
Quizás sea una cuestión del clima, pero La tutoría (Armand, Halfdan Ullmann Tøndel, Noruega, 2024) es otra película nórdica que transcurre casi íntegramente en interiores, concretamente en los de un colegio sin niños. Los exteriores, que enmarcan el relato dándole inicio y fin, están presentes a través de grandes ventanas, pero no consiguen introducirse en el aula y los pasillos donde, asfixiados por la calefacción, se encuentran los protagonistas. Al igual que el frío, tampoco la realidad consigue permear las imágenes ni impregnar lo que vemos de los personajes durante las dos horas del metraje, como si ellos existieran sola y únicamente para esta película.
Es posible que esta falta de profundidad de los personajes (o quizás sería mejor decir su ausencia de horizonte) se deba a la forma que el director tiene de rodarlos. Ullmann Tøndel utiliza teleobjetivos, con los que rueda a una gran distancia de los actores, para hacer planos muy cercanos de sus rostros, en composiciones en las que apenas hay profundidad de campo. El director se ubica así a una distancia considerable de ellos, pero los mira con lupa: nada de lo que hagan ni ninguna de sus reacciones puede pasar desapercibida para la cámara. Por otra parte, la ausencia de una profundidad de campo derivada del uso de estas lentes elimina la perspectiva, encerrando a los personajes en el encuadre tanto como ellos lo están en el aula, pero también encapsulándolos únicamente en el puñado de escenas de las que está compuesta la película, sin poder avanzar y expandirse a toda esa vida exterior que todos los personajes deben de tener, aunque no se vea en el metraje final.
La trama de La tutoría se sustenta en una reunión que el colegio organiza a petición de los padres de Jon con Elizabeth (Renate Reinsve), la madre de Armand. Presuntamente, este último ha amenazado a su amigo y primo Jon con agredirlo sexualmente en los baños del colegio, a pesar de que ambos tienen solo seis años. La película, sobre todo en su primera parte, se centra en mostrar la evolución de esta tutoría, desde una primera confrontación dominada por la incredulidad de Elizabeth ante lo que está oyendo, a un intento de entendimiento posterior, hasta acabar con el enfrentamiento total entre los padres (incluso entre los padres de Jon entre sí). Pero, poco a poco, Ullmann Tøndel va abandonando este interés por la trama para enfocarse principalmente en las emociones de su protagonista, Elizabeth. Así, empiezan a entretejerse en el metraje escenas ambiguas que el espectador no puede determinar con seguridad si pertenecen a la realidad de los personajes o si son proyecciones de la propia Elizabeth. Formalmente, estas escenas y las de «la realidad» se ruedan de manera similar, con los teleobjetivos antes mencionados, y con complejos movimientos de cámara donde los personajes entran y salen tanto del desenfoque como del encuadre, en unas imágenes bien compuestas y medidas. Con ellas, el director apuesta por una forma muy visible y personal, sobre todo en los planos dedicados a Reinsve, compuestos desde angulaciones poco habituales, para cimentar su cine en un relato, al menos tan visual como dialogado.
Algunos movimientos de cámara también están empleados de forma muy interesante y poco usual como en los casos en los que esta se independiza de los personajes para cambiar el punto de vista de la película. Otros movimientos de cámara, teniendo en cuenta su forma de ejecución y la música con los que se acompañan, parecen corresponder al punto de vista de un ente incorpóreo al estilo de algunas películas de terror, aunque esto no llega desarrollarse a lo largo del film. El resultado de esta incorporación es el de generar una película híbrida, con una trama e interpretaciones habituales en el cine de autor europeo, pero con algunas formas cinematográficas (el tratamiento del sonido, el color y algunos planos) con influencias del blockbuster estadounidense de la década de los 90 y del 2000. Así, el primer largometraje del director cuenta con secuencias en las que, sin apenas cortes, se pasa de la risa nerviosa al ataque de ansiedad o de bailes exhortadores de sentimientos, con otras muy diferentes en las que las emociones se relatan mediante metáforas visuales, con planos compuestos de manera milimétrica, mediante la utilización algo artificial de elementos del decorado para impregnar la pantalla de colores o decorarla con destellos producidos por las lentes.
La búsqueda inagotable de imágenes evocadoras por parte del director no encuentra la misma intensidad en la construcción de personajes. A pesar de que los tres principales son femeninos (las madres de Armand y Jon y la profesora), su personalidad, más que desarrollarse desde lo concreto o desde lo que las hace únicas, parece que parte de lo general. Así, podría decirse que cada una de ellas es una nueva representación de los modelos femeninos más habituales en las narrativas cinematográficas. Por una parte está Renate Reinsve, que interpreta con Elizabeth una nueva versión de la mujer «objeto de deseo»: atractiva y con talento, es perseguida por los hombres porque la pretenden y por las mujeres porque la envidian. Caprichosa, sensible y fuerte, es víctima en lo concreto de una falsa acusación, pero en lo general, lo es de la envidia y deseo que su excepcional talento y atractivo generan. Por otra parte, Thea Lambrechts Vaulen es la encargada de encarnar un personaje que en otros tiempos bien podría haberlo hecho Lillian Gish. Ella es la profesora, una joven inocente e infantil sin nada verdaderamente excepcional salvo su bondad, por la cual es la única que admira a Elizabeth con sinceridad y por eso cree verdaderamente en su inocencia desde el principio. Por último, a Ellen Dorrit Petersen le corresponde el personaje menos simpático, el de Sarah, la madre de la víctima. Astuta como es, idea un plan que abarca desde la mentira al encandilamiento sexual con tal de derrotar a Elizabeth solo porque la envidia.
Como en otros muchos cuentos morales, las malas conductas y aspiraciones también reciben su escarmiento al final de esta película. Sarah es condenada a la humillación bajo la lluvia ante la mirada del resto de personajes, en un plano, sin apenas cortes, en el que el director la ha dejado sola, tendida en el suelo, llorando. El viaje emocional de La tutoría sirve para (re)descubrir la capacidad interpretativa de Reinsve, aunque parece no conducir a ninguna parte. Cuando los personajes por fin salen al exterior y dejan la escuela, la película no consigue avanzar con ellos y se queda ahí mismo, agotada en el patio. Con los créditos finales, parece acabar también la vida de sus personajes, que nacieron y murieron únicamente para dar corporeidad a la película.










Excelente análisis,
Creo que pasaré de ir a ver esta película.
Me ha encantado el artículo sobre esta película cuyo director es desconocido para mí y por ello, me induce a descubrir tanto el argumento de la película como su ejecución con los planos.
Gracias
Interesante análisis.