
El desierto crece. Se expande en una inmovilidad continua. Leer la existencia del desierto es captar, en su forma de desplegarse, un principio de tensegridad: más allá de lo que nuestra mirada es capaz de atrapar, la estructura del desierto se revela ligera y resistente, una relación de equilibrios en tensión y en compresión que logra un espacio posible y habitable.
El desierto aparece como una dama desnuda, un cuerpo de arena que suspende nuestra visión y aplaca nuestra (breve) potestad sobre el dominio del mundo. No obstante, si queremos sobrevivir al primer impacto dérmico, debemos transitar hacia la profundidad fascial donde hallar el amor y la miseria, la tragedia y la alegría, la voluntad y la gravedad de un tejido siempre dispuesto a ser herido de forma original: el desierto crece y se expande en el anonimato.
Como todo movimiento en danza, el desierto busca un tiempo perenne en el que ganar espacio. Organismo en relación celular, en el desierto nada es una parcela, no deja ni un resquicio para definir un límite, dado que el desierto mismo es límite y posibilidad (ni siquiera un mapa colonial trazado bajo escuadra y cartabón, sería capaz de hacer efectiva una frontera lineal). Naturaleza extrema, el desierto escapa a la posesión. Reacio a la fijación, muda de piel cuando el viento azuza y, de forma inesperada, su transfiguración es una oportunidad para la (des)orientación: el desierto es siempre un paisaje alter-ado. Siempre otro, donde lo Otro es un espejismo de uno mismo, donde lo Otro es vacío de lo siempre lleno. Definido en un juego de contraposiciones, el desierto nos revela la encrucijada entre el ser y el no ser: Parménides nunca estuvo en el desierto y Heráclito estaba hecho de arena y viento.
La filosofía del desierto es de escritura transitoria; cuando se ha escrito apenas una línea, la primera palabra ya ha encontrado su camino en el aire y descansan sus granos sobre una duna lejana. La crónica efímera a la que tarde o temprano nos somete la naturaleza desértica, termina por imbuirnos del síndrome del eterno retornado. Dice la socióloga Gilda Waldman (2009) que «el desierto es el hueco donde la vida opera en ausencia: ir hacia él siempre es a costa de no regresar». Tomado como principio de movimiento de profetas y visionarios, su cadencia es el de un viaje incierto, pero con una dirección, un horizonte en el que escribir la cosmogonía de nuestra bondad y de nuestra maldad o —siendo sintéticos a posteriori—, de nuestros pecados más humanos.
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Un muy interesante, profundo y esperanzador artículo.Me encanta.
¡Un placer de lectura! ¡Excelentes reflexiones y relaciones!
¡Qué magnífico texto, señora! La prosa se confunde con el objeto narrado, se desliza diría siempre hacia abajo, empujado por los caprichos atmoféricos de lectura, a lo profundo para luego levantarse y alimentar una nueva duna, errabunda como nosotros que también de arenas móviles solitarias estamos hechos. Y pensar que los vientos estacionales transportan sobre el mar esos granos vitales para la vida en las selvas de la Amazonia. Una lectura inolvidable. Muchas gracias.