
Si el término «vanguardia» significa, en su literalidad, avance, adelantamiento o puesta al frente, y «vanguardismo», a su vez, es la palabra empleada para definir a un movimiento intelectual, especialmente literario, que arrancó en el siglo XIX con un fin innovador, la búsqueda de un pensador de referencia al que se le puedan aplicar estos términos y a su vez él mismo pueda llegar a representarlos conduce al gran filósofo alemán de Röcken, nacido en 1844: Friedrich Nietzsche. Es posible considerarlo como una auténtica punta de lanza de este movimiento, en especial por dos razones: no cabe duda de que el pensamiento de Nietzsche es fresco, nuevo, rupturista; y además su forma de presentación es a través de una refinada literatura, moviéndose entre la narración, el aforismo e incluso la poesía.
Para entender a Nietzsche es necesario tener una perspectiva muy abierta de la filosofía. Con él los parámetros cambian radicalmente. Es más: la correcta comprensión de su pensamiento implica una deconstrucción de todo lo anterior, o si se prefiere, de una separación de dogmas filosóficos creados a través de una sedimentación de siglos. Por ello supone una manifiesta puerta del vanguardismo: al romper con todo lo previo y proponer una nueva idea de la vida, del ser humano, y de todas las facetas de la existencia.
No quiere con ello decirse que Nietzsche prescinda de toda la historia de la filosofía; de hecho, su pensamiento tiene como punto de arranque ciertas referencias al mito griego, transitando entre Apolo (el equilibrio, lo bello, lo virtuoso) y Dioniso (el placer, el disfrute ilimitado, la irracionalidad) para explicar la forja de la esencia humana, y con unas firmes raíces en Schopenhauer; pero sus planteamientos son absolutamente nuevos, revolucionarios.
Las tesis de Nietzsche cuestionaron todo, religión incluida, y con una finalidad evidente: explicar la naturaleza humana y por extensión la de la sociedad, proponiendo un genuino modelo de mejora personal en la integridad de las aristas que componen al ser humano. Un neohumanismo vanguardista nacido en el seno de una de las mentes más influyentes de la historia.
El primer planteamiento del pensador se encuentra en la consideración sobre la voluntad del ser humano. Para Nietzsche esta voluntad es determinante de la existencia. No se trata de una voluntad de vivir, a modo de instinto de supervivencia, sino de una voluntad de poder. El matiz es muy importante, porque el filósofo pone el acento en la capacidad del ser humano para sobreponerse por sí mismo a sus propios vicios y a la adversidad. No se trata de un término «poder» en el sentido de control o de dominio sobre terceros, sino sobre uno mismo. El ánimo de vivir es insuficiente como instinto; el ser humano precisa tener voluntad de mejorar, crecer, fortalecerse; y esto implica un carácter fuerte, duro, poderoso, en efecto. En la disyuntiva o lucha constante entre la cara apolínea y la cara dionisiaca de cada ser humano, es la voluntad de poder la que termina por inclinar la balanza hacia el lado de la virtud, del crecimiento. Es una batalla personal constante, de la que nace una particular posición ética.
Como consecuencia de esta voluntad, pilar maestro de la filosofía de Nietzsche, surge el concepto de «superhombre o ultrahombre» (Übermensch), que no es sino el prototipo de la personificación de la voluntad de poder en su estado más perfecto. Se trata de aquel ser humano hecho a sí mismo, potenciado sobre la base de su único esfuerzo físico, intelectual y moral, y capaz de salir adelante ante cualquier adversidad de la vida, asumiendo su responsabilidad de una forma plena. Para llegar a este concepto de hombre pleno, previamente es necesario despojarse de todo tipo de lastres derivados de religión, dogmas y postulados éticos preconstruidos y convencionales, para asumir que, en total soledad, las soluciones de los problemas de la existencia descansan en el único esfuerzo y crecimiento propios, individuales.
Por lo tanto, Nietzsche nos llama al abandono de la tradición, a asumir las propias responsabilidades y a entrar en el nihilismo. No obstante, la perspectiva de este término en el filósofo que nos ocupa tiene especialidades, al punto de configurarse de una manera sui generis. En general, su significado es el de la negación de todo sentido trascendente de la existencia, sujeta a un devenir no predeterminado, excluyendo de este modo la razón de ser de cualquier dogma, religión o moral que propugne una realidad más allá de lo que los sentidos perciben; e incluso lo que estos pueden llegar a tomar por cierto no es más que algo aparente, contingente, susceptible de variar o de desaparecer en cualquier momento, de modo que lo percibido, aquello que se postula como realidad, es un evento circunstancial, casual, relativo.
Nietzsche llega en su argumento filosófico de forma necesaria al nihilismo, pero con un carácter claramente constructivo, porque sí existe una finalidad en la existencia humana: alcanzar el mejor estado posible, a todos los niveles. Este crecimiento interior implica reconocer la soledad individual, un punto de partida en la nada y desde ahí, con una absoluta liberación de las ataduras de una moral, unas reglas y unos dogmas impuestos, comenzar la construcción del individuo para llegar al Übermensch. Una tarea esforzada, de auténtico escultor, pues desde la nada debe llegarse al todo.
Así, con este peculiar nihilismo como elemento básico, surgen dos conceptos clave: la muerte de Dios y el eterno retorno. El autor de Así habló Zaratustra, La gaya ciencia y El Anticristo hace referencia a la muerte de Dios en el sentido de eliminar o despojar al ser humano de la remisión a todo tipo de figuras ubicadas en un hipotético plano superior, al que poder encomendarse en las dificultades y reprochar las consecuencias adversas de las conductas propias o de las derivadas de terceros. Por una parte, esta muerte de Dios refleja la necesaria liberación de los dogmas y de las imposiciones generales, que actúan como límites al desarrollo adecuado de una personalidad fuerte e independiente; y por otra, constituye la manifestación de la salida de una «mentalidad de rebaño», conducida de una forma esclavista, acrítica y masiva por el poder, para cambiar el rumbo hacia la creación del «superhombre»: libre, resolutivo, independiente y sabedor de la realidad, pues se trata de una autoconstrucción a partir de la consciencia de la nada, como pilar maestro y fortalecedor.
Bajo esta premisa, el ser humano que consigue perfeccionarse, evolucionar de forma positiva y hacerse responsable de las consecuencias de sus actos y de las vicisitudes de la vida, alcanza una madurez filosófica y lo que desea es vivir siempre de manera acorde con dichos principios y en correspondencia con su crecimiento intelectual, siendo lo contrario a ello una involución, una marcha atrás en el camino hacia el Übermensch que resulta no solo una indignidad en términos éticos, sino también una contradicción lógica, pues habiéndose adquirido una mejora personal a todos los niveles, que permite conocer la realidad y afrontarla de forma idónea, el camino de regreso a un nivel inferior resulta inasumible para poder vivir y convivir. Así surge el eterno retorno: el ser humano siempre volvería a existir de la forma más y mejor evolucionada que haya podido alcanzar, sin dar pasos hacia atrás.
Podría llegar a pensarse que una de las líneas más importantes del conocimiento filosófico, como es la ética o la moral, para Nietzsche sería directamente un artificio constrictivo e impuesto para impedir el pleno desarrollo hacia el «superhombre»; pero tal afirmación no es correcta, pues en nuestro filósofo la moral tiene un peso esencial en el camino hacia la perfección humana, si bien la vía para llegar a ella es lo que marca la diferencia. En La genealogía de la moral, libro que vino a completar a Más allá del bien y del mal, se deja clara constancia que no es lo mismo una moralidad impuesta ad extra que la forjada por cada individuo en su interior y a través de la experiencia vital. Lo que el filósofo rechaza es la moral impuesta, el dogma: que la consideración como bueno o malo de un hecho o conducta lo sea con arreglo a parámetros o varas de medir que tengan una procedencia ajena al individuo, tratándose de códigos de conducta creados por ciertas instancias o grupos revestidos de solemnidad que fijen criterios a tales fines. Esto supone, además, atentar contra uno de los pilares maestros de la moralidad, que es su fundamento subjetivo y por lo tanto siempre relativo. Si, finalmente, existen ciertas pautas de comportamiento ético que son compartidas por el colectivo humano, su carácter común deriva de que cada individuo ha llegado a la conclusión personal, subjetiva, de que cierta forma de proceder es buena o mala, y esa misma conclusión es compartida por los demás, extendiéndose de esa forma. Pero en modo alguno puede admitirse una génesis de la moral prefijada en códigos escritos unilateralmente por el poder —del tipo que sea—, pues lo que así se establezca ni siquiera podrá considerarse una ética, aunque asuma tal eufemístico nombre, sino un postulado o conjunto de consignas para dirigir las conductas de la masa hacia el lugar que interese en cada momento. En definitiva, todo lo contrario al desarrollo y perfeccionamiento personales a los que esta filosofía refiere. De ahí que Nietzsche se acoja a un escepticismo moral: no puede tenerse por moral aquello que no lo es desde su principio en cada concreto individuo.
Esta posición sobre la ética, si transitamos hacia la filosofía jurídica, revela un importante paralelismo con el denominado iusnaturalismo racionalista: es sabido que en la filosofía del derecho, frente a la tesis de que las normas positivas definen y cierran todo lo jurídico, existe otra posición conforme a la cual la norma positiva no es sino el reflejo materializado de normas éticas, morales, que desde su plano llegan a la obligatoriedad jurídica y dotan a la ley escrita de auténtico sentido y legitimidad. Este iusnaturalismo, o fundamento moral del derecho positivo, se basó tanto en una modalidad de ética derivada de la trascendencia (en los momentos en los que la religión y el poder civil estaban prácticamente unidos), para, con posterioridad, y a la par que se desarrollaba la Ilustración y una nueva idea del ser humano, descartar la moral impuesta y adscribirse a la emanada, única y exclusivamente, de la razón. A partir de entonces, comenzó a nacer un perfeccionamiento de lo jurídico, por medio de la cristalización (lenta, dolorosa a veces, pero firme) de los derechos humanos, y a su plasmación en convenios, tratados y constituciones. No se trata, por lo tanto, de renegar de la moral, sino de saber dónde está y cuál es su procedencia correcta, rechazando de plano aquello que se dice ético y no lo es, porque responde a intereses personales y momentáneos, no comunes ni eternos, como sí lo deben ser los auténticos principios de la ética: invariables en su base, sin perjuicio de la evolución o tecnificación del ser humano: vida, dignidad, libertad, igualdad, justicia, y tantos otros, cuya raíz es filosófica, ética, y desde ahí, desde su plano y naturaleza, llegan a lo jurídico.
Resta, en esta línea, hacer una breve referencia a la influencia de Nietzsche en el campo del derecho. No es posible desubicar al ser humano de la sociedad en la que tiene que desarrollar su vida, y el derecho es una ciencia eminentemente social, que dispone reglas, obligaciones y sanciones. Aunque las tesis filosóficas de nuestro autor nos llevan a un marcado individualismo, el contexto de la existencia humana implica valorar, desde este prisma, cómo puede ser concebido el derecho.
La materia jurídica se deja entrever en su obra, no de una forma monotemática, pero sí de un modo diseminado en sus más importantes escritos. Si el derecho tiene su razón de ser en las relaciones humanas, esto es, en el conflicto, en particular el derecho penal, como rama del ordenamiento jurídico más represiva, con la consecuencia jurídica asociada de la pena, se justifica, desde una posición nietzscheana, en que el ser humano, para vivir en sociedad, se limita o restringe en sus apetencias, instintos e inclinaciones. La inevitable socialización del ser humano pasa por su restricción personal, por dejar de mostrarse como en verdad es y por aplicarse los límites predefinidos de la moral, la ética y la cultura, que para Nietzsche aparecen como mecanismos claramente represivos. Del mismo modo, la norma jurídica en particular y el derecho en términos generales participan de este carácter opresor de la verdadera naturaleza humana, y si bien habilitan, hacen posible, la vida en sociedad, al mismo tiempo impiden el desarrollo final de la persona hasta alcanzar el concepto de «superhombre». La conciencia, como concepto moral, y la culpabilidad, como término jurídico, nacen precisamente de la aplicación de los precitados límites.
Si, como se ha expresado, el ser humano necesita para poder desarrollar su vida con normalidad y no enfrentarse a la realidad de la misma, de una entidad poderosa (llámese aquí Estado) dotada de autoridad que le marque las pautas y en definitiva le ponga las reglas, la pena, como consecuencia de la comisión de un delito, es impuesta por el sistema jurídico que con carácter previo y de forma unilateral determina su extensión, gravedad y carácter, reaccionado ante ella el ser humano sobre la única base del temor a que le sea aplicada, elemento que sólo cumple una finalidad disuasoria o de prevención general, pues el hecho sancionado no puede subsanarse. Los efectos jurídicos del delito vendrían determinados no por la sociedad, sino por individuos concretos dotados de poder (directa o indirectamente recibido) que representarían —teóricamente— el ideal del superhombre e impulsarían y dirigirían el alcance de la represión penal. Por ello, según las tesis de Nietzsche, cuanto más liberada de límites estuviera la sociedad, menos graves serían las penas y mayor sería la facultad de perdón, y por el contrario, si la sociedad es débil y se encuentra sometida, la represión penal será proporcionalmente más gravosa. En consecuencia: si el ser humano, desde su concepción individual, consigue llegar a un nivel de perfección o de madurez ética e intelectual, alcanzando el Übermensch, no precisaría de ese tipo de reglas jurídicas para la convivencia social, pues los principios éticos serían comúnmente compartidos y suficientes por sí mismos, sin necesidad de mecanismos coercitivos adicionales, desapareciendo el delito y con él la necesidad de contar con entidades restrictivas y sancionadoras. Las reglas, las ataduras, no serían en modo alguno compatibles con una humanidad perfeccionada, desarrollada hasta su mejor nivel ético. El paralelismo con la Utopía de Tomás Moro es manifiesto, con la diferencia de que para el santo inglés su presentación tiene lugar dentro de una narrativa crítica, y para el filósofo alemán se trata de algo que puede llegar a ser tan posible como el mismo concepto filosófico de la muerte de Dios, sobre la base del esfuerzo y la responsabilidad de cada individuo. El eterno retorno en la materia jurídica se plasmaría en el recurso infinito al derecho natural, como contenedor de los verdaderos y legítimos principios éticos, emanados desde la razón del hombre perfeccionado: los únicos preceptos capaces de establecer máximas o reglas de cumplimiento universal.
Nietzsche fue un pensador individualista, no creía en el principio del contrato social que fundamentó la más tradicional teoría del Estado, y así cualquier fórmula de Estado no es considerada sino un medio de justificación del ejercicio del poder de dominio; una fórmula de sometimiento del individuo, de limitación de su verdadera naturaleza, que comienza desde el sistema educativo. Así, se llega a una situación paradójica, pero indiscutible: el mismo Estado que restringe la naturaleza humana resulta necesario para articular la vida del hombre en sociedad, pues sin la existencia de límites (aun cuando éstos interfieran en la evolución y desarrollo de las potencias de la naturaleza humana) la convivencia resultaría inviable. Solo una evolución en todas las facetas del ser humano le permitirá prescindir de unas cadenas que más precisa cuanto menos desarrollado e imperfecto es.
Filósofo con una experiencia vital personal muy compleja, Friedrich Nietzsche conjugó literatura y pensamiento de una manera que, dejando aparte las malas y tendenciosas interpretaciones políticas de sus tesis, no ajustadas a la finalidad de su pensamiento, creó un sistema de ideas que siempre apuntó a la búsqueda de lo mejor para el ser humano, haciendo valer su capacidad, su autosuficiencia, para poder crecer y afrontar por sí solo todos los problemas de la existencia. Sin duda, un pensador de vanguardia, que supuso un cambio radical en los planteamientos existentes hasta entonces y con una influencia innegable en la filosofía posterior y en el mundo de hoy.
«El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo».
«Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: Yo, el Estado, soy el pueblo».
«La política divide a las personas en dos grupos: uno, los instrumentos y otro, los enemigos».
«Todo el que alguna vez ha construido un nuevo cielo encontró antes el poder para ello en su propio infierno».








Lúcido ensayo sobre el pensador germano que ha señalado el camino último para que el hombre vuelva a su esencia apolinia y dionisíaca. Sin obviar que existe un límite entre el otro y yo que debe ser respetado. El hombre sigue encadenado y su liberación comienza asumiendo la responsabilidad por sí para cambiar ese patrón ominoso, donde lo tiene sumido el Estado.
Me ha encantado. Enhorabuena Diego, reflejaré algunos de tus párrafos en mi libro «Competencia Institucional Normativa». Se trata de un libro que crea una nueva forma de determinar la moral por medio de la competencia normativa y un nuevo concepto jurídico: la Mayoría Concurrencial. El actual sistema de determinación de la moral está super anticuado y ya fue criticado en la Grecia clásica. La ley no puede generar derecho. Es el derecho el derecho el que tiene que generar la Ley. Pero para eso necesitamos la competencia instituional. Te puedo enviar una copia electrónica del mismo al correo pedgom1962 de gmail. Me gustaría algún día poder tomar un café contigo.
Es alucinante como ha calado en España (sobre todo en la «progresía intelectualoide») la filosofía germana; la cual propició uno de los peores genocidios de la historia de la Humanidad.
De Lutero a Hitler la línea es recta:
«Hitler no necesitó conocer al detalle la metafísica del artista de Nietzsche para escenificar sus objetivos. Pensar no es un acto inocente. Tampoco es una actividad solitaria. El filósofo es un innovador, pero también es el sedimento de las generaciones que lo preceden. La gran política no es una invención de Nietzsche, sino la plasmación de un anhelo colectivo, con varios siglos de historia. Después de Auschwitz, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que la política no necesita artistas, sino mentes impregnadas de prudencia. En política, la «mediocridad» puede ser una virtud y el «genio», el preludio de una catástrofe. La nota que escribió Borges a la muerte de Paul Valéry podría servir como guía para un porvenir sin finales wagnerianos: «En un siglo que adora los caóticos ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión, prefirió siempre los lúcidos placeres del pensamiento y las secretas aventuras del orden» («Otras inquisiciones», 1952).
Ese pietismo nebuloso, absurdo, que está a dos pasos del nihilismo, a dos pasos del Holocausto… La línea es directa, desde Lutero hasta Fichte, Hegel, Bismarck y Nietzsche, y Hitler. No hay que olvidar que Hitler regaló a Mussolini las obras completas de Nietzsche. Pues «Así habló Zaratustra» es una doctrina totalmente germana, fascista y todo lo que se quiera hablar. En fin.»
Fuente: https://www.larazoncomunista.com/post/4-7-desde-lutero-hasta-hitler