esparcidos por todo el suelo de la ciudad. Los hermas de Atenas, todos ellos, habían sido mutilados a martillazos.
Los hermas eran pilares de mármol o piedra caliza con una altura y un volumen parecidos a los de un ser humano corriente. Representaban al dios Hermes, pero solo incorporaban dos elementos verdaderamente antropomorfos: un busto esculpido en lo alto, rematando el pilar por arriba, y un falo en erección sobre su cara frontal, a la altura que le correspondería en una estatua ordinaria. Eran un símbolo religioso, pero debemos pensar en ellos, sobre todo, como una parte integral del mobiliario urbano de las polis griegas. Servían para delimitar fincas y distritos, señalar direcciones, adornar espacios públicos y privados y para muchas cosas más. Hoy se cree que eran numerosísimos, prácticamente ubicuos, en la Atenas de la época.
Para hacernos una idea de la gravedad que revistió el acontecimiento basta con escuchar lo que dijo Tucídides al respecto: que la mutilación de los hermas «daba la impresión de estar en conexión con una conjura con vistas a una revolución y al derrocamiento de la democracia»1. El cronista también indica que desató un episodio muy grave de delaciones sin fundamento y persecuciones judiciales injustificadas: «Sospechando de todo y aceptando todas las denuncias, los atenienses arrestaban y ponían en prisión, dando crédito a hombres de escasa honestidad, a ciudadanos absolutamente honrados»2. Plutarco, el otro autor de referencia en lo tocante a este suceso, se detiene sobre la cuestión en sus Vidas paralelas y viene a decir lo mismo: que los ciudadanos de la polis «se llenaron de terror con lo sucedido, atribuyéndolo a alguna conjuración fraguada con grandes miras»3 y que reaccionaron «conduciendo y encerrando en la cárcel a cualquiera que era denunciado»4. Incluso se acuñó un nombre para designar a quien fuera acusado de haber mutilado a las estatuas, como si se tratase de una nueva clase de criminal: hermocópida5.
El escándalo de los hermocópidas constituye uno de los mayores enigmas que nos ha legado la Antigüedad. No sabemos quién perpetró el ataque ni qué objetivo perseguía. De hecho, ni siquiera tenemos claro cómo se debería denominar al propio acontecimiento: sacrilegio, acto de vandalismo, ataque terrorista… Lo paradójico es que, igual que ocurre al leer una buena novela de misterio, conocemos con precisión los detalles que rodean al crimen y creemos tener ante nosotros todos los indicios que deberían permitirnos resolverlo; simplemente ocurre que no logramos hacerlo.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Buen artículo. Hermes es dios de las lindes y umbrales y de quienes por oficio han de traspasarlas; también nos hace pasar la última. Muy interesante las cuestiones etimológicas sobre el teónimo; el lineal b mudó toda la filología griega.
Este suceso sacrílego inició el fin de la hegemonía ateniense y su democracia. Alcibíades era el chivo expiatorio ideal: rico, escandaloso, hermoso, culto y ambicioso. No tendría mucho sentido que hubiera sido él, muy ocupado en preparar lo de Sicilia. ¿Quiénes lo hicieron? La respuesta al cui prodest sería a los enemigos del régimen democrático. Los demócratas atenienses eran devotos hasta la superstición; en unos años Sócrates lo comprobaría en propia piel.
Muy interesante! Esperamos la segunda parte con ganas.
La mencion a Calaso era de rigor…
El misterio de los Hermas es hoy el de la utilizacion de la demarcacion de los espacios publicos, en especial la calle, para impulsar los reclamos ciudadanos que no resuelve el estado. Y asi el estado ordena la circulacion del ciudadano motorizado en detrimento del ciudadano de a pie, imponiendo la inclinacion del fiel de la justicia para el lado que mejor representa, que no es justamente el del ciudadano de a pie.
Pingback: Iconografía homoerótica en la Grecia clásica: metáforas pictóricas de resistencia queer - Jot Down Cultural Magazine