
Hay ocasiones en las que la religión y la literatura se funden de tal modo que resulta difícil discernir hasta dónde llega el sermón y dónde empieza la novela, dónde acaba la moralina y dónde empieza la moraleja, dónde termina la concienciación y dónde empieza la propaganda.
Harriet Beecher Stowe nació en Litchfield, Connecticut, el 14 de junio de 1811 y murió en Hartford, 1 de julio de 1896. Ambas localidades se encuentran en lo que serían los estados norteños, y cabe destacar que Harriet no había visitado el Sur antes de escribir La cabaña del tío Tom, ni siquiera para documentarse o conocer la región. Cuando viajó a Florida, años después, lo hizo para promocionar las naranjas, que entonces comenzaban a comercializarse en todo el país, impulsadas por la extensión del ferrocarril. De hecho, llegó a comprarse una casa en una localidad llamada Mandarin, hoy un suburbio de Jacksonville.
Harriet era la sexta de once hijos de un famoso predicador calvinista. Un hermano de su padre también era pastor protestante, y algunos de los hermanos de Harriet, al igual que su marido, eran también eclesiásticos protestantes, conocidos por sus sermones y sus enseñanzas en una famosa academia teológica.
La madre de Harriet murió cuando ella tenía cinco años y su hermana mayor, Catharine, asumió gran parte de la responsabilidad de criar a sus hermanos menores. Poco después, Harriet ya dio muestras de su interés por la literatura, al ganar con siete años un concurso de ensayos escolares, lo que le valió los elogios de su padre, que siempre la animó a estudiar, más allá de lo que entonces era común para las mujeres, y le sufragó los gastos académicos.
En 1836 Harriet contrajo matrimonio con Calvin Stowe, un ministro religioso viudo. Poco después, se mudó con su marido a Brunswick, Maine, cuando él obtuvo una posición académica en el Bowdoin College. Harriet y Calvin tuvieron siete hijos, pero algunos de ellos murieron a temprana edad, lo que afectó mucho a Harriet, que llegó a abandonar oficialmente el calvinismo, aunque no su influencia.
En 1851, Gamaliel Bailey, el editor de un periódico abolicionista llamado The National Era, contrató a Harriet Stowe para que escribiese una historia que «pintaría una imagen verbal de la esclavitud» y que se publicaría por entregas en el periódico. En aquella época de enfrentamiento, previa a la guerra civil, era habitual que ambos bandos contratasen a escritores para componer textos propagandísticos que apoyasen sus tesis. Harriet Stowe se dispuso entonces a escribir La cabaña del tío Tom, o la vida entre los humildes, que era el título original de la obra. En principio pensó que sería un simple relato con tres o cuatro capítulos, pero acabó escribiendo una novela de más de cuarenta.
La historia, impulsada por los políticos norteños, fue pronto un éxito que aportó seguridad financiera a Harriet Stowe, lo que le permitió dedicarse a la escritura a tiempo completo. La cabaña del tío Tom tuvo una gran importancia en su momento, a juzgar por la cantidad de imitaciones y respuestas que aparecieron, y la acumulación de críticas, reseñas y referencias, tanto favorables como contrarias a la obra. Se puede decir que fue un fenómeno de masas sobre el que pivotó el debate sobre la esclavitud, al menos a nivel popular, ya que entre las élites se debatían cuestiones económicas más profundas, más allá de sus repercusiones morales.
Por ejemplo, y sin pretender una aproximación detallada al tema, se debatía si el salario que, en especie (vivienda, vestido y alimentación), recibían los esclavos del Sur era o no más elevado que el que, en dinero, recibían los obreros industriales del Norte. De igual modo se debatía por qué la salud de los esclavos era, en general, mucho mejor que la de los obreros y se respondía que los amos sureños cuidaban a los esclavos porque eran suyos, mientras que a los patronos norteños no les importaba que sus trabajadores enfermasen o reventasen en sus puestos, porque podían sustituirlos por otros. Y aquí, por supuesto, era donde entraban en juego las consideraciones éticas como la libertad, la posibilidad de vender a las personas y separar las familias, los abusos, las palizas, etc., que trataban de difuminar la explotación de los obreros norteños, que al menos eran libres para morirse de hambre, tisis y agotamiento. Por tanto, y en mi muy subjetiva opinión, no se trataba tanto de elegir entre prohibir o permitir la esclavitud, sino de elegir entre qué clase de amo se prefería y qué derechos y obligaciones se le otorgaban a este.
La carrera literaria de Harriet Beecher Stowe abarcó cincuenta y un años. En total, publicó treinta libros e innumerables cuentos, poemas, artículos e himnos, además de ayudar a su marido y a otros parientes, en la redacción de sus sermones dominicales.
En 1869 se vio envuelta en un importante escándalo al defender, en un acto de inmensa valentía, a su fallecida amiga Anne Milbanke, lady Byron, la brillante esposa del difunto poeta británico lord Byron. Harriet Stowe tuvo el coraje de revelar en este libro que su amiga se vio obligada a aceptar la relación incestuosa de su ilustre marido con su hermanastra Augusta Leigh. El público demostró no estar preparado para este tema ilícito, y a pesar de que lord Byron había muerto unos cuarenta y cinco años antes, se volvió contra Harriet y le dio la razón al poeta.
Harriet Stowe esperaba que esta obra fuese el equivalente a La cabaña del tío Tom, centrada en la esclavitud de la mujer casada y su sometimiento a la voluntad de maridos brutales, violentos y desaprensivos, pero en esta ocasión no había ninguna industria esperando captar la mano de obra liberada por las plantaciones de algodón sureñas, y su intento acabó en un rotundo fracaso.
La historia de la controversia Byron merecería, seguramente, un capítulo aparte, pero como aquí solo hablamos de libros que fueron un éxito en otro tiempo, seguiremos con La cabaña del tío Tom, y sus más de seiscientos mil ejemplares vendidos solo en Norteamérica, a los que hay que añadir otros tantos en Europa, aunque no haya registros fiables al respecto. Que sepamos, la obra se ha traducido a unos veintitantos idiomas y a día de hoy lleva superados los seis millones de ejemplares vendidos, aunque seguramente sean ya muchos más.
Sobre la novela, propiamente, ¿qué se puede decir?
El protagonista, Tom o tío Tom, es un esclavo en Kentucky al que su amo trata bien, hasta que por diversas y trágicas vicisitudes tiene que venderlo, a él y a su familia, a unos malvados tratantes, que los subastan a su vez, por separado.
Su nuevo amo y su esposa lo tratan bien a él y a los demás esclavos de la familia. Tom, que trabajaba como administrador de la granja, es un cristiano devoto y ejerce habitualmente de pastor entre los suyos dirigiendo los servicios religiosos, así que intenta tomarse el asunto con la máxima resignación cristiana.
En casa de su nuevo amo, el señor Saint Claire, las cosas no van bien, aunque su amo es buena persona y lo trata bien. Allí Tom se hace amigo de la hija pequeña de la familia, y se dirige a una nueva tragedia que no contaré, y que tampoco será la última. Algunos abolicionistas intentan liberar a Tom, con resultados que tampoco contaré, pero que seguro que el avezado lector puede imaginar.
De modo que vuelven a vender a Tom, esta vez a un amo mucho menos indulgente que, no obstante, lo quiere hacer capataz de una plantación, aprovechando el respeto que suscita entre los demás esclavos. Tom se niega, y su amo quiere doblegar su voluntad cristiana mediante castigos, etc.
La novela, aunque compuesta como un cántico al abolicionismo, es en realidad un constante sermón sobre la resignación y el triunfo del cristianismo. De hecho, de ahí viene su éxito: de que Tom se enfrenta al sistema con resignación y amor, y se opone a cualquier reacción violenta contra sus amos.
Por todo ello, aunque en su momento fue muy leída y muy aplaudida por su descarnada descripción del esclavismo, a medida que ha ido pasando el tiempo, la imagen del tío Tom se ha convertido, sobre todo entre los afrodescendientes americanos, en una especie de icono del colaboracionismo, y llamarle tío Tom a alguien puede acabar más fácilmente en una pelea o un altercado que en un choque de manos o unas palabras de agradecimiento.
Quizás, como curiosidad, y para concluir, cabe comentar que la obra originó en su día cierta polémica religiosa en los Estados Unidos, porque parecía antes una novela católica que un escrito protestante. Esto se debe, resumiendo al máximo un amplio debate teológico, a que, en principio, los católicos consideran que todos los seres humanos son iguales ante Dios, mientras que una parte de los evangélicos sostienen que hay seres humanos predestinados para la salvación mientras otros están ya condenados de antemano, lo que marcaba una verdadera línea divisoria entre unos y otros. Todo esto, en la teoría, por supuesto, pues en la práctica se practicaba el esclavismo con gran entusiasmo en países de ambas confesiones. Así las cosas, el hecho de insistir tanto en la igualdad, a muchos cuáqueros y calvinistas se les antojaba papista, y les generaba un enorme rechazo.
Y esto, que no es todo pero sí bastante, es cuanto alcanzo a referir de una obra que fue una de las más vendidas del siglo XIX y también del XX, y que, en realidad, no resulta tan ajena ni tan lejana en estos tiempos nuestros, verdadero momento de triunfo y apoteosis de los vendedores de catecismos. Así que no está de más recordar y acaso recomendar (por quedar bien y cumplir con la cuota solidaria) esta importante novela, de autora feminista y abolicionista, que si no abrió el camino a la literatura reivindicativa, sí fue una de sus piezas más populares y una de las más vendidas de este género.
La novela ha sido llevada al cine al menos cuatro veces, que yo sepa, aunque seguramente existan muchas más adaptaciones.
La primera es de 1914, William Robert Daly. La segunda es una película de cine mudo de 1927 y fue dirigida por Harry Pollard. Margarita Fischer hacía el papel de Eliza y James B. Lowe el de tío Tom. Hay una tercera versión, de 1965, rodada en la República Democrática Alemana, dirigida por Géza von Radványi y protagonizada, en el papel de tío Tom, por John Kitzmiller. Por último, dentro de las que he encontrado yo, hay una versión de 1987, dirigida por Stan Lathan y protagonizada por Avery Brooks, Kate Burton, Bruce Dern.
Existe también un buen número de adaptaciones teatrales, cuadros y esculturas. En cuanto al teatro, hay que destacar que la autora se negó durante mucho tiempo a cualquier adaptación teatral, que consideraba inmoral por motivos religiosos. Pero como debido a la popularidad de la obra se estaban produciendo muchas adaptaciones no autorizadas, en 1855 validó una versión para lecturas dramáticas de la señora Mary E. Webb, una mulata libre, en la que el tío Tom tiene incluso un número musical. Esta pieza se titulaba El esclavo cristiano y recorrió numerosas ciudades en su gira, con bastante éxito incluso entre los proesclavistas.
Personalmente, el libro me parece mediocre, bastante aburrido y una verdadera línea de cercanías de los tópicos y los lugares comunes, pero no dejo de reconocerle su oportunidad histórica y su contribución a la lucha contra el esclavismo. Para el gusto presente, le sobra algo de religión, pero en cuanto a dramatismo, lógica maniquea y falta de profundidad psicológica, está perfectamente a la altura de los tiempos y puede gustarle a no pocos seguidores de las novedades editoriales.







