
Para la última edición de las Obras completas de Manuel Chaves Nogales (Garmendia, 2020), la filóloga Rocío López-Palanco aportó casi setenta artículos que no se habían vuelto a publicar desde su aparición en prensa. Garmendia editó, anotó y fijó con rigor en cinco volúmenes los textos recopilados hasta entonces. Sin embargo, por aquellas fechas, nadie había trazado el hilo conductor que explicase las verdaderas razones de por qué se localizaban unos cuantos artículos aquí y otros tantos allá. A finales de 2021, terminé de catalogar las colaboraciones de Chaves Nogales en Brasil, que había ido descubriendo durante los últimos meses de la pandemia. Del exilio, solo se conocían algunos artículos sueltos, que se justificaban por las conexiones que el periodista había establecido años atrás con embajadores y personalidades del continente americano. Quedaban cabos por atar. La visita a los archivos de Winston Churchill en la Universidad de Cambridge me confirmó la validez de las hipótesis iniciales de las que partía en mi proyecto sobre el exilio londinense de Chaves. A quienes les enseñé los cientos de piezas sin recopilar hasta entonces dudaron de que no fueran otra cosa que traducciones de otras piezas originales. Sin embargo, los artículos desconocidos en varias lenguas suponían dos tercios frente al tercio publicado, es decir, ¿cómo llamábamos obra periodística completa a algo que ni siquiera alcanzaba la mitad de los artículos que había escrito Chaves a lo largo de su vida?
A los ojos de la investigación faltaba un eslabón. Recalco el asunto de la investigación porque una cosa es recorrer archivos, consultar hemerotecas y establecer un orden (por temas, géneros o cronología) y otra muy distinta es definir unas hipótesis sobre qué pudo haber sucedido para que el rescate haya sido tan irregular y fragmentario durante décadas. El primer punto de partida es que ese espíritu emprendedor que tantas veces se destaca en Chaves no podía, ni por asomo, producir los resultados que yo había encontrado en archivos con prensa extranjera digitalizada. Es un millar de piezas en varios idiomas, algunas de gran entidad, que trazan un diario de sus días en Londres, los detalles de su vida cotidiana y las hazañas de las calles parisinas y británicas, pero también sus lecturas geopolíticas y sus planes para el futuro más inmediato. El curso de esas piezas (cómo viajaban de las cuartillas del periodista a los medios impresos al otro lado del Charco) no podían juzgarse con ojos contemporáneos: mandar un artículo a través del Atlántico requería de medios y monopolios que se habían repartido tras duras negociaciones y acuerdos gubernamentales las agencias de prensa más poderosas del planeta.
Como ya conté en Manuel Chaves Nogales. Los años perdidos (Londres, 1940-1944), en la capital británica la poderosa Reuter le había dado cobijo a Havas, la decana de las agencias de prensa. Ya lo hacía antes de la guerra, en su anterior sede londinense en Carmelite Street. Tras la ocupación nazi, el grupo de periodistas franceses de Havas instalado en Londres pasó a escribir en 1941 bajo la firma AFI (Agence Française Indépendente); el equipo ocupaba algunas salas del mítico edificio de Reuter situado en el número 85 de Fleet Street. Esa fue la casa de Chaves durante la primera parte de la Segunda Guerra Mundial. Si los dos primeros años fueron frenéticos (en este 2025 saldrán los primeros volúmenes de las piezas que localicé), la última parte de la guerra no resultó menos convulsa. Las subvenciones para el cuarto poder estaban tocando a su fin: del furor inicial de las colaboraciones en decenas de diarios iberoamericanos tan solo quedaba una tenue presencia. Entre esos meses en los que el número de artículos iba menguando, me topé con una entrevista que el periodista brasileño Murilo Marroquim le hacía a su colega sevillano.
En 2023, cuando la publiqué como adelanto editorial en el diario El Mundo, la conversación entre ambos periodistas sembró la polémica. Muchos no entendieron cómo Chaves Nogales hablaba tan alegremente de temas tan polémicos como las posibilidades de restaurar la monarquía y los beneficios que la plurinacionalidad podía aportar a un país —por entonces destruido— como España. Por la falta de estudios sobre su contexto y, fundamentalmente, por el notable vacío en cuanto a la reconstrucción de los años en que Chaves había vivido en la capital británica, su discurso sorprendió a propios y extraños.
Mucho me temo que algo similar puede ocurrir con la siguiente entrevista que localicé y que ahora comparto, tampoco recogida hasta el momento en ningún medio (salvo en el periódico original, claro está). Chaves se la concedió al socialista Armando Jobet, periodista, traductor, hombre de gran cultura, pero, sobre todo, reportero internacional durante la Segunda Guerra Mundial. Si la pieza de Marroquim resultaba sobrecogedora por las fechas en las que respondió Chaves (dos semanas antes de fallecer), la entrega de Jobet es aún más impresionante, pues se realiza ya desde el hospital, tres días antes de la fatídica madrugada en la que murió. Con el título “Chaves Nogales y América Latina. Sus palabras postreras: sueño bolivariano y latinidad”, el 22 de julio de 1944 el periódico El Panamá América publicó la pieza de Jobet. Si Marroquim describió a Chaves Nogales como “un periodista espléndido, con un vigor y una claridad de pensamiento notables” y destacó de él su rigor crítico, unido a “la gracia y la ligereza de su espíritu andaluz”, ante su presencia, Jobet declaró sentirse “como frente a un viejo amigo”, con Chaves ya “internado en una clínica… con unos grandes ojos azules, llenos de brillo y de simpatía”.
La entrevista de Jobet resulta significativa por ofrecer una visión integral de lo que Chaves Nogales pensaba de Latinoamérica poco antes de su muerte. En estos últimos días, asistimos a una especie de convencimiento que puede articularse en torno a tres ejes. El primero es el énfasis en la latinidad, pues Chaves interpreta el continente iberoamericano como uno solo, al que anima a la “unificación” o “la realización del sueño bolivariano”. El segundo de estos ejes, relacionado inevitablemente con el primero, busca el puente entre América Latina y Europa y establece una relación de dependencia de los americanos respecto al Viejo Continente:
«No olvidemos, no olviden los americanos —matiza—, que son hijos de Occidente. Es claro, esta recomendación que, en realidad no aspira a tal, está de más, pues, jamás los americanos, por lo menos los sudamericanos, han pretendido encerarse en su ‘torre de marfil’… Si embargo, creo menester activar estas relaciones y, aparte de las relaciones puramente diplomáticas, podrían buscarse otros medios menos protocolares, si se me permite la expresión, de acercar América a Europa».
El tercero de estos ejes es su propia aportación profesional frente a la tarea de unir a dos continentes con puentes más que necesarios. Su solución está ligada a la creación de un Centro de Información “Europeo-Latino-Americano”. Dicho organismo, que el propio Chaves Nogales afirma no haber sido capaz de crear, pues “las circunstancias han sido más fuertes que yo… Ojalá, y éste es mi deseo de hoy, otros vengan que puedan seguir adelante en este camino…”, dejaba la puerta abierta a quienes llegaron detrás. En Perico en Londres (1947), la novela del escritor malagueño Esteban Salazar Chapela, publicada por Losada en Buenos Aires, aparece ese Centro de Información. Varios estudiosos lo han interpretado como un trasunto del servicio de la BBC para Latinoamérica, sin embargo, no cabe duda de que alude al proyecto de Chaves Nogales. En las páginas de Salazar Chapela, Emilio López Ortiz, un “eximio periodista” que representa al sevillano en la novela, es el que pone en marcha un proyecto que, por desgracia, el verdadero protagonista nunca pudo ver realizado.
Entrevista de Armando Jobet a Manuel Chaves Nogales
“Chaves Nogales y América Latina. Sus palabras postreras: sueño bolivariano y latinidad”
22 de julio de 1944
Conocí a Chaves Nogales en su lecho de enfermo. Internado en una clínica, estaba allí con unos grandes ojos azules, llenos de brillo y de simpatía. “¡Hombre!, no esperaba conocerlo en estas condiciones —dice—. Pero aquí me tiene usted, en esta maldita cama, esperando que los médicos se pongan de acuerdo antes de abrirme el vientre”. Y tras un nervioso apretón de manos, me sentí como frente a un viejo amigo.
La charla rodó sobre una, dos mil cosas generales, para posarse luego en aquello que había sido, era y quedará, pienso, como uno de los ideales más puros de Chaves Nogales: la LATINIDAD; así, con letras mayúsculas, vista y sentida por sus claros ojos azules, vestigios de un lejano ancestro quizás celtíbero. Más claros de luz estos ojos suyos ante nuestra espontánea concordancia de ideales, el suyo, más maduro, más joven el mío, mas no menos firme por ser menos maduro.
“He creído en la unificación de América Latina. He deseado la realización del sueño bolivariano [recuerdo que he visto el magno perfil del Libertador en el despacho de Chaves Nogales]. Mas, ¿qué quiere usted?, las circunstancias que vivimos me han lanzado, momentáneamente espero, hacia otros rumbos y aquí me ha tenido usted a través de largos años, defendiendo esta causa nuestra, porque es nuestra, que las Naciones Unidas pelean en los frentes”.
“Volviendo a este ideal, que es también el suyo, de ver un día a todas las naciones sudamericanas reunidas en una sola, grande y magnifica familia, he recogido alguna experiencia que, quizás, pueda servirle como punto de referencia más adelante. Conozco un tanto a América Latina. He seguido de cerca el movimiento de su pueblo, y digo su pueblo, en singular, porque para mí es uno, pese a las barreras que lo dividen en tantos estados…”.
He ahí —interrumpo— algo que es ya una verdad. El pueblo latino-americano es uno, aun cuando los estados que lo encierran son varios. Pero, la esencia que define a un pueblo no está, para mí, en la extensión o en la configuración de sus fronteras. Está, en cambio, en su origen, en su sangre, en su lengua, en sus costumbres y creencias, en sus sentimientos y aspiraciones, en su Historia y en sus instituciones comunes. El pueblo latino-americano es todo uno. Naturalmente, no bastan estos factores, que parecerían ser suficientes para abatir las fronteras. Más de una vez tales fronteras sostenidas por fuerzas diversas y extrañas a aquel fondo común han provocado conflictos absurdos. Sin embargo, tales conflictos no han llegado a quebrantar esa base de unidad y esta unidad es reconocida hoy en el plano moral; nada dice que no lo será mañana en el plano político e institucional…
Chaves Nogales calla un momento, mientras sus miradas se van hacia lo lejos. «Sí, dice luego, América es una, una por su origen, lengua, cultura; una por sus sentimientos, ideas e instituciones. Esta unidad inicial no puede ser anulada o debilitada por factores sobrevenidos posteriormente, fruto en su mayor parte de la existencia de esas ‘unidades’ nacionales. Sin embargo, no debe olvidarse que, paralelamente a tales factores internos, podríamos decir, existen otros venidos del exterior, que parecerían oponerse a la reconstrucción de la unidad perdida. Pero ya tendremos ocasión de volver sobre este punto…».
El problema de la unificación latino-americana pasa y Chaves Nogales viene a detenerse en este de las relaciones de América Latina con el exterior.
“América es una nación joven, en pleno periodo de formación. No puede, por consiguiente, privarse del contacto estrecho con otros pueblos más evolucionados, más maduros, poseedores, por lo mismo, de un inmenso caudal de experiencias y enseñanzas, todas ellas preciosas para quienes sean capaces de asimilarlas…”. “Este hecho bastaría, a mi juicio, si no hubiera otros, para que América Latina cultivase amorosamente sus relaciones con el mundo y, naturalmente, con Europa en primer término. No olvidemos, no olviden los americanos, que son hijos de Occidente. Es claro, esta recomendación que, en realidad no aspira a tal, está de más, pues, jamás los americanos, por lo menos los sudamericanos, han pretendido encerarse en su ‘torre de marfil’… Sin embargo, creo menester activar estas relaciones y, aparte de las relaciones puramente diplomáticas, podrían buscarse otros medios menos protocolares, si se permite la expresión, de acercar América a Europa. Además, América Latina tiene más de un título para pretender un lugar preponderante dentro de la comunidad internacional de naciones…”.
En efecto —corto— América tiene más de un título para pretender que su voz sea oída en el mundo de hoy. Entre ellos, pienso yo, bastaría con hacer valer la contribución inmensa, siempre desinteresada, que ha dado a los pueblos de todo el orbe. Y la guerra de hoy lo ha probado una vez más. Riquezas y hombres, fe, confianza y materias primas han salido de América Latina para venir a robustecer el frente de las Naciones Unidas. Me atrevo a decir que América Latina, hasta hoy, lo ha dado todo sin pedir nada. Es tiempo, pues, de que haya una comprensiva retribución. América tiene gran necesidad del concurso del extranjero, pero de un concurso igualmente desinteresado de quienes explotan sus suelos y sus minas, sus mares y sus industrias. Por eso yo diría que América tiene no ya la posibilidad, sino el derecho a exigir del extranjero el concurso necesario para buscar y dar la adecuada solución a sus numerosos, urgentes y difíciles problemas internos…
“Sí, —corta Chaves Nogales—, América Latina tiene el derecho a exigir, como usted dice. Pero, no olvide usted que, hoy por hoy, no podemos adoptar un lenguaje que pudiese envolver la idea de fuerza. Por lo demás, ¿cómo podría América Latina recurrir a la fuerza…?”.
Perdón, Chaves, yo no digo tal cosa…
“Hay, en mi criterio, otros medios de llegar a resultados, si no idénticos, por lo menos parecidos. Tales medios pueden basarse en el buen entendimiento, en la comprensión y en la voluntad de cooperar recíprocamente tras una finalidad común, pues hoy, en el mundo, no puede haber sino finalidad común… Vea, un medio práctico, no desprovisto de dificultades, pero factible: un Centro de Información Europeo-Latino-Americano, y va usted a ver cómo, por qué y para qué América Latina conoce a Europa, hablo del gran público, a través de la información proporcionada diariamente por la prensa, servida esta por numerosas agencias noticiosas. Ahora bien, dentro de la multiplicidad de actividades y cuestiones, es imposible pretender que, en aquella información general, se dé la necesaria cabida a lo europeo de interés para América Latina, como a lo americano de interés para Europa. Creo, pues, que un centro de información como el que apunto es posible y no ya sólo posible, sino necesario. Dicho centro, o como quiera llamárselo, estaría consagrado a ofrecer a América el punto de vista europeo e internacional frente a ella, en general, y frente a cada uno de sus problemas, en particular. Naturalmente, el movimiento inverso debe producirse, que de otro modo no habría conocimiento posible de lo americano. América debe ofrecer permanentemente a Europa una vista clara y completa de su realidad, de sus sentimientos y de sus problemas. Desconocemos el grado de desarrollo que ella ha alcanzado en los diversos planos de actividad de un pueblo: economía, política, cultura, cuestión social, etc. Presentimos apenas, a menudo, sus sentimientos e ideas… Yo me había propuesto llegar, si no a realizar, por lo menos a encaminar un proyecto semejante, con el cual más de una vez he soñado. Pero, una vez más, las circunstancias han sido más fuertes que yo… Ojalá, y este es mi deseo de hoy, otros vengan que puedan seguir adelante en este camino…”.
Las palabras se apagan lentamente en los labios de Chaves Nogales. Yo me callo y MASTICO lo que lleva dicho. Pienso, con cuánto calor… en que volveremos a cambiar ideas sobre lo que hemos venido charlando…
Tres días después, no más, mientras escribo cualquier cosa, alguien, no sé quién, dice: “Tengo una triste noticia que comunicarles. Chaves Nogales ha muerto esta mañana a las cuatro…”. Era el 8 de mayo.







