
Siempre he tenido dificultades para definir este género que me apasiona, más allá de una concatenación —ciencia ficción, fantasía, terror— o una negación —no realista—. La expresión «ficción especulativa» quizá sea la mejor para abarcar esos contenidos que se acercan a los grandes temas de la humanidad desde una perspectiva completamente ajena a nuestro mundo cotidiano. O que nos muestran atisbos de mundos que nos sacan de la complicada y a menudo poco estimulante realidad que nos rodea. En todo caso, estas señaladas fechas son las mejores para echar una mirada a lo que nos ha deparado 2024 en tan variopinta categoría a través de las múltiples plataformas de streaming.
Para limitar la necesaria parcialidad causada por la avalancha de contenidos que caracteriza nuestro tiempo, este repaso se centra en el formato serie. Junto a cada una de ellas se menciona el nombre del o de los creadores o showrunners, además de la plataforma en la que se puede ver actualmente en España, que puede o no ser la responsable de su producción.
Ciencia ficción
Tengo la impresión de que a la ciencia ficción le está costando encontrar un hueco en la oferta de las plataformas, que sin duda prefiere géneros más baratos de llevar a la pantalla y que aseguren una base más amplia de intereses. Por suerte, todo apunta a que también es un ingrediente que muchos responsables de programación consideran esencial para su mezcla de contenidos: disfrutemos sin preguntar demasiado. En todo caso, es cierto que echamos de menos la presencia de una serie emblemática como la añorada The Expanse y eso que varios títulos parecen estar intentado hacerse hueco en el corazoncito de los aficionados, en especial de la mano de una muy activa AppleTV.
La primera temporada de Dark Matter —Blake Crouch, AppleTV — adapta la totalidad de la novela en la que se basa, lo que no ha impedido su renovación. Con una historia intrigante, ideas muy potentes y una plasmación impecable —en la que destacan las actuaciones de Joel Edgerton y Jennifer Connelly— esta serie sobre universos paralelos está cerca de ser de lo mejor del año. Le disputa el puesto Fallout —Geneva Robertson y Graham Warner, Prime—, una extremadamente divertida y brillante versión de la exitosa serie de videojuegos. Preñada de espectaculares escenarios y personajes de una enorme fuerza, liderados por una increíblemente versátil Ella Purnell y un enorme Walter Goggins, que se desdobla como peculiar actor de los 50 y «entrañable» ghoul.
Solo un peldaño por debajo estaría El problema de los 3 cuerpos —Benioff, Weiss y Woo, Netflix—, título de alto concepto que proviene de una fuente literaria, la novela del chino Cixin Liu, de enorme personalidad, éxito y extensión. Su ambición es también el problema que lo lastra. No obstante, la adaptación es meritoria, con enormes valores de producción, decisiones arriesgadas para «occidentalizar» la historia sin distorsionarla, un elenco protagonista poco conocido —pero con secundarios de lujo, como Liam Cunninghan, Benedict Wong o Jonathan Pryce — y una continua lucha por plasmar adecuadamente la enormidad del argumento con el que tiene que tratar.
Junto a ella también situaríamos la gran sorpresa del año, Dune: Prophecy, —Diane Ademu-John y Alison Schapker, Max—. La serie aprovecha la estela de la exitosa bilogía —de momento— de Villeneuve, con la que quiere establecer lazos estéticos y de narrativa. Parte de un material poco apreciado, las continuaciones que el hijo de Frank Herbert hizo de la novela de su padre, pero las showrunners han sabido darle un toque a lo Juego de tronos, serie en la que claramente se mira, que la hacen muy atractiva, con un elenco encabezado con brillantez por actrices de raza como Emily Watson u Olivia Williams —y un grupo de jóvenes promesas que, quizá, necesiten aún un cierto pulido.
Por su parte, la inicialmente intrigante Constelacion —Peter Harness, AppleTV— terminó siendo cancelada. Mezcla de terror psicológico y multiversos, envuelve a estos en una explicación más plausible desde un punto de vista científico, mediante conceptos asociados a la mecánica cuántica. La serie, que va de más a menos, se puede ver en su actual estado porque la historia estaba más o menos contada, aunque trató de abrir nuevas líneas argumentales un último episodio bastante peculiar. Lo mejor, la actuación de Naomi Rapace. Y aprovechamos para reseñar aquí la alemana La señal —Gottmann, Hilger y Zimmermann, Netflix—, con la que tiene ciertos elementos en común, ya que ambas empiezan con mujeres que sufren extrañas experiencias en la Estación Espacial Internacional. Tras un inicio muy prometedor, cae en los peores clichés y culmina con un final muy cuestionable.
Algo similar ocurre con Sunny —Katie Robbins, AppleTV— liderada por una inmensa Rashida Jones intentando escapar de su habitual rol cómico. Se trata de una peculiar reflexión sobre la soledad y el alienamiento de una occidental en un país tan complejo como Japón y se concreta en la peculiar relación entre una expatriada que ha perdido a su familia en un accidente aéreo y el inquietante robot que le da título. Hacia el final cae un tanto en los tópicos habituales, yakuza mediante, pero su única temporada —tampoco va a tener continuidad— también merece un visionado. El adorable Sunny es de lo más «creepy» que se ha paseado por nuestras pantallas este año…
Lamentablemente, el visionado de Outer Range —Brian Watkins, Prime— es difícil de recomendar. No por sí misma, sino porque se ha anunciado que su recién estrenada segunda temporada será la última, pese a que deja muchos de sus argumentos abiertos. Se trata de un weird western, que mezcla conceptos de Yellowstone y Stranger Things, cuyo principal problema es que no sabe hacia qué lado definirse. Las destacables actuaciones de Josh Brolin o Tamara Podensky no han salvado esta historia de disputas por unas tierras mezcladas con un misterioso agujero que permite viajar por el tiempo.
The Walking Dead se resiste a morir y ha renacido en forma de diversos spin-offs alrededor de sus protagonistas, que este año nos ha dado la bastante aceptable The ones who live —Gimple, Gurira y Lincoln, AMC+—. También tenemos que incluir aquí una serie cuya mera cita en este apartado ya se convierte en un espóiler: si te gusta la ciencia ficción, tienes que ver Sugar — Mark Protosevich, AppleTV—. No te dejes engañar por su aspecto neo-noir, con Colin Farrell como peculiar detective y permanece en ella algunos episodios, que el final te sorprenderá…
Cuando esto se escribe, la segunda temporada de Silo —Graham Yost, AppleTV— mantiene el tipo. La plataforma de la manzana —en un movimiento poco habitual— ha anunciado que le concede dos temporadas adicionales, hasta un total de cuatro, para contar la trilogía en la que se basa. Una distopía claustrofóbica que nos muestra a los últimos remanentes de la humanidad encerrados en un búnker y sometidos a una inquietante red de mentiras para mantenerlos allí. Con pesos pesados en su elenco, como la «primera dama de la ciencia ficción» Rebecca Fergusson y Tim Robbins, es de lo mejor que el género nos está ofreciendo estos últimos tiempos.
A la franquicia Star Trek, emblema de la ciencia ficción televisiva, le cuesta encontrar la acogida que merece en nuestro país. Lo cierto es que lleva unos años dando bandazos, aunque la esperanzadora Strange New Worlds tiene muchas papeletas para convertirse en la anhelada serie insignia que devuelva el éxito al universo de Roddenberry. Este año ha tocado la despedida de Star Trek: Discovery —Bryan Fuller, SkyShowtime— en su quinta temporada. Lamentablemente, la serie no ha sabido encontrar su sitio cuando, en aras de la continuidad, la lanzaron a un futuro muy, muy lejano. Sus guiones constituyen un canto a la épica fallida, en un conjunto de historias repetitivas con poco o nulo impacto. Un exceso de su protagonista, Sonequa Martin-Green, tampoco le ha hecho bien.
Todo lo contrario ocurre a las dos series de animación que la han acompañado este año. Por un lado, ese canto a la nostalgia y al cariño al universo Trek que es Star Trek: Lower Decks —Mike McMahan, SkyShowtime—. La tripulación de la nave Cerritos se despide en esta su cuarta temporada, dejando muy alto el pabellón. Y por otro, una serie infantil, pero no por ello menos interesante, Star Trek: Prodigy —Dan y Kevin Hageman, SkyShowtime—. Prodigy resume en sus historias todo lo que ha hecho memorable este universo y solo podemos desear que reciba una tercera temporada, aun no confirmada.
Star Wars coquetea tanto con la ciencia ficción como con la fantasía, incluyendo tropos de ambos géneros, aunque su entorno lo ubique tradicionalmente en la primera. Recientemente se ha anunciado una nueva trilogía de la mano de Simon Kinberg, pero hoy por hoy está pasando por un momento de crisis, tras su convulsa tercera trilogía y unos spin-offs que no han capturado el corazón de su afición.
Como tampoco lo ha hecho la ciertamente irregular The Acolyte —Leslie Headland, Disney+—. Se necesitaría mucho más espacio del que aquí le podemos dedicar para entender qué ha pasado con una serie que lo tenía todo en su mano para convertirse en un éxito, incluyendo un abultado presupuesto. Quizá sea su trama, muy simple pero encerrada en una exposición artificiosamente compleja o que está repleta de personajes sin desarrollo pese a su interés, frente a otros menos cautivadores con mucha más exposición… Las audiencias no la acompañaron y ha sido cancelada.
Star Wars: Tripulación perdida o su mucho más expresivo título original, Skeleton Crew —John Wats y Christopher Ford, Disney+— es un título sorprendentemente refrescante, una historia de piratas espaciales que intenta parecerse a la ochentera Los Goonies y, simultáneamente, atraer a una audiencia joven. Protagonizada por Jude Law y sin ataduras con el complejo «lore» de la franquicia es justo lo que aspira a ser: una serie divertida, con orientación infantil, pero disfrutable por la audiencia adulta.
Por parte de la animación, hemos despedido a la magnífica El Lote Malo —Dave Filoni, Disney+—, que en su tercera temporada ha estado a la altura esperada. Mientras que las Crónicas del Imperio —Dave Filoni, Disney+—, han mantenido el tipo de las previas Crónicas Jedi, pero sin brillar en exceso. Resulta algo preocupante para el universo de Lucas que entre lo más interesante de los últimos meses esté la muy divertida Lego Star Wars: Reconstruye la galaxia —Dan Hernandez y Benji Samit, Disney+—.
Sin abandonar el medio animado, que tantas alegrías nos está dando, hay que destacar que el año nos ha traído la primera historia interesante en el mundo de Terminator desde la secuela de James Cameron con la japonesa Terminator: Zero — Mattson Tomlin, Netflix—; una muy interesante serie en el mundo de Gundam; otra temporada de Rick & Morty, que empiezan a mostrar cierta fatiga; y un par de maravillas que pueden pasar desapercibidas por su orientación infantil: el deslumbrante postapocalipsis de WondLA —AppleTV— y la incursión en el afrofuturismo que es Iwajú —Disney+—.
La casi única aportación española a este apartado nos llega a punto de terminar el año: la adaptación del podcast de Manuel Bartual y Carmen Pacheco. En Santuario — Rodrigo Ruiz-Gallardón y Zoe Berriatúa, Atresplayer—, las mujeres están obligadas a pasar sus embarazos en una cúpula diseñada para evitar la contaminación fruto de una catástrofe climática. Aura Garrido y Lucía Guerrero encabezan el elenco de la productora de Álex de la Iglesia y Carolina Bang. Con claras reminiscencias de El cuento de la criada, cuando esto se escribe solo están disponibles los dos primeros capítulos. Otras serie que podríamos encajar aquí son la muy olvidable Desde el mañana —Daniel Écija, Disney+— o esa gamberrada no-postapocalíptica que es En fin —David Sainz, Prime—.
Tan solo apuntar que el año ha producido, además, tres películas de gran calidad: Dune II, Mad Max: Furiosa y Alien: Romulus, aunque resulta preocupante que todas ellas sean secuelas o reinicios de IP antiguas.
Fantasía
El mundo de la fantasía televisiva tiene fronteras algo más imprecisas, que nos permiten categorizar con ella obras de muy diversa entidad, que van desde reinos fabulosos a pueblos fantasmagóricos de los que no se puede salir. De forma bastante natural, es la animación parece que se está convirtiendo en el medio preferido para este tipo de títulos y la que mejores resultados nos está ofreciendo.
Este año hemos asistido al enfrentamiento de dos franquicias por el trono de la fantasía en su manifestación más pura. Por un lado, La Casa del Dragón — Ryan J. Condal y George R. R. Martin, HBO— y por otro, Los Anillos de Poder —Patrick McCay y John D. Payne, Prime—. La precuela de Juego de Tronos ha entregado una segunda temporada un tanto menos brillante que su predecesora, pero que se sigue con interés. Un tanto expositiva, se apuntala con firmeza sobre escenas de acción de enorme potencia gracias a sus espectaculares dragones. Emma D’Arcy y Olivia Cook han brillado especialmente en la cabecera de sus respectivas mesas.
La moderna incursión en el mundo de Tolkien, por su parte, sigue enfrentándose a un vendaval de críticas que poco tienen que ver con su contenido. En esta segunda temporada ha conseguido solucionar buena parte de los problemas que le aquejaron en la anterior, aunque aún le cuesta encontrar un adecuado equilibrio entre su ritmo narrativo y la diversidad de arcos argumentales que maneja. A destacar el psicodrama protagonizado por un muy crecido Charlie Vickers, Sauron, y el veterano Charles Edwards, Celebrimbor. Ambos universos fantásticos volverán a cruzar espadas en un par de años.
From —John Griffin, Max— ha seguido profundizando en los misterios de ese pueblo del que nadie puede salir, sin llegar a revelar prácticamente nada. Aunque muchos empiezan a tener la mosca detrás de la oreja y ya sospechan que nos van a hacer un Lost, otros conservamos la esperanza y anhelamos un salto espectacular en esa cuarta temporada, que ya ha sido anunciada para 2026. Harold Perrineau sigue al frente de un elenco que, lamentablemente, no suele brillar a la altura que sería deseable.
En 2024 hemos asistido al esperado relanzamiento de Doctor Who —Russell T. Davies, Disney— que rompe con la numeración anterior —es la primera temporada, no la decimocuarta— en un intento de atraer nuevo público. Así, mezcla el regreso de nombres de peso, como el mismo Davies o Steven Moffat, con la inclusión de protagonistas más cercanos a la nueva generación, como Ncuti Gatwa —que ha encarnado a la perfección el espíritu del doctor— o Millie Gibson. La serie ha producido uno de esos episodios que se te quedan en la memoria —«73 yardas»—, junto a otros que da cierta vergüenza recordar, pero con una calidad media muy alta. Recién estrenado su tradicional especial navideño, es muy posible que tengamos la nueva temporada en 2025, con una nueva «companion», Varada Sethu.
La versión life-action de Avatar, la leyenda de Aang —Albert Kim, Netflix— ha supuesto todo un descubrimiento personal. No se debe confundir con la franquicia de Cameron: esta se basa en la exitosa serie de animación de los 2000 emitida en Nickelodeon, a la que en nuestro país no se le tiene el cariño que recibe en Estados Unidos. Tras la olvidable película de hace unos años, esta adaptación sí ha sabido capturar lo mejor de su original. Orientada sin complejos a un público infantil, quizá tenga un ritmo excesivamente frenético y falto de sutileza. Con mucho dinero detrás, escenas de acción notables y efectos al límite de la credibilidad, volverá durante dos temporadas adicionales, en las que sus responsables tendrán que empaquetar todo lo que resta de la historia.
No dejo de pensar que la malograda Los Detectives Muertos —Steve Yockey, Netflix— suponía una especie de Who a la americana. Esta historia partía de un spin-off de la serie Sandman, de Neil Gaiman, y contaba las aventuras de un par de detectives fantasma en la abigarrada mitología creada por su autor. De proyección eminentemente young adult, presentaba buenas maneras, con notables actuaciones y valores de producción. Es posible que las acusaciones de abuso sexual que pesan sobre Gaiman hayan influido en la ya draconiana política de la plataforma para cancelarla en esta su primera temporada.
Otra cancelación bastante injusta ha sido, a mi parecer, la de Time Bandits —Clement, Morris y Waitity, AppleTV—. Tengo una relación de amor-odio con Taika Waititi, pero esta actualización de Los héroes del tiempo de Gilliam me pareció especialmente entrañable. El ser claramente más infantil y menos comprometida que su remoto original ha jugado en su contra, pese a que nos ha permitido ver a Lisa Kudrow en un papel muy alejado del habitual. En cambio, me ha parecido muy merecida la cancelación de ese despropósito que es Kaos —Charlie Covell, Netflix—, que ni los más fanáticos admiradores de Jeff Goldblum han podido salvar.
Dos series de animación constituyen el top de esta categoría en 2024. Por un lado, la inmensa Arcane —Christian Linke y Alex Yee, Netflix—, una rara avis que cuenta una emotiva historia situada en el mundo del videojuego League of Legend, cuyos productores tienen el dinero por castigo y que ha cautivado a toda una generación. Y por otro, el original acercamiento a la mitología nórdica que es El ocaso de los dioses —Carrasco, Oliva y Snyder, Netflix—. Adulta, violenta, pasional… con un estilo de animación muy característico, es de lo mejor que ha hecho su autor en cualquier medio en los últimos años y altamente recomendable.
La fluidez del subgénero nos permite incluir aquí la cuidadosa adaptación de la cumbre del realismo mágico, la colombiana Cien Años de Soledad —Alex García López y Laura Mora, Netflix— que, pese a mi escepticismo inicial, está resultando ser muy acertada. Como también lo fue la versión fílmica de Pedro Páramo. Dirigida por el famoso director de fotografía mexicano, Rodrigo Prieto, y con un magnífico Manuel García-Rulfo—conocido por su encarnación de El abogado del Lincoln y que es pariente del autor de la novela— al frente, esta narración emotiva, hermosa y que destaca por su detallada recreación histórica.
Sin abandonar el formato largo, lo cierto es que el año ha sido bastante magro en este apartado: lo más destacable es el musical Wicked y las decepciones relativamente esperables de la nueva de Hellboy, The Crooked Man o el reboot de The Crow. La incursión del anime en el mundo de Tolkien representada por La guerra de los Rohirrim ha sido correcta, con una animación preciosista, pero falla en entregar el aspecto épico que prometía y llega a hacerse larga. También en plataformas, la presencia de una carismática Millie Bobbie Brown no ha salvado Damsel, la incursión del orgullo patrio Juan Carlos Fresnadillo en el mundo de la fantasía, a la que se nota falta de fuerza y dinero.
Terror
Cada día resulta más difícil encontrar historias sobrenaturales que realmente den miedo. Para completar esta categoría tenemos que incluir obras que en realidad son de fantasía oscura, parodias o, directa y algo contradictoriamente, comedias. Que en algún caso son realmente buenas, pero que no contribuyen a un género que parece entregado al formato slasher en sagas interminables dirigidas al público adolescente. Solo el terror más terrenal, anclado en lo psicológico parece querer hacerse un hueco entre las plataformas.
Them: El miedo —Little Marvin, Prime— es de las que sí que provocan escalofríos, lo que la sitúa entre lo mejor de año. Es la segunda entrega de una serie que espera consolidarse como antología —en la línea de American Horror Story—. En esta ocasión, se ambienta en los años 90, cuya estética reivindica, y se aleja de los resortes más violentos que tanta polémica crearon en la primera temporada. Esta centrada en la detective Dawn Reeve —una magnífica Deborah Ayorinde— y en como la investigación de varios crímenes horribles comienza a afectar a su vida personal y familiar, mientras explora temas como la manipulación y los miedos colectivos, sin dejar de lado la denuncia del racismo.
La coreana Parasyte: los grises —Yeon Shang-ho, Netflix— es otra muestra de lo mejor que hemos podido ver este año, con un tono completamente distinto. Adapta un manga y tiene una imaginería realmente potente, que llega a estremecer mucho más que los sobrexplotados zombis occidentales. Sus seis episodios se ven en un suspiro, aunque resulta un tanto insatisfactoria al dejar sin explorar muchos de sus temas. Y aprovechando que estamos en Corea, incluyamos aquí la segunda temporada de El juego del calamar — Hwang Dong-hyuk, Netflix—. Superada la sorpresa de la primera, lo que hemos visto de la segunda tanda ha perdido algo del shock inicial, aunque resulte más violenta y terrorífica que su predecesora. Sus responsables han querido tocar temas más comprometidos y el desarrollo de personajes es mucho mejor, destacando el descubrimiento que supone Pak Sung-hoon, el jugador trans, un ejemplo de inclusión no forzada en una serie.
Before —Sarah Thorp, AppleTV— es una mezcla de terror psicológico y sobrenatural que no se atreve a llegar donde debe para poder alcanzar un auténtico impacto. En todo caso, constituye una muy interesante miniserie, con un Billy Cristal completamente desconocido en el papel de un psicólogo infantil que descubre una extraña conexión entre la muerte de su esposa y uno de sus jóvenes pacientes.
Que no te engañen: Entrevista con el vampiro —Rolin Jones, AMC+— no es una serie de terror, aunque todos sus protagonistas sobrevivan a base de absorber sangre: es un melodrama pasional, sexy, oscuro y fascinante. A esta nueva entrega del «Immortal Universe» de Anne Rice le cuesta un poco arrancar, pero el resultado final es realmente espectacular. Termina la novela que adapta y prepara el camino para el regreso triunfal de Lestat, que veremos en un par de años. Entretanto, en enero podremos disfrutar de su serie «hermana», Las brujas de Mayfair.
Lo que hacemos en las sombras —Jemaine Clemens, Disney— tampoco es una serie de terror. Es una comedia-sátira, casi una sit-com, alrededor de un grupo de vampiros que comparten un piso en Nueva York. Juega con todos los clichés vampíricos y sobrenaturales que puede y, en general, es muy divertida, aunque está fuertemente orientada a la generación millenial. Ha conseguido alcanzar la nada despreciable cifra de seis temporadas, despidiéndose a lo grande este año 2024.
Hysteria! —Mathew Scott Kane, SkyShowtime— explota la, justamente, histeria satánica que inundó los suburbios norteamericanos de los ochenta para entregarnos una miniserie cuyo principal problema es que no se decide entre la comedia y el horror. Podría pasar perfectamente por un spin-off de Stranger Things para el pronto extinto Disney Channel. En todo caso, merece un visionado.
Por su parte, Teacup — Ian McCulloch, SkyShowtime— es una intrigante historia claustrofóbica, inspirada en la novela Stinger de Robert McCammon, que tiene un problema de escala para los conocedores de la obra. Actualmente, sigue en emisión. Y también en SkyShowtime podemos ver la primera temporada de Evil, serie poco conocida entre nosotros, creada por el matrimonio Robert y Michelle King —creadores de The Good Wife— y que ha emitido este año su última temporada en Estados Unidos. Sigue a un peculiar trío de investigadores contratados por la iglesia católica para investigar sucesos paranormales y cómo estos van afectándoles en su vida personal.
Grotesquerie —Murphy, Baitz y Baken, Disney— es otra miniserie que ha tenido muy buena acogida y que mezcla el género con el thriller más convencional. Barroca y surreal en muchas ocasiones, explícita hasta lo gore, funciona especialmente bien gracias a la química entre sus dos protagonistas, la cínica policía interpretada por Niecy Nash-Betts y la peculiar monja enamorada de los crímenes violentos que encarna Micaela Diamond. Hay que señalar que camina hacia un final poco satisfactorio, muy en la línea de Murphy, que es el creador de la mencionada American Horror Story.
No puedo dejar de incluir aquí una de mis series favoritas del año, True Detective: Noche Polar — Issa López, Max—. La cuarta entrega de la antológica True Detective, que en su primera temporada nos deleitó con la mejor televisión de la década pasada, vino de la mano de una nueva showrunner y, por primera vez, con una pareja femenina al frente, formada por la siempre impresionante Jodie Foster y la debutante Kali Reis. Un emocionante misterio en la noche eterna de Alaska, con toques sobrenaturales y denuncia de abusos contra los indígenas, la serie fue renovada para una quinta temporada, de la mano de la misma creadora.
La aportación española de este año se resume básicamente en dos series. Uno, la casi desconocida Hay algo en el bosque —en el también poco conocido Canal Dark, parte de AMC—, una serie de episodios autoconclusivos que juegan a ser serie B quizá más por necesidad que por vocación. Y dos, La última noche en Tremor —Oriol Paulo, Netflix—, que creíamos que iba a ser el thriller psicológico de la temporada y ha resultado ser un conjunto de trampas poco estimulante. Su distribución en capítulos muy largos y la dispersión de la trama tampoco han ayudado, aunque destacan el trabajo de Ana Polvorosa y el actor que susurra a las cámaras, Javier Rey.
La animación es un medio poco explotado por el terror occidental, en parte por el estigma infantil que arrastra, así que suele ser un segmento copado por producciones asiáticas. Es una pena que problemas de producción hayan malogrado la adaptación de Uzumaki —Max—, un manga que constituye una de las cumbres del horror cósmico de los últimos tiempos, del que solo resulta aceptable su primer episodio. En Netflix se han podido ver este año los Relatos Japoneses de lo Macabro del mismo autor, Junji Ito, que aunque no llegan a transmitir el terror de su versión impresa, resultan interesantes.
Y en el cine, lo más remarcable han sido la muy digna incursión de Robert Eggers en el mito de Nosferatu y la impresionante La sustancia, dirigida por Coralie Fargeat y con una Demi Moore que se nos estaba olvidando. En plataformas, hay que destacar la nueva y algo decepcionante adaptación de El misterio de Salem’s Lot junto a una muy interesante aportación patria, Estación Rocafort, sobre leyendas urbanas en el metro de Barcelona.
Superhéroes
El género de superhéroes hace tiempo que se ganó un espacio propio dentro de la ficción especulativa, especialmente gracias a ese fenómeno llamado MCU que sacudió las carteleras durante las primeras décadas del siglo. En estas sus postrimerías, busca un acomodo distinto en los gustos del público que le esta costando encontrar y en el que estos meses no han resultado especialmente provechosos…
The Boys —Eric Kripke, Prime— constituye, sin duda, el punto álgido del año, dando continuidad a su notable spin-off, GenV. Entre la gamberrada y la denuncia, está sátira ultraviolenta del género ha conquistado un seguimiento fiel y ha mantenido el tipo en su cuarta temporada. El histriónico personaje de Anthony Starr, Homelander, sigue derrochando carisma y otros fluidos, aunque algunos de sus seguidores se están dando cuenta de que, en realidad, constituye una feroz crítica al alt right estadounidense. Han prometido volver en 2026 aún más salvajes.
Invencible —Robert Kirkman, Prime—, por su parte, guarda ciertos paralelismos con la anterior, ya que también lleva a sus últimas consecuencias las convenciones de los superhéroes, con resultados poco deseables para el común de los humanos. Está serie de animación adapta otra obra del creador de The Walking Dead y, aunque esta segunda temporada esté un punto por debajo de la potencia de la inicial, lo compensa un mejor desarrollo de personajes y una apreciable mejora en la animación.
Por su parte, The Umbrella Academy —Steve Blackman y Jeremy Slater, Netflix— ha emitido su cuarta y última temporada en 2024. Basada en el comic de Gerard Way, gira alrededor de una peculiar familia de acogida con superpoderes, un grupo de inadaptados en un universo propio extremadamente rico, que se las arregla para destruir varias versiones de nuestro mundo en sucesivas temporadas. El punto final que se le ha dado resulta bastante decepcionante, por mediocre y apresurado. Una saga con la imaginación que derrocha esta serie merecía mejor colofón.
Supacell —Rapman, Netflix— es un intento británico de serie de superhéroes juvenil, cuya inspiración más cercana sería la añorada Héroes, al tiempo que expone la a menudo complicada situación de la población negra en los suburbios de Londres. La hiperracialización de su elenco forma parte de su mensaje y puede suponer un problema para acceder a ella. Además, concede un espacio un tanto excesivo para una serie de solo seis episodios a dar a conocer los problemas cotidianos de sus cinco superhéroes. Superado todo esto, la serie, sus personajes y la historia te enganchan hasta el final y prueba de ello es que se han ganado una segunda temporada.
Por mucho que duela a los fans de DC, si hablamos de superhéroes en pantalla, hablamos de Marvel. La versión fílmica de la Casa de las Ideas está claramente en stand-by, a la espera que los múltiples proyectos de 2025 le devuelvan su pasada gloria, tras el irregular resultado de su fase de multiversos. Deadpool & Wolverine parece que ha proporcionado algo de aire, aunque el carácter «meta» de la peli protagonizada por Reynolds y Jackman no parece ser el mejor de los caminos.
Echo —Marion Dayre, Disney+— es una serie con potencial a la que varias extrañas decisiones han condenado al olvido. Demasiado corta para contar sus dos líneas argumentales, de tono muy distinto, demasiado larga para sostener la acción madura que prometía. Su argumento gira alrededor de Maya Lopez —Alaqua Cox—, una nativa americana que hereda poderes tribales místicos —completamente distintos a los de su contrapartida en comic— y que es seducida por el malvado rey del hampa Kingpin —Vincent D’Onofrio—. Ni la aparición del añorado Daredevil de Charlie Cox la rescató de una tristemente merecida cancelación.
Muy distinto es el caso de Agatha, ¿quién si no? —Jac Schaeffer, Disney+—que es una especie de spin-off de la muy recordada WandaVision, aunque tenga plena personalidad propia. La arrolladora Kathryn Hahn encabeza un aquelarre imponente en una historia de brujas absolutamente deliciosa en todos los niveles posibles de medir, una obra capaz de mezclar comedia y tragedia, acción y desarrollo de personajes en un caldero televisivo difícil de imitar. Concebido como una miniserie, no contemos con una continuación como tal, aunque es seguro que volveremos a ver a sus protagonistas en otros títulos del siempre creciente universo marvelita.
En el apartado de animación, XMen’97 — Beau DeMayo, Disney+— ha supuesto un claro acierto, al saber pulsar la tecla nostálgica no ya de los que leímos los cómics, sino también de la generación posterior, los que disfrutaron inicialmente de la serie animada. De enorme frescura, trepidante, con grandes diálogos y una animación impecable, quizá abuse un tanto del fan service para encandilar a su audiencia. A pesar de los problemas con el showrunner, que fue despedido tras una investigación interna, habrá nueva temporada, puede que incluso en el año que estrenamos. Cuando esto se escribe, se está emitiendo la tercera y última temporada de What if…? —A.C.Bradley, Disney+—, la antología de historias alternativas, que no está gustando en exceso al siempre complicado fandom.
Por su parte, la Distinguida Competencia se encuentra en plena transición post-Snyder, tras entregar las llaves de DC Studios a James Gunn y Peter Safran. Aunque apenas hemos podido paladear su prometido capítulo inicial, titulado Dioses y Monstruos, este año el sello ha contado con proyectos realmente interesantes.
El principal ha sido, sin duda, El Pingüino —Matt Reeves, Max—, un spin-off de The Batman que cuenta el ascenso de Oswald Cobblepot —un irreconocible Colin Farrell— en el mundo del hampa de Gotham. Nos encontramos con un título simplemente brillante, una serie de mafiosos clásica, que trasciende ampliamente el género superheroico y que se sitúa entre lo mejor que han ofrecido las plataformas este año. Es difícil que veamos una continuación de esta miniserie, aunque la prometida The Batman 2 —recientemente postergada hasta 2027— puede actual como tal.
La otra gran aportación ha sido la temporada final de Superman y Lois —Greg Berlanty y Todd Helbing, Max—. Injustamente ignorada, esta serie supone el cierre no oficial del «Arrowverse», esa iteración de personajes clásicos en series de presupuesto modesto que pudo verse la década pasada—Arrow, The Flash, Supergirl, Black Lightning—. En realidad, la historia de Superman —Tyler Hoechlin— y Lois —Elizabeth Tulloch— de regreso a Smallville con sus hijos adolescentes tiene identidad propia y resulta mucho más madura que otros títulos equivalentes. Grandes valores de producción, efectos especiales, historias fascinantes han jalonado este título que ahora nos abandona y que es muy recomendable para los fans del superhéroe por excelencia en lo que esperamos su nueva encarnación cinematográfica.
En el apartado de animación, hay que destacar dos títulos muy distintos. Por un lado, Batman: El cruzado enmascarado —Bruce Timm, Prime— es un interesantísimo regreso a las raíces más pulp del personaje por el mismo autor que creó la mítica serie animada. Contará con una segunda temporada en 2025. Kite Man: Hell Yeah! — Patrick Schumacker, Max—, me perdonaran no usar la traducción española, es una refrescante gamberrada extremadamente simpática surgida de la serie Harley Quinn. Y finalmente, Creature Commandos —James Gunn, Max— constituye el primer vistazo a lo que nos deparan los dioses y los monstruos, una visión extrañamente reconfortante que surge de un grupo de superhéroes formado por monstruos clásicos. Antihéroes complejos, con historias interesantes, mucho humor, violencia e inéditos toques sexuales jalonan esta prometedora aunque abruptamente terminada obra.
Y con respecto a los diversos títulos estrenados en cine —Venom, Madame Web, Kraven—, lo mejor es correr un tupido velo y pensar que este año no ha ocurrido.
Coda
Es difícil extraer una conclusión común de un fenómeno tan variopinto, aunque todo apunta a que este ha sido un año de transición, lo que no ha detenido la mencionada avalancha de contenidos. Hace un par de décadas, un texto equivalente a este no habría llegado ni a una cuarta parte de su extensión. Y eso teniendo en cuenta el profundo sesgo —que seguramente comparto con muchos lectores— hacia las producciones anglosajonas: estoy seguro de que se podría escribir un artículo equivalente dedicado solo a producciones de otros lugares del mundo, particularmente las provenientes de Asia y Europa, que apenas se han mostrado aquí.
Para eso, claro, tendría que arreglármelas para poder verlas. Resulta prácticamente inabarcable el enorme volumen de ficción que se genera en el año y eso que aún estamos navegando las últimas ondas del desastre que supuso el covid. En todo caso, haremos lo que se pueda y espero que podamos reencontrarnos el año que viene para recoger una nueva tanda de imaginación que nos ayude a superar este 2025 que todo apunta a que va a ser de los interesantes…








